Capítulo 38

Lenny aguardó a que oscureciera para regresar a casa.

Esperaba que la ira de Kirk se hubiera aplacado. Después de pasar dos horas junto al monumento indio reponiéndose de los golpes, le quedó claro que su hermano no iba a volver a buscarlo. El conductor de un camión lo había llevado hasta Barron; después, se había pasado la mayor parte del día entretenido con las máquinas de videojuegos que había en la pizzería de la calle principal. Su teléfono no había sonado. Kirk no se había puesto en contacto con él. Era un mal augurio.

Al anochecer intentó que alguien lo llevara hacia el sur, pero nadie iba en esa dirección. La rodilla derecha le fallaba y se vio obligado a avanzar cojeando bajo la lluvia. La mandíbula le dolía horrores; estaba seguro de que se la había fracturado. Los kilómetros se sucedían lenta y miserablemente. Cada vez que veía unos faros extendía el pulgar, pero los conductores lo ignoraban. Aunque trató de mantenerse al abrigo de los árboles, la lluvia lo alcanzó de todos modos. Después de caminar tambaleándose durante una hora, empezó a temblar sin control.

Cuando enfiló por fin la calle Ciento veinte hacia el río, encontró su casa a oscuras. Kirk no estaba. Se alegró de no tener que enfrentarse todavía a su hermano. Abrió la puerta con la llave, entró y tomó el pasillo para ir directamente al baño. Se preparó una bañera con el agua tan caliente como sus dedos eran capaces de soportar. Mientras esperaba a que se llenara, se desnudó y dejó el montón de ropa empapada sobre el suelo embaldosado. Antes de que el agua llegara al borde metió un pie en la bañera, luego el otro, y sintió que la piel helada se le escaldaba. Se puso de rodillas y el agua ardiente le aguijoneó los genitales. No le importaba. Se hundió de espaldas e hizo una mueca cuando el calor alcanzó cada herida y moratón.

Los temblores remitieron y volvió a entrar en calor, ardiendo y sudando. Cerró los ojos, metió la mano en el agua, se cogió el pene y jugueteó con él hasta que la erección hizo que emergiera a la superficie como una seta rosada. Pensó en Olivia mientras se masturbaba. La imagen mental de la chica sentada en el borde de la bañera mientras él se corría lo hizo volar. Los serpenteantes chorros de semen cayeron en el agua sucia y algunos hilillos viscosos se le quedaron pegados a las piernas.

Todavía estaba resoplando cuando la puerta de entrada se cerró con un golpe que sonó como un cañonazo. Kirk había llegado. Oyó la voz salvaje de su hermano llamándolo a gritos por toda la casa y los intestinos se le encogieron de miedo.

—Leno, ¿dónde coño estás?

Lenny se puso en pie con la pringue blanca todavía goteándole. Agarró una toalla, pero antes de que pudiera cubrirse Kirk abrió la puerta con tanta fuerza que la bisagra superior se descolgó. Su hermano ocupaba todo el hueco del quicio y llevaba el pelo suelto. El aliento le olía a cerveza; estaba borracho.

—Kirk, escucha —empezó Lenny, pero su hermano dio dos pasos, le echó una mano a la garganta y lo arrastró fuera de la bañera.

Kirk agarró los escuálidos hombros de su hermano y lo lanzó al suelo, resbaladizo a causa de la humedad. Lenny salió tambaleándose del baño y se golpeó la cabeza contra la pared. Estaba ardiendo y mareado; trastabilló, y la pizza y el refresco que había tomado salieron disparados por su boca, esquivando por poco a su hermano.

Kirk lo cogió del pelo, lo arrastró a la sala, lo lanzó de bruces contra la alfombra y colocó una rodilla sobre su espalda desnuda.

—Jodido capullo inútil —siseó.

La boca de Lenny estaba impregnada del sabor amargo del vómito.

—Lo siento, tío —intentó articular.

—¿Que lo sientes? ¿A quién le importa una mierda?

Kirk volvió a su hermano boca arriba y le hincó un codo en el pecho. Lenny dejó escapar algunas lágrimas.

—Lo siento, Kirk, de verdad. Lo siento.

Se retorció de dolor. Era como si le estuvieran clavando un cuchillo entre las costillas.

—Johan se me echó encima, tío, y me dio una paliza. No pude defenderme. Me obligó a contárselo, tío. Yo no quería.

—¿Contarle qué?

—Lo de Olivia. Lo que le hicimos.

Kirk le aplastó la cabeza como si se tratara de un coco. Lenny no veía nada más que un torbellino de color y pensó que iba a vomitar otra vez.

—Pedazo de mierda inútil, saca tu jodido culo de esta casa y no vuelvas nunca más.

—Kirk, por favor.

—¡Lárgate!

Su hermano lo soltó y Lenny pudo respirar de nuevo, pero cada vez que inspiraba le dolían las costillas. Se incorporó apoyándose en los codos. Kirk lo miraba como si fuera un gusano en un cuenco de arroz. Lenny le había visto furioso antes, pero no de aquel modo. Aquello pintaba mal.

—Voy a coger algo de ropa —dijo.

—Olvídate de la ropa. Vete. Ahora.

—Vamos, tío.

Los ojos de Kirk estaban negros de ira. Lenny se puso en pie; el mundo le daba vueltas. Sabía que no debía seguir protestando. Caminó de espaldas, encogido, hasta chocar con la entrada. La puerta se abrió de golpe y Lenny salió despedido hacia la violenta y helada lluvia del exterior. Se agarró de la barandilla, bajó los escalones del porche y avanzó sobre el barro.

Kirk tenía razón. La había jodido. Después de todo lo que su hermano había hecho por él, había vuelto a fallarle.

Lenny no sabía adónde ir. Estaba desnudo, tenía frío y se sentía humillado. Se decidió: la camioneta. Dormiría en la camioneta. Kirk no tardaría en caer rendido y él podría volver a su cama. Por la mañana, su hermano le habría perdonado. La tormenta pasaría; siempre lo hacía.

Se metió en la camioneta aparcada frente al garaje. No tenía las llaves, así que no podía encender el motor. Encontró una manta mohosa detrás del asiento, cubrió su piel desnuda con ella y se encogió en un ovillo. Apretó con fuerza los párpados. Estaba temblando de nuevo y la lana le arañaba la piel como si fuera papel de lija. Deseaba quedarse dormido, pero el dolor y la amargura lo mantuvieron despierto.

Oyó cómo la lluvia disparaba balas sobre el techo de la camioneta, pero no los pasos en el exterior.

Kirk se desvistió y, sentado en calzoncillos, fue pasando por los canales del televisor hasta detenerse en un partido de hockey de los Minnesota Wild. No podía concentrarse; seguía demasiado alterado por la rabia. Una parte de él quería seguir a su hermano y golpear a aquel miserable cabrón hasta convertirlo en una masa inerte de sangre y huesos. Quería descuartizarlo como a su padre y lanzar los pedazos al río.

Se bebió otro botellín de cerveza de dos tragos. Su teléfono empezó a sonar: la llamada provenía de un número oculto. Kirk bajó el volumen del televisor y gritó al auricular:

—¿Qué?

Hubo un largo silencio, y luego el sonido de una voz fría y familiar.

—Soy yo.

Kirk trató de despejar su mente. Mierda. No quería estar borracho mientras hablaba con el jefe. De hecho, no quería hablar con él. No en ese momento. Pensó en colgar, pero nadie jugaba con Florian Steele.

—Eh —dijo al tiempo que tomaba aire—. ¿Qué pasa?

—Estoy oyendo cosas que no me gustan.

—¿Sí? ¿Como cuáles?

—Dicen que la policía está a punto de echarle mano a ese tal Aquarius.

—¿Y qué? —preguntó Kirk.

—¿Sabes quién es? ¿Sabes lo que está haciendo?

—¿Yo? No tengo ni idea, jefe.

Florian se quedó en silencio. El aire que circulaba a través de la línea telefónica podía cortarse con un cuchillo.

—He oído un nombre que esperaba no volver a oír nunca más —dijo al final.

—¿Ah sí? ¿Cuál?

—Vernon Clay.

El teléfono resbaló en la mano de Kirk y, por un momento, escuchó el goteo de la lluvia.

—¿Quién está hablando de él?

—Por lo visto Ashlynn, antes de que la mataran.

—Imposible.

—Me preguntaba dónde habría oído hablar de él.

—Que me aspen si lo sé, jefe.

—¿Salías con ella?

—Mmm, bueno, no exactamente, quedamos alguna que otra vez. Ocurrió hace meses —admitió Kirk, y añadió enseguida—: No la toqué.

—Te dije que te mantuvieras alejado de ella.

—Ella vino a verme, jefe. Pensé que usted lo sabía.

—Estaba tratando de sonsacarte información, idiota. ¿Qué le contaste?

—¿Contarle? Nada.

—¿Le hablaste de Vernon Clay?

—Claro que no, joder. ¿Bromea?

«Mierda».

Kirk pensó en la última tarde que había pasado con Ashlynn. Él quería un beso, un achuchón, cualquier cosa de aquella preciosa muchacha. Bebieron; tenía que emborracharla si esperaba acercarse a aquel cuerpo increíble. Más tarde supuso que ella derramaba la cerveza en el suelo cada vez que él se levantaba para ir a mear. Cuanto más bebía, más fanfarroneaba, con la esperanza de impresionarla: «Cuando tu padre tiene un problema, ¿sabes a quién llama? A Kirk, nena. Él y yo estamos muy unidos».

Ella comentó que tenía calor y desabrochó un par de botones de su recatada camisa de seda. Kirk pudo entrever la curva de sus perfectos pechos. «¿De verdad? —le preguntó, con sus grandes ojos y aquella voz ronca—. ¿Qué tipo de problemas?».

«Vernon Clay, nena. Un gran problema».

—Se lo juro por Dios, jefe —prosiguió Kirk—. No le dije una palabra.

—La policía ha relacionado a Aquarius con Vernon Clay mediante el registro de huéspedes de un hotel —le explicó Florian—. Creen que ha vuelto.

—No lo ha hecho.

—Tengo mis dudas.

—Ya le dije hace cuatro años que el problema estaba resuelto.

—Sí, lo hiciste.

Kirk estaba empezando a enfadarse.

—¿Qué cree, que le mentí?

—Creo que, por una buena suma de dinero, me contarías lo que yo quisiera escuchar. No lo olvides: lo sé todo sobre tu asqueroso negocio.

El pulso de Kirk se aceleró.

—Cuando le salvo el cuello no se queja.

—Vernon Clay —repitió Florian con calma.

—¿Qué pasa con él? Ya se lo he dicho: no es Aquarius. La policía se equivoca.

—No te creo.

Kirk no quería discutir con el jefe, pero estaba empezando a perder los nervios. Las frustraciones del día se le acumulaban en el pecho.

—¿Qué coño quiere decir?

—Te estoy preguntando si Vernon Clay te pagó para que le ayudaras a desaparecer.

—Joder, ¡no!

—¿Dónde está?

—Ya sabe dónde está.

—¿Lo sé?

—¿Quiere una prueba? —preguntó Kirk—. ¿Es eso lo que está diciendo? Le daré su prueba.

—Quiero saber si Aquarius es Vernon Clay.

—No lo es. Mire, deme un par de horas y nos reuniremos en el lugar de siempre.

—¿Por qué?

—Porque así podrá preguntarle usted mismo a Vernon si ha estado enviando esas jodidas notas a todo el mundo.