Capítulo 19

La vieja friccionaba en círculos el vientre de Fiona, mirando hacia arriba y profiriendo unas letanías incomprensibles. Cada tanto, acercaba unas ramas humeantes al rostro de la joven, y repetía la invocación.

—Está preñada —sentenció al fin la vieja, sin mirar al hombre que, de pie en la puerta de la choza, seguía con atención sus movimientos.

—¡Ja! Con razón tanto aspaviento —dijo el hombre, antes de retirarse.

Fiona comenzó a despertar; le costaba levantar los párpados. Veía todo nublado y escuchaba ruidos raros a su alrededor. Trató de incorporarse, pero no lo consiguió; estaba muy mareada. Se restregó los ojos, y aunque al cabo de un momento pudo ver mejor, no logró reconocer el lugar.

—¿Dónde estoy?

Se incorporó, asustada, y una repentina descompostura la obligó a desistir de su intento. Un rostro enjuto y arrugado que la miraba sin expresión se acercó al suyo.

—Quédate quieta, m’hija, no estás bien. Debes quedarte quieta.

Fiona la miró azorada.

—¡Hijo, ven, acaba de despertar! —gritó la anciana.

—¿Dónde estoy? —volvió a repetir, a punto de llorar.

—Está en mi casa, señora de Silva —respondió una voz masculina.

Fiona se irguió un poco, lo suficiente para ver a un hombre de mediana edad, de pie a unos pasos de ella. Lo contempló unos segundos y volvió a bajar la cabeza, confusa.

—¡Dios Santo! ¿Qué sucedió? ¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes?

—Tranquila, m’hija —dijo la anciana—. Tráeme agua —le ordenó al hombre.

Fiona bebió el agua con lentitud, ayudada por la vieja. Después, retornó a su posición inicial; no soportaba estar mucho tiempo erguida.

—¿No se acuerda de mí, señora? —preguntó el hombre, ya junto al lecho.

Fiona lo miró atentamente una vez más.

—¿Sanc? ¿Sanc Nieté? ¿Eres tú?

—Sí, señora, el mismo.

—¡Oh, Dios, no comprendo nada!

—¡Niña, no intentes levantarte! —la reconvino la anciana, y la obligó a recostarse.

—No se altere, señora. Yo puedo explicárselo todo.

El hombre acercó una banqueta rústica al camastro en el que yacía Fiona.

—Ha dormido por más de ocho horas —le explicó.

—Lo último que recuerdo… No sé, todo es tan confuso. Estaba durmiendo en la carreta y… Bueno…

Se calló, angustiada; las visiones que acudían a su mente eran espantosas.

—Está bien, señora, ya pasó todo. No pude salvarla a ella, pero quiso Soychu que la salvara a usted. Igual que usted a mí, aquella vez, en La Candelaria. Ahora estamos a mano.

—Pero, ¿qué sucedió, Sanc? ¿Qué pasó con los del circo?

—Con los del circo, nada. Fue el dueño el que recibió su merecido.

Sanc dijo algunas palabras más en otra lengua, que Fiona no comprendió.

—Ese Sarquis era un mal bicho, señora, un miserable. Hacía tiempo que lo buscábamos… —Se golpeó la mano con el puño cerrado—. Lo que intentaba hacer con usted, señora, lo hizo con mi niña.

—¿Tu niña?

—Mi hijita. Mi hijita Ayelén. —Se le hizo un nudo en la garganta al mencionar su nombre—. Disculpe, señora, debo irme —dijo con otra voz.

Sanc Nieté se marchó. Fiona, desconcertada, miró a la anciana como pidiéndole una explicación.

—No puede olvidar. El espíritu de mi nieta vaga por esta aldea y no lo deja en paz. Tal vez, ahora que… ¿De dónde conoces a mi hijo?

—En, bueno… Sanc trabaja durante la temporada de la esquila en la estancia de mi esposo. De ahí lo conozco.

—Ah… Tienes esposo.

—Tenía —replicó Fiona.

El indio Sanc Nieté siempre había odiado a los criollos; les habían quitado la tierra, habían dividido a las tribus, y las habían confinado a lugares remotos y áridos. Ahora, los indios necesitaban de ellos para subsistir. Por eso, cada vez que Sanc estaba escaso de reales, dejaba su aldea rumbo a Buenos Aires. Ahí siempre conseguía una changa. Pero desde que trabajó para don de Silva, nunca más buscó otro patrón; aunque era estricto, los trataba bien. Además, les daba buena comida y albergue cómodo. Lo único que había que evitar para no enfurecerlo era embriagarse, pelear o incumplir la tarea. Sentía a de Silva como a uno de ellos. Era bastardo y nadie sabía quiénes eran sus padres; sólo conocían a la negra Candelaria, la mujer que lo había criado.

El respeto que tenía por de Silva se desvaneció cuando el patrón se casó con esa estirada de la Malone. No obstante, ese año también le pidió trabajo, y de Silva lo llevó a trabajar en su nueva adquisición, La Candelaria.

Una noche, Sanc no pudo controlarse y se vació una botella de chicha él solo. Estaba tan borracho que nunca pudo recordar cómo empezó la pelea con ese peón; al cabo de unas horas despertó en un granero. La cabeza le daba vueltas y tenías deseos de vomitar. Al ponerse de pie, perdió el equilibrio y cayó al suelo como un saco de papas. Sintió una puntada en la pierna derecha y se mordió la mano para no gritar de dolor. Un cuchillazo bien asestado le había abierto la pierna en dos. Cuando pudo examinar mejor la herida, comprendió que la cosa era grave.

No pudo tener peor suerte; en ese momento entró al granero la esposa de de Silva junto a su criada. Sanc trató de esconderse tras unos tablones, pero sus movimientos eran torpes y no pasó mucho antes de que lo descubrieran. Más tarde, cuando Fiona y María le limpiaron la herida, y después, cuando se la curaron durante días, tuvo que tragarse los calificativos con los que había adornado a la mujer del patrón. Fiona jamás le preguntó cómo se había lastimado; se limitó a ayudarlo, sin molestos interrogatorios. Él se habría muerto de la vergüenza si su señora se enteraba de que, por borracho, le había sucedido lo de la pierna. Sanc no podía reprimir la risa cuando recordaba el miedo que había sentido de sólo pensar en la ira que se habría apoderado de Silva si hubiese conocido la verdad.

—Si el patrón se entera que estoy aquí herido, sin hacer nada y cuidado como un rey me mata, señora —repetía Sanc una y otra vez.

—Nunca se va a enterar —aseguraba Fiona.

Sanc Nieté se asomó por la entrada de la choza. Desde ahí, divisó a Fiona junto a su esposa. Parecían felices juntas, haciendo pan. Habían pasado varios días desde que la encontrara en la carreta del circo y no sabía qué hacer con ella. Aunque le debía la vida, su deuda con de Silva no era menor. Además, si el patrón se enteraba de que la mantenía oculta en su aldea, lo mataría. Pero le había prometido a Fiona no entregarla y cumpliría su palabra.

Volvió la mirada a ella nuevamente. A pesar de que tenía un embarazo avanzado, apenas si se le notaba el vientre. Estaba muy delgada y eso lo consternaba aún más. Si algo le sucedía al primogénito de de Silva… Sintió el peso del mundo sobre sus hombros.

—¿Quieres hablar de Ayelén? —le preguntó un día Fiona. Lo había buscado largo rato, hasta que lo encontró sentado a la orilla del arroyo. Con un palito, dibujaba cosas sin sentido sobre la marisma y, cada tanto, suspiraba.

—No —respondió Sanc Nieté sin sobresaltarse.

—Tal vez te ayude. ¿Puedo sentarme?

Sanc le hizo lugar a su lado.

—Vamos, Sanc, cuent…

—Usted no comprende, señora, la angustia que se siente cuando alguien de la familia desaparece sin dejar rastro. —Le clavó una mirada cargada de intención—. Después de que Ayelén escapó, la busqué durante semanas enteras, pero no pude encontrarla.

—¿Por qué escapó? —preguntó Fiona tímidamente.

—Porque yo no le permitía casarse con un criollo. Martín se llamaba… Lo había conocido en la ciudad. Se escaparon juntos y no supimos más de ellos; hasta que el muchacho llegó un día aquí con la noticia.

—¿Qué noticia?

Por un momento, Fiona pensó que el indio no volvería a hablar. Bajó la cabeza, retomó sus dibujos en la orilla y suspiró varias veces antes de continuar.

—Al poco tiempo de escapar, ella y Martín se unieron al circo. Allí trabajaban; tenían comida y techo. Pero ese maldito canalla de Sarquis se enloqueció con mi Ayelén y una noche… bueno, le hizo lo que a usted no pudo.

—¿Y Martín? ¿No estaba con ella?

—Esa noche, el muy canalla de Sarquis lo había mandado lejos con no sé qué pretexto. Así que se divirtió a sus anchas… Hijo de puta… Maldito… Después la ahorcó y la arrojó a un barranco, en donde la encontró Martín. El circo había desaparecido y… —Por unos minutos, el indio no habló. Abría grandes los ojos y tenía la cara enrojecida.

—Pero ya está. Yo mismo le abrí la garganta de lado a lado con mi facón. Sarquis, maldito… —concluyó con una mezcla de furia y desazón.

Fiona se estremeció. Luego, se acercó un poco más a Sanc y le tomó la mano.

—Lo siento mucho, Sanc.

—Está bien, señora. Ahora sólo tengo que encontrar un poco de paz.

Permanecieron largo rato callados, acompañados por el murmullo del agua del arroyo corriendo entre las piedras y el chirrido incansable de las chicharras en los espinillos. Fiona se había quitado los zapatos y se remojaba los pies en el agua fresca. Sanc continuaba con su palito sobre la marisma.

—¡Ay! —exclamó Fiona, llevándose la mano al vientre—. ¡Se movió, Sanc, se movió! Vamos, pon la mano.

—No sé si debo…

—¡Vamos, no seas tonto!

Fiona le arrastró la mano hacia ella, e hizo que la apoyara sobre su regazo.

—¡Es cierto, se mueve! —exclamó el indio, asombrado. Sonriente, mantuvo la mano unos segundos sobre el vientre de Fiona. Después, la retiró de golpe. El gesto de su rostro había cambiado; ahora estaba serio—. Señora Fiona, señora Fiona… ¿Qué haré con usted?

La joven bajó la vista, sacó los pies del agua y comenzó a ponerse los botines.

—Señora Fiona, tengo que decirle algo, no se enoje conmigo. La semana pasada, cuando estuve en Buenos Aires, anduve averiguando de su esposo, ¿sabe?

Fiona levantó la vista.

—Dicen que está como loco buscándola, que no hace otra cosa desde hace meses. Ha dejado la administración de las estancias de Rosas, y las suyas están a cargo de Celedonio y Eliseo. Dicen que no para un minuto de buscarla. Tiene varios grupos recorriendo la Confederación y hasta ofrece recompensa a quien pueda darle algún dato. Varios le han querido vender información falsa, pero él se ha dado cuenta. No debe faltar mucho para que él o alguno de sus grupos vengan por esta zona. ¿Qué haremos si eso pasa? —El indio dejó vagar la vista por la marisma—. ¡Pobre hombre! Yo sé lo que está sintiendo. Está desesperado y…

—¡Basta. Sanc! ¡Basta, por Dios! ¿Crees que todo esto es fácil para mí? ¿Crees que no desearía estar junto a él? —Comenzó a lloriquear—. Él me engañó, Sanc, me dijo que me amaba y no era verdad. Eso jamás podré perdonárselo.

Sollozó un momento, cabizbaja, mordiéndose los labios, y con los ojos apretados para que Sanc no se diera cuenta. Después, se recompuso y le pidió que la dejara sola. El indio se perdió entre la espesura del monte; entonces, Fiona se recostó sobre la orilla y lloró.

Fiona se sentía bien ahí, aunque no fuera más que un caserío de adobe y paja y a pesar de que debía trabajar duramente todo el día ayudando a las mujeres. Cierto que, de cuando en cuando, se angustiaba pensando en el futuro. ¿Volvería algún día? Habían pasado tantas cosas en su vida que temía responder esa pregunta. Ahora no le resultaría tan fácil regresar. Pensaba en su familia, en María, en Eliseo, y el corazón se le contraía de angustia. Estaban sufriendo. Ella los estaba haciendo sufrir. Eso la torturaba día y noche. Pero no se sentía capaz de volver, no aún. Todavía no contaba con las fuerzas suficientes para encararlo; el rostro de Juan Cruz aparecía una y otra vez en sus pensamientos. Fiona sentía que aquello la desquiciaba. Pero debía ser fuerte y soportar el tormento, pronto llegarían tiempos de paz; entonces, ella podría volver para enfrentarlo. De Silva era un hombre inteligente, muy hábil; si existía el menor atisbo de debilidad en ella, Juan Cruz sabría encontrarlo y aprovecharse de él. Y ella quedaría a su merced, como siempre. Debía pensar.

—¡Mira, Fiona, lo que encontré!

La madre de Sanc la rescató de sus reflexiones.

—¿Qué, Aimara?

—Esto era de mi hijo. Mira… Lo encontré entre unas cosas viejas, tal vez sirva para el guachito —dijo, rozándole el vientre.

Fiona tomó la prenda ajada y le dio las gracias.

—Qué pequeñita —dijo Aimara, observando la ropita.

—¿Usted la hizo?

—Claro, m’hija. ¿Quién más si no? Antes de que naciera Sanc Nieté, me pasé días enteros cosiendo y cosiendo.

—Sanc Nieté… —murmuró Fiona para sí—. Qué nombre extraño, ¿verdad? No se parece a ninguno de los otros nombres indígenas que conozco.

—Es que no es nombre pampa. Mi esposo se lo puso. Él me dijo que era nombre de una tribu de tierras muy lejanas, mucho más viejas que éstas.

—¿Sabe qué significa?

—Es el nombre de una leyenda, pero no recuerdo su significado.

—¿De una leyenda?

Alguien llamó a Aimara y la pregunta de Fiona quedó sin respuesta.

Esa noche Fiona se sentía más triste que de costumbre. El fogón y todos en torno a él le recordaban a los peones de La Candelaria, sentados alrededor del fuego, contando historias de ánimas y espíritus malignos. Muchas veces, de Silva se aunaba a su gente en esas reuniones y no volvía hasta muy tarde en la noche. Fiona permanecía despierta hasta que lo escuchaba entrar en su dormitorio; sólo entonces se dormía. Si hacían el amor cuando él regresaba, Juan Cruz estaba sudado, olía a humo y tenía el pelo revuelto. La piel de Fiona se erizó con el recuerdo y bajó la vista para que nadie la viera perturbada.

El sonido monótono de la danza que bailaban alrededor de la fogata la atrajo de nuevo.

—Señora Fiona. —Sanc Nieté se sentó a su lado—. ¿Se siente bien, señora?

Fiona lo miró a los ojos y Sanc le sostuvo la mirada.

—Vamos, Sanc, cuéntame la leyenda de tu nombre —le pidió.

Alguien de la tribu, cerca de ellos, escuchó a la señora de la ciudad y se aunó a su pedido.

—Anda, Sanc, cuéntanos la leyenda.

La danza terminó y los indios permanecieron en silencio en torno al fuego, esperando la historia. Por unos momentos, sólo se escuchó el crepitar de los leños y los aullidos de algún animal en celo perdido en el monte.

Con voz tranquila, Sanc comenzó el relato.

—Hace mucho tiempo ya, mucho antes de que el criollo llegara a estas tierras, muchísimo antes, existían dos tribus, muy poderosas las dos. Eran vecinas desde siglos y siempre habían estado en guerra. Miles de hombres morían en las batallas y la población disminuía sin cesar. Entonces, los caciques de las tribus, apenados por tanta sangre y tanta muerte, decidieron hacer la paz y acabar por fin con esa guerra que ni siquiera recordaban por qué sus ancestros habían comenzado.

Los jefes de las tribus se reunieron en un monte alejado de sus territorios y se pusieron de acuerdo en que no volverían a guerrear. Y para sellar esa promesa, decidieron casar a sus hijos para que la descendencia uniera las dos tribus en una sola, poderosa y rica. Y así lo hicieron. El cacique de la tribu del norte entregó a su hija más bella y más inteligente y el cacique del sur dio a su único hijo. La joven se llamaba Tamlika, que significa «eterna», y el joven se llamaba Sanc Nieté, «el que busca».

La muchacha era tan bella y despierta que Sanc Nieté no tardó mucho en enamorarse de ella. Tamlika, algo presumida y rebelde, también lo amaba, a su manera. Vivían felices en un palacio que ambos caciques habían construido y adornado con las cosas más costosas que encontraron.

Al poco tiempo, los caciques murieron y Sanc Nieté fue el jefe de todos. Era un buen cacique y la gente de ambas tribus lo amaba. Pero había alguien que lo detestaba: uno de sus cuñados, el hermano menor de Tamlika. El joven, poco inteligente y muy envidioso, había deseado desde siempre la muerte de su padre para apoderarse de la tribu y mandarla a su antojo. Por eso, el hecho de que se hubieran unido las dos tribus y el resultado de esa unión, que su cuñado fuera el jefe de todo, lo llevaban, día a día, a odiar cada vez más a Sanc Nieté. Con el corazón lleno de perfidia, se encaminó una tarde a visitar a su hermana Tamlika al palacio del cacique. Su hermana, que lo quería mucho, se alegró de verlo. Al poco rato de llegar, el hermano dijo a la joven que su esposo había asesinado a los dos caciques, el del norte y el del sur, para apoderarse de todo y ser el jefe supremo por siempre. Además, le dijo que Sanc estaba planeando matar a toda la familia de Tamlika, incluso a ella misma, para no tener que compartir su poder y fortuna con nadie. «Para ti ha dispuesto el tormento más horripilante, porque te odia más que a nadie y desea verte sufrir.» Después de mentir, el hermano de la joven se marchó del palacio.

Tamlika, que con el paso del tiempo había llegado a adorar a Sanc, se volvió loca de la furia y comenzó a gritar y a romper todo a su alrededor. Odió a su esposo con todo su corazón y lo único que deseó fue verlo padecer. Abandonó el palacio, llena de rencor, y corrió por el monte pensando en cómo dañar a Sanc. Sin darse cuenta, llegó a una zona prohibida para ella, a la que sólo podían entrar los sacerdotes y sus víctimas. Era la fosa donde se sacrificaba a las jóvenes vírgenes para apaciguar la ira de los dioses. Tamlika se acercó al borde del pozo y se arrojó dentro: prefería morir antes que caer en manos de su esposo. Pero como no era virgen, los dioses se enfurecieron con ella, la sacaron de las entrañas del hoyo y la convirtieron en eucalipto, plantándola a la orilla del pozo.

Al enterarse de que su mujer había desaparecido, Sanc Nieté lloró. Al día siguiente, comenzó a buscarla y no dejó rincón de su territorio sin explorar. La pérdida de Tamlika lo atormentaba y no lo dejaba en paz. La extrañaba tanto que cada noche se dormía llorando. Su rostro se había vuelto del color de las cenizas y sus cabellos estaban cada vez más encanecidos.

Un día, Sanc llegó a la zona prohibida del pozo. Sin saber dónde estaba, se acercó al foso y lo contempló por unos minutos. Después, se recostó sobre el tronco de Tamlika, quedándose dormido. Su esposa lo llamaba desde el interior del árbol, pero Sanc no la escuchaba. Estaba arrepentida y sufría por el dolor del cacique, porque los dioses le habían dicho que lo de su hermano era mentira. Tamlika lo llamaba, una y otra vez, pero el joven no la escuchaba y continuaba dormido.

Los dioses, que sabían que Sanc era un buen hombre, que amaba a su pueblo y respetaba a los supremos, se apiadaron de él.

Entonces, lo despertaron. Cuando el joven abrió los ojos, se había olvidado de todo. Su rostro era lozano nuevamente y su cabello tan negro como antes. De pronto, se echó hacia atrás: del foso de las vírgenes emergía en ese momento una joven muy hermosa que le sonrió al verlo. Sanc se enamoró de ella y, bajo el eucalipto, le pidió que fuera su esposa.

Por eso, esas gotas gruesas y pegajosas que chorrean del tronco del eucalipto son las lágrimas de Tamlika, que nunca dejó de llorar por el amor perdido de Sanc Nieté.

Fiona se despertó sobresaltada y miró, aturdida, a su alrededor. Algunos indios dormían cerca de ella, junto al fogón. El fuego ya no existía, sólo algunas ascuas aún incandescentes. Todavía no había amanecido, aunque el cielo estaba claro en el horizonte.

Trató de ponerse de pie, pero no lo consiguió; tenía las piernas entumecidas y la cabeza le pesaba. Primero se sentó; después, de a poco, se levantó. Caminó entre las gentes dormidas buscando a Sanc. Fue hasta la choza del indio y se asomó por la abertura. Su esposa dormía sola en el jergón. Se preguntó, intrigada, dónde podría hallarlo.

Se encaminó al arroyo y lo encontró sentado sobre un tronco, dibujando con un palito sobre la marisma, como siempre. Se acercó a él sigilosamente; no deseaba sobresaltarlo. Todo estaba tan quieto allí que tampoco quería romper el silencio del lugar. Por fin, lo llamó.

—Sanc…

El hombre le dispensó unas miradas apacibles, sin decir palabra. Fiona fijó los suyos en los ojos oscuros del indio; entonces, le pidió:

—Hablame de de Silva, Sanc.

Fiona se sentó al lado del hombre y se dispuso a escucharlo. Sanc Nieté arrojó el palito al río y se llevó las manos a la cabeza, acomodándose el pelo. Después, miró un rato la corriente del agua y suspiró.

—¿Sabe que es lo que más respetamos de su esposo, señora? Que es uno de nosotros. Si señor, de Silva es igual a cada uno de nosotros. Es bastardo, además de un… ¿cómo es que llaman ustedes a los pobretones que se hacen ricos?

Fiona no habló. Permanecía muda escuchándolo y mirándolo.

—¡Un guarango! —recordó de pronto Sanc Nieté—. Eso es; un tipo sin alcurnia que por un golpe de suerte se hace muy rico. Bueno, de Silva es eso, rico, pero con un pasado no muy distinto al mío o al de Celedonio.

El indio tomó una ramita del suelo y comenzó a masticarla. No habló por largos minutos, tranquilo y pensativo como estaba de pronto, pareció encontrar su línea de argumentación.

—El señor de Silva conoce el trabajo como nadie No hay en toda la Confederación hombre que conozca mejor las tareas de una estancia que su esposo, señora.

La miró. Fiona bajó la vista, pero no se sintió triste. Un calor le invadió el pecho, orgullosa de escuchar esas palabras. Sí, Juan Cruz amaba lo que hacía, por eso lo hacía bien. Sus campos eran de los más ricos; su saladero, el más importante y prospero, montaba como nadie; era un placer para Fiona ver como dominaba a su padrillo mañero y doblegarlo a voluntad. Tal como había hecho con ella. Esos días de odios y luchas volvieron a su mente y la hicieron sonreír.

—El patrón no le teme a nada. No tiene miedo de llenarse las botas de bosta, ni de ayudar a una yegua en un parto.

La joven recordó aquel día en el granero, cuando lo encontró luchando con el ternero. Después lo había visto hundir su mano en el linimento hediondo y pasárselo por las heridas infectadas. Sabía que Sanc no le mentía; ella era consciente de cada cosa que el indio le decía, pero necesitaba escucharlo de su boca.

—Sabe tanto que nadie le hace sombra. Y se rompió el lomo como nadie para conseguir todo lo que tiene; nadie le regaló nada. ¡Tiene las pelotas bien puestas el patrón!

Fiona se sonrojó al escuchar esa expresión, un poco burda para sus oídos. ¡Pero que cierta!, pensó ella sabía muy bien que su esposo era un hombre con todas las letras, nadie tenía que decírselo, lo comparó con los que había conocido en su vida y entendió que, a excepción de su abuelo y Eliseo, había estado rodeada por niños; niños sin convicciones ni fuerza de corazón.

—¿Por qué lo llaman «el diablo», entonces? —preguntó la joven.

—No fue su gente la que le puso ese mote, señora, se lo aseguro El patrón es bravo, nadie lo niega, pero también es justo cuando se cumple, y hasta generoso. Eso sus peones lo sabemos. No sé, tal vez alguien que lo envidia mucho le puso «el diablo». Su esposo es una persona muy afortunada; no debe faltar algún mentecato maricón que lo cele. Además, llevándola a usted del brazo, señora mía, de Silva es el hombre más dichoso del Río de Plata, créame.

Sanc Nieté se levantó, dispuesto a regresar al caserío. Tenía cosas que hacer y el tiempo volaba cuando se sentaba a conversar con su señora.

Fiona levantó la vista y le extendió las manos para que la ayudara a ponerse de pie. El vientre le había crecido en esos días y se sentía un poco torpe e inútil. Se sacudió las asentaderas y se acomodó el pelo. Después, miró al indio y habló.

—Llévame a casa, Sanc ya es tiempo de volver —dijo con sencillez.