CINCO MARCAS EN LA MANO
Sábado, 5 de mayo. Quince días antes del robo
Por la noche, después de mi clase en el gimnasio, dejé sola y conformada a mi madre una vez más, con muy mala conciencia, para trasladarme a un bar cercano que sabía que Cheng Kinkong solía frecuentar.
Era un antiguo establecimiento próximo a la plaza de la Vila de Santa Coloma, que se anunciaba con un cartel sobre cristal esmerilado que se había conservado intacto desde los años cincuenta, «Granja Puig», puerta de madera con entrepaños de cristal, campanilla que sonaba cuando alguien abría y uno de esos letreros de «abierto» en el anverso y «cerrado» en el reverso que colgaba de una cadenita y se hacía girar para que el cliente viera uno u otro, según conviniera. Había azulejos blancos y negros en las paredes, mesas con superficie de mármol y pies de hierro y un mostrador donde, además de cervezas y refrescos en general, continuaban sirviendo horchata, chocolate con churros, suizos, nata, crema catalana o arroz con leche, como siempre se sirvió, aun cuando ya hacía más de un año que sus propietarios eran chinos. Tiempo atrás, Xiang Jingtian y su hijo Xiang Xiao Chen tal vez lo habrían transformado en uno de esos restaurantes chinos estándar, de decoración estándar, todos iguales, todos con la palabra feliz en el nombre, pero ya hacía tiempo que mis compatriotas habían decidido comprar los negocios y dejarlos como estaban para conservar a la clientela. Aquel día estaba discretamente concurrido, siete u ocho personas, el grupo de las cervezas, las almendras saladas, algún gin-tonic, los jóvenes de las coca-colas y los cacaolats, una mesa ocupada por un plato de nata, un tazón de chocolate y varias ensaimadas. Cheng no tardaría en llegar.
Ocupé la mesa del rincón, cerca de la barra; me pedí un té y me dispuse a esperar con paciencia.
Era humilde pero esforzado discípulo de un maestro de chi kung que me adiestraba en el control de la respiración. Chi es el aire, el fluido inmaterial que nos anima y nos da energía. No era algo que se pudiera ir explicando por ahí, porque los espíritus incrédulos suelen agredir con el sarcasmo, pero el chi kung, mediante la regulación del cuerpo, la mente y la respiración, es una forma de medicina sumamente eficaz. Yo había visto curar un dolor solo con pasar las manos del maestro por encima del lugar dañado, incluso sin tocarlo. Yo había visto como el maestro se golpeaba el brazo con un cuchillo afilado y no se producía la menor herida.
Vi a Cheng en seguida, a través de los cristales de la puerta. Como una premonición, distinguí primero el cigarrillo entre sus dedos, pensé «no se puede fumar aquí dentro», y entonces sonó la campanilla, disparó él la colilla hacia el exterior, irrumpió en el bar y me vio.
De momento, no le interesó mi presencia. Miró alrededor buscando a alguien más interesante y, al no localizarlo, vino a mi encuentro con movimientos basculantes de orangután, aquellos brazos tan largos, la sonrisa tan estúpida, y se sentó frente mí.
—Hola, edurito —me saludó, para indicarme que no había olvidado nuestro último encuentro—. El tío Fantasías que más sabe de tríadas en todo el mundo.
—¿Qué quieres tomar? —le pregunté, dispuesto a invitarle. Hice una señal a la esposa de Xiang Xiao Chen, que atendía tras el mostrador.
—Un gin-tonic —dijo Cheng, y adiviné que no sería el primero ni el segundo que tomaba aquella tarde. Le pesaban los párpados.
—Un gin-tonic —pedí.
Me habría gustado iniciar yo la conversación pero se me adelantó.
—Así que tú quieres de entrar en la sosiedad negra. —Lo miré. Me encantaba su castellano tan particular—. Hay de ser muy hombre para entrar en la sosiedad negra. —Todavía no se me había ocurrido qué replicar cuando continuó—: Tengo un nejosio coconudo, tú. Traquetas de quédrito falsas. Tengo un montón. Conosco al que las frabica. —Se había inclinado sobre la mesa para hablarme en confianza, pero lo hacía en voz alta y no dejó de hablar mientras la esposa de Xiang Xiao Chen le servía el gin-tonic—. Vamos al casino y compramos fichas con traquetas. Entonses, jugas ruleta y dos veces el capital…
—… O pierdes todo el capital —aporté la voz de la sensatez.
—… O pierdes todo el capital —me concedió, con evidente fatiga—, o no jugas y cambias las fichas por dinero cash y te vas del casino con bolsillo lleno. Tiras a la basura traqueta de quédrito y eres rico.
—Vaya, estupendo —aprobé. Y, en seguida, ataqué por sorpresa dispuesto a aprovecharme de su borrachera. Con un pase mágico hice aparecer dos fotos sobre la mesa—. Y tú, que tan metido estás en la tríada de Barcelona, ¿qué me dices del señor Wo Yim?
—¿De quién?
Puse el dedo sobre una de las fotos. El tipo serio y sombrío.
—Wo Yim. Y otro llamado Chen Wei. —El dedo sobre la segunda foto, la del galán—. Parece que han venido de fuera, del extranjero.
—¿De dónde?
—No sé. ¿De Ámsterdam, quizá?
Cheng se inclinó sobre las fotos, como asomándose a un precipicio, como si no entendiera qué era lo que representaban.
—¿Wo Yim?
—Y Chen Wei.
Su gesto de ignorancia era genuino, inequívoco. No tenía ni idea. No tenía ni idea de nada, y tener que reconocerlo ante mí una vez más lo sacaba de quicio. No iba a tolerar que yo volviera a ponerlo en evidencia. Escamoteé las fotos que nunca existieron. Él pegó un sorbo a su gin-tonic y tomó una determinación de borracho.
—No los conosco, pero tú óyeme… —Sacó su paquete de Marlboro y se puso un cigarrillo en la boca—. ¿Tú quieres de entrar en las tríadas de verdad? ¿Tú sabes qué tienes que hacer para entrar en la tríada? Tienes de tener cinco señales, ¿sabías?
Le aguanté la mirada. Alargó su mano izquierda y me agarró la derecha. Porque yo le dejé. Habría podido retirarla, era mucho más rápido que él incluso cuando estaba sobrio, pero le dejé hacer. Sabía que me iba a poner a prueba y sabía que yo la podría superar. No era un maestro del chi kung, pero me decían que progresaba adecuadamente.
—¿Tú conoces las cinco señales? —insistió.
—Dan poder y protección —le provoqué—. Yo contra el mundo y todos contra mí.
—Cuando ven señales, todos saben que eres de la tríada. Saben que has… —Buscó una palabra que no sabía; renunció—. Eres malo de tríadas. Tú asesino, tú ladrón de tríadas si tienes cinco señales.
Encendió el cigarrillo. Xiao Chen, desde el otro lado del mostrador, le llamó la atención en dialecto wu, que Cheng entendía. En aquel barrio, casi todo el mundo hablaba wu.
—No se puede fumar aquí —supuse que le decía.
—No voy a fumar —supuse que le respondía Cheng.
Sin perderme de vista, dio una chupada al cigarrillo, se lo quitó de la boca y acercó la brasa a mi mano, que mantenía sujeta con su zurda.
Lo principal es la postura, el control del cuerpo, la flexibilidad de los músculos. Si la postura del cuerpo no es correcta, el chi no es constante; si el chi no es constante, la mente, el yi, no tiene paz; si el yi no tiene paz, el chi está en desorden. Hay que estar bien equilibrado. Raíz, centro y equilibrio.
—Cinco señales —advirtió.
Mi expresión no varió. No aparté ni los ojos ni la mano. Tampoco lo desafiaba. Simplemente dejaba que transcurriera el tiempo.
—Cinco señales —le acepté—. T-Tin, que es el amor; T-Tien, que es el dinero; T-Tu, que es la prisión; T-Toi, que es el delito, y T-Tra, que es la venganza.
Le daba rabia que yo supiera tanto sobre las señales.
—No aguantarías —murmuró, dispuesto a dejar las cosas ahí.
—Aguantaré —afirmé.
No había tenido la intención de quemarme, porque no era lo bastante valiente ni siquiera para eso, pero la firmeza de mis ojos y mi voz lo empujaron a probar. Él habría sido el derrotado de no haberlo intentado. Aproximó el Marlboro a mi piel, esperando que yo pugnara por apartar la mano, o crispara los músculos o me rindiera. No sabía lo que era el chi kung. No sabía prácticamente nada, pero no tenía ni la menor idea de lo que era el chi kung.
—Me hablaste un día —le dije, como si nada— de un almacén subterráneo debajo de la tienda del señor Soong. —Le desconcertaron mis palabras. ¿Significaban que me estaba rindiendo? De los ocho tipos distintos de respiraciones, opté por el tercero, shen, respiración profunda, y por el sexto, yun, respiración uniforme—. ¿Por dónde entras a ese almacén con tu camión, Cheng? ¿Por la calle Trafalgar?
Me quemó en la muñeca, junto al reloj, y dolió, joder si dolió, pero solo era dolor, aquella lesión no iba a matarme, muchos hombres antes de mí la habían soportado y habían continuado viviendo como si nada, el dolor no duraría más que unos segundos, digamos minutos, ¿y qué eran unos minutos comparados con los veinticinco años que llevaba viviendo?
Sonreí y, sin que me temblara la voz, dije con naturalidad:
—T-Tin, el amor. Traed un poco de coñac, para desinfectarme luego.
Noté sobre mí, sobre nosotros, las miradas estupefactas de los parroquianos más cercanos, los de las cervezas y los gin-tonics, «oye, mira eso», «pero ¿qué hacen esos chinos?». Solo quedaría una cicatriz redonda, nada, un recuerdo; dentro de dos días, hasta se me olvidaría que estaba ahí. Alimentaba mi energía la expresión estúpida e incrédula de Cheng, que dudaba de sus propios dedos y tenía que bajar la vista para comprobar que efectivamente estaba aplicando la brasa del cigarrillo sobre mi mano, y la despegó y atacó de nuevo, ahora justo sobre la articulación.
—T-Tien, el dinero —pronuncié, sin perder la sonrisa, tan firme e impertinente como antes, mucho más hiriente para Cheng de lo que su fuego lo era para mí.
El dolor que me atravesó la mano como un clavo ya no fue nuevo ni sorprendente, sino esperado y conocido y no logró superar al anterior.
—Dime, Cheng, ¿por dónde entra tu camión al almacén de Soong? ¿Por la calle Méndez Núñez?
Respondió automáticamente, como si hablara con un ser mitológico que se hubiese apoderado de su mente.
—Sí. Por la calle Méndez Núñez.
Y si había soportado dos quemaduras, no había motivo para contraer el rostro ni parpadear ni mostrar otra expresión que este rictus tan bien disfrazado de feliz indiferencia. Fue entonces cuando percibí el olor penetrante y dulce a carne quemada entrando por mis fosas nasales como fluido reconstituyente, nuevo alimento para mi integridad, el ahora y aquí que absorbía sensaciones y energía para que se disolvieran en mi interior con la respiración pausada y continua. Tranquilo, Liang, respira tranquilo porque esto ya termina puesto que ya ha comenzado y cada segundo que aguantas acorta el tiempo que falta para llegar al alivio. Era él, Cheng el Puto Mono Kinkong, quien cambiaba el gesto, ahora irritándose, ¿cómo era posible?, exasperándose ante mi imperturbabilidad, e insistió con la tercera quemadura, ya casi sobre el dorso de la mano, con tanta fuerza que casi apagó el Marlboro mientras yo daba nombre a la tercera señal, «T-Tu, la prisión», o tal vez no apretó más sino que mi piel, tan torpe y superficial que casi se despegaba de mí, interpretó el contacto con el fuego como si alguien estuviera taladrando mi extremidad para convertirla en muñón. Mantuve la respiración constante, profunda y uniforme, dominándola desde la serenidad interna y distante, desde la convicción de que iba a sobrevivir y un día tal vez incluso podría alardear de aquella hazaña, y mi amigo Cheng habría tenido la amabilidad de dejar, indelebles, las marcas que servirían de prueba. Habíamos pasado ya la mitad del experimento, ya solo faltaban dos sensaciones más y esperé con impaciencia la cuarta, casi en el centro de la mano.
—T-Toi, el delito. ¿Y hay controles, como cámaras o videotac, en la puerta que da a Méndez Núñez?
—No —respondió como sin querer, solo atento al tormento sin efectos.
—¿Guardias?
—No. —Frunció los ojos, que se hacían minúsculos en su rostro simiesco, acaso a punto de preguntar «¿a qué viene esto?».
El dolor ya solo era terrible en algún lugar remoto de mi interior, distraído por el olor de mi propia combustión, que se me había hecho agradable al paladar; amortiguado por las risas y la admiración que estábamos despertando en nuestro entorno y que enloquecía de rabia a Cheng, derrotado en su sadismo. Su crueldad se hacía añicos contra mi impavidez y se veía humillado hasta el punto de que, al atacar por quinta vez, «T-Tra, la venganza», por quinta y última vez en el centro del dorso de mi mano derecha, a él también se le escapó la hilaridad nerviosa del devoto incondicional, del discípulo fanático, enamorado y rendido ante su ídolo.
—¿Y existe alguna manera de ir directamente del almacén del sótano a la tienda de Soong?
Respondió, subyugado:
—En el almacén hay una escalera que sube hasta una portería. Por ahí salimos a veces.
Torcí un poco la cabeza.
—Bueno, pues ahora suéltame ya, que esto huele que apesta, a ver si nos van a echar.
Cheng me soltó la mano y el público apiñado estalló en aplausos, gritos, silbidos y exclamaciones del estilo de «¡qué huevos!», «¡estos chinos, lo que son!».
Cheng el Mono Kinkong no podía apartar sus ojos de mi apacible satisfacción. Con una servilleta de papel me limpié el sudor de la frente y volqué la copa de coñac que alguien había puesto a mi alcance sobre las cinco señales rojas que decoraban mi piel, no se me fueran a infectar. En caliente, no dolió. Mi maestro de chi kung no habría estado orgulloso de mí. Me había cargado de rencor y estaba demasiado satisfecho con mi triunfo. Aquello significaba que las heridas escocerían luego, cuando reposara y bajara la guardia, pero entonces ya no me vería nadie y podría mascullar algunas palabrotas entre dientes.
Podía esperar.