A BORDO DE LA BEHEMOT
Navegando por el golfo de Aqaba, mar Rojo
Martes, 11 de julio de 2006. 18.03
Casi todo el hueco de la sala lo ocupaba una mesa rectangular sobre la que habían colocado ordenadamente unas carpetas de cartón, frente a las que había sentadas una veintena de personas. Harel, Fowler y ella habían entrado los últimos y tuvieron que ocupar los huecos que quedaban. A Andrea le tocó entre una joven afroamericana con una especie de uniforme paramilitar y un hombre maduro de grueso bigote. La joven la ignoró y siguió hablando con los compañeros de su izquierda, vestidos como ella. El hombre maduro le estrechó con una mano de dedos rugosos y gruesos, tan juntos como un paquete de seis cervezas.
—Tommy Eichberg, conductor. Usted debe de ser la señorita Otero.
—Vaya, otro que me conoce. Un placer.
Eichberg sonrió. Tenía un rostro amable y redondo y empezaba a quedarse calvo.
—Espero que ya se encuentre mejor.
Andrea iba a responder pero le interrumpió un fuerte y desagradable carraspeo. Acababa de entrar un anciano que pasaba de largo los setenta. Las arrugas le hostigaban los ojos hasta empequeñecerlos, efecto que se acentuaba por los pequeños lentes que llevaba. Tenía el cráneo pelado y una enorme barba grisácea le flotaba alrededor de la boca como una nube de ceniza. Vestía con pantalones y camisa cortos de color caqui y unas gruesas botas negras. Su voz era tan aguda y desagradable como el filo de un bisturí sobre los dientes. Comenzó a hablar antes siquiera de llegar a la cabecera de la mesa, donde había una pizarra electrónica portátil. Al lado se hallaba el secretario de Kayn.
—Caballeros, señoritas. Mi nombre es Cecyl Forrester y soy profesor de Arqueología Bíblica en la Universidad de Massachusetts. No es la Sorbona, pero es un hogar.
Hubo algunas risas educadas entre los ayudantes del profesor, que habían escuchado el chiste un millón de veces.
—Han estado especulando ustedes acerca del propósito de este viaje desde que pusieron los pies en el barco. Espero que no desde antes, ya que sus, mejor dicho, nuestros contratos de confidencialidad con Kayn Enterprises requieren de silencio absoluto por su parte desde el momento en el que los firmaron y hasta que su muerte haga felices a sus herederos. Las condiciones de mi contrato, por desgracia, también incluyen que les ilumine durante la próxima hora y media. No me interrumpan excepto para hacer preguntas inteligentes. Como el señor Russell me ha facilitado sus fichas, conozco sus IQ e incluso sus marcas favoritas de condones. Así que no se molesten en intentarlo los discípulos del señor Dekker.
Andrea, que estaba parcialmente girada hacia el profesor, escuchó un murmullo amenazador a su espalda. Los de uniforme se agitaban nerviosos.
—Ese hijoputa se cree más listo que nadie —se oyó en un susurro—. Tal vez le haga tragar los dientes uno a uno.
—Silencio.
La voz era suave, pero tenía un matiz tan violento que Andrea no pudo reprimir un escalofrío. Giró la cabeza lo suficiente para ver que pertenecía a Mogens Dekker, el hombre de la cicatriz, apoyado en un mamparo a pocos metros. Los soldados se callaron inmediatamente.
—Bien, y ahora que todos estamos en nuestro lugar —continuó Cecyl Forrester—, será mejor que los presente. Hemos sido convocadas veintitrés personas para el que será el mayor descubrimiento de todos los tiempos, y todos ustedes jugarán un papel en él. Ya conocen al señor Russell, a mi derecha. Él ha sido quien les ha seleccionado a todos.
El asistente de Kayn hizo una inclinación de cabeza a modo de saludo.
—A su derecha, el padre Anthony Fowler, quien actuará como observador del Vaticano en la expedición. Le sigue el grupo de currantes: Nuri Zayit y Rani Peterke, cocinero y ayudante de cocina. Robert Frick y Brian Hanley, intendencia.
Los dos cocineros eran dos hombres mayores. Zayit rondaría los sesenta y era un hombre enjuto y de labios caídos, mientras que su ayudante era un hombre grueso y algo más joven. Andrea no supo precisar cuánto. Los dos de intendencia, por el contrario, eran jóvenes y estaban casi tan morenos como él.
—Además de estos obreros excesivamente pagados tenemos a mis vagos y pelotas ayudantes. Todos tienen licenciaturas en universidades caras y creen saber más que yo: David Pappas, Gordon Durwin, Kyra Corwin, Stowe Erling y Ezra Levine.
Los jóvenes arqueólogos se removieron en sus sillas y trataron de poner cara de profesionalidad. Andrea los compadeció. Los cinco rondaban la treintena, pero el dogal de terror con el que los sujetaba Forrester les hacía parecer más jóvenes e inseguros de lo que eran. Justo lo contrario del otro lado de la mesa, donde se sentaban los uniformados junto a la joven periodista.
—Al fondo, el señor Dekker y sus perros de presa: los gemelos Gottlieb, Alois y Alryk; Tewi Waaka, Paco Torres, María Jackson y Louis Maloney. Ellos se encargarán de nuestra seguridad añadiendo armas de gran calibre al material de la expedición. La ironía de esta frase es devastadora, ¿no les parece?
Los soldados no reaccionaron, pero Dekker separó la espalda de la pared y se inclinó sobre la mesa.
—Viajamos a una zona fronteriza de un país islámico. Dada la naturaleza de nuestra… misión, los lugareños podrían ponerse violentos. Seguro que el profesor Forrester apreciará el calibre de nuestras armas si llega el caso.
Forrester abrió la boca para responder pero algo en el rostro de Dekker debió convencerle de que no era el mejor momento para ácidas réplicas.
—Más a la derecha tienen ustedes a Andrea Otero, nuestra cronista oficial. Les ruego que atiendan sus peticiones de entrevistas e información para que ella pueda contar nuestra historia al mundo.
La joven lanzó una sonrisa a su alrededor y se encontró con algunas más de vuelta.
—El hombre del bigote es Tommy Eichberg, nuestro chofer. Y por último a su derecha, la matasanos oficial, Doc Harel.
—No se agobien si no se saben el nombre de los demás —dijo la doctora levantando la mano—. Vamos a pasar juntos un buen número de días en un lugar que no destaca por su oferta cultural, así que nos conoceremos bien. No se olviden llevar encima la chapa que la tripulación les ha dejado en el camarote.
—A mí me da igual que se sepan el nombre de los demás mientras hagan su trabajo —interrumpió el viejo profesor. Si prestan atención a la pizarra electrónica les contaré una historia.
La pantalla se iluminó con imágenes de una ciudad de la antigüedad recreadas por ordenador. Sobre un valle se alzaba una ciudad de muros ocres y tejados de terracota, rodeada por una triple muralla. Las calles rebosaban de personas haciendo sus quehaceres cotidianos. Andrea se maravilló del nivel de detalle de la presentación, digno de las mejores producciones de Hollywood, pero la voz que narraba el documental era la del propio profesor. El tipo es tan narcisista que no se da cuenta del horrible timbre que tiene. Me levanta dolor de cabeza, pensó la joven.
Bienvenidos a Jerusalén, abril del año 70 d. C. La ciudad lleva cuatro años ocupada por los rebeldes celotes, que expulsaron a los in. Los romanos, oficialmente los dueños de Israel, no pueden tolerar por más tiempo la situación y Roma le encarga a Tito que dé un castigo ejemplar.
El tranquilo paisaje de mujeres recogiendo agua en los pozos con sus cántaros y niños jugando cerca del brocal se interrumpe cuando unos estandartes coronados por águilas aparecen en el horizonte. Se oyen trompetas y los niños corren despavoridos al interior de los muros.
Cuatro legiones rodean la ciudad en pocas horas. Es el cuarto asedio de la ciudad, y sus habitantes han repelido con éxito los anteriores intentos de los romanos de reconquistar la ciudad. Pero Tito utiliza una estrategia muy hábil. Permite que todos los peregrinos que van llegando a Jerusalén para la Pascua crucen el asedio. Pasada la fiesta, el círculo se cierra. Tito no permite a los peregrinos salir, y ahora la ciudad tiene casi el doble de habitantes. Las reservas de agua y de comida menguan muy deprisa. Las legiones romanas lanzan un ataque sobre el lado norte, derribando el tercer muro. Estamos a mediados de mayo, y la caída de la ciudad sólo es cuestión de tiempo.
La imagen muestra un ariete destruyendo el muro y unos sacerdotes contemplándola desde el monte más alto de la ciudad, con lágrimas en los ojos.
La ciudad caería en septiembre, y Tito cumpliría el escarmiento que había prometido a Vespasiano. La mayoría de sus habitantes serían pasados a cuchillo o dispersados, sus posesiones saqueadas. Su templo, destruido.
Un grupo de legionarios rodeado de cadáveres saca un gigantesco candelabro de siete brazos del templo en llamas, mientras el general sonríe desde lo alto de su caballo.
El segundo templo de Salomón fue arrasado hasta los cimientos, y así ha continuado hasta hoy. Muchos de los tesoros del templo fueron saqueados. Muchos, pero no todos. Tras la caída en mayo del Tercer Muro, un sacerdote llamado Yirmsyáhu concibió un plan para poner a salvo parte del tesoro. Seleccionó un grupo de veinte valientes y les dio paquetes e instrucciones precisas a los doce primeros sobre dónde llevar los paquetes y qué hacer con ellos. Dichos paquetes contenían la parte «convencional» del tesoro del templo: grandes cantidades de oro y plata.
Un anciano sacerdote, vestido con túnica negra y barba blanca, habla con dos jóvenes mientras otros esperan su turno en una estancia de piedra iluminada con antorchas.
A los últimos ocho hombres Yirmsyáhu les tenía reservado un destino muy especial. Diez veces más peligroso que el de los otros.
El sacerdote conduce a los cinco hombres, que cargan un pesado fardo con la ayuda de unas andas, por una intrincada red de túneles, antorcha en mano.
Usando los pasadizos secretos bajo el templo, Yirmsyáhu los condujo más allá de las murallas, más allá del asedio romano. Aquella zona, a la retaguardia de la legión X Fretensis, era controlada cada cierto tiempo por patrullas, pero los escogidos del sacerdote consiguieron llevar su pesada carga hasta Ysriho, la moderna Jericó, al alba del día siguiente. Y ahí desaparece su rastro para siempre.
El profesor apretó un botón y la pantalla se apagó. Se volvió a su audiencia, que esperaba en silencio, expectante.
—La hazaña de estos hombres fue increíble. Recorrieron 22 kilómetros con una carga enorme en apenas nueve horas. Y eso sólo fue el principio de su viaje.
—¿Qué es lo que llevaban, profesor? —preguntó Andrea.
—Supongo que el objeto más valioso —dijo Harel.
—A su debido tiempo, queridas. Yirmsyáhu volvió al interior de la ciudad y pasó los dos días siguientes escribiendo un manuscrito muy especial en un soporte aún más especial. Era un mapa detallado con instrucciones para recobrar los lotes en los que había repartido los tesoros del templo que había podido salvar… pero no pudo hacerlo solo. Era un mapa verbal, escrito en bajo relieve sobre un rollo de cobre de tres metros de largo.
—¿Por qué cobre? —preguntó alguien desde atrás.
—A diferencia del papiro o el pergamino, el cobre es un material perdurable. También es mucho más difícil de trabajar sobre él. Hicieron falta cinco personas que escribieron todo el texto en una sola sesión, a veces alternándose. Cuando terminaron, Yirmsyáhu dividió el texto en dos partes y entregó una a un mensajero con instrucciones de ponerlo a salvo en una comunidad de Yisseyitas que vivía cerca de Jericó. La otra la entregó a su propio hijo, uno de los kohanim, un sacerdote como él. Y ésta es la historia que conocemos de primera mano, porque Yirmsyáhu la escribió en su manuscrito. Después la pista se pierde durante 1882 años.
El viejo hizo una pausa para tomar aliento y beber agua. Por un momento dejó de parecer un pomposo maniquí arrugado y se asemejó mucho a un ser humano.
—Señores, ahora ustedes conocen más de esta historia que cualquier erudito del mundo. Nadie sabe cómo se escribió el manuscrito. Y sin embargo se hizo muy famoso cuando una de sus partes apareció en 1952, en una cueva de Palestina. El manuscrito estaba entre los cerca de 85.000 fragmentos de texto que se han encontrado hasta ahora en Qumran.
—¿Es el famoso Rollo de Cobre de Qumran? —intervino la Doctora Harel.
El arqueólogo volvió a encender la pizarra, que mostró la imagen de un fragmento del famoso rollo. Una plancha curvada de metal verde oscuro, con caracteres casi ilegibles en su superficie.
—Así lo llamaron. Enseguida llamó la atención de los investigadores, tanto por su especial contenido (que ninguno fue capaz de traducir convenientemente) como por su soporte de cobre. Quedó claro desde el principio que era la lista de un tesoro, formada por 64 ítems. Las entradas daban una idea de lo que había que buscar y dónde, por ejemplo:
Bajo la cueva que hay cuarenta pasos al este de la Torre de Achor, cavad un metro. Hay seis barras de oro.
… pero las indicaciones eran vagas y las cantidades descritas parecían irreales (algo así como 200 toneladas de oro y plata), así que los investigadores «serios» dijeron que era un mito, un cuento, una falsificación, una broma.
—Muchas molestias para una broma —dijo Tommy Eichberg.
—¡Exacto! Brillante, señor Eichberg, brillante, sobre todo para un conductor —dijo Forrester, que parecía incapaz de mandar ni el más leve cumplido sin acompañarlo de un insulto—. En el año 70 no había ferreterías. Una enorme plancha de cobre al 99 por ciento era costosísima. Y nadie hubiese escrito un relato de ficción en un soporte tan caro. Había un rayo de esperanza. El ítem n° 64 era, según el Rollo, «un texto como este, con instrucciones y una clave para hallar los objetos descritos».
Uno de los soldados levantó la mano.
—Así que el viejo ese, Yermiyaju…
—Yirmsyáhu.
—Como sea. Así que el viejo partió en dos el manuscrito, ¿y uno era la clave para hallar el otro y al revés?
—Y los dos juntos para encontrar el tesoro. Sin el segundo rollo, toda esperanza de descifrar el manuscrito era nula. Pero hace ocho meses ocurrió algo…
—Seguro que sus oyentes preferirán la versión abreviada, doctor —dijo el padre Fowler con una sonrisa.
El viejo arqueólogo se le quedó mirando durante unos segundos. Andrea notó cómo hacía un esfuerzo por continuar hablando y se preguntó qué demonios había sucedido entre aquellos dos hombres.
—Sí. Seguro. Bueno, baste decir que por fin apareció la segunda parte del manuscrito, gracias a los esfuerzos del Vaticano por localizarla. Se había transmitido de padres a hijos como un objeto sagrado. El deber de la familia era custodiarlo hasta el momento oportuno. Para ello lo escondieron en una vela, pero en el proceso olvidaron qué era lo que había dentro.
—No es de extrañar. Fueron… ¿cuántas? ¿Setenta, ochenta generaciones? Es un milagro que el deber de cuidar de la vela se mantuviese intacto —dijo alguien situado enfrente de Andrea. A la joven le pareció que se trataba de Brian Hanley.
—Los judíos somos un pueblo de hombres pacientes —dijo Nuri Zayit—. Llevamos tres mil años esperando al Mesías.
—Y esperaréis tres mil más —dijo uno de los soldados de Dekker. Un coro de risas escandalosas y chocar de palmas en la esquina del fondo siguió a aquel chiste de mal gusto. Nadie más se rió. Por los nombres, Andrea sospechaba que casi todos los integrantes de la expedición, excepto los paramilitares, eran de origen judío. La joven sintió la tensión, tan patente como una cabeza de pollo en un pastel de bodas.
—Sigamos —dijo Forrester, ignorando las burlas de los soldados—. Sí, fue un milagro. Contémplenlo.
Uno de los ayudantes trajo un marco de madera de un metro de largo, en el que se había colocado y protegido con un cristal una plancha de cobre repleta de símbolos en hebreo. Todos, incluso los soldados, se quedaron mirándolo y comentándolo en voz baja.
—Parece nuevo.
—Sí, el Rollo de Cobre es más viejo. No brilla y está cortado en tiras pequeñas.
—El Rollo de Cobre parece mucho más antiguo porque estuvo expuesto al aire —aclaró el profesor—, y está cortado en tiras pequeñas porque los investigadores no hallaron otra forma de abrirlo y leer su contenido que cortándolo. El Segundo Rollo estuvo protegido permanentemente de la oxidación por la cera en la que estaba envuelto. Por eso ahora lo ven ustedes casi como el primer día. Nuestro propio mapa del tesoro.
—¿Así que han logrado descifrarlo? —dijo Andrea.
—Una vez que tuvimos el segundo manuscrito, descifrar el contenido del primero fue un juego de niños. No ha sido fácil mantener el secreto de un descubrimiento como éste. Por favor, no me importunen pidiendo más detalles acerca del proceso ya que no estoy autorizado a revelarles nada aún, y de todas maneras tampoco lo iban a entender.
—¿Así que vamos en busca de un montón de oro? ¿No es un objetivo un tanto banal para una expedición tan pretenciosa? ¿O para alguien a quien le sale el dinero por las orejas como al señor Kayn? —dijo Andrea.
—Señorita, no vamos en busca de un montón de oro. De hecho, ya hemos encontrado un poco.
El viejo arqueólogo hizo una seña a uno de sus ayudantes, quien despegó un fieltro negro encima de la mesa y colocó sobre él un objeto resplandeciente con mucho esfuerzo. Era la mayor barra de oro que Andrea había visto en su vida. Tenía el tamaño de un antebrazo humano, y no estaba tallada, sólo fundida. Su superficie estaba llena de cráteres, curvas e imperfecciones, y aun así era muy hermosa. Todos los ojos se clavaron en la mesa y hubo varios silbidos de admiración.
—Usando la clave del Segundo Rollo descubrimos uno de los escondrijos descritos en el Rollo de Cobre. Fue en marzo de este año, en un lugar de Cisjordania. Había seis barras de oro como ésta.
—¿Cuánto vale?
—Unos 300.000 dólares…
Los silbidos se convirtieron en gritos.
—… pero créanme, no es nada comparado con el valor de lo que vamos a buscar. El objeto más poderoso de la historia de la Humanidad.
Forrester hizo un gesto y uno de los ayudantes se llevó la barra, pero dejó el fieltro negro. El arqueólogo sacó de entre sus papeles una hoja de papel pautado y la dejó en el mismo lugar en el que había reposado el oro. Los presentes se inclinaron con avidez sobre la mesa, intentando ver qué era. Todos, sin excepción, reconocieron al instante lo que representaban los bocetos de la hoja.
—Señoras y señores, ustedes son los 23 elegidos para devolver al mundo el Arca de la Alianza.