CAPÍTULO VII

DONDE SE DAN MEJORES RAZONES DE LAS HASTA AHORA EXPUESTAS PARA JUSTIFICAR LA CONDUCTA DE PARTRIDGE; UNA APOLOGÍA DE LA DEBILIDAD DE TOM JONES Y ALGUNAS ANÉCDOTAS REFERENTES A LA MESONERA.

Si bien Partridge era uno de los hombres más supersticiosos del mundo, no se hubiese decidido a acompañar a Jones en su expedición simplemente por los presagios del tropezón con el taburete y el sueño de la yegua blanca, si su propósito no fuera algo mucho más importante que participar en el botín que se recogiera en el campo de batalla. En resumen, cuando Partridge empezó a reflexionar sobre el relato que había oído de labios de Jones, concluyó por no creer que Mr. Allworthy hubiera arrojado a su hijo —pues por tal tenía a Tom— de la casa por la simple razón dada por el muchacho. Por tanto, dedujo que todo era una pura ficción, y que Jones, de quien con frecuencia había oído decir que era de carácter muy alocado, había huido en realidad de su padre. Entonces pensó que si conseguía convencer al joven caballero para que volviera al lado de su padre, prestaría con ello un gran servicio a Allworthy, que quizá le haría olvidar su cólera fingida y que Allworthy le había sacrificado simplemente a su reputación. Fundamentaba su creencia en el cariñoso proceder que el buen hombre había observado con el niño expósito; en su gran severidad con él, Partridge, que, sabiéndose inocente, no podía concebir que los demás le considerasen culpable; por último, en la pensión que durante mucho tiempo después de ser privado públicamente de su anualidad había estado recibiendo y que consideraba como una especie de compensación o reparación de una injusticia, ya que es poco usual en los hombres atribuir los beneficios que reciben a la simple caridad, cuando pueden achacarlos a otros motivos. Si de un modo u otro conseguía convencer al joven caballero para que volviera a su casa, estaba convencido de que él lograría de nuevo congraciarse con Allworthy, siendo recompensado por sus sufrimientos, permitiéndole al propio tiempo regresar a su tierra nativa, regreso que ni el propio Ulises deseó jamás tan ardientemente como lo deseaba el infeliz Partridge.

En lo que respecta a Tom Jones, estaba convencido de la verdad de lo afirmado por Partridge y pensaba que éste no tenía más motivos para obrar que el cariño que sentía hacia él y el celo por su causa, lo cual representaba una grave falta de confianza en la veracidad del prójimo, muy digna de censurar. Sólo existen dos caminos por los que los hombres llegan a adquirir la desconfianza. Uno, el resultado de una larga experiencia, el otro procede de la naturaleza, y con esto último muchas veces se trata de indicar el genio o las dotes naturales, y sin duda es el mejor de los dos, no sólo porque se posee desde los principios de la vida, sino por ser mucho más infalible y definitivo. Un hombre que ha sido engañado por muchos siempre espera encontrar algunos más honrados, en tanto que el que recibe ciertos consejos necesarios de su fuero interno, es imposible, a no ser que carezca de la menor inteligencia, que pueda ser engañado. Pero Tom Jones carecía de este don de la naturaleza y, además, era demasiado joven para poseerlo por experiencia, pues el conocimiento de la vida que se adquiere por este medio raras veces se alcanza hasta edad muy avanzada de la vida, que posiblemente es la razón de que los viejos desprecien los conocimientos de todos los que son un poco más jóvenes que ellos.

Tom Jones pasó parte del día en compañía de un nuevo conocido. Éste no era otro que el dueño del mesón o, mejor dicho, el marido de la mesonera. El hombre había hecho su aparición después de un largo ataque de gota, enfermedad que le obligaba a permanecer encerrado en su cuarto durante medio año, en tanto que en los períodos de salud se paseaba por la casa, fumaba su pipa y bebía una botella con los amigos, sin preocuparse lo más mínimo de trabajar en algo. Había sido criado, como él afirmaba, para ser caballero, o sea para no hacer nada, y había derrochado una pequeña fortuna, herencia de un tío que fue un campesino trabajador y honrado, en cacerías, carreras de caballos y peleas de gallos. La mesonera se había casado con él inspirada por ciertos propósitos, a los que él hacía tiempo no respondía, razón por la cual ella le odiaba cordialmente. Pero como era un hombre adusto, ella se complacía en quemarle la sangre haciendo comparaciones desventajosas entre él y su primer esposo, cuyos recuerdos no se le caían de los labios. Por otra parte, como era dueña de la mayor parte de las ganancias, se sentía satisfecha de tener a su cargo la dirección del negocio, y tras de una larga lucha, en la que no tuvo el menor éxito, se resignó a que su marido hiciera lo que le viniera en gana.

Por la noche, cuando Tom Jones se retiró a su cuarto para dormir, entre aquella cariñosa pareja surgió una viva disputa motivada por él.

—¡Vamos! —exclamó la mesonera—. Has estado bebiendo con el caballero, según he podido observar.

—Sí, hemos apurado juntos una botella —contestó el marido—, y se trata de un perfecto caballero que entiende mucho de caballos. Es joven y no ha conocido mucho mundo, pues tengo la impresión de que ha frecuentado poco las carreras de caballos.

—¡Oh, es uno de tu clase! —repuso la mesonera con desdén—. Con seguridad es un caballero desde el momento que entiende de caballos. ¡Que el demonio cargue con semejantes tipos! Me gustaría no haberle conocido jamás. ¡Tengo muchos motivos para querer sinceramente a los aficionados a las carreras de caballos!

—Los tienes —replicó el marido—, pues yo fui uno de ellos, como sabes de sobra.

—Sí —repuso ella—, tú eras de los más entusiastas. Como mi primer marido solía decir, debo colocar delante de mí todo lo bueno que te debo, y procurar no ver la malo.

—¡Al cuerno tu primer marido! —exclamó él.

—No insultes a mi primer marido —repuso la mujer—. Si hubiera vivido no lo hubieses hecho.

—Entonces olvidas que tú también lo has insultado delante de mí —contestó el segundo marido.

—Si lo hice, luego me he arrepentido de ello. Y si él era tan bueno que me perdonaba cualquier palabra dicha sin pensar, no eres tú el que debes echarme ahora nada en cara. Fue un marido de cuerpo entero para mí, y si en alguna ocasión empleó alguna palabra malsonante en un momento de acaloramiento, jamás le llamé bribón.

Aún dijo mucho más la mujer, pero su marido no la oyó, pues encendiendo su pipa salió de la habitación todo lo de prisa que pudo.

Era aún bastante temprano cuando Partridge apareció a la mañana siguiente junto al lecho de Tom Jones. Estaba completamente equipado para el viaje y llevaba una mochila a la espalda. Se la había hecho él mismo, pues aparte de otros oficios que tenía, entendía de sastre. Dentro de la mochila había metido toda su provisión de ropa, que se componía de cuatro camisas, a las que añadió ocho de Tom Jones, y cerrando la maleta, salió con ella para llevarla a su casa. Pero en el camino fue detenido por la mesonera, que se opuso a que se efectuara ningún traslado hasta que la cuenta de Tom estuviera pagada.

La mesonera, como ya hemos dicho, la gobernadora absoluta de aquellos parajes, y no había otra solución que someterse a sus mandatos. La cuenta fue hecha a escape y presentada. Importaba una cantidad mucho mayor de la que podía esperarse dado el trato recibido por Tom Jones. Pero aquí es necesario que revelemos ciertas máximas que los mesoneros consideran los grandes misterios de su oficio. La primera es que si tienen algo bueno en su casa, lo que sucede muy raras veces, deben dárselo sólo a los que viajan con mucho equipaje. Segunda, cargar en la cuenta lo mismo por los peores alimentos que por los mejores. Y, por último, si alguno de los huéspedes pide pocas cosas, hacerle pagar el doble por cada cosa que se le sirva, de forma que la cuenta por individuo sea aproximadamente la misma.

Una vez liquidada la cuenta, Tom y Partridge se pusieron en camino. La mesonera no se rebajó a desearles buen viaje, pues, al parecer, su posada sólo era frecuentada por gente distinguida. Ignoro a qué será debido, pero todos aquellos que se ganan la vida con gentes distinguidas contraen tal desprecio hacia el resto de la Humanidad, como si en realidad pertenecieran al rango de aquéllas.