CERCANÍAS DEL PRATES

Tubilok yacía boca arriba, inmóvil. Mientras, Togul Barok se había sentado en el suelo y se palpaba el pecho con gestos de dolor, como si tuviera una costilla rota.

El rey de los dioses parecía muerto, pero Derguín no se fiaba. Tal vez al regresar al estado de materia normal su organismo consiguiera regenerarse a pesar de las terribles lesiones. Por si acaso, se acercó a él, plantó los pies junto a su cabeza y, como un leñador cortando troncos, golpeó una y otra vez su cuello con el filo de la espada. Por fin, al décimo tajo consiguió decapitarlo. Cuando cogió la cabeza agarrándola del pelo y la separó de su cuerpo, pensó que ni el gran Tubilok conseguiría recuperarse de eso.

Se disponía a tomar impulso para lanzar lejos la cabeza cuando oyó una voz inesperada.

—Te ruego que no lo hagas. El Pionero era grande en su desvarío. No tienes por qué ultrajar su cadáver.

Derguín se volvió. Era Mikha quien le hablaba, convertido en un ser real y no un fantasma de humo. Lo que significaba que él también se había transformado en materia oscura.

Se acercó a él y le tendió la cabeza de Tubilok.

—Si la quieres, tómala. Es tuya —le dijo con sequedad.

Mikha la cogió entre ambas manos y se quedó mirándola con gesto triste, y le dio un beso en los labios.

—Tenías unos ojos tan hermosos como el mar sobre las playas de Malirie. Pero quisiste ver demasiadas cosas con ellos. Un hombre debe conocer sus límites. Y tú eras sólo un hombre por más que te empeñases en ser otra cosa.

Después se arrodilló junto al cuerpo inerte y depositó la cabeza a su lado. Mientras tanto, Derguín se acercó a Togul Barok, le dio la mano y le ayudó a levantarse. El esfuerzo hizo que los dos gruñeran de dolor.

—Incluso sin trucos era un enemigo difícil de batir —dijo Togul Barok, limpiándose con la manga la sangre de la boca y la nariz.

—Es cierto. Yo solo no habría conseguido vencerle ni una vez de cada mil —reconoció Derguín.

—Yo tal vez una de cada veinte —respondió Togul Barok con esa sonrisa seca que Derguín empezaba a apreciar como muestra de humor.

—¿Cómo llegaste aquí?

Togul Barok señaló a Mikhon Tiq, que seguía junto al cadáver, sumido en sus cavilaciones.

—Él me trajo. Habíamos terminado con el demonio metálico, y tu amigo debió pensar que necesitabas ayuda. Ni siquiera me consultó.

—¿Me habrías ayudado?

—Te quedarás con la duda.

Ahora que no estaba saltando, corriendo, esquivando lanzazos o mordiendo el polvo, Derguín pudo fijarse otra vez en aquellas figuras fantasmales. Una de ellas seguía tendida en el suelo. La más alta se inclinaba sobre él.

—¿Ése es Kratos? ¿Qué le ha pasado? —se alarmó Derguín.

—El combate ha sido duro. No se vence a un enemigo como ese demonio sin tener bajas.

A Derguín se le heló la sangre.

—¿Está muerto?

—Tranquilo —intervino Mikhon Tiq—. A Kratos no le pasa nada que no se pueda remediar. Fíjate.

El fantasma del Tahedorán se incorporó, ayudado por Linar. Al verlo, Derguín suspiró de alivio. Lo hemos conseguido, y seguimos vivos todos, pensó.

Mikha se apartó del cadáver y se acercó a ellos. Tenía en la mano la mitad de la lanza que él mismo le había entregado a Tubilok.

—Tendréis que agarraros a mí si no queréis quedaros en este lugar siniestro para siempre.

—¿Por qué lo has hecho, Mikha? —preguntó Derguín.

—¿A qué te refieres?

—Has traído a Togul Barok para que me ayudara. Sin embargo, tú mismo no has intervenido. ¿Por qué?

—Aquí soy tan sólo lo que ves, sin más poder que el de regresar a mi estado normal. —Mikha levantó las manos, y las mangas le resbalaron mostrando sus delgados antebrazos—. ¿Crees que habría sido de gran ayuda en vuestro combate? Pero a cambio te traje a un buen aliado.

—Y yo te lo agradezco —dijo Derguín—. Aunque quiero que me contestes a unas cuantas preguntas.

—Me temo que te quedarás sin esas respuestas. No tenemos tiempo, Derguín. Dadme vuestras manos.

—¿Qué harás con él? —preguntó Togul Barok, señalando al cadáver de Tubilok.

—Éste es un buen lugar para que repose. Su alma tenía muchas sombras: que descanse entre ellas.

Derguín volvió a experimentar la misma sensación de disgregación. Bajo sus pies apareció aquel extraño suelo de cristal, y alrededor de ellos se materializaron el laberinto de tubos y el techo desconcertante. Mas por raro que fuera aquel lugar, tras su breve estancia en la llanura sin estrellas de sus pesadillas se sintió como si hubiera regresado a casa.

Kratos ya se había levantado, ayudado por Linar. Caminaba pesadamente, tocándose un hombro y con el brazo izquierdo colgando inerte al costado. Su coraza yacía en el suelo, rodeada de placas de hierro sueltas que se habían desprendido como las perlas de un collar. En cuanto a Gamdu, había quedado reducido a una chatarra humeante.

—¿Qué le ha pasado a tu brazo? —preguntó Derguín.

—Está roto. Menos mal que Linar me ha colocado el hueso. Últimamente no tengo mucha suerte con los brazos. ¿Qué ha pasado con Tubilok?

—Ha muerto —contestó Mikhon Tiq.

Su voz sonaba tan átona como si comunicara una desgracia. Por su parte, Derguín se encontraba tan agotado y dolorido que no tenía ganas de celebrar ninguna victoria, al menos por el momento.

Caminaron hacia la otra salida de la cámara. Al traspasar la puerta, se asomaron a un túnel de tal diámetro que en él habría cabido una Torre de Sangre.

—El túnel de Klein —dijo Derguín.

Mirando a la izquierda, el conducto se estrechaba hasta convertirse en un punto de luz, sin que se atisbara el final. Pero a la derecha, a unos cien metros de ellos, se hallaba un lugar que Derguín reconoció por sus visiones.

—¡La puerta del Prates! —exclamó.

A primera vista, aquella puerta no parecía tan peligrosa ni amenazante. No era más que un círculo liso cuya superficie de metal líquido recordaba a la armadura de Tubilok, aunque era más plateada que oscura. Según los recuerdos de Zenort, al otro lado de aquel círculo se hallaban la cámara de descompresión y una segunda puerta por la que se abandonaba el universo Alef.

—¿Y ahora qué va a pasar? —preguntó Kratos—. ¿Cuánto falta para la conjunción?

—La conjunción ya se ha producido —respondió Linar.

—¿Cómo? —dijo Derguín—. ¿Quieres decir que después de hacernos venir aquí desde la otra punta del mundo, las tres lunas han entrado en conjunción y no ha pasado nada?

—Nosotros hemos cumplido con nuestra parte impidiendo a Tubilok abrir las puertas del Prates —dijo Linar—. Kalitres ha cumplido con la suya evitando que el poder de las tres lunas se desatara sobre Tramórea.

—No obstante, el Prates ha de abrirse una última vez —dijo Mikhon Tiq—. Y yo he de llevarme algo conmigo.

Todos se volvieron y miraron al joven Kalagorinor. Tendiéndole la mano a Togul Barok, dijo:

—Debes darme la otra mitad de la lanza.

—No me desprenderé de esto por nada del mundo —respondió el emperador.

—Lo harás, y no por nada del mundo sino gratis. Pues así ha de ser.

—¿También les quitarás a tus amigos sus armas?

—No es lo mismo. Esas espadas pueden hacer mal o bien dependiendo de la mano que las empuñe, pero no tienen el poder de destruir un mundo. La lanza de Prentadurt sí.

—Puedo negarme a dártela.

—Puedes negarte, sí. Pero entonces tendrás que atenerte a las consecuencias.

Mikha era el más delgado y frágil de todos ellos. Sin embargo, Togul Barok le entregó su mitad de la lanza de Prentadurt. Después, el emperador se quedó mirando su mano vacía, como si no pudiera creer lo que acababa de hacer.

Mikhon Tiq juntó ambos fragmentos y pasó los dedos por el punto de contacto. Cuando los retiró, la lanza volvía a ser sólo una, un arma imponente de tres metros de longitud, y sus colores rojo y negro se mezclaron convirtiéndose en púrpura.

Ahora es el más peligroso de todos nosotros, comprendió Derguín. Desde que su amigo se convirtió en Kalagorinor, había cambiado. Pero ahora Derguín percibía algo distinto, una presencia vasta y poderosa que emanaba de su interior. Aquella entidad no era hostil, pero tampoco amistosa, y no tenía por qué comportarse de forma benévola con ellos.

—¿Qué significa que la puerta del Prates debe abrirse por última vez? —preguntó Kratos.

—La primera parte de nuestra misión ha terminado —respondió Mikhon Tiq—. Vinimos a vigilar a Tubilok, y ya está muerto.

—¿Cuál es la segunda parte? —preguntó Derguín, a sabiendas de que la respuesta no le iba a gustar.

—Informar a las Moiras para que ellas den el veredicto y ejecuten la sentencia.

—¿Y cuál va a ser tu informe?

Mikhon Tiq le miró a los ojos. En la superficie había tristeza, pero más abajo, en el fondo del pozo, Derguín vio algo que le hizo estremecerse.

—Es un universo peligroso.

—Entonces, las Moiras… ¿lo destruirán?

—Ésa es su decisión, no la nuestra.

—¿Lo destruirán o no?

—Es probable —reconoció Mikha.

Derguín miró a Linar. El ojo del Kalagorinor estaba clavado en su compañero, pero no decía nada.

Volvió a dirigirse a Mikha.

—Si las Moiras dictaminan que somos culpables, ¿cuándo se ejecutará la sentencia? —preguntó.

Tratándose de cuestiones cósmicas, pensó que tal vez la respuesta fuera «Dentro de mil millones de años». Mikha contestó:

—El tiempo transcurre con ritmos y formas distintos en el Onkos y en las Branas. Desde vuestro punto de vista, puede suceder en el mismo momento en que yo trasponga esa puerta. Os aseguro que, si ocurre, será rápido. Ni siquiera os daréis cuenta de ello.

—¿Cómo puedes actuar con tal frialdad? —preguntó Derguín—. ¡Hablas de la destrucción de un universo!

—Ésta es sólo una Brana más en la inmensidad del Onkos y las ramas que nacen de él. Cuando digo «inmensidad», nada de lo que podáis concebir en vuestra mente se acerca a compararse a la realidad. Para las Moiras, destruir un universo significa proporcionalmente menos que para un humano cortarse una uña rota.

—Entonces, ¿por la locura de uno solo debemos perecer todos? —preguntó Kratos.

—Si las Moiras así lo deciden —respondió Mikhon Tiq.

—No lo entiendo —dijo Derguín—. Hablas de la destrucción de un universo entero como si no te importara. Sin embargo, fingiste aliarte con Tubilok. ¿No lo hiciste para frustrar sus planes y para salvar Tramórea?

—Es cierto que frustré sus planes, sí —contestó Mikha.

Había desviado la mirada, como si hablase para dentro. Derguín se preguntó si intentaba convencerse a sí mismo.

—¿Le entregaste voluntariamente la otra mitad de la lanza? —preguntó Togul Barok. Sus pupilas se habían convertido en cuatro alfileres.

—Tenía que convencerle de mi fidelidad, aunque ello significara contemplar cómo ciudades enteras eran destruidas —respondió Mikhon Tiq. Mirando a Kratos, añadió—: Fui yo mismo quien sugirió a Anfiún que creara el remolino que hundió vuestra flota.

—¿Cómo pudiste hacer eso? —Los ojos de Kratos se estrecharon aún más. Parecía que se estaba conteniendo para no usar la espada. Derguín supuso que le ocurría lo mismo que a los demás. El poder de la presencia escondida dentro de Mikha se notaba como una mezcla de vibración y olor casi imperceptible en el aire.

—Anfiún pretendía arrojaros un meteorito —respondió Mikhon Tiq—. Os habría aniquilado en el acto. De la otra manera, confiaba en que Linar podría salvaros del peligro.

—¿Qué confiabas? —dijo Kratos—. ¡Eran nuestras vidas!

—Linar y yo estábamos en contacto en todo momento, al igual que Kalitres.

—¿Es eso cierto? —preguntó Togul Barok mirando a Linar.

El Kalagorinor tuerto asintió.

—Fue lo más duro que he hecho en mi vida, junto con la batalla de los pantanos —dijo.

—¿Y no habría sido más sencillo que lo impidieras tú desde el Bardaliut? —preguntó Kratos mirando a Mikha.

—No podía hacerlo. Tenía que ganarme la confianza de Tubilok.

—¿Para qué?

—Cuando Kalitres apareció en el Bardaliut, lo encerré en una prisión que parecía inquebrantable. Lo hice adelantándome a Tubilok, pues él podría haber utilizado la lanza de Prentadurt para destruirlo.

Los dedos de Mikhon Tiq acariciaron el astil.

—El poder de esta arma no ha sido probado nunca contra los Kalagorinôr —prosiguió—. No sabemos qué podría haber sucedido. Por eso debía adelantarme a Tubilok y actuar contra Kalitres de un modo que pareciera convincente. Y no habría podido hacerlo de no ser porque me había ganado su confianza.

—¿No podrías haber saboteado tú la conjunción? —preguntó Derguín.

—Tendría que haberme quedado en el Bardaliut. Tubilok no me lo habría permitido.

¿Qué había entre vosotros para que Tubilok quisiera llevarte con él en su demencial empresa?, se preguntó Derguín. Había visto cómo Mikha besaba los labios del dios ya muerto. ¿Cómo se compaginaba ese beso con la frialdad de un conspirador?

—No lo entiendo —dijo Kratos—. Los Kalagorinôr poseéis un gran poder. ¿Por qué no te enfrentaste directamente con Tubilok?

—Ignoro qué habría pasado —respondió Mikhon Tiq—. Los poderes de Tubilok eran de una índole muy distinta a los de los Kalagorinôr. Los nuestros proceden de la naturaleza de la syfrõn con la que nos compartimos. Tubilok adquirió los suyos a lo largo del tiempo gracias al conocimiento. Por ese motivo era tan peligroso.

Nos compartimos, pensó Derguín. Qué expresión tan curiosa.

—Entonces, ¿cómo hemos podido derrotarlo? —preguntó Togul Barok.

—Utilizando el engaño en lugar de la fuerza bruta —respondió Mikha—. Tarimán ya había comprendido que ésa era la forma de vencerle, y creó un arma que Tubilok no podía percibir. Gracias a Zemal y a la espada de Kratos, que compartía ese don, habríais conseguido acabar con él fácilmente.

—Has hablado en pasado —dijo Kratos—. Es evidente que Tubilok podía ver perfectamente a Derguín y a Zemal. ¿Por qué?

—Porque alguien le reveló lo que ocurría y le liberó de la limitación que le impedía ver la Espada de Fuego.

—¿Quién?

—Yo.

—¿A quién no has traicionado, Mikhon Tiq? —dijo Kratos.

—No tengo por qué daros explicaciones de mis actos. Pero me parece justo hacerlo después de lo que os habéis esforzado.

—No sabes cuánto te lo agradecemos —dijo Kratos con patente sarcasmo.

—Una vez más —prosiguió Mikhon Tiq—, me vi obligado a adelantarme a los hechos para no perder la confianza de Tubilok. Cuando Taniar subió al Bardaliut con Ziyam, me di cuenta de que Ulma Tor había poseído a la reina de las Atagairas.

Derguín soltó una imprecación.

—¿Es que es imposible matar a esa criatura?

—Imposible tal vez no, pero sí muy difícil. Ulma Tor había oído hablar a Derguín y a Taniar de la inducción magnética que causaba la ceguera limitada de Tubilok. Cuando comprendí que Ulma Tor se lo iba a decir al propio Tubilok, me anticipé a él.

—¿Y luego tú mismo anulaste esa inducción? —preguntó Derguín.

—Lo hice.

—¡Casi me cuesta la vida!

—A cambio te protegí de otra forma. Le convencí de que era más seguro para él transmutarse a materia oscura para derrotaros a ti y a tu espada.

—¡Y lo era! —exclamó Derguín, recordando el duelo tan desigual.

—Créeme, tenías más posibilidades enfrentándote contra él cuerpo a cuerpo él que si ambos hubierais recurrido a poderes sobrehumanos. Además, yo ya había conseguido que me enseñara a llevar a cabo la transmutación, y en cuanto pude te conseguí un aliado. Tubilok creía que el mundo de materia oscura era su refugio sacrosanto, pero cometió el error de dejar que otros entraran en él.

—Como buen Ritión, tienes justificaciones para todo —dijo Kratos—. Pero no dejaré de pensar que eres un traidor.

—Créeme, Kratos. Te admiro como hombre y como guerrero. Pero la opinión que tengas de mí no me robará el sueño. Ahora, ha llegado el momento de que parta.

Sin esperar respuesta, Mikhon Tiq salió por la puerta. Se produjo otro cambio de gravedad, y de pronto estaba caminando por la pared del túnel.

Derguín le siguió.

—¡Un momento! ¿Qué va a pasar ahora? ¡No te puedes ir así como así!

Mikha respondió sin detenerse, apoyando la gran lanza en el suelo a modo de báculo.

—Ya lo he dicho. Mi función aquí ha terminado. Las Moiras deben saber.

Derguín lo agarró por el codo para que se detuviera.

—Lo que sepan y lo que hagan dependerá de lo que tú les cuentes.

—A las Moiras sólo se les puede contar la verdad. Su ojo es implacable. Cuando Linar se presente ante ellas verán lo mismo. La diferencia es que Linar no ha dicho nada, y yo os he contado la verdad, aunque sea cruel.

—No lo entiendo. Has revuelto el cielo y la tierra para impedir la conjunción que destruiría Tramórea. Pero ahora vas a presentarte ante las Moiras para decirles que este universo entero ha de ser aniquilado.

—No seré yo quien lo decida, sino ellas. Además, es la ley del Onkos. Cuando se produce la ecpirosis, las energías liberadas en la destrucción crean otros universos. Pues así es como surgen los mundos: una muerte, un nacimiento.

—¡Qué consuelo para nosotros!

Los demás ya habían llegado junto a ellos. Togul Barok los rodeó y se plantó delante de Mikhon Tiq, como si quisiera impedirle el paso con su cuerpo. Derguín se temía que no iba a servir de mucho.

—En cualquier situación hay alternativas —dijo el emperador—. Tiene que haber algo que podamos negociar.

—¿De veras lo crees? —preguntó Mikhon Tiq.

—Tubilok ha muerto. Pero según tú, el peligro sigue siendo ése —dijo Togul Barok señalando hacia la puerta, que ahora veían a más de treinta metros sobre sus cabezas, en el extremo del túnel.

—Así es.

—Podemos cerrar el portal o destruirlo.

—Es posible —respondió Mikhon Tiq—. Pero ésa no sería la solución.

—¿Por qué?

—Necesitamos el Prates para vivir —respondió Derguín, adelantándose a Mikha—. A través de él se extrae energía de otro universo, que se convierte en luz y calor para Agarta, y en gravedad para todo el planeta.

—Si los habitantes de Agarta han de congelarse, que lo hagan —dijo Togul Barok sin inmutarse—. Es razonable que una mitad perezca para que sobreviva la otra.

—No tiene por qué ser así —intervino Kratos—. En Tramórea hay tierras deshabitadas de sobra. Podrían instalarse en ellas.

—Ya he dicho que no se trata sólo del sol de Agarta. La gravedad es más importante de lo que creéis —dijo Derguín—. No sólo nos sujeta a nosotros al suelo. Si se destruye el Prates y perdemos la atracción gravitatoria, no habrá nada que retenga la atmósfera y los mares, y Tramórea se convertirá en un mundo inhabitable.

—En cualquier caso —dijo Mikha—, las Moiras podrían considerar esa posibilidad. Cerrado el portal, este universo podría seguir existiendo.

—¡Pero todos moriríamos! —dijo Derguín.

—Sacrificar un planeta para salvar un universo es matemáticamente razonable.

—Es nuestro planeta. ¡Era el tuyo!

—Existe otra solución.

Todos se volvieron hacia Linar. El Kalagorinor apenas había pronunciado palabra hasta entonces.

—¿Estás seguro de lo que dices? —preguntó Mikhon Tiq. Derguín comprendió que él y Linar se habían comunicado mentalmente.

—Lo estoy.

—Sería de agradecer que compartierais vuestros conocimientos con nosotros —dijo Togul Barok.

—Que el portal se mantenga como está, abierto tan sólo al flujo de energía que mantiene Tramórea con vida, no es lo que preocupa a las Moiras —dijo Linar—. Lo que las inquieta es que surja otro Tubilok y utilice el Prates para alterar el orden existente. En la duda, destruirán este universo.

—Entonces hay que conseguir que no exista ninguna duda —dijo Derguín.

—Así es. Para asegurarnos, yo me quedaré aquí, vigilando la puerta del Prates —repuso Linar.

—¿Qué quiere decir que te quedarás aquí? —preguntó Kratos.

—Son palabras fáciles de entender. No me moveré de este lugar.

—¿Por cuánto tiempo?

—Nunca.

Linar lo dijo en tono llano, sin la solemnidad que a veces impostaba su voz. Por eso a todos les impresionó aún más la contundencia de aquella palabra.

—¿Te quedarás eternamente vigilando esta puerta? —preguntó Derguín.

—Éramos los que esperaban a los dioses —respondió Linar—. Esa espera y esa lucha ya terminaron.

»Pero también somos centinelas del tiempo. Y como centinela me quedaré aquí, en la puerta del Prates, cuidándola en nombre de las Moiras. Tramórea seguirá existiendo, pero no volverá a haber otro Tubilok.

—¿Estás seguro de lo que dices? —preguntó Mikhon Tiq.

—Lo estoy —respondió Linar.

—Tú eres uno con tu syfrõn. Ella se sentirá encerrada en este universo, anhelando regresar al Onkos y ver de nuevo la Hermosa Luz. Aquí junto al Prates tu parte humana se quedará aislada del resto de los hombres, y ni siquiera podrás dejarte morir como hizo Yatom. Estarás más solo que nadie en el mundo. ¡Incluso las Moiras son tres!

Linar sonrió con una tristeza infinita.

—Siempre he sido un solitario.

Una vez alcanzado aquel arreglo, Mikhon Tiq se dispuso a partir. Sin más despedidas, se marchó apoyándose en la lanza de Prentadurt. Derguín se quedó pensando un momento y corrió tras él.

—¡Espera!

El joven Kalagorinor se volvió. Ya casi había llegado al final del túnel.

—¿Sí?

—Tú eres… Fuiste mi amigo. ¿Te vas a ir así?

Mikhon Tiq sonrió con tristeza.

—Créeme, Derguín. Aunque pase el resto de la eternidad en otro lugar tan distinto a éste que sólo soñar con él te causa pavor, dentro de mí seguirá existiendo el humano que un día se llamó Mikhon Tiq. Y ese humano siempre será tu amigo.

Derguín no se pudo contener y le abrazó. Tenía un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas. Mikha no reaccionó al principio, pero después le estrechó contra él con el brazo que no sujetaba la lanza de Prentadurt.

—Eres un buen Zemalnit —le dijo Mikha, separándose—. Tenías miedo de defraudar a todos, pero no lo has hecho. Algún día, cuando los hombres de Tramórea recuperen la ciencia que perdieron o creen otra nueva, alguien descubrirá una estrella y le pondrá el nombre de Derguín Gorión.

—¿Es una profecía?

—Es más bien un deseo.

Mikha sonrió y levantó las manos. Sus pies se levantaron del suelo, y empezó a subir hacia el centro del túnel.

—¡Un momento! —dijo Derguín—. ¡Hay algo que quiero saber!

El Kalagorinor bajó la mirada, pero siguió ascendiendo lentamente.

—¡Tarimán le dijo a Zenort que había destruido la lanza de Prentadurt, pero era mentira! ¿Por qué no lo hizo?

—No podía. La energía de la cuerda cósmica encerrada en la lanza habría destruido Tramórea y todos los planetas y soles en un radio de cien años luz. La lanza de Prentadurt es un arma muy poderosa, pero también muy peligrosa.

—¡Aún necesito saber algo más! —dijo Derguín.

Mikhon Tiq había explicado los motivos de sus actos en el Bardaliut. Pero Derguín no dejaba de pensar en que le había visto dar un beso al cadáver de Tubilok.

—Pregunta, pues —dijo Mikha. Ya se hallaba a más de cinco metros de altura, pero su voz llegaba hasta Derguín sin necesidad de forzarla.

—¿En ningún momento te tentó unirte de verdad al proyecto de Tubilok?

Mikhon Tiq se limitó a sonreír y, sin decir nada más, levantó la cabeza hacia el portal. Su vuelo hacia las alturas se hizo más rápido. Cuando llegó al eje del túnel, flotó hasta la puerta de metal líquido y la tocó con la mano. Detrás de él empezó a formarse una cortina de luz similar a las auroras boreales de la vieja Tierra.

Derguín se quedó mirando debajo del portal, sin volver todavía con sus compañeros. Había captado algo en la mirada de Mikhon Tiq. Era un brillo que le recordaba a los ojos de Tubilok.

Los Kalagorinôr seguían siendo más humanos de lo que ellos mismos creían. Derguín estaba seguro de que Linar se había ofrecido a convertirse en guardián solitario, apartado de los suyos como hombre y como syfrõn, por pura humanidad.

En cuanto al brillo de los ojos de Mikha era fácil de reconocer. Ambición, una emoción también muy humana. «La lanza de Prentadurt es un arma muy poderosa», acababa de decir. ¿Se atrevería a usarla contra las Moiras?

La cortina de luz desapareció. Mikhon Tiq ya no estaba allí.

Derguín sacudió la cabeza, tratando de ahuyentar sus inquietudes. Si su amigo Mikha decidía convertirse en heredero del plan de Tubilok y combatir contra las todopoderosas Moiras, ésa era una guerra que se libraría en otros universos y en la que él ya no podría hacer nada.

Se dio la vuelta y caminó de regreso con los demás. Yo ya he guerreado todo lo que tenía que guerrear en este mundo y en otros, se dijo, acariciando el pomo de la Espada de Fuego.

Puesto que las luchas del Onkos inabarcable y el juicio de las Moiras decidían el nacimiento y la muerte de universos enteros y nunca se sabía cuándo podía llegar el final, lo mejor que podía hacer era disfrutar de todos y cada uno del resto de sus días.

Y Derguín sabía por dónde empezar.