Viena
Thorvaldsen analizó su situación: tenía que vencer a Hermann, y con ese propósito llevaba el arma bajo el suéter. Todavía tenía en su poder las cartas de san Agustín y san Jerónimo, pero Hermann también empuñaba un arma.
—¿Por qué secuestraste a Gary Malone? —quiso saber.
—No tengo la menor intención de ser interrogado.
—¿Por qué no me complaces un momento, dado que no tardaré en marcharme?
—Para que su padre hiciera lo que queríamos que hiciese. Y funcionó. Malone nos ha llevado directamente a la biblioteca.
Recordó la conjetura del vicepresidente la noche anterior y decidió insistir en ello.
—¿Estás al tanto?
—Siempre lo estoy, Henrik. Ésa es la diferencia entre nosotros, el motivo por el que dirijo esta organización.
—Los miembros de la Orden desconocen tus planes, sólo creen entender. —Tanteaba para ver si sacaba algo más. Le había pedido a Gary que se escondiera por dos motivos: uno, para que no se supiese que el muchacho había oído la conversación de la noche anterior, pues ello los pondría a ambos en serio peligro; y dos, porque sabía que Hermann acudiría armado y necesitaba ocuparse él solo de la amenaza.
—Depositan su confianza en el Círculo —decía Hermann—. Y nunca los hemos decepcionado.
Thorvaldsen sacudió las hojas.
—¿Es esto lo que pensabas enseñarme?
El austríaco asintió.
—Esperaba que cuando vieses la falacia de la Biblia, sus errores intrínsecos, comprendieras que sólo le estamos diciendo al mundo lo que debió contarse hace mil quinientos años.
—¿Está listo el mundo?
—No me apetece hablar de esto, Henrik. —Adelantó el brazo y lo apuntó con la pistola—. Lo que quiero saber es cómo has sabido de la existencia de esas cartas.
—Al igual que tú, Alfred, yo también estoy al tanto.
El arma seguía apuntándole.
—Te pegaré un tiro. Éste es mi país, y sabré ocuparme del asunto cuando hayas desaparecido. Dado que todavía tienes a mi hija, lo utilizaré. Tramaste un complot para extorsionarme y salió mal. La verdad es que dará lo mismo. A ti no te importará.
—Creo que de todas formas me prefieres muerto.
—Sin duda. Todo será mucho más fácil, en todos los sentidos.
Thorvaldsen oyó los pasos a la carrera en el mismo instante en que vio que Gary salía de entre las plantas y se abalanzaba sobre Alfred Hermann. El muchacho era alto y fuerte. Su ímpetu derribó al anciano y le hizo soltar el arma.
Gary se separó de su adversario y agarró la pistola.
Hermann, como aturdido por el ataque, se puso de rodillas, jadeante.
Thorvaldsen se levantó y le arrebató el arma a Gary, asió el cañón con firmeza y, sin dejar que Hermann se pusiera en pie, le golpeó la cabeza con la culata. El aturdido austríaco cayó al suelo.
—Eso ha sido una tontería —reprendió a Gary—. Lo habría solucionado.
—¿Cómo? Le apuntaba con el arma.
El danés no quería decir que, ciertamente, no andaba muy sobrado de opciones, de manera que se limitó a coger al chico por el hombro.
—Tienes razón, muchacho. Pero no lo vuelvas a hacer.
—Claro, Henrik, sin problema. La próxima vez dejaré que le maten.
Él sonrió.
—Eres igual que tu padre.
—Y ahora ¿qué? Hay otro tipo fuera.
Thorvaldsen condujo a Gary cerca de la salida y dijo en voz queda:
—Sal y dile que Herr Hermann lo necesita. Luego deja que entre él primero. Yo me encargaré.
Malone siguió el túnel correspondiente a la letra «d». El camino era angosto, del ancho de dos personas, y se hundía profundamente en las entrañas de la roca. Describía dos giros. La luz la proporcionaban más apliques de bajo voltaje. En el helado y misterioso aire flotaba algo que hacía que le escocieran los ojos. Tras unas vueltas más entraron en una sala decorada con espléndidos murales. Malone admiró su brillantez. El Juicio Final, el Infierno vomitando llamas en el río, el árbol de Jesé. Labradas en la pared por donde habían entrado había siete entradas, sobre cada una de ellas una letra en redonda: «d m v s o a i».
—Por la «o», ¿no? —dijo Pam.
Él sonrió.
—Lo pillas deprisa. Ése cenador indica el camino de este laberinto. Habrá siete encrucijadas más. «U o s v a v v» son las que quedan. Thomas Bainbridge dejó una pista muy buena, pero que no tiene sentido hasta que uno llega aquí. Por eso los Guardianes la dejaron estar durante trescientos años: no significa nada.
—A menos que estés en este laberinto ratonil.
Continuaron avanzando por los enigmáticos corredores. El tiempo y la energía necesarios para construir los túneles dejó estupefacto a Malone. Sin embargo, los Guardianes llevaban más de dos mil años allí, mucho tiempo para ser innovador y concienzudo.
Se toparon con siete encrucijadas más, y a Malone le satisfizo ver que siempre aparecía una letra del cenador sobre una puerta. Tenía el arma lista, pero no oía nada. Cada encrucijada acogía una maravilla distinta de jeroglíficos, cartuchos, grabados alfabéticos y símbolos cuneiformes.
Tras pasar la séptima intersección y meterse en otro túnel, Malone supo que se aproximaban a la recta final.
Doblaron un recodo, y la luz de la salida era a todas luces más viva que la de las otras encrucijadas. McCollum podía estar allí esperando, de manera que se colocó delante de Pam y avanzó con cautela.
Al final permaneció en las sombras y echó un vistazo.
La estancia era amplia, de unos ciento cincuenta metros cuadrados, con arañas en el techo. Los muros medían unos seis metros de alto y estaban adornados con mosaicos que reproducían mapas; Egipto, Palestina, Jerusalén, Mesopotamia, el Mediterráneo. El detalle era mínimo, los litorales se difuminaban en el vacío, y los nombres estaban en griego, árabe y hebreo. En la pared opuesta se veían otras siete puertas. La que tenía una «m» encima sin duda daba a la biblioteca.
Entraron en la sala.
—Bienvenido, señor Malone —lo saludó una voz de hombre.
Dos tipos cobraron forma de entre la oscuridad de una de las otras puertas. Uno era el Guardián al que antes tenía McCollum a punta de pistola, sin el sombrero de paja; el otro, Adán, el israelí del apartamento de Haddad y el monasterio lisboeta.
Malone los apuntó con su arma.
Ni el Guardián ni Adán se movieron. Ambos se limitaron a mirarlo con preocupación.
—No soy su enemigo —aseguró Adán.
—¿Cómo ha dado con nosotros? —inquirió Pam.
—Son ustedes quienes han dado conmigo.
Malone recordó que el hombre que tenía enfrente había matado a George Haddad. Después reparó en que Adán vestía de forma similar al Guardián de menor edad: pantalones holgados, jubón metido por dentro, cinturón de cuerda y sandalias.
Ninguno de los dos iba armado.
Malone bajó la pistola.
—¿Es usted un Guardián? —le preguntó a Adán.
—Un fiel servidor.
—¿Por qué mató a George Haddad?
—No lo maté.
Un movimiento tras los dos hombres llamó la atención de Malone. Vio que una tercera figura salía de la entrada: era Eva, la otra ejecutora del piso de Haddad. Vivita y coleando.
—Señor Malone —comenzó a decir ésta—. Soy la ayudante del bibliotecario, y le debemos una explicación, pero ha de ser deprisa.
Él mantuvo la compostura.
—Lo de Londres fue una estratagema. Resultaba imprescindible que usted continuara adelante, y el bibliotecario pensó que el ardid era la mejor forma de conseguir dicho objetivo.
—¿El bibliotecario?
Ella asintió.
—Él nos guía. No somos muchos, pero siempre hemos sido los suficientes para proteger este lugar. Muchos Guardianes han desempeñado su cometido, estoy segura de que vio sus huesos en la iglesia. Sin embargo el mundo está cambiando, y cada vez nos es más difícil continuar con nuestra misión. Estamos a punto de quedarnos sin fondos, y últimamente nuestras adquisiciones han sido pésimas. Luego está la peor amenaza.
Malone aguardó a que se explicara.
—Durante los últimos años alguien nos ha estado buscando, incluso han involucrado a gobiernos. El incidente de hace cinco años con George Haddad (cuando usted logró ocultarlo) dio a conocer a un invitado y lo puso al descubierto, cosa que nunca había pasado antes. Todos los invitados del pasado mantuvieron su palabra de guardar el secreto salvo uno: Thomas Bainbridge. No obstante, tuvimos suerte, y su transgresión resultó útil. Su búsqueda fue posible gracias a la indiscreción de Bainbridge.
—¿Sabían que veníamos? —inquirió Pam.
—La mayor parte de su viaje la provocamos nosotros, a excepción de la agresividad que han manifestado los israelíes al intentar encontrarlos. Intervinieron incluso los americanos, pero por diferentes motivos, al parecer. Todo el mundo estaba dispuesto a utilizarnos de moneda de cambio. El bibliotecario decidió poner en marcha sucesos controlados por nosotros que condujeran directamente aquí a las personas pertinentes.
—¿Cómo es posible? —quiso saber Malone.
—Está usted aquí, ¿no es cierto?
—Fuimos a Londres para darle un empujoncito —apuntó Adán—. Utilizamos algunos efectos especiales teatrales para convencerlo de los disparos. —Adán se volvió hacia Pam—. Darle fue un accidente. No esperaba que se hallase fuera.
—Ya somos dos —repuso Malone.
—Después nos dirigimos a Lisboa —prosiguió Adán— con el propósito de hacer lo mismo, además de distraer a los israelíes. Necesitábamos que ustedes tres vinieran aquí solos. Los otros, los de la abadía, formaban parte de un escuadrón de ejecutores del Mosad, pero ustedes los eliminaron.
Malone miró a Pam.
—Por lo visto, no has sido la única a la que se la han pegado.
—El hombre que ha venido aquí con ustedes se llama Dominick Sabre —explicó Eva—, aunque su verdadero nombre es James McCollum. Trabaja para una organización denominada la Orden del Vellocino de Oro, y ha venido a llevarse la biblioteca.
—Y lo he traído yo —se lamentó Malone.
—No —corrigió Adán—. Nosotros le permitimos que lo trajera.
—¿Dónde está el «bibliotecario»? —se interesó Pam.
Adán señaló las entradas.
—Ahí dentro, con Sabre. A punta de pistola.
—Cotton —dijo Pam—. ¿Te das cuenta de lo que están diciendo? Si Eva no murió…
—El bibliotecario es George Haddad.
Eva asintió, las lágrimas se le agolpaban en los ojos.
—Va a morir.
—Ha llevado dentro a Sabre a sabiendas de que no volverá —informó el guardián de menor edad.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Malone.
—O bien la Orden o bien Sabre quieren este sitio. ¿Cuál de los dos? Aún está por ver. Pero, pase lo que pase, nos matarán a todos. Dado que sólo somos un puñado no será muy difícil.
—¿No hay armas en este sitio?
Adán negó con la cabeza.
—No están permitidas.
—¿Merece la pena morir por lo que hay ahí detrás? —le planteó Pam.
—Sin duda —replicó Adán.
Malone sabía lo que estaba pasando.
—Su bibliotecario fue responsable de la muerte de un Guardián hace mucho tiempo, y cree que su muerte expiará ese pecado.
—Lo sé —aseguró Eva—. Esta mañana los vio lanzarse en paracaídas y supo que era su último día. Me dijo lo que iba a hacer. —Se adelantó, las lágrimas le corrían ahora por las mejillas—. Dijo que usted detendría lo que estaba pasando. Así que sálvelo. No tiene por qué morir. Sálvenos a todos.
Malone se situó frente a la puerta de la «m» y agarró el arma con firmeza. Dejó la mochila en el suelo y le pidió a Pam:
—Quédate aquí.
—No —se opuso a ella—. Voy contigo.
Se encaró con Pam. Esa mujer, a la que había querido y odiado, siempre lo retaba, igual que Haddad.
—Quiero ayudar —aseveró.
Él no tenía idea de lo que sucedería dentro.
—Gary necesita al menos a un progenitor.
Ella lo miró fijamente y repuso:
—Ese anciano también nos necesita.