Sin embargo, según el estudio nacional más amplio y serio de la conducta sexual publicado en Estados Unidos, existe un creciente movimiento clandestino de conducta heterosexual por la puerta de atrás. «Nuestros datos ponen de manifiesto que el sexo anal tiene mucha más presencia de la que cabría esperar», comienza el seco reconocimiento de los sorprendidos investigadores. En total, el 25 por ciento de los hombres y las mujeres lo intentan a lo largo de sus vidas, y el 10 por ciento lo ha hecho en el último año. Sólo un dos por ciento, sin embargo, en su encuentro «más reciente». Me encantan las estadísticas.
No obstante, entre los treinta y los cincuenta años, la probabilidad de sodomía heterosexual masculina se eleva a la respetable cifra de un tercio de todos los hombres. Uno de cada tres. Pensad en ello la próxima vez que estéis en una fiesta y echéis un vistazo alrededor. Una curiosa nota a pie de página señala que todos estos porcentajes se basan sólo en las dos principales relaciones de una persona. Lo cual significa: si alguien practica el sexo anal con su amante número tres, no queda reflejado en estos datos. ¿Acaso el sexo anal con el tercero no cuenta como comportamiento estadísticamente válido? ¿Por qué no se incluye? Me huele a juego sucio. Me gustaría saber quién pagó este estudio. O tal vez los rastreadores habían encontrado la pista de una verdad oculta: quien sea que te dé por el culo nunca será el tercero o ni siquiera el segundo. Los sodomizadores serán siempre el primero.
Cuando empiezan a desglosar en categorías socioeconómicas a los prospectores anales, las cosas pasan a ser aún más interesantes: a mayor nivel educativo, más sexo anal. ¿Qué enseñan hoy día en las universidades?
Como quizá no deba sorprendernos, los hombres y las mujeres ateos son los mayores entusiastas del sexo por la puerta de atrás, pero los católicos, que ocupan el segundo lugar, no les van a la zaga. Para los primeros, es el placer, la perversión y posiblemente su única oportunidad de una experiencia religiosa de sumisión: para los segundos, sin duda, es un simple método para el control de la natalidad.
Si bien las mujeres blancas son las receptoras sodomitas más comunes (Sue Johanson, la doctora Ruth de Canadá, dice que el 43 por ciento de las mujeres han probado el sexo anal), según parece los hombres blancos no son los perpetradores más probables. Los hombres hispanos son el acompañante más probable de las mujeres blancas en el viaje al otro lado. ¡Y pensar que el sexo anal fomenta la integración!
Quizá sea todavía más políticamente correcto el movimiento del «novio mío, agáchate», menos extendido, pero significativo. Este movimiento merece con toda seguridad…, bueno, en fin, estos chicos se merecen una mención especial por afrontar no sólo el terror a la homosexualidad, sino también a una novia blandiendo un consolador más grande que sus propias pollas. ¡Y vaya un movimiento! La oportunidad de ser una chica, la oportunidad de averiguar lo que hay de sumisión en el hecho de tener una polla dura de quince centímetros metida por el culo. Vamos, chicos, agachaos…, aceptadlo como hombres.
Y helo ahí: el curioso doble rasero común a tantos hombres heterosexuales, aterrorizados ante la idea de recibirlo, pero demasiado deseosos de darlo. ¿Y eso a qué viene? ¿Cómo pueden pretender que una mujer se deje meter una polla por el culo cuando ellos se ponen a chillar si se les acerca algo mayor que un pulgar? No es que yo quiera que cualquiera de mis hombres muestre demasiado interés en agacharse. No es eso. La protesta es la única postura digna para un hombre heterosexual que consiente en ser follado por el culo. La protesta en cada centímetro del camino, diría yo.
En la popular obra de Eva Ensler Monólogos de la vagina la protesta está muy presente. Pero ¿por qué en todas esas entrevistas, en todas esas preguntas, en todos esos monólogos, no se menciona ni una sola vez el agujero del culo de una mujer? Tan cerca y, sin embargo, tan lejos; el espacio que podría cambiar el mundo. Toda esa Charla sobre Coños «liberada», y sin embargo cuánto evita lo que está detrás del lugar sagrado: el agujero sin retorno. En fin. Para aquéllas que ahora claman victoria por delante, sería una traición, supongo, defender la rendición por detrás. La victoria por detrás, sin embargo, parece mucho más…, cómo decirlo…, honrosa. No puedo evitar preguntarme, si escribiera una obra titulada Diálogos anales, si encontraría una sala siquiera en el off–off–off Broadway. Tal vez en algún oscuro espacio teatral en un callejón trasero poco frecuentado.
Obviamente, no es recomendable hablar a gritos sobre el sexo por el culo desde los tejados, ni en las ondas de las radios nacionales. En abril de 2004, se pretendió que Clear Channel Communications, la mayor emisora de radio del país, fuera multada por la Comisión Federal de Comunicaciones nada menos que con 495 000 dólares a causa de un único fragmento de veinte minutos del Howard Stern Show en el que Stern hablaba, con cierto detenimiento, de lo que él llama «anal». (No debió de hacerle ningún favor el hecho de que en la conversación se intercalasen pedos). Menos mal que el sexo anal es mucho más barato que hablar de él.
Pese a esta nueva tendencia a censurar la sodomía, últimamente el sexo anal ha tenido varias prometedoras apariciones tanto en la gran pantalla como en la pequeña. El tema salía con regularidad en la popular serie de televisión Sexo en Nueva York, cuyas protagonistas no sólo hablaban del creciente interés de los hombres en «el culo», sino también de su propia predisposición a acomodarse a esos intereses, si era apropiado hacerlo en una primera cita y los aspectos básicos de la lubrificación. Quizá más sorprendente fuese la mención en la taquillera película de Hollywood El diario de Bridget Jones. En un momento dado, cuando Bridget está en la cama después de mantener relaciones con el canalla de su amante, Daniel Cleaver, le recuerda que lo que acaban de hacer es ilegal en varios países. A lo que él responde, sin inmutarse, que ésa es una de las razones por las que le complace tanto vivir en Inglaterra en la actualidad.
¿Es Daniel Cleaver la última encarnación del chico malo, el follador incontenible del siglo XXI? Al fin y al cabo, el sodomizador incontenible sencillamente traslada su incontinencia a un nuevo agujero. Lo mismo ocurre con el coito anal en la posición del misionero. El término en sí evoca la contradicción perfecta: la posición más patriarcal, la más sancionada bíblicamente y, sin embargo…, en fin, hay que ver cómo cambia las cosas un par de centímetros. Por otra parte, la experiencia —mejor realizada con una buena almohada, bien firme, debajo del culo— me hace sentirme claramente como una misionera. Al fin y al cabo, aquí estoy difundiendo el mensaje, compartiendo la epifanía como una creyente neófita, una conversa, una fanática anal.