Capítulo LXVI

Amantium irae

UNA FRANQUEZA, una bondad de alma como la de Amelia, por necesidad habían de conmover el corazón de Becky, por muy pervertido que estuviese. No debe admirarnos, en consecuencia, que correspondiera a las caricias de su amiga de colegio con algo que de gratitud tenía la semejanza y sintiera una emoción que, si duró poco, al menos fue sincera. Hábil estuvo al hablar a Joseph del «hijo arrancado brutalmente a los brazos de la amantísima madre», porque la imagen de este espectáculo desgarrador fue la que excitó la compasión y le devolvió el afecto de su amiga, la cual, como es natural, inició su conversación con ese tema.

—¡Conque te robaron a tu hijo querido! —exclamó la cándida amiga de Becky—. ¡Ah! ¡Comprendo tus horribles sufrimientos! ¡Sé lo que es perder a un hijo, y, de consiguiente, compadezco a las tristes madres que se encuentran en ese caso! ¡Quiera Dios que te devuelvan el tuyo, de la misma manera que una providencia misericordiosa devolvió a mis brazos al mío!

—¿Mi hijo?… ¡Ah, sí!… Las agonías que su separación me cuesta son desgarradoras.

Así respondió Becky, sintiendo acaso cierto remordimiento de conciencia al verse obligada a corresponder con mentiras a la confianza e ingenuidad de su amiga. Resignóse, empero, pensando que quien comienza mintiendo, necesariamente ha de seguir por el mismo camino, si no quiere que sus mentiras primeras carezcan de base donde apoyarse, aunque claro está que cuantas más mentiras se ponen en circulación, mayor peligro se corre de quedar en descubierto, por culpa de cualquier olvido o torpeza.

—Mi desesperación fue imponderable el día que le arrancaron de mis brazos —continuó Becky—. Pensé morir, estaba resuelta a suicidarme, y ciertamente habría ejecutado mis designios de no impedírmelo un acceso agudo de fiebre cerebral, que me llevó a las puertas de la tumba. El médico me curó, por mi desdicha, y… aquí me tienes pobre, abandonada por todos, sin un amigo.

—¿Qué edad tiene? —preguntó Amelia.

—Once años.

—¡Once! ¡Pero si nació el mismo año que mi George, y éste cumplió!…

—¡Lo sé, lo sé! —respondió vivamente Becky, que había olvidado hasta la edad de su hijo—. El dolor ha trastornado mi cabeza, Amelia querida. No soy la que fui; hay momentos en que no me acuerdo de nada, en que estoy medio loca. Rawdon acababa de cumplir once años cuando me lo arrebataron… ¡Era hermoso como un querubín… y no le he visto más… ni le volveré a ver!

—¿Era rubio o moreno? —prosiguió, con su absurdo e ingenuo interrogatorio, la inocente Amelia—. Enséñame algún mechón de su pelo, que sin duda guardas como un tesoro.

Con dificultad pudo Becky contener una carcajada.

—Hoy no es posible… Otro día —contestó—. Otro día… cuando llegue mi equipaje de Leipzig, desde donde vine a esta ciudad. Conservo también un retrato suyo que hice en tiempos ¡ay!, más felices.

—¡Pobre Becky! ¡Cuán agradecida debo yo estar a Dios!

Los pensamientos de Amelia recayeron en su George, el más hermoso, el mejor y el más instruido de la creación.

—Debes conocer a mi hijo —agregó, pensando que era el mejor consuelo que podía ofrecerle.

Más de un hora se prolongó la conversación entre las dos amigas, espacio de tiempo que aprovechó Becky para hacer un relato circunstanciado de su vida, desde que dejaron de verse hasta el momento actual.

Le contó que su matrimonio con Rawdon Crawley concitó contra ella las animosidades más violentas de parte de la familia de su marido; dijo que su cuñada, mujer hipócrita y artificiosa, la malquistó con Rawdon; que éste contrajo relaciones culpables que mataron en su corazón el poco cariño que la tenía; que ella lo sufrió todo con resignación… la miseria, el desamor, los desdenes del hombre a quien siempre había amado, pensando en el bien de su hijo; y concluyó afirmando que, a consecuencia de un ultraje imperdonable, se vio en la dura necesidad de pedir la separación de un marido que exigía de ella que sacrificase su honra inmaculada entregándose a un hombre poderoso, pero canalla y criminal, el marqués de Steyne, quien, a cambio del sacrificio de su honra, proporcionaría a Rawdon un cargo elevado.

Esta parte dramática de su historia la narró Becky con acentos de pudor ultrajado y de virtuosa indignación. Obligada a huir del domicilio conyugal, vióse perseguida por Rawdon, quien, tan cobarde como villano, se vengó arrebatándole a su hijo. Debido a estas causas, Becky se veía en la miseria, errante, abandonada, sin apoyo, sin recursos.

Amelia aceptó sin la menor desconfianza la historia que Becky acababa de contarle acumulando toda clase de detalles y de hechos imaginarios. Rugía en su pecho la indignación al oír narrar lo referente a la conducta del miserable Rawdon y del infame Steyne, y de sus ojos brotaban rayos de simpatía y de admiración a cada nuevo detalle referente a las encarnizadas persecuciones de su aristocrática familia. No se ensañó Becky hablando de su marido; antes por el contrario, sus quejas, más que cólera, respiraban dolor. Le había amado con todas las fuerzas de su alma, y, además, era el padre de su idolatrado hijo. Mientras narraba con vivos dolores la escena del rapto de su hijo, Amelia sacó su pañuelo y, a escondidas, secaba las lágrimas de sus ojos. Nuestra trágica pudo saborear el efecto que en su oyente producía el drama que estaba inventando.

Mientras las dos amigas sostenían su conversación, el acompañante obligado de Amelia, Dobbin, cansado de esperar en el estrecho pasillo cuyo bajo techo amenazaba apabullar su sombrero, descendió a la planta baja de la casa y entró en la sala común de los hospedados en la fonda. Era un salón lleno de humo y regado de cerveza. Sobre una mesa sucia se veían tantas palmatorias como cuartos había en la casa, cuyas llaves pendían de escarpias. Tiroleses, vendedores ambulantes, buhoneros, estudiantes, sentados frente a las mesas, tomaban cerveza, juraban, entretenían el tiempo fumando, o bien jugaban al dominó o a los naipes. El mozo sirvió a Dobbin un jarro de cerveza, que aquél no había pedido, y nuestro amigo encendió un cigarro y esperó hasta que reapareciese Amelia.

No tardaron en bajar Max y Fritz, llevando sus gorritas de medio lado y fumando sendas pipas. Dejaron la llave de su cuarto en la escarpia número 90 y pidieron cerveza, sentándose seguidamente al lado de Dobbin y entablando una conversación que éste hubo de oír en gran parte. Hablaron de estudios, de teatros, de duelos y de borracheras, de sus aventuras galantes en la Universidad de Schopennhausen, desde la cual habían ido recientemente a Eilwagen, al parecer acompañando a Becky, con objeto de disfrutar de las fiestas de Pumpernickel.

—Nuestra inglesita está en vías de reunirse con su familia —dijo Max a su camarada—. Luego que se despidió su abuelo vino una compatriota suya, muy linda por cierto, con la cual está hablando en este instante.

—¿Quién toma los billetes para el concierto? —preguntó Fritz—. ¿Tienes dinero, Max?

—¡Bah! ¡No te preocupe, que el concierto en cuestión será un concierto in nubibus! Según Hans, anunció uno en Leipzig, los bobos acudieron a las taquillas y compraron no pocos billetes, pero ella se fue con el dinero y sin cantar. Ayer, en la diligencia, nos dijo ya que su pianista había quedado enfermo en Dresde. No cantará, sencillamente porque no puede cantar: su voz está tan cascada como la tuya o la mía, que es cuanto se puede decir.

—Es verdad: ayer la oí ensayar una balada inglesa, y ¡chico!, me obligó a salir corriendo.

—¡Claro!… ¡La borrachera y el bel canto hacen malas migas! No, no, amigo; no tomes ningún billete. Anoche ganó algún dinero al trente et quarante; lo vieron estos ojos. Hizo que jugase por ella un niño inglés. Gastaremos tu dinero aquí o en otra parte, la llevaremos a los jardines de Aurelio y la emborracharemos con vino francés o con coñac, pero comprar los billetes, ¡ni en broma!

Dobbin, que había visto que los estudiantes colgaban la llave de su cuarto en la escarpia número 90 y oído la conversación de los dos jóvenes, lumbreras, a no dudar, de la universidad, comprendió al punto, sin necesidad de aguzar mucho su ingenio, que aquéllos se referían a Becky.

«¡Por lo visto, el demonio no ha renunciado a sus malas artes!», pensó Dobbin sonriendo a pesar suyo. Recordaba perfectamente la época ya lejana en que Becky había puesto en juego ante sus ojos sus artes de seducción, haciendo víctima de las mismas a Joseph. Recordaba también el cómico final de la aventura. George y él habían reído de buena gana a costa del idilio, hasta que, unas semanas después de su matrimonio, su amigo quedó enredado también en las redes de aquella Circe, sosteniendo, al menos éstas eran las apariencias a juicio de Dobbin, un género de relaciones o de inteligencia que él prefirió siempre ignorar. La cosa había herido y avergonzado demasiado a Dobbin para que se atreviese a solicitar el esclarecimiento de la misteriosa intriga, pero en una ocasión, y evidentemente impulsado por el remordimiento, George había hecho algunas alusiones a la cuestión. Ello fue en la mañana del día de la batalla de Waterloo, mientras los dos amigos contemplaban los contingentes de soldados franceses que a cierta distancia coronaban algunas alturas.

—He estado metido en una aventura disparatada —confesó George—. Me alegro que hayamos tenido que salir de Bruselas. Si caigo confío en que Amelia no sabrá nunca una palabra de lo ocurrido. Ojalá no hubiera tenido ningún comienzo.

Producía satisfacción a Dobbin el recordar que George, en sus últimas horas, incluso después del combate de Quatre Bras, le había hablado con afecto de su padre y de su esposa.

Dobbin había suavizado la pena de ésta contándoselo, y también había insistido sobre estos extremos en sus conversaciones con el viejo Osborne, consiguiendo con ello ganar el perdón para la memoria de su hijo en el corazón del anciano, en los últimos días de su vida.

—Y ahora esa intrigante pretende continuar sus intrigas. ¿Por qué no se encontrará a mil millas de distancia? Esa mujer siembra desgracias por dondequiera que pasa…

Estaba monologando de esta suerte, apoyada la cabeza sobre las palmas de sus dos manos, cuando sintió que le tocaban el hombro con una sombrilla. Alzó la vista y se encontró frente a Amelia.

—¡Muy bien, señor mío! —exclamó Amelia, haciéndole una reverencia burlona—. ¿Cómo no me esperó para darme el brazo en la escalera?

—Me era imposible estar de pie en aquel pasillo —contestó Dobbin con acento lastimero.

Dejó inmediatamente el asiento y ante la hermosa perspectiva de dar su brazo a Amelia empezó a salir de aquel salón hediondo y lleno de humo sin acordarse siquiera de pagar al mozo, el cual salió corriendo tras él hasta alcanzarle en la puerta de la calle, donde Dobbin pagó la cerveza que ni había pedido ni probado. Amelia se echó a reír, llamó a Dobbin mal pagador, le acusó de pretender dar esquinazo a sus acreedores y le abrumó con mil bromas propias de las circunstancias. Pocas veces la había visto Dobbin tan animada y alegre. Cruzó con paso rápido la plaza del Mercado, porque dijo que necesitaba ver al punto a su hermano. Dobbin acogió con la risa en los labios aquel despertar súbito de ternura fraternal, pues a decir verdad, muy contadas veces había oído decir a su amiga que necesitaba ver a su hermano «al punto».

Encontraron a Joseph en el salón del primer piso del hotel, paseando agitado, mordiéndose las uñas y asomándose de continuo a la ventana, para ver si salía alguien de la Fonda del Elefante.

—¿Qué tenemos? —preguntó Joseph no bien divisó a su hermana.

—¡Cuánto ha sufrido la pobre! —respondió Amelia.

—¡Mucho, mucho! —dijo Joseph con acento fúnebre.

—¡Se le podrá dar la habitación de Payne, y a ésta la alojaremos en otra del piso superior! —repuso Amelia.

Payne era la doncella inglesa de Amelia.

—¡Cómo! —exclamó Dobbin escandalizado—. ¿Piensa usted dar albergue a esa mujer bajo su mismo techo?

—Claro que sí —contestó Amelia con el mayor candor del mundo—. No se enfurruñe usted, amigo Dobbin, porque estoy viendo que sus enfados los pagan los pobres muebles… Es muy natural que la traigamos a vivir con nosotros.

—¡Y tan natural! —asintió Joseph.

—¡Ha sufrido tanto la infeliz! —continuó Amelia—. Por si no eran bastante las infames persecuciones de que la ha hecho objeto su marido, y la familia de su marido, su banquero huyó con el escaso caudal que la desventurada había confiado a su honradez… ¡Y eso después que su marido…!, ¡canalla!, ¡la arrojó de su casa robándole antes a su hijo! (Amelia enarboló los dos puños y los agitó con ademán amenazador). ¡Pobrecilla!… ¡Abandonada por todos, y obligada a dar lecciones de canto para ganarse el mendrugo que llevaba a su boca!

—¡Pagúele usted una o una docena de lecciones de canto, Amelia, pero no la traiga a su casa: se lo pido por lo que más quiera! —imploró Dobbin.

—¡No seas inhumano, Dobbin! —terció Joseph.

—Me maravilla… y me hace mucho daño, ver que usted, que siempre fue tan bueno, tan generoso, demuestre tanta dureza de corazón en la ocasión presente, señor coronel Dobbin —exclamó Amelia—. ¿No estoy en el deber de tenderle una mano hoy que la desventura se ceba en ella, hoy que la miseria la agobia? Es la amiga más antigua y más…

—No siempre se portó como amiga suya, Amelia —interrumpió Dobbin, cuya irritación había llegado a su punto culminante.

La alusión fue dura en extremo. Amelia, mirando con fiereza a su amigo, le dijo:

—¡La vergüenza debió sellar sus labios, señor coronel!

Con paso firme y majestuoso ademán salió de la habitación, y fue a encerrarse en la suya.

—¡Traerme a la memoria eso! —dijo luego que se vio sola—. ¡Es una crueldad que no esperaba de él! Ha abierto una herida que los años habían cicatrizado… ¡Nunca debió aludir a mis celos infundados… infundados, sí, porque mi George fue el más santo, el más fiel de los maridos!…

¡Pobre Dobbin! ¡Pobre William! Una palabra suya acababa de destruir la obra de muchos años, el edificio penosamente erigido durante toda una vida de amor y de constancia, edificio fundamentado sobre cimientos desconocidos y ocultos para todos, cimientos hechos de la pasión silenciada, del repetido sacrificio, de la lucha constante. Una sola palabra reducía a la nada el risueño cielo de sus esperanzas, una sola palabra acababa de espantar al pajarillo que durante su vida entera había intentado atraer.

Aunque en las miradas de Amelia vio Dobbin claramente que se había producido una crisis en sus mutuas relaciones, no cesó de suplicar a Joseph que desconfiase de Becky, que por nada del mundo la recibiesen en su casa. Instóle a que, ya que no otra cosa, procurase informarse sobre su vida, le dijo que, según rumores muy fundados, formaba parte de una banda de tahúres y de gentes de pésima reputación, hizo historia de los gravísimos perjuicios que a Amelia había ocasionado años antes, explicó que entre ella y su marido arruinaron a George, y terminó asegurando que su compañía comprometería gravemente a su hermana, desconocedora de las malas artes del mundo.

Es posible que de haber sido Dobbin menos violento en su discurso o más hábil, hubiera conseguido convencer a Joseph, pero es el caso que éste veía con disgusto los aires de superioridad con que le trataba su amigo William, y viendo llegada la ocasión de poner fin a una tutela que consideraba humillante, replicó que no necesitaba que nadie le enseñase a defender su propio honor, que deseaba que no se entrometiese en sus asuntos… Su intención era rebelarse en absoluto contra el insoportable yugo de Dobbin, pero vino a poner término al coloquio extremadamente virulento y tempestuoso la llegada de Becky, a quien acompañaba un mozo de la posada del Elefante, que era portador de su más que escaso equipaje.

Saludó con respetuoso cariño a Joseph e hizo una inclinación de cabeza cortés, pero recelosa, a Dobbin, en quien su instinto le dijo que debía ver al principal enemigo, al que acababa de trabajar en su contra. Amelia salió de su habitación y abrazó efusivamente a su amiga, lanzando de paso una mirada furibunda a Dobbin, la más colérica y a la par la más injusta de cuantas lanzaron sus ojos desde que vino al mundo. Indignado Dobbin, giró sobre sus talones y se fue, no sin antes hacer a Amelia una reverencia, tan altanera como fría fue la inclinación con que aquélla respondió.

Una vez libre de la inoportuna presencia de Dobbin, Amelia prodigó ternezas a Becky, a quien introdujo e instaló en su habitación con actividad que rara vez desplegó nuestra plácida amiguita. No nos admira, porque sabido es que las personas de temperamento poco enérgico, cuando se deciden a llevar a cabo un acto injusto, procuran abreviar todo lo posible, y, por otra parte, Amelia creía que su actitud presente era un acto de veneración rendido a la memoria de su marido, y, por tanto, que su obligación era proceder con entereza.

Llegó George a la hora de comer, y vio en la mesa los mismos cubiertos que de ordinario, pero con gran sorpresa suya, una de las sillas, la de Dobbin, no la ocupaba éste, sino una señora.

—¿Dónde está Dobbin? —preguntó el muchacho con su franqueza habitual.

—Creo que come fuera —contestó Amelia, besando repetidas veces a su hijo—. Es mi George, Becky —añadió.

Miróle extasiada Becky, le acarició la barbilla, y dijo:

—Mi querido niño… Es el retrato de…

La emoción anudó su garganta, impidiéndole terminar la frase.

Durante la comida, George no dejó de prestar atención a la conversación sostenida por las personas mayores. A los postres, aprovechando la salida momentánea de su madre, dijo George:

—Hace rato que siento deseos de decir una cosa.

—Dila, hijo mío, dila —respondió Becky, riendo.

—Usted es la señora del antifaz negro que vi en el Rojo y Negro.

—¡Calla, por favor, hijo mío! —exclamó Becky, besando con apasionamiento la mano del muchacho—. También estaba allí tu tío Joseph, pero no debe saberlo tu mamá.

—¡Oh, no! Me guardaré muy bien de decírselo.

—Ya ves cuan pronto hemos simpatizado tu hijo y yo —dijo Becky a Amelia cuando, momentos después, reaparecía la última en el comedor.

Vivamente indignado, aunque no sospechaba siquiera la traición que sobre su cabeza se cernía amenazadora, William Dobbin recorrió con paso agitado las calles de la ciudad, hasta que fue a dar con su cuerpo en la legación inglesa, donde el señor Tapeworm le invitó a comer. Durante la comida, Dobbin preguntó a Tapeworm si sabía algo sobre cierta señora de Crawley, la cual, si no andaba trascordado, dio no poco que hablar en Londres. Tapeworm, hombre que siempre estuvo al tanto de todas las murmuraciones de Londres, y que era, por añadidura, pariente de la señora de Gaunt, narró al atónito coronel la historia detallada de Becky y de su marido, complementándola con pruebas que no dejaban lugar a la duda. El autor de esta obra ocupaba a la sazón un asiento en la mesa, y tuvo el placer de escuchar la narración. El diplomático lo sabía todo y lo contó todo, conocía detalles íntimos de las relaciones sostenidas con Becky por Tufto, por Steyne y por muchos otros. Sus revelaciones dejaron atónito al sencillo Dobbin. Cuando éste contó que Amelia había llevado a Becky a su casa, el diplomático, entre atronadoras carcajadas que llevaron hasta el último límite la confusión de Dobbin, dijo que habrían hecho mejor encerrándola en la cárcel, y llevando a su casa, para que fuesen tutores del pequeño George, a cualquiera de los caballeros de cabeza afeitada y uniforme amarillo que barrían las calles de la ciudad de Pumpernickel.

Los informes del diplomático llenaron de horror a Dobbin, quien se vistió de uniforme y se apresuró a ir a Palacio, donde aquella noche se celebraba un baile al que Amelia, antes del desagradable altercado de la mañana, había dicho que asistiría. Esperaba Dobbin tener ocasión de comunicarle los informes recibidos de labios del diplomático, pero por desgracia, Amelia no apareció por el baile. Dobbin hubo de recogerse en su cuarto, sin ver a Amelia, y encerrándose con el horrible secreto que probablemente no le dejó dormir en toda la noche.

A la mañana siguiente, muy temprano, mandó a su criado con un billetito para Amelia, en el cual le manifestaba sus deseos de tener con ella una conferencia reservada. Le contestaron que Amelia se sentía indispuesta y que no podía recibirle.

Tampoco había podido ella conciliar el sueño, que se encargó de disipar un pensamiento que cien veces turbara antes su sosiego. Con frecuencia sintió impulsos de ceder a las ansias de Dobbin, pero siempre halló que el sacrificio era superior a sus fuerzas. Tanto amor, tanta constancia, tanta abnegación, tanto respeto, no bastaban a triunfar de un sentimiento secreto que la impulsaba hacia la resistencia, y la resistencia abierta hubiese venido antes de no impedirla un sentimiento de gratitud. Pero se presentaba un pretexto, y Amelia estaba resuelta a aprovecharlo para quedar libre de una vez y para siempre.

Cuando por la tarde logró Dobbin ser recibido por Amelia, en vez de la acogida cordial y cariñosa a que estaba acostumbrado, no encontró más que un saludo frío y ceremonioso. Amelia le presentó su mano enguantada, que retiró apenas tocada por el coronel.

Becky, que se encontraba en la misma habitación, avanzó hacia Dobbin con la mano extendida y la sonrisa en los labios. Dobbin retiró la suya, enrojeció intensamente, y dijo:

—Usted me dispensará, señora, si, cumpliendo un deber, le digo que no he venido aquí como amigo suyo.

—¡Déjate de tonterías, hombre de Dios! —exclamó Joseph, queriendo evitar una escena desagradable.

—No sé que el señor coronel Dobbin pueda decir con derecho nada en contra de mi buena amiga Becky —dijo Amelia con voz clara como el cristal, pero ligeramente conmovida.

—Ni yo he de consentirlo —terció Joseph—. Repito que no toleraré que en mi casa se ofenda a una amiga de mi hermana, así que, señor Dobbin, tendrá usted la bondad de medir sus palabras, aunque mejor fuera que no pronunciase ninguna.

Pronunciado su pequeño discurso, Joseph miró azorado en derredor, se puso colorado y se dirigió hacia la puerta.

—Mi querido amigo —dijo Becky con angelical dulzura—; yo le suplico que escuche cuanto el señor coronel Dobbin tenga que decir en contra mía.

—¡Repito que no quiero oírlo, y no lo oiré! —gritó el hermano de Amelia con voz chillona, encerrándose en su cuarto.

—Puede usted hablar, caballero —dijo Amelia—; somos dos mujeres solas.

—Me trata usted, Amelia, con desconsideración que no creo merecer —replicó Dobbin—. No pertenezco al número de los hombres que acostumbran maltratar mujeres, y menos todavía si estas mujeres no cuentan con un caballero que las defienda. Una obligación que juzgo de conciencia me trae aquí para cumplir un deber harto penoso.

—Pues despache usted cuanto antes, señor coronel —contestó Amelia con altivez.

Dobbin no era el hombre tímido de antes: hablaba con acento imperioso.

—He venido para decir… Lamento tener que decirlo en presencia suya, señora de Crawley, pero me obligan a ello… para decir que considero que no debe usted formar parte de la familia de mis amigos. Una mujer separada de su marido, una mujer que viaja bajo nombre supuesto, una mujer que frecuenta garitos…

—¡Fui al baile, no a un garito! —gritó Becky—. Si en los salones se jugaba, no es mía…

—… no es, no puede ser compañera digna de la señora viuda de Osborne y de su hijo —prosiguió Dobbin—. Añadiré que hay aquí personas que la conocen a usted demasiado y que me han dado informes que no me atreveré a repetir en presencia de la señora viuda de Osborne.

—Se sirve usted de una manera de calumniar a las personas, señor coronel —contestó Becky—, rica en modestia y en maliciosa reserva. Con habilidad que no quiero calificar hace gravitar sobre mí el peso de una acusación misteriosa que no se atreve a formular claramente. ¿Qué es ello? ¿Pretende usted hacer alusión a infidelidades cometidas por mí contra mi marido? Desprecio la calumnia, y le desafío a que lo diga con claridad, como desafío a todo el mundo a que lo pruebe. Nadie, ni mis enemigos más encarnizados, osaron atacar mi honra inmaculada. ¿Es porque soy pobre, porque me veo sola, despreciada, abandonada, por lo que usted me acusa? ¡Sí! ¡Culpable soy de todos estos crímenes, que purgo bien cruelmente todos los días! ¡Adiós, Amelia! Me voy. Me haré cuenta de que no te he encontrado, y no será más mísera mi condición de hoy de lo que fue la de ayer. Me haré cuenta de que pasó la noche, y, con la llegada del nuevo día, el triste vagabundo ha de proseguir su camino. ¿Recuerdas el canto que canté hace muchos, muchos años? Desde entonces camino errante por el mundo… pobre proscripta, despreciada por todos, porque no soy rica, e insultada, porque no tengo quien me defienda. Me voy: parece que mi estancia a tu lado trastorna los planes de este caballero.

—Efectivamente, los trastorna, señora —contestó Dobbin—. Si yo tuviese aquí alguna autoridad…

—¡Autoridad no tiene usted ninguna! —gritó Amelia—. ¡Becky! ¡No te vas! Yo no te desprecio porque eres pobre, ni te insulto porque no tienes quien te defienda… y mucho menos porque el señor coronel Dobbin pretenda que te desprecie e insulte. ¡Ven conmigo!

Las dos mujeres echaron a andar hacia la puerta.

Dobbin la abrió; mas en el momento de salir aquéllas, tomó la mano de Amelia y dijo:

—¿Quiere usted concederme unos minutos? Tengo precisión absoluta de hablar con usted.

—Desea hablarte contra mí en mi ausencia, cuando yo no pueda defenderme —dijo Reíbeca con acento de resignación.

—Juro por mi honor que no es de usted de quien deseo hablar —dijo Dobbin—. Quédese usted, Amelia: se lo ruego.

Accedió Amelia a su deseo. Dobbin se inclinó ante Becky y cerró la puerta luego que salió esta última.

—Una ofuscación de momento me hizo decir ha poco lo que nunca debí decir: la palabra «autoridad» no debieron pronunciarla mis labios.

—Es verdad: no debieron pronunciarla.

—Pero ya que no autoridad, que no he tenido nunca, me parece que tengo algún derecho a ser escuchado.

—Es una manera hábil de recordarme las obligaciones que tengo para con usted: agradezco su generosidad.

—Los derechos a que me refiero son los que me confirió el padre de George —replicó Dobbin.

—Lo que no le ha impedido ultrajar su memoria. Ayer la ultrajó… lo sabe usted muy bien. ¡No se lo perdonaré nunca… nunca!

—No es posible que me trate usted con tanta severidad, Amelia… no puedo creerlo —dijo Dobbin con acento que destilaba tristeza—. No puedo creer que una frase desdichada, lanzada en un arrebato de cólera, llegue a destruir, a borrar toda una vida de abnegación. Además, mis palabras no ultrajaron la memoria de George, para mí, su mejor amigo, sagrada. Si vamos a hacer un cúmulo de acusaciones, ninguna creo merecer de su viuda ni de su hijo. Reflexione usted con calma, Amelia, medite usted con frialdad de criterio, y estoy seguro que ha de absolverme. No son mis palabras de ayer las que encendieron su cólera contra mí, no; son el pretexto que usted ha aprovechado; lo sé. Si no conociese a usted a fondo, ¿de qué me serviría haberla amado con toda mi alma por espacio de quince años? En este lapso he aprendido a penetrar sus sentimientos, a leer en su pensamiento. Puedo precisar hasta dónde es capaz de llegar su corazón, y sé que, si puede adherirse sólidamente a un recuerdo, si puede levantar un culto a un sueño, no cabe en él un sentimiento como merecen los míos, un sentimiento como probablemente lo hubiera yo despertado en el alma de una mujer más generosa que usted. No; usted, Amelia, no es digna del amor que yo le he consagrado; tiempo ha que me consta que el objeto al que he dedicado mi vida entera no vale el esfuerzo que en conquistarlo he puesto, que he sido un necio, que he puesto todo mi ardor en una mujer que no conservaba más que débiles restos de potencia de amar. Desisto ya; renuncio a la lucha… me retiro, sin guardar animosidad contra usted. Reconozco que es usted buena, que ha hecho cuanto ha podido, pero era pedirle demasiado que correspondiera a un amor como el mío, a un amor que un alma más elevada que la suya acaso hubiese compartido con orgullo. Adiós, Amelia. He seguido todas las vicisitudes de los combates que en su alma se libraban… Pongámosles fin… a los suyos y a los míos… que los dos necesitamos descanso.

Amelia escuchaba consternada y silenciosa el discurso de William, y veía con pesar que éste rompía de improviso la cadena que hasta entonces le tuvo sujeto y afirmaba su independencia y superioridad. Tan acostumbrada estaba a verle rendido a sus pies, que ni cuenta se había dado de que le hollaba implacable. Pero es el caso que si es cierto que no quería casarse con él, tampoco se resignaba a perderle: deseaba conservarle, deseaba tener un esclavo que a ella se lo diese todo sin recibir nada en cambio. En los juegos de amor ocurre esto con bastante frecuencia.

—¿Significan sus palabras que… que se va… para siempre… que me abandona, William? —preguntó Amelia, completamente vencida.

—Me fui en otra ocasión —respondió Dobbin, sonriendo con amarga tristeza—, y volví al cabo de doce años… Entonces éramos jóvenes, Amelia… Adiós… He malgastado ya en este juego demasiados años de mi vida.

Mientras conferenciaban nuestros dos amigos, la puerta había sido ligeramente entreabierta y Becky oyó toda la conversación.

«El corazón de ese hombre es un prodigio de nobleza —pensaba aquélla—, y Amelia comete un crimen jugando con él. No le guardo rencor, aunque ha tomado partida contra mí… Le admiro, pues no se ocultó, me hirió de frente, con lealtad… ¡Ah, si yo hubiese tenido un marido como él, un marido dotado de corazón y de inteligencia!»

Encerróse en su habitación y escribió a Dobbin un billetito, suplicándole que no se fuese y ofreciéndole trabajar su causa cerca de Amelia.

La despedida fue un hecho: William se dirigió por segunda vez a la puerta y salió, dejando a la autora de su desdicha sola y en libertad de saborear su triunfo.

A la hora de comer, George notó por segunda vez la ausencia de Dobbin. Se sentó la familia a la mesa y durante la comida reinó un silencio penoso. Joseph conservaba su apetito de costumbre, pero Amelia no probó bocado.

George, después de comer, se puso de rodillas sobre un canapé adosado a la ventana y miraba a la calle. No tardó en observar síntomas de movimiento, en la casa de enfrente, donde estaba hospedado Dobbin.

—¡Mamá! —llamó de pronto—. Sacan al patio el cochecito de Dobbin… Enganchan los caballos… ¿Se va alguien? ¿Piensa marcharse el coronel?

—Sí, hijo mío; se va de viaje.

—¡De viaje! ¿Y cuándo vuelve?

—No… no piensa volver.

—¡Que no piensa volver! —repitió George dando un salto y echando a correr hacia la puerta.

—¡Quieto aquí, George! —tronó Joseph.

—No salgas, George —dijo su madre con triste acento.

El niño obedeció, pero su rostro reflejaba intranquilidad, curiosidad y viva agitación interior.

De la habitación de Dobbin comenzaron a sacar baúles y maletas. Su criado Francis salió con la espada, el bastón y el paraguas de su señor, y los colocó sobre el asiento. Apareció luego el dueño del hotel, quien dio una ojeada al coche. Por fin salió William Dobbin. Casi lloraba el hotelero al despedirse de él. Le abrazó, y hasta pretendió besarle, costando ímprobo trabajo a nuestro amigo substraerse a tan señalada prueba de cariño.

—¡Pues es verdad que se marcha! —gritó George.

—Toma… dale esto —dijo Becky, al ver que el niño emprendía carrera hacia la puerta.

No le costó medio minuto llegar a la calle. Dobbin había tomado ya asiento después de huir de los besos del fondista. George saltó al coche y echó los brazos al cuello de su tutor, a quien comenzó a dirigir mil preguntas. A continuación puso en su mano un papel plegado, que Dobbin desdobló temblando. Lo leyó, la expresión de su rostro varió con notable brusquedad, y, partiendo el papel en dos, arrojó los pedazos al suelo. Besó a George en la frente, el muchacho saltó del coche, y se fue frotándose los ojos. El cochero hizo restallar el látigo; salieron al trote los caballos y Dobbin dobló la cabeza sobre el pecho. No alzó la cabeza al pasar el coche bajo la ventana de Amelia. George quedó en el centro de la calle, y rompió a llorar sin importarle la turba de curiosos que se había congregado.

El niño se pasó llorando toda la noche.

En cuanto a Amelia, había cumplido con su deber. Además, sobre la cabecera de su cama pendía el retrato de George para consolarla.