Una noche de principios de septiembre, con las lámparas callejeras brillando nuevamente para indicar el final de la guerra de Hitler, Dennis Foster caminaba por Charing Cross Road, hacia el teatro Granada.
Charing Cross Road no es una calle romántica. Los fondos de la Galería Nacional, con sus ventanas cerradas, la estatua enladrillada de Henry Irving, el refugio antiaéreo todavía no derribado, eran recuerdos siempre presentes.
Pero el resplandor de los altos faroles callejeros, milagrosos después de tantos meses, cambiaban todo. Brillaban reflejándose en la calle. Parecían celestiales, un carnaval después de los años negros. Llenaban de magia la vieja ciudad. Y el joven Dennis Foster —socio menor de la firma de abogados Mackintosh y Foster— marchaba con paso alegre.
—Parezco contento —se dijo— y no debo parecer contento. Es fatuo.
Porque iba al teatro Granada.
No iba para ver la obra, que vio varias veces en sus dos años de cartel. No; iba allí a pedido de Miss Beryl West, la empresaria. Iba, detrás del escenario, para ver a un amigo suyo, que era uno de los principales actores jóvenes de la escena inglesa.
Y, después, irían al restaurante de Ivy.
—¡Esto —pensó Dennis— es vivir!
Dennis Foster era un verdadero conservador, miembro del Club de la Reforma, una de esas personas que se asustan de un cambio.
Su sombrero negro de copa, su cartera y su paraguas cerrado, lo hacían parecer tan correcto como sólo una larga práctica puede hacerlo. Para él, el reino del teatro era una extraña, peligrosa selva, llena de aventura y con un brillo que él no aprobaba del todo. Debemos reconocer que Dennis era un poco estirado.
Pero esto no nos dice toda la verdad. Dennis Foster, retirado de la Marina Real después de heridas ganadas en cuatro años de servicio en tres destructores, era una persona muy seria. Pero era también tan honesto, tan sincero y sin afectación, que todos lo querían y confiaban en él.
En el fondo de su corazón, reconocía que estaba secretamente encantado de su amistad con el mundo del teatro, del mismo modo que le encantaba conocer a un Inspector de Scotland Yard. Pero había en esto algunas cosas curiosas. Por ejemplo …
El teatro Granada está justamente detrás del teatro Garrick. Sobre los marcos de hierro de las puertas que llevaban al vestíbulo, grandes letras de metal blanco decían: BRUCE RANSOM en PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS. A través de viejos anuncios que han permanecido en el mismo lugar durante dos años, se había pegado diagonalmente una fina faja de papel que decía: Ultima representación: 8 de setiembre. Y al pie del anuncio, debajo de todos los otros nombres, se veía: Obra producida por Beryl West.
—¡Hola, Dennis! —llamó una voz de muchacha.
La misma Beryl, un poco ansiosa e intranquila, lo esperaba a la entrada del vestíbulo.
Dennis no se había acostumbrado a la idea de una mujer productora. Había creído que los productores eran gente que se arrancaba los pelos y saltaba de arriba abajo en los ensayos (Dios sabe que hacen esto con frecuencia). Dennis había asistido una vez a un ensayo, hacía tiempo, y se maravilló de la diestra y tranquila manera con que esta muchacha manejaba a Bruce Ransom.
—Lo comprendo, ¿sabes? —explicó ella—. En realidad es un niño.
—Que Bruce no te oiga decir eso.
—No temas. No me oirá.
El reloj de St. Martín’s-in-the-Field indicaba ahora las nueve menos cuarto, ese momento hueco antes de la salida de los teatros. Bajo sus altas y pálidas luces Charing Cross Road estaba tan silenciosa, que Dennis pudo oír una radio que hablaba en la arcada de diversiones entre el Garrick y el Granada. Se apresuró a saludar a Beryl.
La cara de ella estaba en parte en la sombra, con las luces del solitario vestíbulo pavimentado de mármol detrás. Beryl llevaba una ligera chaqueta echada sobre los hombros y una bufanda de seda azul atada a la manera campesina sobre su abundante y lustroso cabello negro. En contraste, los ojos eran azul oscuro, muy separados bajo las finas cejas, y un poco salientes, como en las personas de imaginación. Su cutis era maravilloso, y poseía una dulce boca moviente que podía expresar muchos estados de ánimo.
Beryl era una persona de impulsos —todos generosos— de depresiones, de rápidas ansiedades; había en ella una veloz y etérea calidad. Nunca parecía estar en reposo. Sus manos, sus rápidos y vivaces ojos, todas las líneas de su esbelto cuerpo, expresaban el movimiento. Su cara se iluminó y sus brazos se extendieron cuando vio a Dennis.
—¡Querido! —dijo Beryl, y puso su cara para que él la besara.
Dennis la besó vacilante, inclinando la cabeza lenta y duramente, como un hombre que va a ser decapitado. Beryl se rió alegremente, cuando se retiraba.
—¿No te gusta, Dennis? ¿Verdad?
—¿No me gusta qué?
—Esta terrible costumbre de la gente de teatro de besarse cuando se encuentra.
—Para ser sincero, no me gusta —replicó Dennis, con lo que suponía una inmensa dignidad. No pensaba pronunciar la frase siguiente, pero había pensado tanto en ella que estalló.
—Cuando beso a una muchacha —dijo— quiero que eso signifique algo.
—¡Querido! ¿Quiere decir eso que quisieras estrujarme en tus brazos y arrastrarme por todo el vestíbulo?
—No quise decir eso —replicó Dennis calurosamente, aunque, quizás en el fondo de su corazón, lo pensaba.
Entonces cambió el tono de Beryl. Tomó a Dennis de las manos y lo arrastró al vestíbulo desierto.
—Dennis, lo siento muchísimo —dijo, con un arrepentimiento muy superior a la ofensa. Era como si, espiritualmente, estuviera de rodillas—. Te he llamado porque necesito tus consejos. Quiero que hables con Bruce. Tú eres una de las pocas personas que tiene influencia sobre él.
—¡Aha!
Esto marchaba mejor. Dennis Foster inclinó la cabeza gravemente y apretó los labios, con la sorpresa necesaria.
—Es algo grave —dijo la muchacha, mirándolo con sus grandes ojos.
—Bueno. Veremos qué se puede hacer. ¿Qué le pasa?
Beryl vaciló.
—¿Supongo que sabes —dijo, señalando vagamente hacia los anuncios de afuera— que la representación termina mañana?
—Sí.
—Y creo que ni siquiera podré quedarme para la fiesta de despedida. Salgo para Estados Unidos mañana por la tarde.
—¡Dios mío! ¡A los Estados Unidos!
—Es para supervisar el estreno de la obra en Broadway. Con actores americanos, naturalmente. Sólo estaré allí tres semanas. Entretanto —vaciló— Bruce se irá para unas largas vacaciones a un lugar del campo, cerca de Bradshaw. Va con nombre supuesto. ¿No es esto típico de él? Va a pescar, y jugar al golf y vegetar.
—Eso le hará bien, Beryl.
—Sí, pero ése no es el asunto —extendió los brazos—. Tenemos que hablar con él ahora, ¿comprendes? De otro modo, cuando yo regrese, estará tan ensimismado, que nadie podrá hablarle. Se trata de la obra.
—¿Príncipe de las tinieblas?
—No, no. De la nueva obra que representará cuando haya tenido un largo descanso.
Los dientes de Beryl se apretaron sobre su rosado labio inferior. El color que iba y volvía en su clara tez, haciéndola parecer una década menor que sus treinta años, toda la intensa vitalidad que le daba juventud, parecía aumentada por la duda y la indecisión.
—El telón caerá en diez minutos —dijo bruscamente, mirando su reloj pulsera—. ¿Quieres que echemos un vistazo adentro?
Descendieron varios escalones, entre estrechas paredes, en este viejo teatro demasiado decorado, de confuso color blanco y rosa, y emergieron en la oscuridad del fondo de la platea.
Una leve niebla, como del polvo de los coloretes, cosquilleó en sus narices. Dennis vio el escenario como un encantado resplandor, con inmóviles siluetas negras contra él. Casi ninguna tos ni murmullo repercutían en el hueco del escenario. Magda Verne, que trabajaba junto a Bruce, recorría la escena en una de sus famosas tiradas emocionales, que enojaban a los actores, pero que atraían visitantes a la ciudad. La bella voz de Bruce y su personalidad —era extraño que fuera del escenario pareciera tan tosco a veces— fluía sobre las candilejas como una fuerza palpable, mayor que la vida.
Beryl West, después de contemplar la escena un momento, se movió sobre uno y otro pie, lanzó un profundo suspiro y, finalmente, hizo un gesto de completa desesperación.
—¡Dios mío! —murmuró.
—¿Qué pasa?
—Dennis, es una suerte que esta pieza termine. Es siniestro. Improvisan… Bruce acaba de hacerlo …
Dennis la miró en la penumbra.
—¿Quieres decir que, después de dos años, olvidan sus papeles?
—¡Exactamente!
—¿Cómo es eso?
—Conocen las palabras tan bien, que todo es automático. Representan una escena y piensan en otra cosa. En medio de una situación tensa, Bruce piensa: «Qué bonita rubia, en el tercer asiento desde el pasillo, en la cuarta fila. ¿Quién será?» Entonces, súbitamente, tiene que decir una frase, porque no recuerda dónde estaba, e improvisa.
—¿Deben estar bastante cansados, supongo?
—Terriblemente —Beryl sacudió la cabeza con alguna vehemencia—. E insisten en representar su papel de una manera diferente, de cualquier manera, con tal de que sea una novedad, algo distinto a lo que les enseñé, y trastornan todo. Y tienen ataques de risa por nada; están prontos a soltar la carcajada en sus mismas caras. ¡Mira qué atrocidad están haciendo! ¡Mira!
Dennis no encontró ninguna diferencia con la representación que había visto en otras ocasiones. Pero al lanzar una inquieta mirada percibió lo esencial de la humanidad, en medio del aburrimiento y la fatiga nerviosa, detrás de esta fachada de seguridad. Miró de reojo a su compañera.
—¿Qué decías, Beryl? —preguntó—. ¿Bruce tiene algunos planes para la próxima obra?
Beryl permaneció silenciosa un momento, levantando los hombros, mientras resonaban suavemente las voces del escenario.
—¡Dios sabe —confesó— que no me opongo a que Bruce represente a un asesino!
—¿Un asesino?
—Sí. En primer lugar, será un cambio de todas estas obras, en las que representa a un aristócrata disfrazado que penetra en el seno de una familia de los arrabales… querido mío… una pieza sobre la vida de familia no puede fracasar en Inglaterra… y él arregla todos los entuertos, y, en el tercer acto, descubre que siempre ha estado enamorado de la muchacha, a quien trata como a una buena amiga.
Beryl rió, conteniendo el aliento. Rió mucho más, pensó Dennis, que lo que merecía el asunto.
—Y —sugirió él— ¿no te agrada esta nueva obra?
—Al contrario, Dennis. Tiene un gran argumento. Por eso no se puede jugar con él. Por eso…
—¡Chist!
—Un prolongado chistido, que se convirtió en varios chistidos, como si saliera de un nido de serpientes, surgió de la penumbra.
Varias caras enfurecidas se volvieron para protestar contra aquel murmullo en el fondo de la platea.
—Vamos —dijo Beryl, y tomó a Dennis del brazo.
Doblaron hacia la izquierda, hacia el pasadizo que llevaba a la puerta de hierro que conducía detrás del escenario. Dennis, con la nuca roja de vergüenza, sintió que todas las miradas lo seguían. Más adelante, en una oscuridad llena de polvo y ensombrecida por altos decorados, donde las voces de los actores poseían una calidad fantasmal que parecía surgir del aire, los sentimientos de Dennis se tranquilizaron.
El camerino de Bruce Ransom estaba vacío, con excepción de Toby, el ayudante, quien estaba a punto de salir a buscar cerveza para Ransom.
—Siéntate —dijo Beryl, quitándose la bufanda y la chaqueta y arrojándolos sobre un sofá—. Quiero que estés listo para provocarlo.
El camerino era una habitación amplia y sin aire; de no haber sido por el gran espejo sobre el tocador, el lavatorio con agua fría y caliente y el ropero cubierto por una cortina floreada, hubiera parecido una sala de espera en un hotel.
Las luces eran amarillentas, débiles y tranquilizadoras. Los ruidos penetraban aquí callada y apagadamente, como lejos del mundo. La mascota de Bruce Ransom para la temporada, un perro a lunares, lleno de estopa, los contempló con sus duros ojos de vidrio desde los cosméticos del tocador.
Dennis, hundiéndose en un sillón tapizado de marrón, sin sacarse el sombrero, ni dejar su paraguas y con su cartera ante él, frunció el ceño a Beryl.
—Has dicho —prosiguió— algo referente a un asesino. ¿De qué se trata? ¿De una pieza de misterio?
—¡No, no, no! Se basa en el caso real de Roger Bewlay. ¿Has oído hablar de Roger Bewlay?
Dennis se incorporó como si lo hubieran pinchado.
—¿No querrás decir —preguntó incrédulamente— que Bruce va a representar el papel de Roger Bewlay?
—Así es. Aunque se le llamará por otro nombre, naturalmente. ¿Por qué no?
—No hay ningún motivo para que no lo haga, sólo que… es un asunto muy feo, Beryl. Es posible que Bewlay esté todavía vivo.
—Además —sonrió Beryl— la policía lo busca todavía. Lo ahorcarán, si lo encuentran. Así que no pienso que él nos demande por injurias.
—No. Pero no sería nada agradable que la primera actriz lo encontrara en su camerino una noche. ¿Y cómo vas a solucionar el misterio?
—¿Qué misterio?
Beryl sacudió el brillante cabello negro que caía casi sobre sus hombros. Estaba inclinada hacia adelante en el borde del sofá, con las manos abrazando una rodilla, y una ansiosa preocupación en su rostro. Pero sus ojos azul oscuro estaban despiertos.
—Escucha, querida Beryl, Roger Bewlay mató por lo menos a cuatro mujeres.
—¡Horrible! —dijo Beryl soñadoramente—. El público se entusiasmará. —Y asintió vigorosamente.
Dennis no prestó atención a esto.
—Bewlay —prosiguió— se especializaba en mujeres sin parientes. Su primera víctima fue la hija de un clérigo; la segunda una estudiante de música; la tercera la ayudante de un adivino; y la cuarta… bueno, nunca pudieron descubrir quién era, ni nada relativo a ella.
—¡Dennis! ¿Cómo diablos sabes todo eso?
—El oficial de Scotland Yard que se ocupó del caso es amigo mío.
—¡Oh! —suspiró Beryl, con una rara inflexión infantil y abriendo mucho los ojos. Se irguió. Estaba realmente impresionada.
—El hecho es, Beryl, que Bewlay mató a esas mujeres. Después, de una manera que parece magia negra, hizo desaparecer los cuerpos. ¿Cómo hizo esto?
—Quizás los enterró —contestó Beryl, con la distracción de alguien que nunca ha enfrentado horrores—. Quizás los quemó. ¡Cualquier cosa!
—Temo que esa explicación no sirva.
—¿Por qué no, querido?
(Dennis hubiera deseado que ella no lo llamara querido, de la manera distraída en que lo hacía con todo el mundo.)
—El inspector Masters —prosiguió diciendo— no quiere dar detalles sobre el último asesinato. Hay una prueba en reserva, como quien dice una carta en la manga, si alguna vez encuentran a Bewlay. Lo único que he podido pescar es que existe un testigo que vio a la cuarta víctima después de su muerte.
—¡Pero eso es imposible! En la noche del asesinato dos policías vigilaban el frente y el fondo de la casa. Ellos afirman que ni un alma, excepto Bewlay, dejó la casa entre el tiempo que la mujer murió y cuando ellos entraron, a la mañana siguiente. La víctima estaba adentro y permaneció dentro. Pero, cuando ellos entraron, Bewlay había hecho desaparecer el cuerpo.
—Yo… yo ignoraba eso —dijo Beryl, un poco turbada. Pero rechazó las palabras de Dennis—. De todos modos, eso no importa.
—¿Que no importa?
—No importa para la obra.
Beryl se puso de pie y empezó a caminar por la habitación alfombrada, con los brazos cruzados y con pasos breves y rígidos. Otra vez estaba soñando.
—Sólo —dijo— sólo si Bruce quiere cambiar ese final imposible, podré hacer algo muy hermoso.
Estalló.
—Lo que importa, Dennis, es el carácter de Bewlay. Por eso sigo pensando. Me repele y me fascina. ¿Cómo era el hombre ése?
Dennis dio una especie de gruñido.
—Era un anormal. Sobre eso no cabe duda.
—No, pero —ella vaciló— ¿qué clase de hombre era? ¿Qué pensaba de cada una de esas mujeres? ¿Sintió piedad alguna vez? ¿Qué pensaba, por ejemplo, cuando estaba acostado junto a una de ellas en la oscuridad, después de…? ¿Te parezco chocante?
—Por Dios, mujer, no soy un niño en el andador.
—No, pero eres un encantador coche antiguo —dijo Beryl, levantándose súbitamente para acariciar la mejilla de Dennis con exagerada, aunque genuina ternura; súbitamente, se volvió. Con dignidad prosiguió su paseo. Él podría haberse reído de ella si no hubiese sido tan sincero.
—No lo haré —prosiguió Beryl— si Bruce conserva ese espantoso final. No quiero. Pero quiero ver a Bewlay. Quiero comprenderlo. ¿Sabes, Dennis? —Se dio vuelta—. Dije que no importaba cómo él hizo desaparecer los cuerpos. Y no importa porque el argumento de la obra no es lo que le pasó a Bewlay mientras cometía los crímenes. Es lo que le sucedió… después.