Cuando Gunnarstranda entró en Oslo, se metió de cabeza, como de costumbre, en el gran tráfico circular, subió hasta Bispelokket para tomar el puente sobre Gronland y siguió luego a lo largo de la Maridalsvei en dirección a Tasen. Mientras esperaba la luz verde en la Hausmannsgate, vio en la puerta del café Sara a una figura conocida. Vidar Bailo le sostenía la puerta a una joven que a Gunnarstranda también le pareció conocida: era la mujer del chivatazo, la que le había dado aquella pista, Merethe Sandmo.
Gunnarstranda subió la mitad del coche sobre la acera. Se quedó sentado y los siguió con la mirada. Ambos cruzaron la Hausmannsgate y caminaron lado a lado en dirección a Ankerbrua. La pareja irradiaba una atmósfera apacible: el hombre que había estado en prisión preventiva y la mujer que lo había traicionado. Gunnarstranda se preguntó qué podía significar aquello. Merethe Sandmo le había revelado a la policía que su amante Jonny Faremo tenía algo que ver con el asesinato del vigilante Arnfinn Haga. Ahora Faremo estaba muerto, mientras que Merethe Sandmo y Vidar Bailo aparentaban ser una pareja de enamorados que daba un paseo.
Gunnarstranda se bajó del coche y los siguió con paso rápido en dirección a Ankerbrua. Los dos notaron sus pasos apresurados, se dieron la vuelta y se detuvieron. Bailo puso en el suelo un pesado maletín de viaje que llevaba colgado del hombro.
—¿Os vais de viaje? —preguntó el agente de policía, jadeando.
—¿Qué quiere? —preguntó Vidar Bailo.
Gunnarstranda observó a Merethe Sandmo. Ella era un poco más alta que él, esbelta, casi flaca y tenía un pelo castaño inusualmente atractivo y largo que le caía por la espalda. Gunnarstranda siempre se había preguntado qué razones había para que ciertos criminales poco agraciados resultaran tan atractivos para cierto tipo de chica pin—up. Merethe Sandmo era una mujer que intentaba reforzar su sensualidad con la elección de la ropa que se ponía, sus tacones y su cuidado maquillaje. Probablemente, pensó el policía, pretendía desviar la atención de esa expresión de miedo que se le veía en la comisura de sus labios. Cuando hablaron por última vez, él le había asegurado a ella el anonimato absoluto. Gunnarstranda decidió mantener su promesa.
—Creo que no nos conocemos —le dijo el policía a la mujer, y extendió la mano a su hermosa figura.
Ambos mantuvieron el contacto visual hasta que ella comprendió el juego del policía y le cogió la mano.
—Merethe —dijo ella y se inclinó como una niña pequeña.
—¿Qué es lo que quiere? —repitió Bailo en tono brusco.
—Oír lo que hizo usted anoche y también la noche anterior —respondió Gunnarstranda sin apartar la vista de la mujer—. Merethe…, ¿qué más? —preguntó el inspector con amabilidad.
—Sandmo.
—Entonces sí que nos conocemos.
Algo se extinguió entonces en la mirada de Merethe.
Bailo se dio cuenta en seguida.
—¿Se conocen?
Gunnarstranda se dio la vuelta hacia Bailo y dijo:
—Tal vez usted haya olvidado que estuvo en prisión preventiva.
—¿Todavía se ocupa usted de esa historia?
—Han asesinado a un chico de veinte años que se ganaba un dinero extra haciendo guardias nocturnas en el puerto. Es una dura pérdida para los familiares, sobre todo para sus padres, su hermana y su novia. Alguien lo golpeó con un bate de béisbol. De algún modo tengo la sensación de que usted tiene algo que ver con ese asunto. ¿No cree que debería calmarse un poco?
—Todo parece indicar que el que ha olvidado lo que ocurrió es usted —respondió Bailo—. El juez determinó que había sido un error.
Bailo cogió a la mujer de la mano y añadió:
—¿Nos vamos?
Gunnarstranda dijo:
—¿Es que no lo saben todavía?
Bailo se quedó de piedra. La mujer le soltó la mano y empezó a mirar alternadamente a ambos con ojos de preocupación.
—¿Qué es lo que no sabemos? —preguntó Bailo, expectante.
—Jonny Faremo ya no está entre nosotros.
Merethe Sandmo palideció. Se apoyó contra la pared. Bailo observó a Gunnarstranda con los ojos fijos y una mirada velada. Hubo un largo silencio. Merethe Sandmo buscó algo a lo que aferrarse. Finalmente echó mano de un rizo de su largo cabello…
—He dicho que Jonny…
—¡Hemos oído lo que acaba de decir!
Gunnarstranda tomó a Merethe de la mano e impidió con ello que la mujer se cayera.
—Permítame expresarle mi pésame —dijo el policía y continuó, al ver lo pálida que estaba ella—. ¿Les parece que vayamos a algún lugar, donde pueda usted sentarse un momento?
Bailo miró al inspector como si este fuera un monstruo:
—¿Cree usted que su jodido trabajo como policía lo hace invulnerable?
Gunnarstranda se dio de nuevo la vuelta hacia donde estaba Bailo.
—¿Y no siente usted curiosidad por saber cómo murió Jonny?
—Podría hacernos el favor de decírnoslo.
—Para ello tendríamos que cumplir antes con un par de formalidades. Por ejemplo, ¿dónde estaba usted anteayer por la noche?
—¡Estaba en mi casa! —respondió la mujer. Bailo no mostró ninguna expresión ni había movido un músculo.
—¿Hay algo que no he entendido bien? —preguntó Gunnarstranda con tono vacilante—. Un pajarito me ha dicho que usted y Jonny eran pareja.
—De eso hace mucho tiempo —dijo ella, balbuceante.
—¿Quién de los dos puso fin a la relación? —preguntó Gunnarstranda suavemente.
Merethe Sandmo empezó a llorar.
—Eso es jodidamente galante de su parte —dijo Bailo en voz baja.
—Responda a mi pregunta —dijo Gunnarstranda dirigiéndose a la mujer, antes de volverse hacia Bailo y añadir—: ¿Dónde estuvo usted anteayer por la noche?
—Ya lo ha oído. Estaba en su casa.
—¿Cuándo?
—Anteayer por la noche y también anoche.
—¿Dónde está su casa y cuándo llegó y cuándo se marchó?
—Merethe vive en Etterstad, y no tengo ni idea de la hora que era. No miro el reloj cuando voy a ver a la gente.
Gunnarstranda miró a la mujer, que hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—¿Recuerda usted cuándo llegó?
—A las cuatro de la mañana. El me recogió en el trabajo y luego fuimos a mi casa —dijo ella, a lo que añadió—: Fui yo la que puso fin a la relación con Jonny.
—¿Dónde trabaja usted?
Por supuesto que Gunnarstranda conocía la respuesta a esa pregunta. Pero era bueno hacerla a pesar de todo, para que la mujer entendiera que no le revelaría a nadie que había sido ella la que le dio la pista a la policía sobre el asesinato del vigilante. Merethe entendió. Bajó la mirada como si sintiera vergüenza de participar en esa pequeña comedia delante de su amante.
—En el Bliss.
—¿En el Bliss? ¿El local?
Ella asintió de nuevo.
Gunnarstranda miró a Bailo.
—Es raro que no se haya acordado usted de ese detalle.
—Hay muchas cosas raras en este mundo.
—Pero usted fue hasta allí conduciendo, ¿no es así? ¿Fue usted en su propio coche cuando… recogió a Merethe? Es ese su nombre, ¿no es cierto?
La chica asintió con ademán sereno.
Bailo dijo:
—Sí.
—¿Recuerda dónde estuvo antes de recoger a Merethe en ese local?
—Fui directamente desde casa. Estaba despierto y vi un par de películas.
—¿Puede alguien confirmarlo?
—De repente no se me ocurre nadie.
—¿Pero usted no tendrá nada en contra de que indaguemos un poco con sus vecinos, no?
—Yo no, pero tal vez los vecinos sí. Creo que ya estuvieron allí algunos policías y armaron un gran revuelo.
Gunnarstranda sonrió.
—Ya se acostumbrarán a nuestra presencia. Y usted tendrá que vérselas con otros que no soy yo.
—Bueno, qué maravilla, eso es obra y gracia del diablo.
—Tal vez sólo tendrá que esperar un poco para darle las gracias al diablo —dijo Gunnarstranda en tono jovial—. En cualquier caso, hasta que sepa por qué le da las gracias.
—¿Y qué pretende usted decir con eso?
—Que habrá sin duda una nueva sesión ante el juez de instrucción. Todavía investigo el caso del asesinato de Arnfinn Haga, por si acaso lo ha olvidado. La muerte de su buen amigo Jonny es considerada, en el mejor de los casos, una muerte sospechosa, y eso lo investigan mis colegas de Folio, quienes cuentan con el apoyo de la Policía Criminal. Lo tenemos rodeado con nuestro cariño, Bailo, el pequeño enviado del diablo. Mejor espere a enviarnos una carta de gratitud por escrito.
Bailo hizo ademán de marcharse.
—Usted estaba interesado en saber cómo había muerto Jonny, ¿no es así?
Ambos lo miraron con atención.
—Pues en ese caso, lo espero mañana en el despacho —continuó el inspector Gunnarstranda—. Le exijo que se presente mañana a las nueve en punto en la Jefatura de Policía para confirmar esta declaración. Luego seguiremos hablando de Jonny.
—Vamos —dijo Vidar Bailo, tirando de la mujer.
Gunnarstranda se quedó allí parado y los siguió con la vista. Finalmente se dio la vuelta y regresó a su coche.
Cuando subió, sonó el móvil.
Era Yttergjerde.
—Jonny Faremo tenía una novia, ¿no es cierto? —preguntó Gunnarstranda.
—Merethe Sandmo —respondió Yttergjerde.
—Eso pensé, pero debía verificarlo —dijo Gunnarstranda—. Ahora es la chica de Bailo.
—¿Qué?
—¡El rey ha muerto, viva el rey! —dijo Gunnarstranda.
—Joder —dijo Yttergjerde.
—¿Por qué me has llamado? —preguntó Gunnarstranda.
—Tenemos un testigo —respondió Yttergjerde.
—¿Un testigo de qué?
—Del asesinato del guardia jurado, Arnfinn Haga.