DUNCAN
Don’t Stop Believin’
Aún quedaba un cedé de Tim que Duncan no había escuchado. Sabía que la historia había acabado; ya estaba todo dicho. Por eso lo había pasado por alto. Pero al recogerlos todos con el fin de guardarlos en el compartimento secreto para el resto del año, se dio cuenta.
Era diferente. En vez de la fecha garabateada como los otros, por ejemplo, «5 de enero a 15 de enero», este tenía unas notas musicales desordenadas. Duncan tuvo dudas, pero al final lo puso y escuchó. Era una recopilación de temas de Journey: «Don’t Stop Believin’», «Wheel in the Sky» o «Faithfully», entre otros. Era la música que Tim le había prometido. Duncan decidió separarlo de los otros.
Al final se dedicó a la tarea de escoger a los de tercero. Lo hizo abiertamente —cualquier interesado podía participar— y de acuerdo con las normas. El representante sería el primer nombre que saliera, sin más historias.
Acabó planificando un gran Juego de último curso. Partiendo de una idea del hombre que les había proporcionado los trineos el año anterior, organizó un megajuego de las sillas. Esta vez sacaron las sillas a escondidas del comedor y las colocaron en el patio interior formando un óvalo alargado. La música utilizada fue la de Tim.
Hubo cierto debate sobre si invitar a participar a los de la clase de último curso del año anterior, para que disfrutasen de un acontecimiento positivo. Había sido idea de Daisy y a Duncan le encantaba, pero al final decidieron limitarse a su clase.
Durante el Juego, Duncan alzó la vista a su pequeña ventana redonda y recordó las palabras de Tim: «Bueno, estarás pensando montones de cosas, pero la primera de la lista seguramente es que esta habitación es una mierda. Pues no». Se preguntó cuánto tiempo pasaría hasta dejar de oír la voz de Tim a cada momento. Quizá desaparecería al dejar la escuela, aunque acaso persistiera todavía un poco más. Volvió la mirada a sus compañeros, y la imagen de todas las camisetas blancas de bulldog le hizo sonreír. Había sido el color de su curso, sobre eso pocas dudas había. Duncan no sabía si era en honor de Tim o de la nieve. Pero parecía adecuado, y a él le gustaba.
El señor Simon le había eximido de hacer el Trabajo de la Tragedia, pero Duncan no podía quitárselo de la cabeza. Al final, a la mañana siguiente del Juego, Duncan supo qué tenía que hacer.
Fue al Salón y vio una mesa libre en la parte de atrás. Las palabras se entrecruzaban en su cabeza y empezó a anotarlas. Había muchas. Las primeras eran de Tim: «El día que fui a Irving, yo era el último que abandonaba mi casa, y no para pasar el día fuera sino para siempre». Siguió por esa dirección durante un rato, pero sabía que se equivocaba. No le preocupaban las notas; ya le habían puesto un sobresaliente, y sabía que pasaría la prueba con independencia de lo que escribiera. Pero había llegado el momento: era su última posibilidad de avanzar. Inspiró hondo y al final escribió lo siguiente: «Al pasar bajo el arco de piedra que conducía a la residencia del último curso tenía dos cosas en mente: el “tesoro” que me habrían dejado y mi Trabajo de la Tragedia».