No iba a jurarle nada. Y tampoco iba a permitirle que me arrancara esas palabras. Por mucho que me hiciera sufrir, tenía que mantenerme fuerte. Pero para resistir no me bastaba con una actitud defensiva: necesitaba hacer un movimiento ofensivo, y deprisa.
«Contraataca sus trucos psicológicos con algunos de los tuyos», me ordené a mí misma. Dante había dicho que los trucos psicológicos eran mi mejor arma. Me había confesado que se me daban mejor que a cualquiera de los Nefilim que había conocido. Había engañado a Patch. Y estaba dispuesta a engañar también a Baruch. Crearía mi propia realidad y lo encerraría en ella sin darle tiempo de saber qué le había ocurrido.
Cerré los ojos para aislarme del canto insidioso con que Baruch me instaba a hacer mi juramento, y me refugié en el interior de mi cabeza. Si me sentía capaz de dar ese paso era porque ese mismo día me había tomado una dosis de hechicería diabólica. No confiaba en mi propia fortaleza, pero la hechicería diabólica me convertía en una versión mejorada de mí misma. Agudizaba mis talentos naturales, incluida mi capacidad de hacer trucos psicológicos.
Me sumergí en la oscuridad de los tortuosos pasadizos de la mente de Baruch, descargando una explosión tras otra a mi paso. Me moví lo más deprisa que pude, consciente de que si cometía un error, si le daba una sola razón para sospechar que estaba reconstruyendo sus pensamientos, si dejaba aunque solo fuera un rastro sutil de mi presencia…
Elegí lo único que sabía que lo alarmaría: los Nefilim.
«¡El ejército de la Mano Negra!», pensé a voz en grito dentro de la cabeza de Baruch. Arremetí contra sus pensamientos con una imagen de Dante irrumpiendo en el salón de casa seguido de veinte, treinta, no… ¡cuarenta Nefilim! Fui filtrando imágenes de sus miradas de cólera y sus puños cerrados en su inconsciente. Para darle a la visión mayor verosimilitud, fabriqué en su mente la ilusión de que veía a sus propios hombres desapareciendo por la puerta a manos de los Nefilim, como sus prisioneros.
A pesar de todas mis descargas, Baruch se resistía. Se había quedado de pie como una estatua, sin reaccionar como habría esperado ante la presencia masiva de los Nefilim. Temí que sospechara algo, y proseguí con mi ataque con mayor ahínco.
«No te metas con nuestros líderes, no te metas con nosotros… con ninguno de nosotros». Arrojé esas palabras de Dante en la mente de Baruch. «Nora no va a jurarte lealtad. Ni ahora ni nunca». Creé entonces una imagen de Dante cogiendo el atizador que teníamos junto a la chimenea y hundiéndolo con saña en las cicatrices del ángel caído, allí donde había tenido antes las alas. Introduje esa vívida imagen en el fondo del cerebro de Baruch.
Y entonces lo oí desplomarse sobre sus rodillas y abrí los ojos. Estaba a cuatro patas, con los hombros encorvados. Una expresión de asombro dominaba sus facciones. Tenía los ojos vidriosos, y un rastro de saliva se había alojado en las comisuras de sus labios. Se echó las manos a la espalda, agarrando el aire: trataba de arrancarse el atizador.
Respiré aliviada y exhausta. Se lo había creído. Mi truco psicológico había funcionado.
Me pareció ver la sombra de una figura junto a la puerta.
Me puse en pie de un salto y alargué el brazo hacia la chimenea para agarrar el auténtico atizador. Lo levanté por encima de los hombros, preparándome para un ataque, y entonces vi aparecer a Dabria. Sus cabellos despedían un brillo glacial en la penumbra y su boca era una línea sombría.
—¿Le has sometido a un truco psicológico? —supuso—. Bien. Pero ahora tenemos que irnos —me dijo.
Estuve a punto de echarme a reír.
—¿Se puede saber qué estás haciendo aquí? —le pregunté fríamente con desconfianza.
Pasó por encima del cuerpo inmóvil de Baruch.
—Patch me ha pedido que te llevara a un lugar seguro.
—Estás mintiendo —aseguré sacudiendo la cabeza—. No te ha mandado Patch. Sabe muy bien que eres la última persona en la que confiaría. —Agarré el atizador con más fuerza. Si se acercaba un paso más, estaría encantada de clavárselo en sus cicatrices, y, como Baruch, se quedaría en un estado cercano al coma hasta que encontrara el modo de arrancárselo.
—No le ha quedado otra. Ha tenido que encargarse de los demás ángeles caídos que han asaltado tu fiesta y borrar los recuerdos de las mentes de todos los invitados; algunos aún corren calle abajo presa del pánico: no sé tú, pero yo diría que está un poco ocupado. ¿No tenéis una especie de código secreto para situaciones como esta? —Nada parecía afectar su actitud de gélida serenidad—. Cuando estaba con Patch, teníamos uno. Habría confiado en cualquiera que lo supiera.
No le apartaba los ojos de encima. ¿Un código secreto? Caray, sabía darme donde me dolía.
—De hecho, sí tenemos un código secreto —le dije—. Dabria es una sanguijuela patética que no sabe pasar página. —Me tapé la boca con la mano—. Oh, ahora caigo: ya entiendo por qué Patch no ha compartido contigo nuestro código secreto —añadí con desprecio.
Sus labios se hicieron aún más finos.
—O me dices la auténtica razón por la que has venido o voy a hundirte este atizador en tus cicatrices con tanta fuerza que se convertirá en tu nuevo apéndice —le advertí.
—No tengo por qué aguantar esto —repuso Dabria dando media vuelta.
La seguí por la casa desierta hasta el camino de la entrada.
—Sé que estás chantajeando a Pepper Friberg —le solté. No fui capaz de advertir si la había pillado por sorpresa. Siguió caminando sin vacilar—. Pepper cree que el chantajista es Patch y está haciendo todo lo posible para mandarlo al infierno. Tú misma, Dabria: dices que aún quieres a Patch, pero tienes un modo muy curioso de demostrarlo. Por tu culpa, corre el peligro de acabar en el exilio. ¿Es ese tu plan? ¿Si tú no puedes tenerlo, que no lo tenga nadie?
El llavero de Dabria soltó un bip, y se encendieron las luces traseras del coche deportivo más extravagante que había visto en mi vida.
—¿Y eso? —pregunté.
Me miró con condescendencia y repuso:
—Es mi Bugatti.
Un Bugatti. Vistoso, sofisticado y único. Como Dabria. Se sentó al volante.
—Será mejor que saques a ese ángel caído del salón antes de que vuelva tu madre. —Hizo una pausa—. Y tal vez deberías verificar tus informaciones antes de andar acusando a la gente.
Se dispuso a cerrar la puerta, pero yo se lo impedí.
—¿Me estás diciendo que no has chantajeado a Pepper? —le pregunté en tono airado—. Os vi discutiendo en el callejón de La Bolsa del Diablo.
Dabria se puso un pañuelo de seda en la cabeza y se echó un extremo sobre el hombro derecho, y el otro, sobre el izquierdo.
—No deberías escuchar a escondidas, Nora. Y Pepper es un arcángel del que harías bien en mantenerte alejada. No se anda con tonterías.
—Yo tampoco.
Me miró directamente a los ojos.
—No es que sea asunto tuyo, pero esa noche Pepper me buscó porque sabe que tengo cierta relación con Patch. Trata de localizarlo y creyó que yo lo ayudaría: por supuesto, se equivocó.
Le dio al contacto y aceleró el motor para ahogar mi respuesta.
Miré a Dabria intensamente: no me creía que su relación con Pepper fuera tan inocente. Tenía un largo historial como mentirosa y, además, estábamos enemistadas. Ella era el terrible recordatorio de que Patch había estado con alguien antes que conmigo. Todo habría sido más fácil si Dabria se hubiera quedado en el pasado de Patch, justo donde pertenecía. Sin embargo, en lugar de eso, siempre volvía a aparecer; era como esos malos de las películas de terror que no acaban de morir nunca.
—No sabes ver el carácter de las personas —dijo, poniendo la primera y apretando el acelerador.
Me planté de un salto delante del parachoques y descargué las dos manos en el capó. Aún no había terminado.
—Cuando se trata de ti, no me equivoco. —Subí la voz para hacerme oír por encima del ronroneo del motor—. Eres intrigante, traicionera, egoísta y una narcisista egocéntrica.
La mandíbula de Dabria se tensó visiblemente. Se apartó del rostro un mechón de cabello suelto, salió del coche y se encaró conmigo. Con tacones, era tan alta como yo.
—Yo también quiero limpiar el nombre de Patch —dijo con su voz fría de bruja.
—Vaya, una frasecita que merecería un Oscar.
Me atravesó con la mirada.
—Le dije a Patch que eras inmadura e impulsiva, y que nunca superarías los celos que te corroen por lo que tuvimos, una relación lo bastante larga como para hacerla resucitar.
Se me encendieron las mejillas y la agarré del brazo con fuerza antes de que pudiera esquivarme.
—No vuelvas a hablar con Patch de mí en tu vida. Es más, no vuelvas a hablar con él y punto.
—Patch confía en mí. Eso debería bastarte.
—Patch no confía en ti. Solo te está utilizando. Seguirá dándote esperanzas, pero al final prescindirá de ti. En cuanto dejes de serle útil, se acabó.
Los labios de Dabria se contrajeron en un gesto desagradable.
—Ya que nos estamos dando consejos mutuamente, aquí tienes el mío: deja ya de tocarme las narices. —Y sus ojos me fulminaron en señal de advertencia.
Me estaba amenazando.
Tenía algo que ocultar.
Y yo descubriría qué era y acabaría con ella.