—Ya tenemos lo que nos hacía falta —dijo Carcante.
—Si la goleta no tiene alguna vía de agua en el casco —objetó uno de los individuos.
—Una vía de agua u otra avería cualquiera se repara —se limitó a decir Kongre.
La parte al descubierto aparecía intacta; el timón, en buen estado.
En cuanto a la parte opuesta, que descansaba en tierra, no era posible examinarla hasta que subiese la marea.
—A bordo —dijo Kongre. La inclinación del barco hacía fácil la subida por babor.
El choque no debía haber sido muy rudo, a juzgar por el buen estado en que todo se encontraba.
El primer cuidado de Kongre fue registrar el camarote del capitán, y apoderándose de los papeles de a bordo, volvió con ellos en busca de Carcante.
Por ellos vieron que la goleta Maule, del puerto de Valparaíso, Chile, era de 157 toneladas; que el capitán se llamaba Pailha; que contaba con seis hombres de tripulación, y que había zarpado el 23 de noviembre con rumbo a las islas Falkland.
Después de haber doblado sin accidente el cabo de Hornos, la Maule se disponía a embocar el estrecho de Lemaire, cuando se perdió en los arrecifes de la Isla de los Estados. Ni el capitán Pailha ni ninguno de sus hambres habían podido salvarse, pues no tenían más refugio que el cabo San Bartolomé, y nadie había aparecido por tierra.
La goleta no llevaba cargamento; pero lo importante era que Kongre tuviese un barco a su disposición para dejar la isla con todo su siniestro botín. Kongre dijo a Carcante:
—Vamos a prepararlo todo para levantar la goleta en cuanto tenga suficiente agua bajo la quilla. Es posible que no haya sufrido averías graves.
—Bien pronto lo sabremos —repuso Carcante—, pues la marea empieza a subir. Y entonces, ¿qué haremos, Kongre?
—Conducir la goleta fuera de los arrecifes, al fondo de la caleta de los Pingouins, delante de las cavernas. —¿Y luego?— Luego embarcaremos todo lo que hemos llevado de la bahía de Elgor.
Todos se pusieron al trabajo para no perder la próxima marea, lo que hubiera retardado doce horas el poner a flote la goleta. Era necesario a toda costa que estuviese fondeada en la caleta antes de mediodía. Allí estaría relativamente en seguridad, si el tiempo continuaba en calma.
Primeramente Kongre, ayudado por sus hombres, colocó el ancla fuera del barco, dando toda la extensión de la cadena. Antes que la marea empezase a bajar habría tiempo suficiente de llevarla a la caleta, y antes de mediodía habrían practicado un completo reconocimiento en la cala.
Todas las disposiciones del jefe fueron tan rápidamente ejecutadas, que todo estaba hecho cuando llegó la primera ola. El banco de arena iba a ser recubierto en breve.
Kongre, Carcante y una media docena de compañeros subieron a bordo, en tanto que los otros se retiraban hacia el interior. Ahora sólo había que esperar. Las circunstanciar favorecían los propósitos de Kongre. La brisa ayudaría poner a flote la Maule.
Kongre y los otros se mantenían en la proa, que debía flotar antes que la popa. Si, como se esperaba, no sin razón, la goleta podía girar sobre su talón, la operación se simplificaría notablemente.
El mar iba ganando tierra poco a poco. Ciertos estremecimientos indicaban que el casco sentía la acción de la marea.
Aunque Kongre estaba ya seguro de poder desembarrancar la goleta y ponerla en seguridad en una de las caletas de la bahía Franklin, le preocupaba, no obstante, una eventualidad. ¿Estaría desfondado el casco por la parte que descansaba sobre la arena, y que no había sido posible examinar? Si existía alguna vía de agua, y por ella entraba el mar, no habría más remedio que abandonarla donde estaba, y la primera tempestad acabaría de destruirla.
¡Con qué impaciencia Kongre y sus compañeros seguían los progresos de la marea!
Poco a poco fueron recobrando la, tranquilidad.
El mar iba subiendo a lo largo de los flancos sin penetrar en el interior. El puente iba tomando su horizontalidad.
—¡No hay vía de agua! —exclamó Carcante.
—¡Mano al cabestrante! —ordenó Kongre.
Los hombres se dispusieron a maniobrar.
Kongre, inclinado sobre la borda, observaba la marea, que subía desde hacía hora y media. Faltaría todavía una media hora para que se desprendiese la popa.
Kongre quiso entonces precipitar la operación, y permaneciendo en la proa gritó:
—¡Virar!
Todos los de la banda empujaron vigorosamente las manivelas, y la goleta se enderezó por completo. Carcante recorrió la cala, asegurando que no había entrado el agua. Era ya seguro que la Maule no había sufrido avería de importancia, y en estas condiciones sería fácil conducirla hasta donde estuviera en seguridad.
Se la cardaría durante la tarde, y al día siguiente estaría en disposición cíe hacerse a la mar. SÍ el tiempo no cambiaba, el viento era favorable a la marcha de la Maule, bien que remontase el estrecho de Lemaire o que siguiera la costa meridional de la Isla de los Estados para ganar el Atlántico.
Poco después de las ocho y media la proa empezó a levantarse. Pero la segunda mitad de la quilla tocaba todavía en la arena.
Kongre y los suyos no dejaban de sentir viva inquietud. El mar no subía más que durante media llora escasa, y era necesario que antes de ese tiempo, la Maule estuviera completamente a flote. Durante dos días la marea iría disminuyendo en intensidad, y no recobraría su máximum hasta pasadas cuarenta y ocho horas.
Había llegado el momento de hacer un supremo esfuerzo. Fácil es imaginarse cuál sería el furor, mejor dicho, la rabia de esta gentuza al considerarse impotentes. ¡Tener bajo sus pies el navío que anhelaban desde largo tiempo, que les aseguraba la libertad, la Impunidad tal vez, y no poderle arrancar del banco de arena!…
Un retraso cualquiera podría constituir un fracaso completo.
Era evidente que la marea empezaba ya a bajar lentamente y que las rocas iban bien pronto a quedar en seco.
Viendo la partida fallida, los hombres lanzaban juramentos formidables, y casi sin aliento, se disponían a renunciar a una empresa que no podía tener éxito.
Kongre corrió hacia ellos, los ojos centellantes, los labios cubiertos de rabiosa espuma. Agarrando una hacha, les amenazó con abrir la cabeza al primero que desertase de su puesto: y ya sabían todos que cumpliría la amenaza.