BARBARA SE AFERRÓ a su brazo.

—No le pegues más —le dijo—. Jučas. ¡No le pegues!

Jučas.

No Andrias.

Bajó la pistola. La bruja que se había llevado al crío era una masa informe a sus pies; tenía un lado de la cara completamente bañado en sangre.

—¡No la mates!

Barbara estaba lívida. De repente dejó de parecer joven y por vez primera Jučas comprendió lo que significaría la diferencia de edad que los separaba transcurridos diez años, quizá veinte. Cuando ella rondara los cincuenta, él tendría cuarenta recién cumplidos. ¿Le apetecería irse a la cama con una cincuentona?

—Que no, no la voy a matar —replicó.

Pero se preguntaba qué hacer con ella. Se sacudió el brazo de Barbara y colocó un pie a cada lado de la bruja. ¿Dónde se había metido el niño?

—¿Dónde coño está? —preguntó.

Momentos antes estaba en el recibidor. El tazón continuaba en el suelo, boca abajo, y la leche y los cereales seguían desparramados por la madera. Pero ¿dónde estaba el crío?

Lo encontró Barbara. Se había refugiado en el cuarto de baño y estaba encogido en el suelo, acurrucado en un rincón junto al inodoro. Hacía un ruidito, casi un gemido, cada vez que respiraba.

—Vamos, cariño —lo consoló Barbara arrodillándose junto a él—. ¡No te vamos a hacer nada!

Pero el pequeño ya no se lo creía. Cerró los ojos y gimió con más fuerza.

—Haz que se calle —ordenó Jučas.

Barbara le miró un instante.

—Está asustado —dijo.

—Pues dale chocolate. ¿No te queda colirio?

—No —contestó ella.

Pero Jučas tenía la sensación de que le estaba mintiendo.

—Quédate aquí —le dijo—. ¡Y haz callar a ese crío de una vez, joder!

La bruja seguía inmóvil en el recibidor. Le quitó el bolso, que era todo el equipaje que había bajado del coche, y lo vació en el fregadero. Monedero, Kleenex, una bolsa caducada de pastillas para la garganta, las llaves del coche, otros dos juegos de llaves y una agenda muy usada. No había ningún teléfono móvil. Cogió todas las llaves, salió del apartamento dando un portazo y bajó a la calle en busca del Fiat rojo. Lo encontró dos manzanas más allá, semioculto tras un contenedor de vidrio. En el asiento trasero había una manta y dos bolsas, una con ropa de niño y la otra llena de corazones de manzana, pan y juguetes para la arena. Eso era todo. El maletero resultaba igual de poco atractivo. Una caja de plástico con unos cables de arranque, limpiacristales, una lata de espuma antipinchazos y diversas herramientas de primeros auxilios para vehículos poco fiables, una bolsa de basura que resultó contener botellas vacías, unas botas de agua y una linterna.

Cogió la manta del asiento de atrás y volvió a cerrar el coche.

Ella no tenía el dinero, estaba convencido. Y tampoco creía que lo tuviera la otra, la rubia de las tetas grandes. Se lo habría dicho. Al final se lo habría dicho.

Lo cual sólo significaba una cosa.

Estaba completamente seguro de que el danés le había mentido.

Aún había muchas cosas que no entendía, por ejemplo, qué pintaba la bruja dando vueltas con el niño por ahí o por qué mezclar a la rubia en el asunto, pero con lo poco que comprendía le bastaba. Ya sabía cómo hacer que el danés pagara.

Fue a buscar el Mitsubishi y lo dejó pegado al portal. Regresó al apartamento. Al menos Barbara había logrado sacar al niño del cuarto de baño. Agachada, lo acunaba entre sus brazos y parecía dar resultado: volvía a estar en silencio.

La bruja seguía en el suelo, donde la había dejado; pero, por lo que vio, respiraba.

—Está bien —tranquilizó a Barbara—. Voy a bajarla al coche.

Ella no contestó. Se limitó a mirarle con unos ojos casi tan grandes y asustados como los del pequeño.

—Esto también lo hago por ti —añadió Jučas.

Barbara asintió obedientemente.

Envolvió el cuerpo inerte de la bruja en la manta de cuadros y entreabrió la puerta de la calle. Por suerte el rellano seguía vacío. Se preguntó qué diría si se topaba con alguien; ¿se ha dado un golpe, la vamos a llevar al hospital? Pero no apareció nadie. La dejó en la parte de atrás del Mitsubishi y la cubrió con la manta. Hasta ahí, todo bien.

Al regresar a la casa, oyó a Barbara cuchicheando con el niño; no en lituano, sino en polaco.

—Déjalo ya —le dijo—. ¿No ves que no entiende ni jota?

Él tampoco lo entendía y no le gustaba que Barbara hablase en polaco. Le hacía sentir que había una parte de ella de la que quedaba al margen. De pronto cayó en la cuenta de que cuando llegaran a Cracovia hablaría en polaco todo el día. Con todos menos con él.

¿Cómo no se le había ocurrido antes? Pues no. Se había concentrado en la casa, en Barbara y en la vida que había imaginado que vivirían juntos.

El danés iba a hacerlo realidad, el danés y sus montañas de dinero. Aún recordaba el cosquilleo de triunfo que sintió el día que se dio cuenta de que podían conseguirlo. Era coser y cantar.

Klimka le advirtió que debía cuidar bien al danés y que más le valía no andarse con truquitos de los suyos. El tipo era un buen cliente con empresas en Vilna y varias ciudades de Letonia y le pagaba muy bien por mantener a raya a los demás tiburones. Estaba en Vilna y pretendía moverse por ahí con un solo guardaespaldas. Quería algo discreto.

Jučas le estuvo haciendo de niñera desde que el tipo bajó del avión con aquella ridícula maletita con ruedas, que resultó contener un puñado de artículos de primera necesidad y una exorbitante cantidad de dólares americanos. Fueron directamente a una especie de clínica privada donde el danés intentó comprar información acerca de una chica lituana que, por lo visto, había tenido un hijo allí. Al ver el dineral que le ofrecía a la directora, Jučas se puso nervioso. El danés parecía no entender qué era aquello que agitaba en la mano. Con la décima parte habría bastado; hasta habría sido excesivo. A algunos les habían asesinado por menos.

Llamó a Klimka para pedirle refuerzos, pero Klimka se negó; el danés había dicho expresamente un guardaespaldas. De momento tendría que apañárselas él solo, pero si las cosas se ponían feas debía llamarle, por supuesto.

Sí, claro, se dijo Jučas. Como que iba a haber tiempo si la mierda llegaba al ventilador. Al principio se pasaba todo el día con los cinco sentidos a pleno rendimiento y estaba tan ocupado en tantear el terreno que no se enteraba de nada de lo que se traía entre manos el danés. Cuando la enfermera, por decirlo de algún modo, le dio con la puerta en las narices y el tipo tuvo que volverse al hotel con las manos vacías, Jučas respiró aliviado. Cuanto antes concluyera aquel trabajo, mejor.

Pero se había alegrado demasiado pronto. En un arrebato depresivo, el danés se bebió todo el minibar. Después se sentó en la barra de la cafetería del hotel, pero para entonces estaba ya tan borracho que el camarero se negó a servirle, después de lo cual el muy idiota salió por la puerta dando tumbos, gracias a Dios sin la maleta de dólares, pero con lo suficiente en la cartera como para meterse en problemas serios. No le quedó otra que maldecir e ir tras él.

Aquél fue el comienzo de una noche muy larga. Sin embargo, a medida que el alcohol iba entrando, la historia fue saliendo. Poquito a poco, entre copa y copa. Jučas escuchaba, al principio con indiferencia, después cada vez con mayor atención. Tímidos planes empezaban a tomar forma en su mente. A la mañana siguiente empaquetó al tipo tambaleante y resacoso, pero sano y salvo, a bordo de un avioncito privado danés y con un sentimiento rayano en la ternura le abrochó el cinturón, dejó a su alcance la bolsita para el mareo, le estrechó la mano y le dijo adiós.

Le costó algún tiempo sacarle a la enfermera lo que sabía, pero al fin y al cabo no era la primera vez que obligaba a alguien a hacer o decir cosas que no quería. Cuando averiguó que Sigita Ramoškienė además tenía un hijo, las piezas encajaron en su lugar.

Le envió al danés el primer paquete y una oferta. El precio era fácil de recordar e innegociable: un millón de dólares americanos.

¿Cómo había podido salir todo tan mal? Seguía sin comprenderlo. En cualquier caso, una cosa sí estaba muy, muy clara. El danés no iba a dársela con queso.

—Ahora él —le dijo a Barbara alargando los brazos para coger al pequeño.

Ella lo estrechó aún con más fuerza.

—¿No podemos llevárnoslo? —preguntó—. Es tan pequeñín. Podría ser nuestro.

—¿Te has vuelto loca?

—Enseguida olvidará todo. Dentro de un año creerá que siempre ha estado con nosotros.

—Barbara, suéltalo.

—No —respondió ella—. Andrias, ya basta. Podemos llevarnos sólo al niño y salir hacia Polonia ahora mismo. No tienes por qué pegar a nadie más. Se acabó la violencia.

Jučas movió la cabeza de un lado a otro. Se había vuelto loca. No debería haberla traído, pero pensó que sería más fácil acceder al apartamento si iba con él, y había funcionado. Ahora preferiría haberse limitado a echar la puerta abajo sin más.

—El dinero —dijo.

—No lo necesitamos —replicó ella—. Podemos vivir en casa de mi madre, al menos al principio. Ya encontrarás algún trabajo y podremos comprar la nuestra.

Tuvo que respirar con muchísima calma y atención para mantener a raya la furia.

—A ti a lo mejor no te importa pasarte el resto de tu vida como una rata de alcantarilla —le contestó con los dientes apretados—, pero a mí sí.

Agarró al niño con decisión y lo arrancó de los brazos de Barbara. El crío, por suerte, no chilló. Se quedó muy quieto, con el cuerpo flojo, como si ya no estuviera allí. Quien se lamentó fue Barbara.

—¡Cierra la boca! —le ordenó él—. Seguro que no todos los vecinos están sordos.

—Andrias —le suplicó. Estaba deshecha, con la nariz y los ojos enrojecidos, mojada, llena de mocos, desagradable. A pesar de todo, despertó en él un poco de la vieja ternura.

—Chsss —la acalló—. Ya está bien de lloriqueos. Tú vuélvete al hotel, que yo iré a buscarte luego. Cuando tengamos el dinero, Dimitri nos habrá preparado un coche. Y después, a Cracovia.

Ella asintió, pero Jučas fue incapaz de adivinar si le había creído o no.

Al llegar al coche descubrió que la bruja se había movido. La manta estaba un poco caída y le dejaba al descubierto el rostro y parte del cuerpo. Mierda. Lo mejor era salir de ahí ya mismo. Luego pararía a taparla. Sentó al crío en uno de los tres asientos delanteros, en la sillita que aún no había quitado. Con eso bastaría. Ahora que iba despierto, no era mala idea llevarlo atado. Manipuló con torpeza los cierres, que hasta ese momento habían sido competencia de Barbara, pero por fortuna el niño no se resistió. Había vuelto la cabeza y no quería mirar a Jučas, pero por lo demás era como un muñeco: los brazos sueltos, las piernas sueltas; se acabaron la resistencia y los chillidos.

Barbara salió del portal cuando él terminaba, pero se apresuró a montar en el coche y alejarse de allí. No podía llevarla consigo.

Sabía que seguramente tendría que volver a matar. A la bruja como mínimo, pero quizá también al danés. Y no quería que Barbara le viera hacerlo.