VEINTICUATRO

Las cortinas se movían inquietas aquella mañana de domingo. Noelia abrió los ojos sobresaltada por algo que no acertaba a adivinar. El aire se percibía extraño. La casa no albergaba todos los olores que debiera. Se levantó de la cama y fue a la habitación de Enda. La niña no estaba allí y la cama estaba sin deshacer. El reloj de la mesita marcaba las nueve y cuarto, nunca había llegado tan tarde.

—Enda, mi hija no está —dijo al tiempo que llamaba a la puerta del dormitorio y abría lentamente—. ¿Me puedes ayudar a buscarla?

—Sí, claro —o algo parecido es lo que salió de su boca todavía dormida.

Noelia llamó varias veces al teléfono móvil de Efe sin obtener respuesta alguna. Echaron un vistazo por toda la casa y también por la huerta y el terreno arbolado.

—Esto es absurdo. Vamos a coger el coche —dijo.

Salieron en dirección a Les Casetes por el mismo camino de cabras que la noche anterior. Era improbable que quedase nadie en aquel recinto del baile pero podía haberse entretenido en el bar, que abría de buena mañana, algunos chicos de la zona remataban allí la fiesta. No hubo suerte, Pep, el dueño del local, no la había visto. Condujeron entonces por la carretera Nacional hasta torcer por el desvío hacia la Platja del Castell. Allí echaron un vistazo a los dos merenderos que comenzaban a pescar domingueros despistados.

—Miquel, ¿has visto a Enda? —preguntó Noelia al dueño del merendero que llevaba su nombre.

—No, ¿ocurre algo?

—Nada, no tiene importancia. Estas niñas, que nunca volverían a casa —respondió Noelia procurando disimular la preocupación.

Volvieron a la alquería esperando que Enda Efe ya hubiese aparecido, pero la encontraron vacía. Tan sólo el viejo Octubre aguardaba a que alguien le abriese la puerta, como si no pudiese entrar por los mismos agujeros por los que se escapaba. Noelia llamó a todas las amigas de Enda. Ninguna sabía nada y todas y cada una estaban en sus casas.

—Voy a volver a salir —dijo Noelia—. No puedo esperar sentada, y es demasiado pronto para llamar a la policía; seguramente, no hay de qué preocuparse.

—Voy contigo.

El calor volvía a ser una pesada carga una vez más, una lengua de fuego que secaba el aire, las plantas y hasta a las personas. Dieron vueltas durante un rato sin mediar palabra. Ya casi era mediodía. Noelia ya no podía contener los nervios. Se mostraba vulnerable. Le temblaban las manos, tenía los ojos encendidos. Por su cabeza comenzaban a aflorar pensamientos calamitosos, imágenes horribles, escenas confusas donde Enda aparecía herida, muerta, mutilada, desaparecida… Y luego soledad, mucha soledad. Todo aquel miedo encharcado en soledad.

—Vamos al norte —dijo—, a la playa del Moro. No se me ocurre ningún otro sitio donde no hayamos estado. Luego de eso, sólo nos queda llamar a la policía.

Dio tal volantazo para girar ciento ochenta grados la dirección del coche que hasta ella misma se asustó. Casi perdió el control. Pero no dejó por ello de pisar el pedal. Aquel viejo BMW tosió humo negro y salió disparado hacia el norte por aquella carreterucha que fue trazada paralela a la costa, como si la vigilase. El ruido de la combustión de aquel motor parecía gritar el nombre de Enda por todo aquel marjal.

A un par de kilómetros de la playa del Moro ya la vieron, andaba descalza por la cuneta como uno de esos perros abandonados a su suerte que, asfixiados, buscan inútilmente un charco despistado en mitad del verano. Despeinada como un sauce, con la cabeza ligeramente ladeada y con el top puesto del revés. Tenía la cara quemada por el sol y las partes de su cuerpo que escapaban al cobijo de la poca ropa que llevaba, también. De los zapatos de tacón ni rastro. Los pies sucios, abrasados y magullados. Noelia paró en medio de la carretera y saltó del coche casi en marcha todavía y sin cerrar la puerta. Ni siquiera lo apartó a un lado.

—¡Dios mío! Enda, ¿estás bien, mi vida? —exclamó entre lloros de alegría por encontrarla con vida.

Enda Font la miró desde cientos de kilómetros, desde lo más hondo de sí.

—Lo siento mamá —dijo mientras rompía a llorar con la fuerza de un temporal de mar.