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La búsqueda

Cuando el sol ascendía sobre el barrio de Shibuya, en Tokio, David salió de su modesta pensión. No había conciliado el sueño en toda la noche, como era habitual desde los trágicos sucesos que habían destruido su vida.

Estaba acostumbrado al trajín de las grandes ciudades, pero aquel gentío superó cualquier expectativa. Una infinidad de personas andando con prisa de un lado a otro, las luces y los colores explosivos, cambiantes y parpadeantes de las pantallas publicitarias repartidas por doquier, a cada paso las consignas de los vendedores amplificadas por estridentes altavoces. Aquel barullo hacía que soportase mejor su dolor. No había refugio alguno para la vista o el oído, y uno podía dejarse arrastrar por la multitud en una sobredosis de estímulos y sensaciones.

Estaba aturdido. Caminando como un zombi, David recordó la promesa de morir que había hecho ante la tumba de su esposa y su hija. Las lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas mientras andaba arrastrado por la multitud. De pronto se encontró bajando por una boca de metro y entrando en un vagón.

Sentado en un asiento de la línea Toie Asakusa, David veía pasar las estaciones. En algún momento tendría que bajar y buscar el trayecto correcto para regresar, pero se sentía cómodo en aquel vagón que lo llevaba en un viaje a ninguna parte.

Entornó los ojos y trató de respirar profundamente como le había enseñado Sara. Inspirar con lentitud y suavidad por la nariz, espirar profundamente, vaciar los pulmones de aire, vaciar la mente de pensamientos repetitivos… Pero los pensamientos de David eran siempre los mismos. No existía escapatoria posible. Una tras otra las estaciones se sucedían. Una parada. Una palabra por los altavoces. Abrió los ojos y vio un cartel en un andén: Sengakuji.

David bajó en la estación y decidió dar un paseo. Caminó al azar por una calle ascendente cerca de edificios de viviendas y un polideportivo. No habían pasado diez minutos cuando vio un cartel que indicaba que cerca de allí estaba Sengakuji, un templo budista, el Templo del Manantial.

Antes de llegar al templo, a su derecha, vio varios modestos puestos de venta de libros, cuadros, estatuillas y medallas. Se acercó y comprobó que en todos se vendían objetos conmemorativos de la lealtad de unos guerreros, de cuarenta y siete samuráis que habían dado su vida por lealtad a su señor.

Cerca de la entrada al templo un hombre vendía incienso. Sin pensárselo, David compró un compacto manojo de varitas de incienso, y entró.

Varias construcciones con las techumbres y aleros típicos japoneses, de madera oscura y escaleras de piedra, daban paso al templo propiamente dicho. A la memoria de David acudió la visión que había tenido de un templo budista. Aquel lugar se le parecía mucho.

La estatua de un maestro zen en postura de meditación invitaba a la relajación. David se encontraba a gusto en aquel lugar.

Un bosquecillo de árboles majestuosos de hoja perenne le condujo al patio del Templo del Manantial. Se sentó en uno de los bancos que estaban resguardados a la sombra de los gigantescos árboles. Todo aquello le resultaba extrañamente familiar. El lugar era hermoso y sosegado.

Una anciana se encontraba sentada en el banco. A David le llamó la atención la belleza serena de la mujer, la larga pipa con la que fumaba y el abanico con que alejaba cadenciosamente el humo de sí. Ella, a su vez, miró las barritas de incienso que David llevaba en la mano y sonrió. David le devolvió la sonrisa, lo que la mujer aprovechó para preguntarle:

—¿Conoce la historia de los cuarenta y siete ronin?

—No —respondió David.

—Aquí están sus tumbas. Murieron por lealtad a su señor, un samurái llamado Asano.

—Habla bien mi idioma —señaló David.

—Lo aprendí poco después de la guerra mundial. Hasta en las cosas más terribles hay cosas positivas. —La mujer hablaba con amabilidad y familiaridad—. Igual que en la historia de estos hombres.

David no quiso llevarle la contraria, pero lo primero que le vino a la cabeza fue qué había de positivo en la muerte de unos seres queridos.

La mujer vació la pipa y la guardó junto al abanico en una cajita lacada en negro. Se levantó y cogió a David de la mano animándolo a imitarla.

—Venga, se lo enseñaré y podrá honrar su memoria con el incienso.

David la siguió. Salieron a un patio delimitado por una valla de traviesas de piedra donde se alineaban cuarenta y ocho tumbas. Cada una de ellas tenía un cartel vertical con el nombre de uno de los guerreros y un cacillo con agua e incienso como ofrenda al alma del hombre que estaba allí enterrado. En un lado, junto al muro, el joven vio un monumento más llamativo. En la inscripción ponía que era la tumba donde estaba enterrado el señor de aquellos cuarenta y siete guerreros, cuya muerte habían vengado.

—Cuarenta y nueve tumbas. Contando a su señor, sobra una.

David, a quien le gustaba comprobar las cosas, había contado, mirando un plano que estaba expuesto al público, todas las tumbas, una por una.

—Poco después de que los samuráis de Asano muriesen —continuó la mujer—, vino un joven llamado Saigo. Agotado y con la ropa polvorienta tras un largo viaje, se arrodilló ante la tumba de Oishi Yoshio, el capitán de los samuráis, que es esa —añadió señalando la tumba ante la cual se quemaba más incienso—, y dijo en voz alta para que todos los peregrinos lo oyesen: «Un día te vi tirado ante la puerta de un lupanar en Yamashina, en Kioto, y no pensé que era parte de tu plan para alcanzar la venganza de tu señor. Creí que eras un soldado desleal y te escupí y pateé la cara. Hoy he venido a pedirte perdón y reparar mi error por la afrenta». En cuanto acabó de hablar, se postró de nuevo ante la tumba, sacó una espada de su cinturón y se abrió el vientre. El abad de entonces se conmovió con su valentía y le dio sepultura aquí, junto a los samuráis de Ako.

David pensó que aquel samurái tenía el mismo nombre que el anciano al que había venido a buscar a Japón. Puso en algunas de las tumbas, al azar, todo el incienso que llevaba, y salió de aquel templo.