Cuando ya estuvieron allá los comandos, como primera medida, se abstuvieron de hablar y de hacer movimientos, ruidos, dejarse ver a través de la puerta o el par de ventanas…
Como yo cocinaba en el fogón habitualmente parados personas y ahora tenía que hacerlo para ocho, tuvimos que armar otro más pequeño adentro y, claro, la casita se llenaba de humo.
El baño estaba entre la casa y el galpón de las gallinas con un pequeño espacio descubierto en medio de los dos, de manera que para ir allí tocaba salir y volver a entrar. Entonces hicimos un hueco a través de las tablas que los separaban y lo disimulamos con algunas latas que se podían quitar y poner para evitar el paso al baño por el exterior.
Una vez instalados los comandos en la casa, yo les preparaba el almuerzo, y ellos callados, coordinaban la manera cómo iban a moverse durante el asalto. Eran reuniones importantes porque cada uno tenía su misión: uno era el francotirador, otro el de las comunicaciones, otro el enfermero… Cada uno juega un papel en esas operaciones, pero nuestro cuento era cómo manejar cada detalle para que no los vieran. Una mañana empezamos a observar movimiento de guerrilleros. Ellos normalmente pasaban por allí, pero esta vez eran bastantes, y Samuel me dijo:
—Sara, ¿qué está sucediendo?
—No lo sé. Voy a salir y hablar con ellos para enterarme. Son demasiados.
«¿Será que nos detectaron y nos están rodeando?», pensé, y empecé a mirar por dónde iba a partir en caso de emergencia, pues sentía que todo había terminado para nosotros. Sin embargo, tomé fuerzas y reaccioné.
Arreglé mi fusil, lo dejé en un sitio donde lo pudiera coger fácilmente, y salí calmada, tranquila, pensando que una persona nerviosa es una alarma.
Ellos ya me decían camarada.
—Ah, ¿qué hubo, camarada? Lo que sucede es que parece haber mucho movimiento de ejército y nos estamos alistando.
Fueron diez minutos, creo yo, en los cuales pensé: «Nos detectaron, nos están rodeando y nosotros no somos sino ocho. ¿Qué vamos a hacer?».
Por la noche se sintieron combates en la distancia.
Bueno, pues nos tocó deshacer el ejercicio porque por los mismos movimientos de tropa y por todo lo que pasó ese día, ya Martín Sombra no bajó. Tuvimos que esperar a que Saúl volviera a entrar con el camión un par de veces para evacuar a los comandos y su armamento. Lo importante era que se había podido entrar y se había podido salir de allí sin ningún sobresalto.
Bueno, finalmente el objetivo llegó al campamento guerrillero. La idea de que nosotros entráramos allá surgió cuando Inteligencia supo que Martín Sombra se encontraba en aquellos territorios y confirmó que sí se hallaba lesionado en una pierna y estaban buscando la manera de hacerle una cirugía en cualquier ciudad cercana, pero que se mantenía con la gente del Frente Veintisiete con Efreén, aunque la responsabilidad directa recaía en Pitufo, el segundo cabecilla.
Saúl, el del camión, iba algunas veces en plan de ayudamos, pero muy pronto nos dimos cuenta de que Martín Sombra estaba en el campamento y que caminaba mucho porque tenía la orden médica de adelgazar antes de la cirugía y un buen día cruzó por el frente de nuestra casa y miró con insistencia pero, al parecer, resolvió no acercarse.
Ésta era la tercera vez que lo veía, pero no me había atrevido a abordarla ¿Por qué? Ahora pienso que a lo mejor se me salió aquello de ser mujer y de lo del pacto con el diablo y la acostada a la fuerza, o por lo menos, bajo cierto estado de inconsciencia, de manera que es posible que el temor me hubiera hecho arrugar el alma.
El man andaba con bastante gente a su lado, lo que quería decir que se trataba de una ficha importante y los demás eran su escolta.
Pero resulta que unos días más tarde me encontraba en el pueblo visitando el buzón y comprando algo de mercado, arroz, papa, yuca, siempre lo mismo, pues la idea tampoco era mostrar que teníamos para comprar carne todos los días, y algunas veces Saúl me ayudaba a llevar las cosas, especialmente porque ya sentía el resultado de las lesiones en la columna vertebral.
Ese día justamente Martín Sombra se encontraba allí con un grupo de amigos y nosotros pasamos con Saúl y cuando él lo vio, me dijo:
—Camine le presento a este camarada para que él sepa que usted está por estos lados, que usted es mi familiar, y que…
Saúl era muy importante. Sin él no hubiéramos tenido las relaciones ni conocido a las personas que conocimos allá. O de pronto las hubiéramos podido contactar, pero entonces hubiéramos generado desconfianza. Lo cierto es que mi pariente le contó a Martín Sombra la historia de Samuel, mi marido, y el de mi familia, y Martín me dijo:
—Venga, hijita, ¿qué quiere tomar?
—No, gracias —le respondí pues continuaba muy precavida con él por aquello de la rezada a las mujeres y todas esas especulaciones, y pensé: «Nooo, Dios mío, a lo mejor no es fanfarronería de la gente ignorante. Qué miedo».
Yo tengo una táctica para que me crean lo que digo, entre otras cosas miro fijamente a los ojos, pero resulta que ese día no era capaz de hacerlo. Me vencía el temor, pensaba que me podría hacer algún embrujo, de manera que no me le acercaba, y cuando me tocó darle la mano, ay, Dios mío.
Yo no creo en espantos pero se trataba de una convicción general y todo el mundo murmuraba tanto de su amistad con el Diablo, de su fuerza satánica, que había terminado por dejarme influenciar.
Bueno, finalmente le conté cómo era mi situación, le dije que allá en esa casita estábamos hacía unos meses, que el lugar me gustaba, me hacía sentir bien lejos de las ciudades, y luego me le fui metiendo por el lado de las ideas comunistas o mamertos, como decimos en Colombia.
—La ideología de las FARC es algo que me ha llamado la atención desde cuando era pequeña, pero a pesar de que he leído algo sobre eso, no entiendo muy bien la parte política. Entonces me gustaría que usted fuera como mi profesor, que me hablara de todo aquello, que me encarrilara más en el tema. Abrió más los ojos. Pensó unos segundos. Escupió:
—Bueno, mija, para eso sería bueno que usted se fuera para el monte con nosotros. Allá se hacen cursos, se hacen prácticas, allá les damos clases, a mí me gusta mucho enseñar, porque yo desde niño, desde que nací he estado en esto. Ésta es mi convicción…
Cuando me preguntó por qué no me iba para el monte le respondí:
—No, es que yo ya tengo mi compromiso aquí. De pronto más adelante. Ahora la idea es estar en este sitio, conocer un poco más…
Bueno, me le salí por el lado del compromiso… Aunque mi esposo me apoyaba en mis ideas, a él le faltaba convicción, pero aún así me apoyaba y también le parecía bien que yo continuara con mi cuento de la izquierda.
Martín estaba silencioso. Me miraba fijamente. Quería saber quién era yo, qué pensaba y qué estaba haciendo allí. Ese día no hablamos nada más. La idea no era quedarme con ellos en aquel momento sino lograr el primer contacto con Sombra y que él me conociera y escuchara mi cuento. Creo que ese día le quedé en la mente, porque me vio dos veces más y ambas me saludó muy amable.
La segunda vez fue una mañana cuando cruzó por la senda frente a la casita, se me acercó y empezó a dar pasos de felina. Eso ya uno lo conoce de memoria. Decía que yo era una mujer muy linda, que esto, que lo otro. Hablaba en tono poético: «Esas miradas… Hablaba, no como cuando un man le suelta a uno los perros normalmente, sino como más pausado, como más cursi, como si estuviera recitando alguna poesía: El encanto de la luna… Sus ojos…».
Desemboqué inmediatamente en el tema de la revolución, de la pobreza, de la diferencia de clases y claro, lo bajé de la luna de un golpe porque cambió inmediatamente y vi que había clavado los pies en el suelo y me miraba a la cara, ya no como un tumbalocas, sino, de verdad, como un revolucionario.
Alguien me había dicho que el tipo era el único revolucionario que quedaba en el país, y me parecía que sí: es que escuchaba con atención. Dejaba pausas antes de hablar y entonces, ya no más el encanto de la luna, ni los ojos como dos luceros. ¡Al carajo ese cuento!
—Camarada: el enemigo directo de los proletarios del campo como ustedes…
Me parece que terminó por verme como un prospecto de alumna y con una buena dosis de discursos, a lo mejor como un buen cuadro de su revolución.
—Me gustaría que me utilizaran en la parte urbana —le dije luego—, en aquello de reclutar masas porque soy buena para convencer a la gente. Ustedes me dan las pautas…
Ese día quedamos como a la espera del adoctrinamiento que en realidad nunca llegó porque muy poco después tuvimos información de que planeaban moverlo de allí en busca de la clínica con todas las seguridades que no habían podido encontrar hasta ahora.
En aquel punto, la idea fue planear cómo teníamos que salir de allí, porque a esa altura, se suponía que ya deberíamos estar adaptados a aquel rincón del Llano, o por lo menos, queríamos que la gente pensara que nos estábamos integrando.
En aquella zona se movía una guerrillera que sabía cositas de enfermería y ella pasaba de vez en cuando a mirarme el oído, porque lo de la hernia discal en la columna vine a saberlo después. En aquel momento estaba concentrada en el dolor de la espalda. Algunas veces me quedaba tiesa, sin movimiento y cuando pasaba por allí, la mujer me daba analgésicos.
Un día me examinó el oído y me dijo:
—Eso también está muy, muy mal.
A esa altura yo ya no escuchaba. Si estaba de espaldas y alguien me llamaba, no lo oía. Era como tener un algodón que me tapaba el oído. El asunto era que no me dolía, o me dolía de vez en cuando, o sentía algunas explosiones internas, y una tarde ella le dijo a Samuel:
—A esta muchacha hay que sacarla para que le revisen ese oído o si no va a perder la audición. Y lo de la espalda, no sé… Puede ser algo más complicado.
Ésa fue nuestra gran oportunidad, porque supuestamente yo salí a que me viera el médico. Salimos los dos. Dejamos allá todo lo que de pronto habíamos arreglado o habíamos conseguido. Dejamos seis meses de trabajo al cabo de los cuales ya teníamos algunas cositas: lo de la cocina, un par de camitas, cosas muy sencillas. Todo lo dejamos allá. Nos fuimos con un poco de ropa. Salimos y ya nunca volvimos a entrar.
¿En qué pensaba entonces? En que ahora todo era muy diferente. En un principio detectamos que nos estaban vigilando. Una vez en el pueblo descubrí a un señor mirándome fijamente, siguiendo mis movimientos sin pestañear, volviendo la cara cuando yo lo miraba… Es que el primer mes estuvimos en constante acecho por parte de ellos: observaban qué hacíamos, con quién hablábamos, cómo nos comportábamos, y por supuesto a uno le queda la psicosis de que siempre va a ser así.
Sin embargo, a partir del primer mes yo nunca más vi a nadie, ni sentí a nadie que me estuviera mirando, pero igual seguí con aquella sensación.
Mire, aquí en la ciudad todavía camino por algún lado y siempre estoy pendiente de que alguien me esté vigilando.
Por eso, cuando salimos de allá y llegamos a Villavicencio, que es la primera ciudad que se encuentra en el camino hacia Bogotá, yo traía paranoia, pensaba que alguien nos seguía, calculando que nos íbamos a escapar.
En Villavicencio nos quedamos una noche en un pequeño hotel, pero no dormimos por la tensión. Nosotros teníamos dinero para pagar un sitio mejor, pero nos alojamos allí para continuar de alguna manera con nuestro perfil, calculando que nos vigilaban.
Al día siguiente partimos para Bogotá. Teníamos instrucciones de no llegar a nuestra base, de manera que sólo a los dos días fuimos allí y empezamos con el relato de nuestro trabajo. Nos confirmaron que nuestra salida obedecía a que Martín Sombra se había movido de zona y que era perdido seguir allí arriesgándonos.