—¿Sabe usted que me voy a casar con Santa, con la hija de Alfio? —le dijo un día Galardi a O’Neil.
—¡Ah! ¿Sí? Es una chica angelical. Le envidio a usted. ¿Dónde van ustedes a vivir después de casados?
—Viviremos en casa de Alfio.
—¿Por qué no aquí, en la casa del Laberinto? Tendrán ustedes más libertad. Escojan ustedes los cuartos que quieran.
Santa y don Juan aceptaron el ofrecimiento y escogieron unas habitaciones altas de la casa. Ninguno de los dos tenía el gusto del lujo.
Se celebró la boda de Galardi y Santa, y poco después O’Neil emprendió un nuevo viaje.
La vida del matrimonio fue muy feliz. Al año, Santa tuvo una niña, Roberta.
El padre y la madre estaban muy contentos, y lo mismo Alfio y Simonetta. A la casa de Santa solía ir a pasar largas temporadas Odilia. Odilia discutía mucho con Galardi; le acusaba de rancio, de incomprensivo, de reaccionario.
Ella quería afirmar su libertad, su independencia, su derecho a la pasión libre por encima de todas las conveniencias sociales.
Galardi rebatía sus afirmaciones con su buen sentido y con su idea de que todo el mundo debía someterse a la disciplina y a la suerte.
Santa se reía, tomando las frases de su prima como extravagancias, pero a veces le tenía miedo.
Odilia era de un terrible salvajismo. Parecía que la sangre escandinava de sus ascendientes se revelaba en ella una avasalladora pujanza. Era belicosa, atrevida, y no sólo no le tenía miedo al peligro, sino que le atraía.