27

Aquí estoy, cada vez más cerca de mi meta. El mercado es bastante grande, y hay puestos de fruta y verdura de todo tipo, otros llenos de especialidades locales. Ahora en Roma ya estamos acostumbrados a los grandes centros comerciales, por lo que casi nunca voy al mercado, pero me gusta pasear por los tenderetes en busca de mi María. En un momento dado me doy cuenta de que alguien me sonríe con curiosidad por la rosa que llevo en la mano como si fuera un cirio: es una señora con tres grandes bolsas. Si no tuviera nada que hacer, seguramente me seguiría para ver a quién le entrego mi flor. En efecto, actualmente la gente vive con una curiosidad morbosa, todo el mundo quiere saber si éste sale con aquélla, si tienen una nueva relación; la gente se preocupa más de las cosas de los demás que de las suyas propias. Pienso en la cara que pondrían mi madre, mis hermanas, mi jefe, y toda la gente que conozco, si me vieran en este momento. Luego pienso en mi padre, me lo imagino tomándome el pelo de aquella manera divertida que adoraba, y entonces me siento casi protegido, y sigo adelante.

Ahora que lo pienso, la última vez que fui a un mercado fue precisamente con María, al de Campo dei Fiori. Ella quería comprar un regalo italiano para su madre; esta vez, en cambio, estoy aquí «por» María, y eso me pone nervioso, y con esta rosa temo no pasar precisamente desapercibido, aunque con toda esta gente no creo que haya peligro. Debo estar atento para tratar de encontrarla y, al mismo tiempo, intento distraerme para descargar la tensión.

El corazón me late con fuerza, cada vez más, mientras intento distinguirla entre los puestos de verdura y los de objetos artesanales de madera, entre los de pan y de artículos para la casa. Después, de repente, la veo. Allí, está eligiendo algo que podría ser miel o mermelada. Coge un tarro, lee la etiqueta, lo hace girar entre las manos, parece sopesarlo, después asiente y busca el dinero para pagar. Qué guapa es, más guapa que mi último recuerdo y, sin embargo, valoro por un segundo girar enseguida a la derecha, esconderme de su vista, desaparecer sin más, marcharme porque tengo miedo. Miedo. Pero, en cambio, me quedo. María saluda al vendedor y se va hacia otro puesto. Está caminando precisamente en mi dirección. Cojo aire profundamente, muy profundamente, como si tuviera que cruzar toda la piscina por debajo del agua. Saco rápidamente la carta del bolsillo y la vuelvo a leer, solo las primeras dos o tres palabras, las repito entre dientes; después vuelvo a doblarla y la hago desaparecer de nuevo en los pantalones… Total, ya sé que no diré nada de lo que le ha gustado al taxista: ya se me ha olvidado todo. Ella todavía no ha reparado en mí, pero yo estoy quieto frente a un puesto en el que venden huevos frescos, tan blancos que parecen pintados. Me quedo allí en la esquina, sonriente con la rosa en la mano, la observo con mirada soñadora: lleva una camiseta blanca, una falda azul, unos mocasines oscuros, deportivos pero elegantes, está buscando algo en las repisas de la derecha y la izquierda, pero nunca mira al frente… y dentro de poco nos encontraremos.

Y entonces oigo: «¿María?». Alguien la llama desde el fondo, una voz masculina, y de repente se materializa a su lado un chico alto, con el cabello oscuro y largo, la mirada profunda y viril, los hombros anchos, una bonita sonrisa. En resumen, un tío bueno del copón…

—¿Es esto lo que estabas buscando? —le pregunta mostrándole un paquete de algo que tiene en la mano como si fuera un animal peligroso y él un domador sin miedo.

Es un tipo seguro de sí mismo, se ve a la legua.

—Sí, gracias, no conseguía encontrarlo.

Y se sonríen como dos personas que son pareja. Él se pone a su lado y caminan abrazados. ¡Más claro, agua!…

María se vuelve en mi dirección, y apenas me da tiempo de dejar la rosa en el puesto de huevos cuando me ve. Está a menos de un metro y medio de mí y se queda sorprendida, estupefacta, se sonroja por un instante pero luego se recupera.

—¡Nicco, pero qué sorpresa!

Y sigue hablándome en español, creo que me está preguntando qué estoy haciendo aquí, pero yo no entiendo absolutamente nada, y mientras la escucho asiento sonriente, me asomo un poco a la derecha y veo que la rosa se ha caído al suelo y por suerte una señora la ha recogido y, tan feliz, la ha guardado en su capazo. No ha dudado ni un instante en recogerla ni se ha preguntado de quién sería. María parece sentirse cómoda, si se ha quedado de piedra no lo aparenta. Me presenta a su guapo lechuguino, que obviamente es amable, cordial, educado.

—Hola, ¿qué tal?, soy Marcos.

Me da la mano, es grande, fuerte, y al estrechar la mía casi me fractura tres falanges. Como mínimo es boxeador profesional y habrá machacado a todos los que se han atrevido a mirar a María o le han dirigido la palabra. No quiero ni imaginar cómo podría dejar a alguien que ha hecho el amor con ella, o sea, a mí. ¡Y ni siquiera tengo la rosa para estampársela en la cabeza!… Quién sabe cuándo lo ha conocido… Con la suerte que tengo últimamente habrá ocurrido lo mismo que con Bato y Alessia: María y su armario se detestaban y luego solo tuvieron que ponerse a jugar a Candy Crush para que cayeran el uno en brazos de la otra; o chocaron con sus respectivas maletas en el mostrador de facturación del aeropuerto cuando ella volvió…, se produjo una retahíla de «yo estaba primero, no yo, me toca a mí», y luego, a la hora del despegue, ya discutían sobre el color de la cama de matrimonio o sobre el nombre que iban a ponerle a su hijo en caso de ser varón, a pesar de que a él le habría gustado más tener una niña… Pero no, no, a lo mejor no están juntos, pienso. Y entonces él la abraza y la estrecha contra sí y me sonríe como si me hubiera leído el pensamiento, quizá para quitarme cualquier posible duda. «Sí, está bien, ya lo entiendo: estáis juntos».

María le está contando que fui su guía en Roma, que hicimos una ruta, la oigo nombrar: «Venecia, Florencia, Nápoles…». Y él asiente, como aprobando su narración. Naturalmente, María omite algunos detalles «insignificantes», no le cuenta nada del ático de Roma y de todos los momentos fantásticos que pasamos juntos. Marcos, que ahora que me fijo tiene una mirada vagamente bovina, la escucha y de vez en cuando la mira sin dejar de asentir. No está celoso en lo más mínimo, mantiene una serenidad total, es un asceta, está por encima de cualquier turbación humana, y si no fuera porque María me dijo que era hija única, pensaría que se trata de su hermano. Pero tal vez aquí también pongan «Hay una cosa que te quiero decir», quizá sea de verdad ese hermano que hasta ahora María no sabía que tenía.

Luego él le muestra el reloj, le hace señas de que es tarde y ella casi parece agradecida por la información. Comprendo su incomodidad, pero me hiere en lo más profundo que ni siquiera se le ocurra la idea de preguntarme qué estoy haciendo aquí. Me trata como a un excompañero de escuela que vive en los alrededores y al que no veía desde el día de la selectividad.

Y a mí, en vez de seguir sonriendo, me gustaría chillar, decírselo todo, gritar mi amor, volcar todos los tenderetes, correr hasta esa señora que se ha llevado la rosa, arrancársela del capazo, dársela a María y luego besarla delante de su novio, ¡y peor para él si ese gilipollas no es su hermano! Eso es lo que me gustaría hacer, pero no ocurre nada, esas cosas solo suceden en algunas películas y, por desgracia, yo no soy Dustin Hoffman en las escenas finales de El graduado… Y ésta es la secuencia final de la peor película que haya visto nunca: la mía.

Sin embargo, María saca una tarjeta de su monedero, escribe algo y me la da.

—Llámame, ¿vale?

Y yo simplemente digo:

—Vale.

Ella se vuelve y acelera el paso hacia Marcos, me fijo en que se pone a su lado pero no lo coge del brazo.

Yo me quedo allí, quieto, rodeado y protegido por los toldos de los puestos, el vocear de los vendedores, los chillidos de los niños y ese aroma a pan recién salido del horno que en vez de recordarme algo familiar me provoca náuseas. Me quedo mirándolos mientras se alejan con sus bolsas. Y se van así, de espaldas. Cuando vas a despedir a alguien al aeropuerto o a la estación, el otro empieza a caminar y se aleja mientras tú te quedas quieto y esperas que por lo menos una vez, al final, antes de subir al tren o de desaparecer de la vista, la otra persona se vuelva. Y lo mismo hago yo: a pesar del tío bueno, me quedo allí esperando, esperando a que pase algo. Estoy a punto de rendirme cuando, justo antes de llegar a la salida, María se vuelve, me mira durante un segundo brevísimo y sonríe. Y en esa sonrisa he visto su sorpresa, su felicidad, todos nuestros recuerdos y la belleza de esos momentos. Y ese instante nos ha convertido de nuevo en cómplices, en algo más, por encima de todo y de todos…, siempre y cuando yo no lo haya soñado.