V

El gran momento se produjo. Sara llegó a este mundo y Abbas, en contra de lo que se esperaba, se volvió loco con su hija. Leticia dio a luz en el hospital de El Escorial. El parto vino complicado; a Leticia tuvieron que ingresarla una semana antes por un problema de azúcar en la sangre. Como la recién nacida pasaba buena parte del día en el nido de la maternidad, Abbas, que no pudo estar en el parto y que deseaba con todas sus ganas conocer a su hija, se coló indebidamente en el reservado de neonatos para poder verla y salió emocionado, mientras era reprendido duramente por las enfermeras. Cuando llegó a ver a Leticia, no pudo contener sus lágrimas.

«Es preciosa, Leti. Tiene los ojos claros, como la niña con la que yo soñé», le dijo rememorando un sueño que había tenido poco tiempo atrás, en el que había visto a una niña pequeña de brillantes ojos verdes. A partir de ese momento, el rechazo que Abbas había mostrado durante toda la gestación por la condición femenina de su vástago se convirtió en un amor absolutamente incondicional por Sara, que cambió su carácter algún tiempo.

La fogosidad de Abbas, que se había apagado totalmente durante el embarazo, no se despertó con el tiempo. Se quedaba viendo la televisión hasta la madrugada y se marchaba a la cama mucho más tarde que Leticia, que tenía a Sara como motivo de atención preferente. Sus contactos eran pocos y distanciados en el tiempo. Los dátiles habían dejado inexplicablemente de surtir efecto.

Aunque a Leticia le habría gustado casarse legalmente con Abbas, por deseo mutuo no lo hicieron para no renunciar a la pensión de viudedad que recibía Leticia, que muchos meses, tal vez demasiados, solucionaba la economía familiar. Pero a raíz de nacer Sara, decidieron inscribirse en el registro de parejas de hecho y dar cierta legitimidad a la relación.

Una noche, Abbas le hizo una singular propuesta a Leticia.

—Leti, ¿tú serías capaz de hacer un trío conmigo? —le dijo, mirándola con picardía, tratando de envolver la pregunta en una broma atrevida. Leticia, abriendo los ojos de par en par, se quedó pensativa y con una amplia sonrisa, le contestó lo que menos podía esperar él.

—Depende. Si es con otra mujer no, si es con un hombre, me lo tengo que pensar. —Y soltó una sonora carcajada. Abbas, contrariado, se quedó muy cortado.

—No, no, sería con otra mujer, claro. ¿Cómo va a ser con otro hombre? ¡Estás loca, Leti!

Leticia no paraba de reír viendo la reacción de Abbas. Ella sabía que detrás de lo que él pretendía disfrazar como una fantasía sexual, sin más, había una nueva insinuación a algo que ya habían hablado hace tiempo. Abbas le volvió a preguntar a Leticia si le permitiría vivir, casarse o tener una relación con otra mujer además de con ella, tal y como permite el Corán, aunque no la legislación española; a lo que Leticia le contestó irónicamente y con puñales en sus palabras:

—El Corán dice que sí, que puedes tener dos y hasta tres mujeres, siempre que puedas satisfacerlas en todos los aspectos. En el económico, en el sentimental y en el sexual. Y difícilmente vas a poder satisfacer a dos o a tres, si muchas veces no puedes ni satisfacer a una, que encima no pide demasiado.

Abbas, derrotado en su proposición con la respuesta de Leticia, que fue acompañada de una sonrisa maliciosa de indiferencia, se dio por vencido, dio media vuelta en la cama e intentó dormir. Leticia no le dio mayor importancia al hecho, porque se sentía muy segura de Abbas y de que sería incapaz de serle infiel.

Después de unos meses ahorrando, gracias a la generosidad de Leticia, Abbas había conseguido reunir el dinero suficiente para llevar a cabo el mandamiento coránico que todo buen musulmán tiene que hacer una vez en la vida, siempre y cuando sus medios económicos y su salud se lo permitan: realizar el hach o peregrinación mayor a la Meca, la ciudad santa de Arabia Saudí. La niña había cumplido dos años y a Leticia le pareció bien que Abbas cumpliera su sueño y su obligación como musulmán. La peregrinación, uno de los cinco pilares sobre los que se asienta el islam, que suele albergar todos los años a más de tres millones de fieles musulmanes, consiste en estar cinco días orando alrededor de la Kaaba, el célebre monumento funerario en forma de cubo negro, y haciendo caminos rituales a través de la Meca. El último día de peregrinación se hace el ritual de apedrear al diablo, representado simbólicamente por tres pilares de mampostería. Como última ofrenda de peregrinación, los hombres se rapan el pelo y las mujeres se lo cortan. El ritual del apedreamiento, que se celebra desde un puente de la ciudad santa llamado Yamarat, suele provocar año tras año un número importante de víctimas por las aglomeraciones de fieles. En el año 1990 murieron mil quinientos peregrinos durante la Lapidación del Diablo, como llaman a este ritual. Para Abbas, que fue a la Meca en compañía de unos amigos, también fue una peregrinación un tanto accidentada, aunque pudo contarlo a pesar de llegar con un lamentable aspecto de vuelta a casa. Traía la cabeza afeitada y llena de moratones y heridas, resultado de haberse colocado en el lugar equivocado y haber recibido pedradas involuntarias de algunos peregrinos, lo que sirvió a Leticia para bromear por su aspecto.

«Alí, ¿no será que te han confundido realmente con el diablo?», dijo Leticia riendo, al comprobar que las heridas no tenían mayor importancia. Él aceptó la broma de buen grado y también sonrió. Abbas trajo regalos y recuerdos para toda la familia, mostrando una generosidad desconocida hasta entonces. Carlos observaba la escena impasible, aunque sus pensamientos discurrirían posiblemente por otros cauces, maldiciendo con toda seguridad la mala puntería que tienen los peregrinos en la Meca.

Abbas vino de la peregrinación herido físicamente pero reforzado en sus principios religiosos. Ahora era un hachi, título honorífico que los musulmanes anteponen a su nombre que simboliza que han cumplido con el deber de la peregrinación mayor. Cuando Abbas supo que Sara había empezado a tomar alimentos sólidos hacía poco tiempo y que merendaba jamón cocido —que es la versión beatificada del cerdo, gastronómicamente hablando—, se agarró un cabreo tremendo y comenzó a registrar toda la casa para saber si había más cerdo o más jamón escondido. De encontrarlo, lo tiraría a la basura. Un hachi no podía permitir semejante aberración en su casa.

Leticia, desde que había nacido la niña, se había vuelto menos metódica en la elección de las comidas, especialmente por sus hijos mayores y por ella misma, que había ido abandonando poco a poco las prácticas musulmanas, pero sin descuidar los hábitos de Abbas. Empezó a darse cuenta de que la islamización absoluta que él pretendía complicaba gravemente la convivencia familiar. Carmen, su madre, había enviudado hacía poco tiempo y cada vez iba menos por la casa porque su relación con Abbas era extremamente delicada. Si por ella hubiera sido, su hija no habría pasado ni cinco minutos más junto a él. En las contadas reuniones familiares que se producían en la casa, Abbas se dedicaba a vigilar a Leticia, a tirarle algún gin-tonic que se servía de manera furtiva con sus familiares, y esto empezaba a irritarla demasiado. Pero su paciencia ya no tuvo límites cuando un día Abbas arrojó un plato entero de macarrones con chorizo, menú familiar, a la basura.

Posiblemente, Abbas, con esta acción, pretendía poner orden en la casa con un golpe de efecto. Pronto iba a venir Haider, su hermano, a pasar una temporada a Madrid. Había comprado un billete con la vuelta abierta. Venía sin prisas, con el fin de conseguir un trabajo y echar raíces en España. Haider era un hombre poco conversador, entre otras cosas porque no sabía ni una palabra de español y tampoco hacía lo más mínimo por intentar comunicarse. Su hobby era hacer nada y su especialidad, comer y dormir. Su sitio estaba en el comedor. De noche dormía en el sofá. De día se sentaba mirando la televisión sin entenderla y con pocas preocupaciones. La vida pasaba por delante de él, pero Haider ni se inmutaba. Poco a poco se fue convirtiendo en un elemento más de los enseres que decoraban el comedor, inalterable a lo que ocurría a su alrededor. Su hermano Abbas tampoco entendía la actitud apática de Haider, cuyas conversaciones también se caracterizaban por la brevedad.

La convivencia familiar, a pesar de que todo giraba en torno a la pequeña Sara, tomó tintes más negativos aún cuando entró en juego Laura, el ojito derecho de su madre y de su abuela Carmen. Laura comenzaba a ser una adolescente rebelde, con ganas de luchar contra todo lo establecido dentro de su casa y no podía esconder su antipatía por Abbas, al igual que su hermano Carlos. Aunque la presencia de Haider apenas se hacía notar, los hermanos también mostraban su antipatía por él y por todo lo que viniera de Abbas. Haider estuvo casi un año en la casa, esperando la posibilidad de encontrar algún trabajo. Pero sin idioma, sin especialización y, además, sin ganas de conseguirlo, era difícil que lo encontrara. Haider puso rumbo a Alemania, donde estuvo trabajando tres años y con el dinero que ganó se compró un coche y se volvió a Basora, a trabajar como taxista. Al cabo de los años, Abbas y Leticia supieron que Haider se había casado con una joven iraquí, con la que le había prometido su familia, durante el período en que él trabajaba en Alemania.