Estaban cenando Hayden, Olivia, Nat Friar y el amor de éste, la señora Shaliston Baker. La cena, servida en la mesa del cuarto de estar, de Nat —de la que no habían desaparecido del todo los libros ni el ajedrez—, fue tan suculenta como siempre, pero Nat estaba menos simpático. Inquieto, derramó el vino y Ada Baker le contemplaba nerviosa como cuando un garito observa los movimientos de su buen y peligroso amigo el perro de la casa. Hayden y Olivia, a quienes no podía escapar ese estado de ánimo, acentuaban su amabilidad el uno con el otro. Cuando Nat dijo: «Después de que ustedes dos se hayan casado —lo que Ada y yo nunca nos hemos atrevido a hacer—, deben ustedes seguir en el aislado esplendor de Florencia pero sin dejar de dar una vueltecita por el mundo de vez en cuando», Olivia le cogió la mano a Hayden, cariñosa.
Hayden habló del extraño fenómeno llamado Lorenzo Lundsgard, a quien Nat nunca había visto:
—Es una mezcla muy rara de energía arrolladora y de conmovedora humildad… Quizá le interesara a usted conocerlo, Nat.
A Nat no le hizo gracia la idea, pero Hayden insistió:
—Además, es posible que le conviniese a usted… Ese hombre me propuso que me ganara algún dinero ayudándole como investigador. Pero yo he rechazado la oferta.
—¿Qué es eso de investigador? —dijo Nat.
—Lo que es usted.
—Joven, yo no soy más que un solterón empedernido cuya única afición seria es tumbarse en la cama el mayor tiempo posible y beber a solas. Para mí no hay más investigación que eso tan desagradable a que se dedican unos hombres de blanco, como los barberos, que martirizan a los perros en sus laboratorios. Pero no sé lo que es un investigador.
—Pues uno que va por ahí a buscar datos para luego hacer libros o películas.
—¿Quiere usted decir que ese Lundsgard necesita a alguien que le proporcione datos sobre la Edad Media?
—Exactamente. Usted le lleva los datos y él los guisa y le sale toda una conferencia.
—¿Cree usted que a Lundsgard le interesaría contar conmigo, Hayden?
—¿Le interesaría a un Banco de pueblo contar con J. Pierpont Morgan? ¿Le interesaría a un modesto predicador contar con un arcángel?
—Bueno, bueno, hablemos en serio. Porque el hecho es que esta puede ser mi última cena. He recibido por fin un cable comunicándome que ha quebrado la compañía en la que con tanta imprudencia invertí todos mis fondos no hace mucho tiempo. Ahora mismo no tengo ingresos por ninguna parte. Necesito una colocación. Es curioso, ésta es la primera vez que he dicho en mi vida que «necesito una colocación».
La señora Baker rompió a llorar. Ella, persona tan frágil y tan prudente a la vez, se precipitó hacia Nat sentándose vergonzosamente en sus rodillas y apoyó la cabeza en su hombro.
—No me había atrevido a decírselo a Ada hasta ahora. Estaba seguro de que me daría valor la presencia de dos jóvenes fuertes y comprensivos como ustedes. Pues sí, me he dado traza para perder hasta el último céntimo.
La señora Baker dijo con voz ronca:
—No sé por qué te preocupas. Sabes muy bien que cuentas con todo lo que yo tengo.
—Querida, no tienes nada. Es decir, apenas para mantenerte tú. Pero no importa. Hace mucho tiempo que vengo preparándome para esto. Hace seis meses que no pago el alquiler de la casa, y a mi pobre criada no la pago hace dos meses y dos días y eso que la semana pasada ha estado trayéndome verduras de su hermano, que es vendedor en el mercado y que lee a Petrarca. Para decirlo todo, debo confesar que esta cena la ha costeado ese buen hombre… Pueden ustedes considerarse invitados por él. Ada, Ada, no llores, querida.
La señora Baker sollozaba desconsoladamente. Le había desaparecido todo su orgullo como por encanto.
—No es para tomarlo así, Ada. Será una nueva aventura. A partir de ahora trabajaré de acuerdo con la idea que los demás tengan de mi utilidad en vez de con la mía propia. Si hay algo aquí e incluso en los Estados Unidos, algún trabajo que pueda yo hacer y que no sea demasiado honesto ni demasiado cultural, lo haré con mucho gusto. Por lo pronto, Hayden, ¿cree usted que ese doctor Lundsgard querría pagarme algo? Soy muy puntual y metódico, aunque no lo parezca, y, a mi edad, saldré muy barato.
Hayden telefoneó a Lundsgard para comunicarle que había cierta probabilidad de que pudiera conseguir los servicios del famoso profesor Friar para proporcionarle algún «material». Ya sabría él que Friar era uno de los once hombres que conocían la historia de Europa minuto por minuto desde el 400 después de Jesucristo hasta el 1800.
Lundsgard se entusiasmó:
—Tengo recortados varios artículos del profesor Friar. ¿De verdad crees que trabajaría para mí? ¿Cómo me las arreglaría para entrar en tratos con él? ¿Debo ir a visitarle? ¿Me harías el favor de acompañarme?
Hayden pensó que el desaliño y el descuido del piso de Nat disminuiría en cien dólares a la semana por lo menos su valor comercial para un Lundsgard. Por eso se apresuró a contestar:
—No, no. Como quiera que tú vas a ser su jefe, lo protocolario es que sea él quien vaya a verte.
—Comprenderás que tratándose de un pez gordo como él, no voy a insistir en formalismos. Pero, por otra parte, las buenas formas son una de las cosas que me propongo implantar en los Estados Unidos; además de la filosofía, claro. De todos modos, dile al Prof que elija él mismo la hora que le convenga más para venir a verme. ¿No le hace ascos a un buen trago?
—Hombre, si tienes un buen jerez muy seco, creo que lo probaría.
—Lo tengo tan seco que se creerá que es de Kansas.
Nat Friar se puso su traje gris, el único presentable que tenía, se lavó y se peinó la barba. Después se reanimó con una buena copa de coñac y se sintió casi olímpico. Pero en la suite de Lundsgard hablaba con timidez y apenas tocó el vasito de jerez. Sin embargo, animado por Lundsgard, Nat se lanzó a narrar apasionantes historias de la vieja Italia: Amadeo, el conde Verde; el papa Anacleto II, que era de la distinguida familia judía de los Pierleoni; aquel poeta y galanteador, Aeneas Sylvius Piccolomini, que había de convertirse en el papa Pío II, y que construyó el pueblo montañés de Pienza como un monumento a sí mismo y que dirigió una cruzada; el Lobo de Gubbio, mezcla de hombre y de bestia que se convirtió al Cristianismo y que fue efectivamente un buen cristiano; Clarice Strozzi, que maldijo a los tiranos y los expulsó del palacio de Médicis… Contaba todas estas historias con tanta jocundidad como erudición. Lundsgard estaba extasiado. Llamaba humildemente a Nat «señor» y a cada momento exclamaba: «¡Bárbaro!… ¡Soberbio!… ¡Eso es lo que necesito, señor!». A Hayden le extrañaba que Lundsgard no tomase notas, pero no tardó en descubrir que la puerta del despacho estaba entreabierta y que Evelyn Hoxler tomaba en taquigrafía todas las palabras de Nat.
Lundsgard titubeó:
—No se me escapa, señor…, quiero decir que si usted se decidiera a prestarnos su inapreciable ayuda durante un mes o cosa así, nunca podría pagarle lo que usted se merece por su incalculable sabiduría, pero… ¿le compensaría una parte de su esfuerzo cobrar ciento cincuenta dólares a la semana? Hayden estaba seguro de que Nat no sabía si aquella cantidad era fabulosamente elevada o una despreciable pequeñez. Por ello se apresuró a intervenir:
—Hombre, Lundsgard, no puedes pagarle menos de doscientos dólares a la semana.
Lundsgard le lanzó una rápida y resentida mirada y dijo secamente:
—Lo dejaremos en ciento setenta y cinco.
—Me parece magnífico —exclamó Nat contentísimo.
Dejando ya a un lado el «señor» y las exclamaciones de veneración al sabio, ordenó Lundsgard:
—Profesor, empieza usted a trabajar aquí el próximo lunes por la mañana a las nueve en punto.
—¿A las nueve? ¿Quiere usted decir a las nueve de la mañana…? Entendido —dijo Nat muy triste.
Vestido con una chaqueta de terciopelo muy usada y un viejo sombrero de paja de jardinero para protegerse los ojos de la luz, se pasaba Nat todo el día, —es decir, desde las nueve y media, las diez o las once, cuando llegaba, y exceptuando la hora de almorzar y el tiempo que se pasaba fuera bebiendo unas copas—, dictando anécdotas de la historia más pintoresca aunque bastante exacta.
Descubrió que el dictáfono era el oído más paciente que existía en el mundo. Se aplicaba la bocina a la barba sonriéndole al aparato mucho mientras le contaba historias de reyes y cardenales como si el dictáfono fuera un viejo amigo que hubiera conocido a aquellas gentes. Nat no hacía caso alguno a los visitantes de Lundsgard, estafadores que pretendían venderle Botticellis originales por veinticinco dólares.
Convertidos en liras —y entonces estaba la lira a seiscientas el dólar—, los ciento setenta y cinco dólares semanales de Nat le parecían una riqueza babilónica. Pagó sus deudas, empezando por lo que debía a su criada y al hermano de ésta, algunos —sólo algunos— de los meses que debía de alquiler y se compró una hermosa chaqueta de smoking con unos enormes bolsillos en que podía meter libros. A Hayden le compró una preciosa edición de Aristófanes y a la señora Shaliston Baker un servicio de té, de plata. Lundsgard nunca criticaba a Nat por su falta de puntualidad. Se leyó todas las páginas sobre curiosidades medievales que transcribía Evelyn Hoxler de lo que Nat charlaba ante el dictáfono y solía decirle:
—Mi querido profesor Friar, me sale usted terriblemente caro, pero es usted un tesoro.
—Lundsgard es muy simpático —le dijo Nat a Hayden.
—No lo niego.
—Lo que me extraña es que le haya dado por el medievalismo, cuando habría sido un «cowboy cantor» de gran éxito… Si es que sabe cantar.
—Y si fuera capaz de montar a caballo.
—Claro. Pero no se puede negar que es muy simpático.
—Simpatiquísimo.