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Ehirme regresó y Maugelin siguió tratando de educar a Suldrun, sin mayor éxito que antes. Suldrun era menos desobediente que distante: en vez de malgastar esfuerzos desafiando a Maugelin, se limitaba a ignorarla.

Maugelin se encontraba en un trance irritante; si admitía su incapacidad, Boudetta podría buscarle un empleo aún menos agradable, así que diariamente se presentaba en los aposentos de Suldrun, donde Ehirme ya estaba presente.

A veces le prestaban atención y a veces no. Maugelin, con una sonrisa boba y mirando hacia todas partes, vagaba por la habitación, fingiendo que ordenaba las cosas. Al fin se acercaba a Suldrun con forzada simpatía.

—Bueno, princesa, hoy debemos pensar en convertirte en una delicada dama de la corte. Para empezar, muéstrame tu mejor reverencia.

Maugelin había enseñado a Suldrun seis reverencias de diversa formalidad, principalmente mediante pomposas demostraciones, repetidas una y otra vez mientras le crujían las articulaciones, hasta que Suldrun, apiadándose, intentaba repetir el ejercicio.

Después del almuerzo, que se servía en los aposentos de Suldrun, o en el naranjal si el tiempo lo permitía, Ehirme regresaba a su casa para atender sus propias labores domésticas, mientras Maugelin se acostaba a dormir una siesta. Se suponía que Suldrun también debía dormir, pero en cuanto Maugelin empezaba a roncar Suldrun saltaba de la cama, se ponía los zapatos, se alejaba por el corredor y bajaba la escalera para recorrer recovecos del antiguo palacio.

Durante las lentas horas de la tarde, el palacio parecía dormitar, y la figura pequeña y frágil se movía por las galerías y las altas cámaras como arrancada de un sueño.

Cuando había sol visitaba el naranjal para entretenerse con pensativos juegos a la sombra de los añosos naranjos; con más frecuencia, iba al Gran Salón y de allí al Salón de los Honores, donde cincuenta y cuatro grandes sillas, que bordeaban las paredes a derecha e izquierda, representaban las cincuenta y cuatro casas más nobles de Lyonesse.

El emblema que había encima de cada silla hablaba a Suldrun de la naturaleza innata de la silla: cualidades distintivas, vividas y complejas. Una silla se caracterizaba por su aspecto engañoso, pero fingía un encanto grácil; otra exhibía una fatal temeridad. Suldrun reconocía muchas variedades de amenaza y crueldad, así como inefables emociones que le revolvían el estómago, o le ponían la carne de gallina, o le causaban sensaciones eróticas, transitorias y agradables, pero muy extrañas. Ciertas sillas amaban y protegían a Suldrun; otras irradiaban peligro. Moviéndose entre esas entidades macizas, Suldrun se sentía aturdida y vacilante. Caminaba despacio, alerta a sonidos inaudibles y atenta a movimientos o fluctuaciones en los opacos colores. Sentada en los brazos de una silla que la amaba, Suldrun, entre adormilada y alerta, se volvía receptiva. Las voces murmurantes se volvían casi audibles para contar una y otra vez historias de tragedia y victoria: el coloquio de las sillas.

Al final de la habitación un pendón rojo oscuro que tenía bordado un Árbol de la Vida colgaba desde las vigas hasta el suelo. Una división en la tela permitía el acceso a una cámara de retiro: una habitación oscura y mugrienta que olía a polvo antiguo. En esta habitación se almacenaban objetos ceremoniales: un cuenco tallado en alabastro, cálices, paños. A Suldrun no le gustaba esa habitación; parecía un sitio pequeño y cruel donde se habían planeado, y tal vez cometido, actos crueles, dejando un temblor subliminal en el aire.

A veces los salones carecían de vitalidad, y Suldrun salía a los parapetos de la vieja Fortaleza, desde donde siempre podía ver espectáculos interesantes a lo largo del Sfer Arct: viajeros que iban y venían; carretones cargados de barricas, fardos y cestos; caballeros andantes con armaduras melladas; nobles con su séquito; mendicantes, estudiantes viajeros, sacerdotes y peregrinos de diversas sectas; terratenientes que venían a comprar buenas telas, especias y chucherías.

Al norte el Sfer Arct pasaba entre los montes Maegher y Yax: gigantes petrificados que habían ayudado al rey Zoltra Estrella Brillante a drenar la Bahía de Lyonesse; cuando se rebelaron, Amber el hechicero los había transformado en piedra, o eso decía la leyenda.

Desde los parapetos Suldrun podía ver la bahía y maravillosas naves de tierras lejanas crujiendo en sus amarras. Eran inalcanzables: aventurarse tan lejos habría provocado tormentas de reproches por parte de Maugelin; podrían llevarla humillada ante la reina Sollace, o incluso ante la temible presencia del rey Casmir. No deseaba ver a ninguno de los dos. La reina Sollace era poco más que una voz imperiosa desde pliegues de espléndidas túnicas; el rey Casmir, para Suldrun, era un rostro severo de prominentes ojos azules, rizos dorados, corona dorada y barba dorada.

No tenía el menor interés en enfrentarse a la reina Sollace o al rey Casmir. Los muros de Haidion eran el límite de las aventuras de Suldrun.

Cuando Suldrun cumplió siete años, la reina Sollace quedó nuevamente encinta, y esta vez tuvo un varón. Sollace estaba menos asustada, y en consecuencia sufrió mucho menos que con Suldrun. Llamaron Cassander al niño; con el tiempo llegaría a ser Cassander V. Nació durante el buen tiempo del verano, y los festivales que celebraban su nacimiento se prolongaron una semana.

Haidion recibió a notables huéspedes de las Islas Elder. Desde Dascinet vino el príncipe Othmar con su esposa aquitana, la princesa Eulinette, y los duques Athebanas, Helmgas y Outrimadax con sus séquitos. Desde Troicinet, el rey Granice envió a sus principescos hermanos Arbamet y Ospero, Trewan, hijo de Arbamet, y Aillas, hijo de Ospero. Desde Ulflandia del Sur vino el gran duque Erwig con un obsequio: un magnífico baúl de caoba con incrustaciones de calcedonia roja y turquesa azul. El rey Gax de Ulflandia del Norte, sitiado por los ska, no envió ningún representante. El rey Audry de Dahaut envió una delegación de nobles y una docena de elefantes tallados en marfil. Y así sucesivamente.

En la ceremonia de bautismo, en el Gran Salón, la princesa Suldrun permaneció recatadamente sentada junto a seis hijas de la nobleza superior; enfrente estaban los príncipes Trewan y Aillas de Troicinet, Bellath de Caduz, y los tres jóvenes duques de Dascinet. Para la ocasión, Suldrun llevaba un vestido de terciopelo celeste, y una cinta tachonada con piedras lunares le enmarcaba el pelo suave y claro. Era bonita, y llamaba la atención de muchas personas que antes casi no habían reparado en ella, incluido el mismo rey Casmir. «Es bonita, sin duda —pensaba el rey—, aunque algo delgada y huesuda. Tiene un aire solitario. Quizá sea demasiado reservada… Bien, eso se puede remediar. Cuando crezca, será un partido codiciable». Y Casmir, cada vez más ansioso de restaurar la antigua grandeza de Lyonesse, pensó además: «Realmente no es prematuro pensar en esto».

Estudió las posibilidades. Dahaut era desde luego el gran obstáculo para sus planes, y el rey Audry era un tenaz aunque solapado enemigo. Un día la vieja guerra debería continuar, pero en vez de atacar Dahaut desde el este, por Pomperol, donde las líneas operativas de Audry eran cortas (ése había sido el lamentable error del rey Phristan), Casmir pensaba atacar a través de Ulflandia del Sur, para desgastar los expuestos flancos occidentales de Dahaut. Y el rey Casmir reflexionó sobre Ulflandia del Sur.

El rey Oriante, un pálido hombrecito de cabeza redonda, era ineficaz, chillón e irascible. Reinaba en su castillo Sfan Sfeg, cerca de la ciudad de Oaldes, pero no podía dominar a los feroces e independientes barones del pantano y la montaña. Su reina Behus era alta y corpulenta y le había dado un solo hijo varón, Quilcy, ahora de cinco años, corto de entendederas e incapaz de controlar la saliva que le goteaba de la boca. Una boda entre Quilcy y Suldrun podía resultar muy ventajosa. Mucho dependía de la influencia que Suldrun pudiera ejercer sobre un cónyuge retardado. Si Quilcy era tan dócil como sugerían los rumores, una mujer inteligente no tendría problemas con él.

Así reflexionaba el rey Casmir mientras permanecía de pie en el Gran Salón el día del bautismo de su hijo Cassander.

Suldrun sintió los ojos de su padre. La intensidad de su mirada la incomodó, y por un momento temió haberle enfadado. Pero él desvió enseguida la cabeza, y para su alivio no le prestó más atención.

Enfrente estaban sentados los principitos de Troicinet. Trewan tenía catorce años, y era alto y fuerte para su edad. El pelo oscuro estaba cortado recto sobre la frente y le tapaba las orejas. Tenía rasgos quizás un poco toscos, pero de ningún modo era desagradable; en realidad, ya se había notado su presencia entre las criadas de Zarcone, la casa señorial del príncipe Arbamet, su padre. A menudo posaba los ojos en Suldrun, de una manera que a ella le perturbaba.

El segundo principito troicino era Aillas, dos o tres años menor que Trewan. Era de caderas delgadas y hombros cuadrados. El pelo lacio, castaño claro, estaba cortado como una gorra que le llegaba a las orejas. La nariz era corta y pareja; la línea de la mandíbula se destacaba con limpieza y definición. Parecía no reparar en Suldrun, lo cual le fastidiaba, aunque había reprobado el atrevimiento del otro príncipe. La llegada de cuatro enjutos sacerdotes druidas distrajo su atención.

Vestían largas y ceñidas túnicas de aulaga marrón, con cogullas que les tapaban la cara, y cada cual traía una rama de roble de su bosque sagrado. Avanzaron arrastrando los blancos pies, que asomaban bajo las túnicas, y se situaron al norte, al sur, al este y al oeste de la cuna.

El druida colocado en el norte sostuvo la rama de roble sobre el niño y le tocó la frente con un amuleto de madera.

—El Dagda te bendice —dijo— y te otorga el don de tu nombre, Cassander.

El druida del oeste extendió su rama de roble.

—Brigit, primera hija del Dagda, te bendice y te otorga el don de la poesía, y te llama Cassander.

El druida del sur extendió su rama de roble.

—Brigit, segunda hija del Dagda, te bendice y te otorga el don de la buena salud y los poderes de la curación, y te llama Cassander.

El druida del este extendió su rama de roble.

—Brigit, tercera hija del Dagda, te bendice y te otorga el don del hierro, en espada y escudo, en hoz y arado, y te llama Cassander.

Con las ramas todos formaron un dosel sobre el niño.

—Que la luz de Lug entibie tu cuerpo; que la oscuridad de Ogma mejore tus perspectivas; que Lir soporte tus naves; que el Dagda te otorgue su gracia para siempre.

Se volvieron y salieron del salón con sus lentos pies descalzos.

Pajes con pantalones abolsados de color escarlata alzaron sus clarines y tocaron En honor de la reina. Los presentes apenas murmuraban mientras la reina Sollace se retiraba del brazo de Lenore y la dama Desdea supervisaba el traslado del príncipe niño.

Aparecieron músicos en la galería alta, con dúlcemele, flautas, laúd y un cadwal (un violín de una sola cuerda, para tocar jigas). El centro del salón se despejó; los pajes tocaron una segunda fanfarria, «Mirad al jocundo rey».

El rey Casmir se dirigió a Arresme, duquesa de Slahan; los músicos tocaron un acorde majestuoso y el rey Casmir condujo a Arresme a la pista para la pavana, seguido por los nobles y damas del reino, en una procesión de magníficos trajes multicolores; cada gesto, cada paso, cada reverencia y posición de la cabeza, las manos y las muñecas respetaba lo ordenado por la etiqueta. Suldrun miraba fascinada: un paso lento, una pausa, una inclinación y un grácil ademán, luego otro paso, y un destello de seda, el susurro de las enaguas al cuidadoso son de la música. ¡Qué severo y majestuoso parecía su padre, aun en el frívolo acto de bailar la pavana!

La pavana terminó y los presentes se trasladaron al Clod an Dach Nair, y ocuparon su sitio ante la mesa de banquetes. Se aplicaron las más rígidas reglas de precedencia; el heraldo jefe y un ordenador habían trabajado penosamente para llegar a las más sutiles discriminaciones. Suldrun se sentó a la derecha del rey Casmir, en la silla habitualmente ocupada por la reina. Esa noche la reina Sollace no se sentía bien y estaba en la cama, donde comió pasteles de cuajada hasta la saciedad, mientras Suldrun cenaba por primera vez a la misma mesa que su padre el rey.

Tres meses después del nacimiento del príncipe Cassander, la vida de Suldrun sufrió un cambio. Ehirme, ya madre de un par de hijos varones, tuvo gemelos. Su hermana, que se había encargado de la casa mientras Ehirme estaba en el palacio, se casó con un pescador, y Ehirme ya no pudo servir a Suldrun.

Casi por coincidencia, Boudetta anunció que, a pedido del rey Casmir, Suldrun debía educarse en modales, danzas y todas las otras habilidades y gracias propias de una princesa real.

Suldrun se resignó a ser instruida por varias damas de la corte. Como antes, aprovechaba las soporíferas horas de la tarde para vagabundear: por el naranjal, la biblioteca, o el Salón de los Honores. Desde el naranjal el camino llevaba, por una arcada, hasta la Muralla de Zoltra, a través de un túnel abovedado que llegaba hasta el Urquial. Suldrun se aventuró hasta el túnel, y se quedó en las sombras observando a los hombres armados que se entrenaban con picas y espadas: pateaban, gritaban, embestían, caían. Un gallardo espectáculo, pensó Suldrun. A la derecha una pared ruinosa flanqueaba el Urquial. Casi oculta detrás de un copudo y viejo alerce había una pesada puerta de madera, reseca por los años.

Suldrun salió del túnel para internarse en las sombras detrás del alerce. Atisbó por una rendija de la puerta y luego tiró de un cerrojo que mantenía en su lugar la madera deforme. Se valió de todas sus fuerzas, pero en vano. Encontró una piedra y la usó como martillo. Los remaches se aflojaron; el cerrojo cedió. Suldrun empujó; la puerta crujió y tembló. Se puso de espaldas y presionó con sus nalgas pequeñas y redondas. La puerta protestó con una voz casi humana, y se entreabrió.

Suldrun se escurrió por la abertura y se encontró ante un barranco que parecía bajar hasta el mar. Se adentró audazmente en un viejo sendero. Se detuvo a escuchar pero no oyó nada. Estaba sola. Avanzó un trecho y llegó a una pequeña estructura de piedra oscurecida por la intemperie, ahora desolada y desierta: aparentemente un antiguo templo.

No se atrevió a ir más lejos; la echarían de menos y Boudetta la reñiría. Arqueó el cuello para mirar barranco abajo y atisbó a través del follaje. De mala gana, regresó por donde había venido.

Una tormenta otoñal trajo cuatro días de lluvia y niebla a la ciudad de Lyonesse, y Suldrun quedó encerrada en Haidion. El quinto día se entreabrieron las nubes, y oblicuos rayos de sol atravesaron las grietas. A mediodía la mitad del cielo era un espacio azul, la otra mitad nubes veloces.

A la primera oportunidad Suldrun corrió por la arcada y atravesó el túnel bajo la Muralla de Zoltra; luego, tras echar una cautelosa mirada al Urquial, pasó bajo el alerce y atravesó el umbral de la vieja puerta de madera. Cerró la puerta a sus espaldas y se sintió aislada del resto del mundo.

Bajó por el viejo camino hasta el templo: un octógono de piedra sobre un saliente de rocas. El risco se erguía abruptamente detrás. Suldrun miró a través de la vieja puerta arqueada. Cuatro largos pasos la llevaron hasta la pared del fondo, donde el símbolo de Mitra dominaba un bajo altar de piedra. A cada lado, una ventana angosta dejaba pasar la luz; tejas de pizarra cubrían el techo. Un remolino de hojas muertas había cruzado la puerta, pero por lo demás el templo estaba vacío. La atmósfera tenía un olor dulzón y pegajoso, tenue pero desagradable. Suldrun torció la nariz y retrocedió.

El barranco bajaba abruptamente; los riscos de cada lado parecían peñascos bajos e irregulares. El sendero serpenteaba entre piedras, matas de tomillo silvestre, asfódelos y abrojos, y por una terraza donde la tierra era profunda. Dos macizos robles que casi cubrían el barranco custodiaban el antiguo jardín de abajo, y Suldrun se sintió como una exploradora descubriendo una tierra nueva.

A la izquierda se elevaba el risco. Un irregular bosquecillo de tejo, laurel, carpe y mirto ensombrecía un soto de arbustos y flores: violetas, helechos, campanillas, nomeolvides, anémonas; canteros de heliotropo perfumaban el aire. A la derecha, el peñasco, casi tan alto como el risco, recibía la luz del sol. Debajo había romero, asfódelo, dedalera, geranio silvestre, luisa, delgados cipreses de color verde oscuro y una docena de enormes olivos, nudosos, retorcidos; el follaje verdegris y fresco, en contraste con los añosos troncos.

Allí donde se ensanchaba el barranco, Suldrun dio con las ruinas de una villa romana. Sólo quedaba un rajado piso de mármol, una columnata derruida, bloques de mármol amontonados entre malezas y abrojos. En el borde de la terraza crecía un tilo viejo y solitario de tronco grueso y ramas extensas. El sendero bajaba hasta una playa angosta y ripiosa que se curvaba entre un par de cabos cuyas rocas penetraban en el mar.

El viento había amainado, pero el tormentoso oleaje aún se encrespaba alrededor de los promontorios y rompía sobre la playa ripiosa. Suldrun miró un rato el destello del sol sobre el mar, luego se volvió y miró barranco arriba. Sin duda, el viejo jardín estaba encantado, pensó, con una magia evidentemente benigna; ella sólo sentía paz. Los árboles disfrutaban del sol sin prestarle atención. Las flores la amaban, excepto el orgulloso asfódelo, que sólo se amaba a sí mismo. Recuerdos melancólicos se agitaban entre las ruinas, pero eran insustanciales, menores que ráfagas, y no tenían voz.

El sol se desplazó en el cielo; a regañadientes, Suldrun decidió volver. La echarían de menos si se quedaba más tiempo. Cruzó el jardín, salió por la vieja puerta y regresó a Haidion por la arcada.