Cuando viajábamos en helicóptero, la televisión sólo pagaba un seguro que era siempre para el cámara, por esa razón sólo en dos ocasiones conseguí viajar en uno de esos ruidosos aparatos que la Generalitat de Cataluña alquilaba a empresas rusas y eran pilotados por técnicos de ese país.
Era un mamotreto enorme donde podías viajar cómodamente, siempre que el piloto no decidiese hacer alguna de esas maniobras que te ponía los humores a la altura del cuello.
Con el primero en el que pude viajar —sin ningún tipo de seguro, pero al ruso le daba igual— recorrimos la hermosura de todo el Delta del Ebro: era espectacular ver cómo todas las aves allí asentadas tomaban el vuelo asustadas en una locura de bandadas desconcertadas yendo hacia un lado y hacia otro, huyendo del ruido de las dos hélices. Sentí pena, así soy yo, y se lo dije al cámara, quien pidió al piloto que, como ya habíamos rodado suficiente, regresásemos a la base.
El otro viaje lo hice en un helicóptero pintado de rojo, con letras rusas y en el que las voces escandalosas entre el piloto y su ayudante lo ocupaban todo. Nos aupamos por encima de las nubes y fuimos grabando todos los montes y pueblos del Priorato. Al pasar por Escala Dei,[7] el helicóptero hizo una maniobra extraña y por el suelo comenzaron a rodar varias botellas de vino de aquella marca.
—Somos muy amigos —comentó el piloto, que era ya el cuarto año que venía a Cataluña para luchar contra el fuego—. La dueña es muy simpática y su casa es una maravilla.
Era la casa en la que durante la Guerra Civil, y concretamente en la batalla del Ebro, el general Tagüeña tuvo su cuartel general.
Al día siguiente recorrimos las enormes ruinas del monasterio y acabamos brindando con Asunción, la heredera y actual dueña del tinglado vitivinícola.
Como esta tierra produce un caldo poderoso, pronto empezaron a llegar nuevos viticultores y alguno, como José Luis Martínez, ya en aquel entonces se pavoneaba que sus botellas costaban dos mil pesetas.
—¿Y quién las compra?
—Los buenos bebedores, los yuppies y los modernos. Toda esa gama que está en lo alto de la pirámide del consumo.
Otro de los lugares donde temí por mi integridad física fue en la sierra de Segura, cuando un personaje curioso —el bromatólogo don Juan Bautista de la Torre— se empeñó en hacerme subir a una de sus avionetas. Acepté, pero mi temor fue en aumento cuando comprobé el número de dioptrías con el que estaban graduadas sus gafas.
Al día siguiente en Beas, donde está el aeródromo, la tele me hizo subir, sin seguro, a una hermosa avioneta. La verdad es que me quedé muy tranquilo cuando vi que el piloto no iba a ser don Juan Bautista, sino un tipo joven. Fue un vuelo de placer; sobre todo cuando desapareció el ruido del motor y tan sólo el silbido del aire, planeando por entre los pueblos y los olivares, te acompañaba.
Otro viaje complicado fue en un ultraligero en las orillas de los acantilados de Cantabria, por el lado de Cóbreces. El piloto me invitó a dar un paseo y la verdad es que una vez superado el gusanillo del tembleque, la emoción fue increíble: planeamos sobre el mar, giramos y de golpe contemplamos toda la costa de Asturias. Cruzando la sierra de Palombera apareció de pronto la tierra de Campos, rodeada de cumbres nevadas y al fondo, como si fuese otro mar, el pantano del Ebro.
Una vez en tierra me invitó, para recuperar los ánimos, a unas buenas patatas campurrianas guisadas con costilla de cerdo. Así, sólo así, es cuando uno puede ver el mundo de otra manera.