No se cansaba de mirarla.
Helen caminaba a la orilla del agua, hablando por el teléfono móvil. Se había quitado las botas y los calcetines, y antes de cada paso ponía rectos los dedos de los pies, como una bailarina de ballet. Tenía cerca a Ojo de Luna, que se dedicaba a mordisquear las hierbas más altas. Al pasar a su lado, Helen le hizo una caricia sin fijarse mucho en él. Luke se preguntó si se daría cuenta de ser tan guapa.
Estaba sentado en el suelo delante de la cabaña, en el mismo lugar donde habían hecho un picnic. Nada más volver, Helen había tapado la hierba con una vieja manta de color azul y había sacado queso, fruta, galletas, frutos secos y chocolate. Habían comido a pleno sol, comentando con entusiasmo los últimos acontecimientos.
El sol seguía describiendo su trayectoria, y la sombra del techo de la cabaña avanzaba por la manta, cubriendo a Luke hasta las piernas. No tardaría en alcanzar las botas. Buzz estaba panza arriba, disfrutando de las caricias de Luke, que no apartaba la vista de Helen. En cuanto a ésta, su jefe la estaba haciendo rabiar adrede.
—¿Cómo que suerte? ¡Y una mierda! Lo que pasa es que domino, Prior, y que soy de lo mejorcito que hay. A ver, ¿cuándo has atrapado tú dos lobos en una noche?
Había ocurrido justo después de ver marcharse a la madre. Durante su segunda exploración del dial, Helen y Luke habían oído otra señal que los había llevado hasta una trampa colocada en el mismo sendero, a doscientos o trescientos metros. Esta vez el ejemplar capturado era un adulto joven.
—Hazme caso, Dan. El sitio que te digo, Wrong Creek, es como una carretera interestatal en versión lobuna.
Oyendo un graznido de ocas, Luke miró el cielo con ojos entornados. En lo alto, dos formaciones en forma de flecha volaban hacia el sur siguiendo la orientación de las montañas. Luke volvió a mirar a Helen y vio que se había fijado en lo mismo. Ya lo había sorprendido varias veces observándola; y es que le costaba no hacerlo. De todos modos, no parecía que a ella le importara. Se limitaba a sonreírle, como si fuera lo más normal del mundo.
Al principio la presencia de la joven había puesto un poco nervioso a Luke, que había tartamudeado mucho; pero lo curioso era que Helen no parecía darse cuenta, y Luke se fue relajando. Se sentía muy a gusto con ella. Helen hablaba mucho y rápido, decía cosas graciosas y a veces, cuando se reía, echaba la cabeza hacia atrás y se pasaba las manos por el pelo, dejándolo revuelto y de punta.
Lo que más le gustaba de ella era cuando le contaba algo y le ponía una mano en el brazo o en el hombro, como si fuera lo más natural. Al oír la segunda señal y darse cuenta de que habían atrapado a otro lobo, Helen le había dado un abrazo muy efusivo. Él casi se había muerto de vergüenza. Se le había caído el sombrero, y se había sonrojado como un tonto. Como lo que era, vamos. ¿Cómo llamarlo si no, siendo ella una mujer adulta y él un chico flacucho y tartamudo?
De repente, Ojo de Luna dejó de pastar, aguzó el oído y levantó la cabeza para mirar el lago. Buzz ya bajaba ladrando por la ladera. Del bosque habían salido dos jinetes que se acercaban a la cabaña. A Luke se le cayó el alma a los pies.
Habían convenido en mantener en secreto su papel en la colocación de trampas; tanto, que Helen ni siquiera se lo había contado a Dan Prior. De poco servía ya. Al mirar a Helen, Luke comprendió que pensaba lo mismo. Estaba despidiéndose de Prior. Luke se levantó y vio cómo su padre y Clyde cabalgaban por la orilla y subían por la cuesta en dirección a la cabaña. Buzz, que corría a su lado, no se cansaba de ladrar.
—Buenos días —dijo Helen con tono cordial.
Hizo callar a Buzz. El padre de Luke se tocó el sombrero y dirigió a la joven la típica sonrisa de cuando tenía acorralado a alguien.
—Señorita…
Clyde guardó silencio, limitándose a mirar a Luke. Tiraron de las riendas delante de la cabaña. Luke observó que la mirada de su padre se posaba en los restos del picnic, en los pies descalzos de Helen, y por último en su rostro.
—Parece que esto de trabajar para Fauna y Flora es la buena vida.
—¡Ya lo creo! —dijo Helen—. Mejor que unas vacaciones.
—De picnic en el lago, y sin jefes que te den la lata.
—Exacto. Te levantas a las doce, tomas un poco el sol…
—No está mal.
—¡Y no le digo el sueldazo que nos pagan!
Al tiempo que admiraba el descaro de Helen, Luke tuvo ganas de advertirle que aquel juego era peligroso. Seguro que se daba cuenta de que la sonrisa de su interlocutor era pura fachada, y que jugaba con ella como el gato con el ratón.
Buck todavía no había mirado a Luke. Siempre le había gustado hacer esperar a sus víctimas. Por fin, volvió la cabeza. Luke sintió en él dos ojos grises de mirada fría y reprobadora.
—¡Hijo, me alegro de haberte encontrado! ¡Ya era hora! Empezaba a pensar que se te había comido el lobo.
—No, estaba po… po… po…
—Ya sabes que esta mañana teníamos que ir a ayudar a los Harding con el ganado. Te lo había dicho. Clyde y yo hemos ido a buscarte a los pastos, pero no estabas.
A Luke se le había olvidado por completo.
—Sí que estaba. De… de… debéis de haber llegado justo cu… cu… cuando…
—¿Dices que estabas?
—Sí.
—Entonces, ¿cómo es que Abe te ha visto con esta joven subiendo en camioneta por Wrong Creek?
—Po… po… po…
Luke tenía la lengua clavada al paladar; y quizá fuera una suerte, porque tampoco se le ocurría qué decir. Le dolía el pecho como si se lo estuvieran apretando con un torno de banco, y empezaban a ponérsele rojas las mejillas. Poco antes, a solas con Helen, se había sentido por primera vez casi como un adulto; pero la presencia de su padre acababa de convertirlo una vez más en un niño tonto y tartamudo.
Miró a Helen de reojo, seguro de que también debía de parecérselo a ella; pero ella lo interpretó como que le pedía ayuda.
—Estaba conmigo porque le he pedido que me ayudara —dijo.
El padre de Luke la miró. Seguía sonriendo, pero sus ojos habían adquirido la frialdad del hielo.
—Y le alegrará saber que gracias a él esta mañana hemos atrapado dos lobos y les hemos puesto collar.
Buck bajó un poco la cabeza y arqueó las cejas.
—¿Que ha atrapado dos lobos?
—Efectivamente. Gracias a Luke, que me ha ayudado a encontrarlos.
El padre meditó en silencio, mientras Clyde lo observaba en busca de pistas sobre cómo reaccionar. El caballo de Buck piafó un par de veces.
—¿Y dónde están?
—Ya le he dicho que les he puesto un collar de radio.
—¿Y después?
Ella frunció el entrecejo.
—Perdone, pero no entiendo la pregunta.
Buck contestó con una risita forzada, y dijo mirando a Clyde:
—¿Ya ha hecho que se los lleven?
—Creo, señor Calder, que ya conoce nuestras intenciones. Queremos…
—O sea que ha vuelto a soltarlos.
—Sí, pero…
—Las cosas claras, señorita. Vengo de reunir ganado con un buen amigo y vecino mío, Abe Harding. A lo mejor sus jefes de Washington pueden pasarse la vida malgastando el dinero de los contribuyentes, pero Abe no, y ha descubierto que le faltan seis terneros. Para él eso representa perder unos… digamos que tres mil dólares. ¿Y me dice usted que acaba de atrapar a dos de las bestias culpables de ello y que ha vuelto a soltarlas? ¿Y encima debería alegrarme?
El padre de Luke azuzó al caballo con las botas y, seguido por Clyde, partió al trote en dirección al lago. Luke empezó a recoger sus cosas, sintiéndose demasiado pequeño y avergonzado para mirar a Helen. Al cargar con la mochila, sintió una mano en el hombro.
—Luke…
Se envaró, pero sin mirarla.
—Es culpa mía. Perdona. No debí pedirte que me ayudaras.
—No pa… pasa nada.
Una vez reunidas sus cosas, se encaminó al lago sin añadir palabra. Montó en Ojo de Luna y se alejó cuesta abajo sin mirar atrás, sintiéndose observado por Helen en todo momento.
Helen dedicó el resto de la tarde a controlar por radio a los dos lobos con collar. Afortunadamente, las señales no se movieron de la parte alta de Wrong Creek, a distancia considerable del ganado.
Volvió hacia las siete y se duchó. Con el otoño en ciernes, el agua estaba tan fría que le daba dolor de cabeza. No tardaría en tener que lavarse dentro de la cabaña.
No pudo evitar echar un vistazo por encima de la puerta de la ducha con la esperanza de ver aparecer el caballo de Luke en la otra orilla del lago, aunque lo veía difícil, teniendo en cuenta lo ocurrido por la mañana. Tenía ganas de celebrar el triunfo, pero sólo podía hacerlo con Buzz.
Corrió temblando a la cabaña, donde se secó y vistió lo más rápido posible. Después de consultar el buzón de voz (ningún mensaje) encendió un cigarrillo conmemorativo (el primero en tres días) y puso a Sheryl Crow, pero cometió el error de escuchar el texto de la canción, y cuando Sheryl empezó a quejarse de lo triste que era su vida, Helen fue corriendo a parar la música. ¡Tenía ganas de fiesta, no de cortarse las venas!
Se le ocurrió escribir a Joel. Otra mala idea. Además, ¿por qué iba a hacerlo? Le tocaba a él. Como por una vez la señal del móvil era buena, decidió llamar a su madre. Marcó el número de Chicago, pero le salió el contestador. Lo mismo con Celia y con Dan Prior. ¿Dónde se había metido todo el mundo?
La respuesta llegó en forma de llamada, cuando todavía no había soltado el teléfono.
Era Bill Rimmer. La felicitó por la captura de los lobos, declarándola vencedora de su apuesta, la de a ver quién cogía el primero. Bill se proponía ir a ver a los Harding para hablar de los terneros que faltaban. Preguntó a Helen si quería acompañarlo.
—Gracias, Bill, pero tendría que ponerme la armadura.
—Bueno, pues a ver qué te parece esto: cuando vuelva te invito a una copa en la ciudad.
Quedaron una hora después en El Último Recurso. Helen pensó que a nivel de relaciones públicas le convenía hacer acto de presencia en el bar. Seguro que ya habían empezado a correr rumores sobre las pérdidas de Harding.
Casi era de noche cuando llegó a Hope y vio el fluorescente rojo de El Último Recurso a mitad de la calle mayor. Frenó un poco y pasó al lado del bar por el otro lado de la calle, fijándose en los coches aparcados con la esperanza de que el de Bill Rimmer se hallara entre ellos. No lo vio.
Como no le apetecía demasiado esperarlo dentro, siguió conduciendo y aparcó delante de la lavandería automática. Dentro había dos vaqueros jóvenes haciendo el payaso y metiendo ropa mojada en una de las secadoras. Helen había entrado un par de veces en el establecimiento, una para lavar ropa y otra para lavar excrementos de lobo. Se trataba de un método que le había enseñado Dan en Minnesota, y que servía para descubrir qué había comido un lobo. Se metía cada excremento en un trozo de media atado por ambos lados, se le ponía una etiqueta y se introducía en la lavadora. Al salir sólo quedaban pelos y trozos de hueso. Había que ser discreta, porque los demás usuarios de la lavandería no veían la práctica con buenos ojos. Todos los excrementos que había lavado la noche anterior contenían pelos de diversa procedencia: ciervos y alces, pero también terneros, lo cual no tenía por qué significar que los hubieran matado. Cabía la posibilidad de que hubieran encontrado un cadáver.
Quince minutos después Bill Rimmer seguía sin aparecer, y Helen estaba cada vez más incómoda por cómo la miraban desde otros coches, por no hablar de los dos vaqueros de la lavandería. Pensando que Rimmer podía haber aparcado en otro sitio o haber dejado un mensaje en el bar, salió de la camioneta y cruzó la calle.
Le bastó abrir la puerta del bar para lamentar su decisión. Bajo los trofeos astados que colgaban de la pared, unos diez pares de ojos vivos se posaron en ella. Todas las expresiones eran hostiles, y ninguna pertenecía a Bill Rimmer.
Estuvo a punto de dar media vuelta y regresar a la camioneta, pero acabó por prevalecer su faceta testaruda, la que siempre la metía en líos. ¿Quién le impedía entrar a tomar una copa? Respiró hondo y se acercó a la barra.
Pidió una margarita, se acomodó en un taburete y encendió un cigarrillo.
Las únicas mujeres eran ella y la camarera. El bar estaba lleno, pero sólo reconoció las caras de Ethan Harding y los dos leñadores que había visto con Luke en Wrong Creek. Supuso que se trataría de los mismos que había mencionado Doug Millward. Los tres estaban conversando al fondo de la sala. De vez en cuando la miraban, pero Helen no les sonrió. No estaba dispuesta a servirles en bandeja otra oportunidad de despreciarla. Optó por ignorarlos, al igual que a las miradas de reojo procedentes de desconocidos.
Se sentía como una paria, o como el típico forastero de las películas del Oeste de serie B. Tenía ganas de salir corriendo, pero no quería darles ese gusto. Se imaginó a todos los clientes estallando en carcajadas en cuanto cerrara la puerta.
Acabó la copa y pidió otra, fingiendo interés por el partido de baloncesto que pasaban por la tele, mientras se preguntaba cómo diablos se le había ocurrido la idea de que entrar en aquel garito de mala muerte pudiera ser bueno para sus relaciones públicas. Se dio demasiada prisa en beber la segunda margarita. Llevaban mucho tequila. Lamentó estar en ayunas.
Entonces se fijó en el espejo de detrás de la barra y vio entrar a Buck Calder. Lo que faltaba.
El ranchero se abrió camino hacia la barra, repartiendo saludos como un político en plena campaña. Viéndole reflejado en el espejo, Helen no dejó de quedar impresionada por su entrada triunfal. Se preguntó qué pensarían de él en su fuero interno aquellos a quienes daba la mano y cogía de los hombros. Parecían deslumbrados por su sonrisa y sus bromas, y por que los llamara a todos por sus nombres. Advirtió entonces que Calder se había fijado en ella. De nada le sirvió apartar la vista. Nerviosa, se dio cuenta de que el ranchero iba directo hacia ella.
—No sé qué le ocurre a esta gente. ¿Cómo se les ocurre dejar que una chica beba sola?
Helen contestó con una risa tan falsa como histérica. Calder estaba detrás de ella, mirándola por el espejo.
—Y eso que los de aquí no tienen fama de tímidos.
A Helen no se le ocurría qué decir. El tequila parecía haberle embotado el cerebro. Se miró en el espejo y, viéndose sonreír con cara de tonta, intentó cambiar de expresión. A su lado había un hombre cogiendo una ronda de bebidas. Calder aprovechó que se marchaba para ocupar su taburete, quedando a escasos centímetros de ella. Se produjo un breve roce de pierna. La colonia de Calder, que olía a limón, la desconcertó. Era como la que usaba su padre la última vez que lo había visto.
—¿Me permite remediar su falta de cortesía invitándola a una copa?
—Se lo agradezco, pero es que había quedado con alguien. Debe de haberse…
—¿Qué toma? ¿Una margarita?
—No, en serio. Creo que es hora de…
Calder se apoyó en la barra y dijo en voz alta:
—Oye, Lori, ¿puedes traernos una cerveza y otra margarita? Gracias, guapa. —Se volvió hacia Helen y le sonrió—. Es para demostrarle que lo de esta mañana es agua pasada.
Ella frunció el entrecejo, como si no supiera de que estaban hablándole.
—Me doy cuenta de que cada cual tiene su trabajo. Quizá haya sido un poco duro.
—No pasa nada. Al mal tiempo buena cara.
—Lo de la buena cara salta a la vista, Helen.
Ella sonrió. Le daba vueltas la cabeza. ¡No estaría intentando seducirla!
—Puede que Luke se lo haya tomado un poco peor.
—Sí, a veces le pasa. Le viene de su madre.
Helen asintió con lentitud, ganando tiempo. Tenía la sensación de pisar arenas movedizas.
—¿Qué quiere decir? ¿Que es sensible?
—Es una manera de decirlo.
—Tampoco está tan mal ser sensible, ¿no?
—No he dicho que lo esté.
Se produjo un silencio que no resultó incómodo gracias a que la camarera se acercó para decirle a Helen que tenía una llamada. Helen pidió permiso a Calder y se abrió paso por el gentío hasta el teléfono, que ocupaba un receso de la pared. Era Bill Rimmer, que se deshizo en excusas por haberla dejado plantada. Dijo que Abe Harding se las había hecho pasar canutas.
—¿Aún estás entero?
—Todavía no lo sé. ¡Vaya perrazos!
—¿Y los terneros?
—Parece que arriba no había ningún hueso, pero Harding está seguro de que han sido los lobos. Dice que los ha visto y oído.
—¿Y tú qué has dicho?
—Tuve que explicarle que para pedir daños y perjuicios hace falta demostrar que ha sido culpa de los lobos.
—Supongo que le sentó de maravilla.
—Es lo que más le gustó. En fin, a lo que iba. He hablado con Dan, y dice que convendría que mañana sobrevolaseis la zona, a ver si ahora que has puesto dos collares podéis controlar a toda la manada.
—Buena idea.
Rimmer volvió a disculparse por no haberse presentado, añadiendo no obstante que estar sola le iría bien para engatusar a rancheros airados. Ella le contó en voz baja que estaba tomando una copa con Buck Calder.
—Pues todo tuyo, Helen. Es un pez gordo.
—Gracias, Bill.
De regreso a la barra vio que Calder estaba hablando con otra persona. Quiso aprovechar para marcharse, pero el ranchero volvió a fijarse en ella. Levantó el vaso y lo hizo chocar con el suyo.
—De todos modos —dijo—, felicidades por haberlos pillado.
—Aunque haya vuelto a soltarlos.
Calder sonrió y se llevó el vaso a los labios, al igual que Helen.
—Como iba diciendo —prosiguió tras limpiarse de espuma los labios—, es su trabajo. Lo entiendo, aunque pueda no estar de acuerdo. Estaba de mal humor porque Luke había dejado al ganado sin vigilancia. Piense que venía de ver al pobre Abe, que ha perdido unos cuantos. Lamento haber sido… descortés.
—No se preocupe.
Helen sacó otro cigarrillo. Calder le cogió las cerillas y se lo encendió. Ella le dio las gracias. Guardaron silencio.
—Luke se sabe las montañas al dedillo —dijo Helen.
—Seguramente.
—Y mi trabajo se le da muy bien.
—Sí, es un melenudo nato.
Rieron.
—¿También le viene de su madre?
—Supongo. Es una mujer de ciudad.
—Que es lo que somos todos los melenudos, claro.
—Eso parece.
Calder sonrió y se dispuso a beber, mirándola por encima del vaso. De repente, y muy a su pesar, Helen comprendió el éxito de Buck Calder con las mujeres. No se debía a su aspecto físico, aunque supuso que no estaría mal para quien tuviera interés por los hombres maduros. El secreto era su aplomo. Irradiaba una tremenda confianza en sí mismo. Según como se mirara, su manera de concentrar la atención en una mujer podía parecer insolente, por no decir cómica; pero Helen imaginó que debía de haber muchas mujeres dispuestas a verlo desde otra perspectiva y sentirse halagadas por ello.
Tras pedir dos bebidas más sin consultarla, Calder cambió de tema y se interesó por su vida: Chicago, su trabajo en Minnesota, su familia, y hasta las inminentes segundas nupcias de su padre. Saltaba a la vista que estaba echando mano de otra de sus técnicas de seducción, pero lo hacía con tal desenvoltura, dosificando tan bien sus muestras de empatía, que Helen tuvo que esforzarse para no revelar cosas que pudiera lamentar a la mañana siguiente, cuando estuviera sobria.
—¿Le molesta que su prometida sea tan joven?
—¿Comparada con mi padre o conmigo?
—No sé… Con los dos.
Helen meditó su respuesta.
—Conmigo no, al menos que yo sepa. Con él… pues sí, para qué mentir. No sé por qué, pero me molesta.
—A veces enamorarse es inevitable.
—Ya, pero ¿por qué no escoge a alguien de su edad?
Calder se echó a reír.
—Que por qué no se hace mayor, vaya.
—Exacto.
—Mi madre solía decir que los hombres nunca se hacen mayores, sólo más gruñones. Todos llevamos un niño dentro, y sigue con nosotros hasta que morimos, berreando: «Quiero esto, quiero lo otro».
—¿Y las mujeres no quieren nada?
—Seguramente sí, pero cuando no les dan algo lo aceptan mejor que los hombres.
—¡Vaya!
—Yo creo que sí, Helen. Creo que hay cosas que las mujeres ven más claro que los hombres.
—¿Como qué?
—Como que querer algo puede ser mejor que tenerlo.
Se miraron. Helen se estaba llevando la sorpresa de descubrir en Calder a un filósofo, aunque, como siempre, sus palabras daban la impresión de tener un sentido oculto.
Ethan Harding y sus amigos leñadores pasaron por la barra de camino a la puerta. Ethan saludó a Calder con la cabeza, pero ni él ni sus compañeros miraron a Helen.
Ella miró alrededor y comprobó que se había marchado mucha gente. Llevaban casi una hora hablando. Dijo que tenía que marcharse, y resistió los intentos de Calder de invitarla a la última copa. Ya había bebido demasiado. No había más que ver cómo se movían las paredes desde que estaba de pie.
—Me lo he pasado muy bien —dijo Calder.
—Y yo.
—¿Podrá conducir? Yo no tengo inconveniente en…
—Estoy bien —repuso demasiado rápido.
—La acompaño a la camioneta.
—No, gracias. Estoy bien.
Gracias a Dios, estaba lo bastante sobria para darse cuenta de que no le convenía que la vieran salir del bar con Calder. Ya tenía bastante con las habladurías que iban a circular desde esa noche.
La calle estaba vacía. Se respiraba un aire fresco, delicioso. Helen abrió el bolso y buscó las llaves de la camioneta. Después de vaciar el bolso encima del capó, las encontró en el bolsillo de su chaqueta. Tras arreglárselas para dar la vuelta sin chocar con nada, salió de la ciudad a paso de tortuga; aunque ya era consciente de haber hecho el ridículo, todavía estaba lo bastante borracha para no preocuparse de ello. Recordó vagamente que la vergüenza y los reproches sólo llegan con la resaca.
Mientras hacía lo posible por seguir la trayectoria oscilante de los faros, se acordó del vuelo que tenía previsto con Dan, y de que los aviones pequeños no congenian demasiado con las resacas.
Ya se divisaba la fila de buzones. Helen llevaba tres días sin abrir el suyo. Unas horas antes, al bajar a la ciudad, había decidido esperar hasta la vuelta por miedo a que la falta de cartas le estropeara el buen humor. Estando borracha no se lo tomaría tan mal.
Cuando estuvo cerca vio algo blanco en el camino, y no tardó en adivinar de qué se trataba. Dejó los faros encendidos y bajó de la camioneta.
Era su buzón, con el soporte de metal torcido y la caja aplastada. Parecía que alguien la hubiera chafado con algo y después, para rematar la faena, hubiera pasado encima con el coche. Los demás buzones estaban intactos.
Iluminada a medias por los faros, Helen se puso de pie, contemplando el desastre con ceño. Aún tenía problemas de equilibrio, pero se estaba serenando por momentos. El motor de la camioneta traqueteó y se paró. Oyó gemir el viento por primera vez. Había cambiado. Era más frío que antes, y soplaba del norte.
Un coyote aulló en el bosque y calló de repente, como si lo hubieran regañado. Helen miró la punta de su sombra, que cubría la grava del camino hasta confundirse con la oscuridad de la noche. Le pareció ver algo blanco. Se fijó mejor, pero ya no estaba.
Dio media vuelta y regresó a la camioneta. Justo en ese momento la carta volvió a dar un tumbo, con la diferencia de que esta vez pasó desapercibida. Después el viento la hizo girar y se la llevó volando.