III

EL HISTORIADOR TRABAJA CON TODAS LAS CARTAS en la mano. Su tarea consiste en ordenarlas, habida cuenta de que ese orden no tiene por qué ser siempre el mismo. En la obra del buen historiador se advierte siempre, o se adivina, un componente artístico, algo que acaba remitiendo a las musas, y que quizá sólo sea el resultado de una clase especial de perspicacia, la que permite descubrir relaciones ignoradas, o al menos invisibles, entre los hechos, o inventarlas. La buena historia es como una buena novela escrita con el rigor de un drama. Los hechos sobre los que yo escribía desde mi soledad en el pazo no eran aún historia, sino sólo actualidad. Las conexiones las veía conforme iban pasando, y si es cierto que el final se presentía, o al menos se temía, no estaban claros los trámites que podían llevar a él, ni su orden. Hay novelistas que terminan su novela en matrimonio (más bien ahora autores de películas), y se acabó. Lo que suceda después ya no interesa. Pero todos los que desde un lugar u otro escribíamos acerca de la política del mundo en esos años de la Guerra Civil española, sabíamos, o estábamos persuadidos, de que todo acabaría en una contienda general. Pero ¿y después? ¿Quiénes iban a ser los contendientes? ¿Y quién iba a ganar? ¿Se repartiría el Viejo Continente entre Rusia y Alemania? Era una solución, no solo incierta, sino inestable, porque la vocación de unos y otros era de totalidad. Y esta duda coloreaba nuestros escritos de pesimismo intelectual. Se veía claramente que Hitler había entrado en la Historia como un caballo en una cacharrería, y que, a pesar de su modo de actuar, cada una de sus roturas parecía coger de sorpresa a los gobiernos y a los intérpretes de la realidad. ¿Cuál será, dónde será el próximo golpe? Los gobiernos europeos habían perdido la iniciativa, parecían dispuestos a seguir dormitando, entretenido cada uno con sus problemas nacionales, actuando a regañadientes cuando algo exterior los incitaba. En ese caso optaban por el camino más fácil. Esto, al menos, era lo que se me ocurría pensar a la vista de las noticias que me iban llegando; a la vista, por ejemplo, del pacto de Munich y de las tantas reuniones internacionales que lo habían precedido y de las pocas que lo siguieron. ¡Cuidado con el caballo, que no rompa más pucheros! Pero éstas son historias que conoce todo el mundo, que ya están suficientemente explicadas y contadas, no digamos comentadas. Lo que yo intento ahora recordar, y relatar, era mi situación personal, escondido entre bosques y entre vacas, mientras fuera de Portugal la guerra de España terminaba y se preparaba, a corto plazo, la otra. Y lo único curioso de mi caso fue la facilidad del tránsito de mi conciencia de observador, y, a veces, de juez, de lo que acontecía por Europa adelante, y la requerida por los negocios concretos de un propietario agrícola, metido en una empresa de la que no entiende nada, pero por la que se va apasionando día a día. Es cierto que, tácitamente, había delegado la dirección en mi maestro, el cual, cortés como era, no abusaba de su disimulada preeminencia, sino que guardaba las formas y, cuando había tomado una decisión, me consultaba sobre su conveniencia. Creí correcto responder con el mío a su interés. Dedicaba las mañanas a la vaquería, y las tardes al estudio de la situación internacional, y actuaba como dos hombres que fueran uno solo, que viviese alternativamente en dos mundos sin relación aparente. Si en el uno lo acuciante era el desarrollo de una situación al parecer sin salida, en el otro lo que apuraba era llegar al fin de aquella etapa de vacas preñadas, de lo que iba a suceder cuando nos hallásemos con cien crías en los establos, a las que había que dar salida. La inminencia de la guerra me obsesionaba; la de cien partos obsesionaba a mi maestro. Los partos llegaron antes que la guerra, bastante antes: no todos de una vez, sino escalonados; primero los de las vacas holandesas, y, unas semanas después, los de las suizas. Fueron días de emoción y de jaleo. Había algo de humano, de conmovedor, en aquellas maternidades en serie que presenciamos con curiosidad y estupor.

Mi maestro recibía regularmente cartas de don Amedio. Le respondía dándole cuenta del estado de sus intereses, o, más bien, de su casa y de sus fincas. No traían quebraderos de cabeza, porque eran puro lujo, sino los inevitables cuidados de la conservación y del fisco. Pero aconteció que la miss recibió una carta de María de Fátima, a la que siguieron muchas, casi regularmente. Solía dármelas a leer, con el pretexto de la oscuridad de su sintaxis, pero en realidad para que yo las conociese. Ella pensaba, y no me lo dijo, y yo pensaba, aunque lo haya callado, que María de Fátima se valía de la miss para comunicar conmigo, para que yo supiese de su vida y de sus desventuras. Nunca lo dijo expresamente, pero la evidencia de su intención no era ni siquiera discutible. Poco a poco fue estableciendo un sistema de claves: decir que recordaba Portugal significaba que no me había olvidado. Y así muchas otras. Nunca leí las respuestas de la miss, ni me dio cuenta de ellas, pero supongo que, también de manera indirecta, tendría a María de Fátima informada de mi vida. De esta correspondencia deduje fácilmente que María de Fátima no era feliz, que su relación con su supuesto padre no era fácil, menos aún cordial, que la vida de Río de Janeiro no le satisfacía. Hablaba como de una redención del momento en que su padre decidiera volver a Portugal, hecho que, por su parte, don Amedio remitía a una fecha incierta, aunque lejana. El estado de sus negocios en Brasil, afectados como en todas partes por la situación general, reclamaba su presencia. Llegó a decir en una carta que era una suerte que la muerte de su mujer le hubiera obligado a regresar; de lo contrario, sus negocios se hubieran ido al tacho.

Una mañana de mucha lluvia llegó a mi casa un automóvil de matrícula española, del que descendieron dos señores que querían hablar conmigo. Los recibí. Se me presentaron como comisionados de una empresa ganadera que abarcaba toda Galicia. Se habían enterado de que yo tenía ganado que vender, y venían a tratar de una posible compra. Mandé llamar a mi maestro, ante quien repitieron sus pretensiones, pero con quien hablaron ya de cifras y de formas de pago. Asistí a una conversación que no me atrevo a calificar de disputa, en la que nadie se oponía directamente a nadie, ni se exhibían razones contra razones, sino más bien una intricada charla hecha de sinuosidades, alusiones, reticencias, rectificaciones, al final de la cual resultó que se habían puesto de acuerdo y que se consideraban comprometidos a una opción preferencial sobre la producción. O sea, dicho de otra manera, que aquellos caballeros nos comprarían todas las terneras y los becerros que pariesen las vacas, pagándolos no sólo según los precios del mercado, sino también de acuerdo con la raza de las madres y la esclarecida prosapia de los sementales. Si calculábamos en ciento el número actual de crías, y en veinte las de uno y otro sexo que debíamos conservar, ellos se comprometían a la adquisición de ochenta, que no estaba mal como principio del negocio. El cual ofrecía, por parte de ellos, ciertas particularidades referidas ante todo al modo de transporte, que había de hacerse no en tren, como parecía más lógico y cómodo, habida cuenta de la proximidad de una estación en Valença, sino en camiones por los caminos de la montaña. Esto me sorprendió, aunque no hice observación alguna, pero después me explicó mi maestro que aquellos caballeros representaban a un sindicato poderoso con grandes agarraderas en Burgos, y gente de poder comprometida, y que la mayor parte de sus negocios tenían algo de ilegales. Por lo pronto, nuestro ganado estaba destinado a pasar clandestinamente a España. «Lo cual no debe preocuparnos, porque los riesgos no corren de nuestra parte». Como habían pagado a tocateja, el asunto quedó allí; pero como cuando vinieron a hacerse cargo del hato, permanecieron un par de días en la aldea, y almorzaron con nosotros, salió, sin yo quererlo, la cuestión de mi ausencia de España y de sus razones. Uno de aquellos sujetos, un tal don Bernardino, personaje jocundo y buen bebedor, me escuchó con atención, y al final me dijo: «¿A usted le gustaría entrar en España, al menos a echar un vistazo a esos bienes que tiene allá?». «¡Hombre, por supuesto!». «Pues déjelo de mi cuenta». Me pidió ciertos datos, sobre todo los referentes al servicio militar. Al despedirse, me dijo: «Váyase preparando para su próximo viaje a España». No me hice grandes ilusiones, pero algún tiempo después, poco más de dos semanas, aquel sujeto apareció en el pazo en un coche que conducía él mismo; al mediodía, de modo que se le invitó a comer. Y guardó la sorpresa hasta los postres: sacó del bolsillo un sobre y me lo entregó. «Ahí tiene usted un pase de fronteras válido para un año. Durante ese tiempo puede usted entrar y salir todas las veces que quiera, siempre que lo haga por un puesto de Galicia. La jurisdicción de la autoridad que lo firma no se extiende más allá. Cuando vaya a Villavieja no deje de buscarme, o, al menos, de tenerme prevenido. Hay una persona a la que le gustaría hablar con usted». No dejé de pensar que aquello podía ser una trampa, y se lo comuniqué a mi maestro. «Yo no lo creo. Harán demasiado buenos negocios con nosotros para estropearlos por una jugarreta política que a nadie le interesa. No olvides que, en Villavieja, poca gente, o ninguna, te recordará, y que tu supuesto delito no habrá trascendido de las oficinas militares. Yo, en tu caso, me arriesgaría». Entré por la frontera de Tuy sin dificultades. Tampoco las tuve en Vigo, ni en el tren que me llevó a mi pueblo, aunque varias veces me hubieran pedido la documentación. No hay que olvidar que mi pasaporte había sido expedido por el cónsul franquista de Oporto. Llegué a Villavieja de noche, sin prevenir a nadie. Hallé mi casa cerrada, aunque una luz encendida en el segundo piso, donde solían dormir las criadas, mostrase que alguien había en ella. Me metí en un hotel aconsejado por el taxista. Nadie dio muestra de conocerme, ni de recordarme. Y ya en mi casa, por la mañana, la vieja Puriña tardó en reconocerme. «¡Ay, el señorito Filomeno!», dijo por fin. ¡Ya era otra vez Filomeno, con aquel aditamento de «señorito» que no acababa de hacerme feliz y que me perseguiría por mucho tiempo! La conmoción sentimental no fue tan grande que temblasen las paredes. Puriña tuvo un gran interés, un interés inmediato, en mostrarme la casa, para que viese lo bien tenida que estaba, igual que si esperase mi llegada. La hallé pulcra, fría y solitaria, como un museo olvidado en que hasta los sentimientos se hubiesen guardado en vitrinas. Mandé traer mis cosas del hotel, y avisé a mi abogado que viniese a verme. Lo hizo y escuchó con sorpresa y cierta sonrisa finalmente comprensiva la explicación de mi presencia. Cuando le dije el nombre de aquel sujeto que me había facilitado el salvoconducto, primero torció el morro, después se echó a reír. «¡Buen pájaro es el tal Bernardino! Pero, a veces, se está más seguro con los sinvergüenzas que con las personas decentes». Por él supe las andanzas de aquel don Bernardino, hombre de paja de incógnitos, aunque sospechados poderes, y factótum del sindicato ganadero que me había comprado el hato. «Traen a maltraer a los pobres campesinos. Les compran el ganado a precios irrisorios, que ellos imponen bajo amenazas. Luego reúnen el ganado en un lugar donde lo atiborran de sal. Las pobres vacas beben, aumentan de peso, y así lo venden al ejército y a los proveedores de muchas ciudades». Me mostré pesaroso de haberle vendido mis terneras, ya que iban a padecer, las pobres, de sed artificial. «No. Al ganado como el tuyo no lo venden, lo destinan a mejores empresas. Ten en cuenta que, cuando termine la guerra, habrá que abastecer a la mitad de España, que está hambrienta, y reponer ganaderías… No pases cuidado por tus becerros». De lo que me contó mi abogado, lo más importante fueron las dificultades en que se halló metido para evitar que requisaran mi casa con el pretexto de que estaba vacía, para no sé qué organización patriótica.

A pesar de los informes, y por consejo del mismo abogado («Con esta gente hay que andarse con ojo, porque lo mismo que te dan facilidades, te las quitan; lo mismo que te ayudan, te hunden»), mandé recado a don Bernardino, quien me dio una cita en un café. «Vamos a ver a ese comandante que tiene interés en conocerle». Me llevó a un edificio militar, en el que entró como Perico por su casa. Se anunció y fuimos recibidos. El despacho era vulgar, polvoriento. Un sorche pelado escribía a máquina; el comandante lo mandó retirar. Era, el comandante, un tipo alto y magro, de buena raza, pero con algo decadente o degenerado en la mirada; un brillo vacilante, a veces turbio, que divagaba por el espacio. Movía con dificultad el brazo derecho, de modo que me tendió la mano izquierda y explicó que eran las consecuencias de la guerra. La conversación fue de lo más corriente; me hizo preguntas acerca de mi situación, y yo le respondí con la verdad a todas ellas. Se interesó sobre todo por mi permanencia en París y por mi oficio actual de analista de las dificultades internacionales. «De eso me gustaría hablar con usted, mire». Don Bernardino, que no había intervenido, propuso un almuerzo en no sé qué restorán, y desde allí mismo hizo, por teléfono, la reserva. El comandante, en cuanto nos sentamos a comer, fue directamente al grano. «Explíqueme la situación. Aquí, las noticias vienen tergiversadas y nadie sabe a qué atenerse, salvo los de muy arriba, que, sin embargo, tampoco están seguros». Hablé durante un buen rato, di mi visión particular, o más bien personal, de cómo andaban los negocios de la política en Europa y fuera de ella, y de lo que yo juzgaba la causa de sus sobresaltos. «Luego, ¿usted cree en una próxima guerra?». «Será difícil evitarla». «¿Ganarán los alemanes?». «Mi oficio no es de profeta». «Pero usted conoce mejor que yo la magnitud de su armamento». «Sí, es superior al de Francia, Italia e Inglaterra juntos». «¿Cree que Mussolini se pondrá de parte de Francia?». «Todo depende de quien pueda más en su ánimo, si su ideología o los intereses de Italia. Pero no olvide tampoco el temor de una invasión, inevitable, desde Austria». «¿No lo tiene por inteligente?». «Sí, pero los hombres inteligentes son los que cometen los más grandes errores». «¿Qué opina usted de nuestra guerra?». «Apenas he vivido en España. Me faltan datos para opinar». «Pero usted lee la prensa del mundo». «Sí, pero no me fío de ella». «¿Es usted de los que todavía esperan que ganen los republicanos?». «Después de la batalla del Ebro, no». No pareció complacerle demasiado mi respuesta, aunque tampoco dijo nada que revelase algún disgusto. De repente, la conversación cambió de tono. Don Bernardino insinuó algo, el comandante le respondió, y empezaron los chistes verdes y los políticos. Don Bernardino hablaba mal de Franco, cuya victoria, sin embargo, deseaba no por razones ideológicas, según inmediatamente comprendí, sino porque era la condición de que sus planes económicos alcanzasen las dimensiones apetecidas, o, por lo menos, soñadas: nada menos que una especie de imperio agropecuario que abarcase toda España. «Y no es ningún disparate, creánme. Por ahora aquí vamos comiendo, pero en cuanto termine la guerra empezarán las dificultades. Habrá que dar de comer a la otra media España. Para entonces es para cuando hay que estar preparados». Las miradas que se cruzaban entre el comandante y don Bernardino revelaban sin grandes dudas su connivencia; pero como también a veces me miraban a mí, llegué a comprender que, en aquel proyecto de invasión vacuna de la España derrotada, mis vacas eran un dato.

Estuvimos charlando hasta tarde. El comandante había bebido bastante, y tenía la mirada más revuelta y más triste. A don Bernardino, cada copa le aumentaba la locuacidad, sus chistes eran cada vez más irrespetuosos y agresivos. Hubo un momento en que calló y pareció adormecerse. El comandante lo aprovechó para inquirir de mí el grado de amistad política de los portugueses hacia el estado del general. Cuando don Bernardino regresó de su viajecito al sueño, aseguró con palabras contundentes que aquello había que rematarlo en juerga. Pero el comandante tenía que hacer algo. Quedamos en los soportales de la plaza a eso de las ocho.

El comandante venía de gabardina y boina; don Bernardino, muy puesto, con abrigo y sombrero. Desde el principio tomó la iniciativa, que consistió en comunicarnos sus planes. «Se me ocurrió telefonear a casa de la Flora. Nos esperan en el salón reservado». El nombre de la Flora no me traía recuerdos, pero en seguida imaginé que se trataba de un burdel. Y si bien era cierto que mi ánimo no estaba para putañerías, los seguí, a aquellos dos, por calles que había olvidado, hasta una estrecha, que caía tras un ábside románico. No había más luz que la de un farol antiguo con una bombilla macilenta. Más que alumbrar, agrandaba las sombras. Dejaba ver, sin embargo, un ventanal del ábside, ornamento de monstruos y geometrías.

Don Bernardino nos precedía, como cliente favorecido. No llamó a la puerta, sino que la empujó. Nos condujo, por una escalera rechinante, hasta otra puertecilla, ésta barnizada y reluciente, tras la cual nos esperaba el salón de la Flora, quiero decir el salón privado, aquel al que sólo tenían acceso los golfos distinguidos. Había otro, en la planta baja, para la soldadesca y los horteras; de este segundo salón llegaban, como desde una lejanía, los rumores de una juerga con guitarra. Don Bernardino dejó encima de un sillón las prendas exteriores de su atuendo, y nos invitó a que hiciéramos lo mismo. De pronto, desapareció. El comandante y yo llenamos el silencio con unos cigarrillos que yo ofrecí, que él encendió con un mechero anticuado, de los de campaña. Don Bernardino regresó con la Flora; una cincuentona delgada, de bastante buen ver, aunque un poco desmayada. Llevaba al cuello un medallón de oro de la Virgen del Carmen. Al comandante ya lo conocía. Yo le fui presentado como Filomeno Freijomil. Se me quedó mirando. «¿El hijo del difunto senador, que en gloria esté?». Le respondí que sí. «Tenemos que hablar, muchacho». Le encargaron bebida, la trajeron unas chicas medio desnudas, algo así como un remedo ridículo y algo cursi del París de la leyenda. Bebieron con nosotros, se nos sentaron en las rodillas, siempre riendo a carcajadas y diciendo groserías. La que a mí me tocó, una rubia gordita, que decía ser berciana, a una señal de la Flora me abandonó y se perdió de vista. La Flora me indicó con la mano que me estuviera quieto, y lo estuve, fumando cigarrillos, mientras asistía al espectáculo de la cachondez estrepitosa y ordinaria de don Bernardino, al entristecimiento progresivo y cruel del comandante. Fue el primero en marcharse con su chica; don Bernardino lo siguió casi inmediatamente. Entonces, la Flora se sentó a mi lado, me ofreció otra copa (por cuenta de la casa) y se quedó callada. Comprendí que quería decirme algo y que no sabía cómo empezar. Ó acaso no estuviese aún decidida. Un cigarrillo nos aproximó, pero no le soltó la lengua. Decidí ser yo quien rompiese la barrera. «¿Por qué le indicaste a aquella chica que se fuese?». «Porque se ocupan con soldados de los que vienen del frente, y a saber qué mierdas les dejan. Siempre tengo a alguna en el hospital». «¿Y los otros?». «¡Ah, los otros, que los coma una centella!». «¿Por qué?». A esto no supo o no quiso responderme más que con un mohín bastante despectivo. Sólo después de un instante añadió: «Son unos hijos de puta, y no me gusta verte con ellos». No sé qué cara puse: tuvo que ser muy rara para que ella se apresurase, no a rectificar, sino a explicarse, y lo hizo de manera larga y minuciosa, no acusándolos de ningún pecado, sino exponiendo las razones por las que, sin aparente justificación, se había metido en mi vida. Había sido amiga de mi padre, y eso era todo. Se había acostado con él muchas veces, y eso le hacía sentirse un poco mi madre, «con el perdón de la difunta, que Dios haya; pero Él sabe bien que nunca le quité el marido, pues cuando anduvo conmigo, ella ya estaba muerta». Pasados los primeros minutos de sorpresa, las primeras palabras que me costó trabajo encajar, me sentí, de repente, atraído, no tanto por lo que me iba diciendo, como por lo que podía decirme. Le pregunté por mi padre. «¿Y qué quieres que te diga? Lo que yo pueda saber siempre será lo que vemos las putas. Y un hombre con una puta no se porta como con las demás personas. Con nosotras son distintos. Les salen cosas que ellos mismos no saben que llevan dentro. A unos, la pena; a otros, la maldad». «¿Y a mi padre?». «Tu padre no era feliz, y eso era lo que le salía. Tenía de qué arrepentirse. Una vez me confesó que le había hecho un hijo a una criada y que luego la había despedido». «Eso ya lo sabía yo». Y tuve que espantar, para seguir escuchando a la Flora, un montón de recuerdos repentinos, impertinentes. «También dijo una vez que tú no lo querías». «¿Y era eso lo que le hacía desgraciado?». Pareció recordar, o meditar. «Eso nunca se puede saber, filliño. La desgracia la lleva uno consigo, como el caracol su casa, y a veces nadie quiere enterarse de quién es el culpable, si lo hay. Ya ves: aquí me llegan muchachas desgraciadas. A una la abandonó el novio con un hijo; a la otra la violó su padre, y su madre la echó de casa. Eso es lo que cuentan, pero ¿cuál es la verdad que callan? Yo no se lo pregunto. Cada uno es cada uno, y allá Dios con todos. Tu padre no era feliz, eso no había más que verlo, a pesar de tenerlo todo. Nunca sonrió en la cama, nunca le vi alegre, al llegar o al marcharse. Era de esos que vienen a las putas lo mismo que un hambriento va a la taberna a comerse un bisté. Lo hacía, además, como si le diera vergüenza, y salía de aquí más avergonzado de lo que había entrado. Pero no empezó a venir de joven, cuando se quedó viudo, o, al menos, yo no se lo oí contar a nadie. Tampoco venía cuando iba a Madrid todos los meses, porque allá se corría sus juergas, digo yo, con otra clase de mujeres, más refinadas. Empezó a visitarme después de lo de la criada. Yo aún no era el ama, y tenía buenos clientes. Tampoco padecía del corazón, como ahora, que cualquier día espicho, sobre todo si sigo fumando. A tu padre, como te dije, le mordía la conciencia de lo de la criada. No se cuentan esas cosas más que cuando lo hacen a uno desgraciado». Me atreví a preguntar a la Flora por la sífilis de mi padre. «¿Lo sabes?». «Alguien me lo contó». «Pues esa mierda que lo llevó al otro mundo no se la regalé yo, bien lo sabe Dios, sino que fue con una nueva, una de esas de los cafés cantantes, que se veía a las leguas que estaba podrida. Bien se lo dije cuando la trajo aquí. “Ándate con cuidado, que ésa no es trigo limpio”. No me hizo caso. Parecía como si lo buscase. Y no es que tuviera celos, pero una tiene que tomar sus precauciones. “A mi cama no vuelvas si vas con ella”. No volvió». Dio un suspiro, la Flora, como si aquellas palabras le hubieran traído pena con los recuerdos. Me atreví a preguntarle si había estado enamorada de mi padre. «En este oficio, ¿quién puede decir que esté enamorada? Las cosas son distintas. Pero la verdad es que le tomé cariño, por la lástima que me daba, un hombre como él, que se reconcomía sin consuelo. Si hubiera estado enamorada, no me habría importado que me contagiase. Nosotras somos así. Pero me dio miedo. Gracias a Dios y a la Virgen del Carmen —y se llevó la mano al medallón de oro— algunas mierdas pequeñas tuve, pero nunca ésa. Cuando tu padre murió, que no había nadie aquí de la familia, tú no sé dónde andabas, mandé decir unas misas por su alma, ya ves. Y ahora te cuento todo esto no sé por qué. A lo mejor tienes otra idea de tu padre, y saber que no era malo te viene bien».

De pronto, se echó a llorar. No estrepitosamente, ni con hipidos o congoja, sino con lágrimas tranquilas. «Bueno, no hablemos más de eso. Los muertos ya están muertos, y Dios habrá sido justo con ellos. Ahora vamos a lo presente. Si vas a quedarte aquí, y necesitas una mujer, me llamas por teléfono y me lo dices. Yo sé de algunas que lo hacen por necesidad, y no por vicio, muchachas educadas, venidas a menos, o hijas de fusilados. ¡Hay tanta gente en malos pasos! Como esta casa está detrás de la iglesia, ellas entran por la puerta principal, como si fueran al rosario, y salen por la trasera, que cae justo al otro lado de la calle, donde hace sombra. No se dio el caso de que las hayan descubierto, ni que se sospeche. Hay hombres casados que les gusta echar una cana al aire, y que callan la boca por la cuenta que les tiene. Les pagan bien, a las pobres. Hay una que te vendría de perlas, jovencita y de buen ver. Dicen que es muy alegre en la cama. Si quieres, mañana, a esta hora… Puedes fiarte de ella, y, desde luego, de mí». Acepté el ofrecimiento por cortesía, y un poco también porque aquella mujer me había caído simpática. Quedamos para el día siguiente al caer la tarde. «Ahora vete. Ya te disculparé con ésos. No me gustaría volverte a ver con ellos». Antes de marchar, le pedí que me hablara de don Bernardino y del comandante. «Don Bernardino es un sinvergüenza, todo el mundo lo sabe. Viene aquí, toma unas copas, se ocupa y se marcha sin pagar, como si el negocio fuera suyo, todo a cuenta de no sé qué favores o protecciones de que presume siempre, como si estuviéramos vivas gracias a él. Y yo aguanto porque, en este trato, una nunca está segura, y cualquier inspección te puede cerrar la casa sin pretexto. El otro, el comandante, es un cenizo. Paga, eso sí, pero se porta mal con las chicas. Sólo quieren ir con él las que no lo conocen, como esta de hoy. Dicen que las hace sufrir, y que les pide cosas de las que no están bien. Y, ¡qué coño!, también las putas tenemos nuestra dignidad». Me llevó hasta la calle por la escalerilla trasera. Estábamos a la puerta, cuando salió de las sombras una mujer con el rostro cubierto con un velo, dijo «Buenas noches» y echó escaleras arriba. La Flora me miró, me dio un empujoncito y cerró la puerta. Quedé solo bajo la lluvia, y caminé por callejas en sombra. Recordaba a mi padre y me daba cuenta de que no lo entendía ni lo había entendido jamás. Aquella pena póstuma me duró poco.

Estuve unos cuantos días en Villavieja del Oro. No volví a ver al comandante; aunque sí a don Bernardino. Por las preguntas que me hizo, deduje que se sentía repentinamente interesado por la política exterior. «¿Y usted cree que, si hay guerra, los alemanes llegarán hasta Irún?». No me fue difícil deducir que su caletre maquinaba suministros de carne en cantidades millonarias al ejército invasor. ¿Quién sabe si mis vacas alimentaron a los ocupantes de Francia? Por lo que fui sabiendo, compró mis crías varios años seguidos, hasta que se acabó la guerra. Pagó siempre bien, puntualmente. Según me informó mi maestro, desaparecía de repente, o, más bien, no vino cuando se le esperaba, y no volvió más. Hubo que pensar en otros compradores para nuestro ganado, pero entonces ya había cambiado el rumbo de mi vida.