El colegio tenía el aire de un tímido republicano; en parte porque muchos de los chicos y chicas eran hijos de represaliados que acudían a mi padre con la esperanza de que les hiciese un hueco en el atiborrado y viejo edificio. Por la mañana se cantaba el Cara al sol y se leían, con innegable aburrimiento, páginas del Quijote. Muchas veces las bofetadas salían disparadas hacia nunca se sabía dónde, pero siempre había alguien que, sorprendido, las recibía. Eran aquellos tiempos de la letra con sangre entra y ser niño una desgracia como otra cualquiera.
Para evitar desviacionismos ideológicos, los ideólogos de la Dictadura obligaban a las mentes que no estaban de acuerdo con el sistema a aceptar éste de diferentes maneras: cárceles, exilios forzosos, exilios interiores y, sobre todo, silencios. Si se alzaba la voz había que hacerlo con la voz del Régimen; para que esto fuera así las autoridades vigilaban, de un modo un tanto chusco, el devenir ideológico de los ciudadanos.
A lo que se dedicaba mi padre, director de un centro escolar de ambos sexos en la España de los años cuarenta, no se sabía muy bien por qué pero producía un cierto sarpullido ideológico a los más reaccionarios, a los que sin duda lo que más les habría gustado es que aquel lugar desapareciera.
Un día el gobernador civil convocó a mi padre y le comunicó la obligatoriedad de crear, dentro del centro y con los alumnos, una centuria de Falange, cuyo nombre sería Belchite, lugar donde había nacido mi padre, pero que paradójicamente había sido adoptado por Franco: supongo que las ruinas del viejo Belchite, bombardeado una y otra vez en la guerra, tenían mucho que ver con esa decisión.
Mi padre regresó al colegio entre compungido, dolorido y divertido. Nos reunió a los alumnos de sexto y séptimo de bachillerato y leyó la siguiente orden: «Se nombra jefe de la centuria a Vicente Cazcarra; subjefe a José Antonio Labordeta, y a varios compañeros como mandos intermedios». Hubo cachondeo, poco, y como ventajas mi padre nos comunicó la posibilidad de que al formar parte de esa centuria podríamos ir a un viejo palacio destartalado, que se ubicaba en la calle del Temple, y en el que podríamos jugar al ping-pong y merendar barato.
Una mañana de domingo nos llamaron a los miembros de la centuria para que acudiéramos a ese viejo palacete, que iba a ser nuestra sede, y nos repartieron botas, calcetines, pantalones, camisas azules, boinas rojas y nos entregaron un estandarte con el nombre de la centuria y una vista de la villa semidestruida.
—A parir del sábado próximo tendréis que venir para aprender a desfilar, porque dentro de dos meses viene el Caudillo, desfilaremos por todas las calles de Zaragoza e iremos a reunirnos con él en la plaza de toros.
Y comenzamos a aprender a desfilar, sin uniforme, por la plaza redonda de San Cayetano. Durante dos horas sólo supieron darnos gritos, porque en el fondo todos aquellos jefecillos eran unos reprimidos del ejército y lo que les gustaba era acojonarnos a todos. Muchos de mis compañeros, de familias verdaderamente de izquierdas, empezaron a no venir y, al final, nos quedamos unos veinte, los más obedientes a la dirección del colegio.
Y un domingo luminoso de mayo nos formaron en la plaza y cantando aquello de «ha nacido el imperio de los yugos y la fe» comenzamos a desfilar por la estrecha calle del Temple, recogimos los símbolos y banderolas en el viejo palacio y como juveniles emocionados salimos hacia la calle General Franco, en ese momento repleta ya de jóvenes escolares de todos los colegios.
—Vamos los últimos —me quejé a un jefe.
—Los de la cáscara amarga no tendríais ni derecho a desfilar. ¡A quién se le habrá ocurrido! ¡A quién!
Y en medio de aquel apretujón de escolares confundidos y obedientes ascendimos hasta la plaza de toros. Allí había militares, falangistas, requetés, policías que no hacían más que empujarnos de un lado a otro, hasta que me volví hacia un buen amigo y le dije: «¿Nos vamos?».
—Nos vamos —respondió.
Y nos fuimos. Días después, la centuria se disolvió por «falta de espíritu nacional y de coraje patriótico» y la boina roja quedó olvidada en algún armario de casa, junto con aquel uniforme de joven combatiente, que realmente nunca pasaría de cantar Montañas nevadas en alguna excursión por las altas cumbres del Pirineo.