INSTRUCCIONES ELEMENTALES PARA LA CREACIÓN DE UN FOCO INSURRECCIONAL

Por encima de todo: pasar inadvertido. Mudar camaleónicamente de piel, adaptarse a los colores y matices del barrio. Crear poco a poco las condiciones que aseguren tu invisibilidad y te permitan actuar en un clima propicio.

Vestirás en consecuencia de modo gris y convencional, sin elegancia pero sin desaliño: impermeable verdoso u ocre, sombrero de cuadros, gafas discretamente ahumadas. Llevarás, si es necesario, una cartera de ejecutivo, no sólo útil para el transporte de propaganda sino también para facilitar la coartada de un trabajo pantalla que encubra tu verdadera función. Tu calzado será ligero y flexible, con suelas de goma silenciosas, aptas para emprender veloz carrera en caso de persecución o peligro.

Serás siempre amable con tus vecinos pero los mantendrás a distancia. Procura que te vean salir a horas regulares, como si fueras a tu empleo u oficina. Si te cruzas con ellos en el mercado o la calle, salúdales y finge un interés real por sus problemas familiares. Si vives solo, invéntate una esposa tranquila y hogareña, consagrada enteramente a sus labores domésticas y ocupaciones femeninas.

Da muestras de humanidad, dulzura y benevolencia: manifiesta cariño y simpatía por los animales, asómate de vez en cuando a los jardines públicos y juega con los chiquillos. Charla pacientemente con sus madres, imita la sonrisa inefable de los querubines tallados en los retablos. No temas pasar por pobre de espíritu, adopta un aire risueño y bobo: encandila por ejemplo a las criaturas dejando correr sobre la manga de tu gabardina un inofensivo ratoncillo adiestrado.

Tus citas se realizarán siempre a la vista de todos: ningún lugar mejor que el espacio público para disimular y proteger tus actividades. Elige un café muy concurrido o, mejor aún, uno de los asientos centrales de un cine pomo y, mientras los espectadores contemplan absortos el primer plano de una verga rosa y cabezuda tanteando las orillas de una vulva insaciable, murmura la contraseña al oído de tu vecino —«¿Es usted también forofo de Julio Iglesias?»— y una vez asegurado por su respuesta —«Su voz melodiosa me llega al alma»— de que es tu genuino contacto, intercambiaréis silenciosamente vuestras carteras y abandonaréis la sala por separado.

Traza tus consignas de noche con soplete o pintura: ISÇĮNIN SESI,

y otras frases sibilinas y enigmáticas destinadas a sembrar la inquietud. A fin de alimentar una estrategia de tensión y mantener viva la combatividad de los componentes de tu propio bando, difundirás también, en secreto, la propaganda contraria: la de esos comandos de Charles Martel, resueltos a atajar con las armas la taimada invasión de grupos alógenos que amenaza la homogeneidad y tradiciones castizas del vecindario.

Tus atentados deberán parecer fortuitos y absurdos: la víctima será seleccionada en virtud de una serie de circunstancias e imponderables, cuyo análisis escapará a la detección de los cerebros y sabuesos de la policía. Verbigracia, esa señora de mofletes pintados que aguarda la llegada del metro al borde del andén y, al volver la cabeza hacia ti, exhibe sin ninguna clase de pudor una odiosa y repugnante verruga.