19. A la tercera

A Laura Connors tampoco le satisfizo cómo transcurrió la reunión. Había tenido una mañana horrible. La noticia de que aquel mismo día operaban a su jefe y amante la había puesto de muy mal humor, por dos razones: por lo que de negativa tenía para la salud de Lucas Carlile y porque él le informó de su ineludible paso por el quirófano con muy poca antelación y pidiéndole que no fuera a verle al hospital. La intervención suponía un grave trastorno para el funcionamiento del bufete en general y el trabajo de Laura en particular: las previsiones más optimistas estimaban que la convalecencia iba a tener alejado a Lucas del despacho durante al menos un mes. En ese tiempo, para mayor disgusto de Laura, el abogado iba a permanecer bajo el cuidado amoroso y exclusivo de su fiel y paciente esposa y no podrían verse a solas. Todo ello explicaba que el retraso de Laura a la cita con Jig no fuese un ardid, sino producto de circunstancias adversas, y que en la reunión ella adoptase una pose agresiva (tampoco fingida) provocada por el enfado que arrastraba desde hacía horas. Además, Laura esperaba que Jig tuviese una oferta que hacerle, algo que sirviera de punto de partida y tal vez pudiese derivar en una colaboración estrecha entre las empresas del difunto John y el bufete de Laura. Pero el tipo había llegado con las manos vacías, se negó a negociar nada y ella, muy crispada, no tuvo más remedio que dejarle bruscamente y con la carga de un ultimátum.

Jig ignoraba las tribulaciones de Laura, pero, aunque las hubiese conocido, ello no habría impedido que la frustración que sintió al verla marchar se convirtiera en un sentimiento muy cercano a la ira que en el antiguo John había sido demoledor, como podrían corroborar los enemigos del viejo que lo sufrieron.

El cabreo no había disminuido un ápice pocas horas después, cuando reclamó la presencia de su equipo jurídico. El abogado David, que había detectado por teléfono un malestar que conocía desde hacía décadas, prefirió comparecer sin sus socios, y arriesgarse a sufrir solo el enojo de Jig, porque tenía mucho interés en hablar a solas con él.

—Bueno —dijo David una vez puesto al corriente de cómo había ido la comida con Laura Connors— pues habrá que hacer algo si no queremos que ella siga metiendo las narices. Para que deje de molestar bastaría con la carta de Miguel, ¿verdad?, pues que Miguel quede con Laura.

—¡¿Cómo?! ¡¿Está usted loco?! Esa mujer le sacaría al doctor… a Miguel toda la verdad en cinco minutos.

—En determinadas condiciones no importaría que ella supiese toda la verdad.

—¿Qué quiere decir? —miró al abogado sin tener ni idea de lo que éste estaba a punto de proponer.

—Que daría lo mismo que Laura supiese toda la verdad si le aplicamos la misma medicina que a Miguel.

—A ver David —sonrió Jig— ¿me está proponiendo que usemos otra vez al doctor, ahora ya en el cuerpo de Miguel, para que haga de donante de nuevo y acabe su memoria en el cerebro de Laura? Sería bastante drástico, no se lo discuto; de un tiro nos cargaríamos a Miguel e inutilizaríamos a la Connors, pero ante los ojos del centro de investigación resultaría al menos chocante presentar en muy poco tiempo a otro jefe, ahora una mujer abogado, que volvería a expresarse como el Dr. Ros. Por no hablar del trabajo que supondría justificar la muerte súbita de Miguel y conseguir que no fuese sospechosa para los del bufete de Laura o la mismísima policía, y por no hablar tampoco de los problemas que a la memoria del doctor le causaría estar encerrada en el cuerpo de una mujer.

—No estaba pensando en el doctor o en Miguel como donante, sino en otra persona.

—¿Quién?

—Yo mismo.

—¡No me diga! ¿Usted?

—Sí.

—Si usted es un hombre y… bueno, no es que sea un crío pero se le ve con buena salud y pinta de vivir mucho más. Tiene mujer, hijos, nietos… y es feliz con ellos por lo que me cuenta. No lo entiendo.

—Lo de que soy un hombre no puedo negarlo. Lo soy, aunque con tendencias homosexuales que me he visto obligado toda la vida a ocultar y reprimir. Lo típico, la familia de la que provengo es muy conservadora y todo eso… Y usted lo ha dicho, no soy un bebé; estoy mucho más cerca de ser un anciano. Y mi familia probablemente me lloraría, pero aceptarían como inevitable y sin excesivo drama que alguien de mi edad desapareciera. Y por último y más importante, sí, tengo salud. Mi mente rige bastante bien y mi memoria es extensa. Precisamente por eso, ahora que se dan esas circunstancias favorables y no más tarde, cuando haya empezado a chochear, es cuando me conviene hacer de donante.

—Visto así…

Jig aceptó sin reparos la sugerencia de David. Allá el abogado si deseaba tener una segunda vida con un cuerpo de mujer. Los dos salían ganando: a Jig le solucionaba el problema «Laura» y David prolongaba su vida en un estado físico que le complacía. De todos modos la idea presentaba dificultades. La primera: secuestrar a Laura. Era un delito y había que raptarla de manera que no les pillaran. Se meditó el asunto y al final se decidió utilizar una vez más al doctor, o sea a Miguel. El plan era que Miguel llamara a Laura para decirle que tenía que aclarárselo todo y que, si ella quería escucharle, la recogería en un punto determinado de la ciudad. Miguel pasaría por ahí con un auto, la abogado subiría y poco después llegarían a un lugar solitario donde ella sería inmovilizada por un par de matones de Jig. Después la llevarían al centro de investigación y se haría el cambio de memoria. Ése era el plan para solventar la primera dificultad… y el plan funcionó.

La segunda dificultad radicaba en dar a la muerte de David la apariencia de natural. Su cuerpo debía encontrarse sin vida en un lugar y en unas condiciones que no levantaran sospechas, por ejemplo en su despacho y con todo el aspecto de haber sufrido un infarto cerebral, algo que reforzaría la opinión compartida por mucha gente, sobre todo por sus familiares más próximos, de que trabajaba demasiado para su edad. Así se hizo y todo resultó según lo previsto.

El tercer obstáculo a salvar era el encaje de la nueva Laura en su mundo. De acuerdo en que la antigua Laura y David eran del mismo gremio y que para éste el trabajo de aquella mujer no constituía ninguna novedad, pero sí le eran desconocidos los detalles, todo lo que Laura sabía de los asuntos que llevaba, de los compañeros de oficina, de sus relaciones con ellos… ¿Cómo se iba a presentar en el bufete y devolver el saludo a personas de las que ignoraba el nombre?, ¿cómo iba a responder cuando le preguntaran sobre la situación de casos en los que estaba trabajando Laura y de los que él ignoraba incluso dónde se guardaba el material correspondiente?, ¿cómo se iba a enfrentar a clientes que confiaban en ella, pero que David no había visto nunca? Se optó por hacer pasar a Laura por enferma, una víctima más del estrés. Y así, la mañana siguiente a su cambio de memoria, la nueva Laura apareció en el despacho con aspecto muy desmejorado, con el ánimo por los suelos y sin ningún interés por el trabajo. Los jefes, socios de Lucas Carlile, al tanto del vínculo sentimental entre éste y Laura, achacaron los síntomas depresivos de ella a las complicaciones que para la relación personal entre ambos acarreaba el delicado estado de salud de Lucas. De modo que decidieron darle unos días de descanso. Seguro que una semana o dos en el Caribe le sentarían de maravilla y la ayudarían a superar el golpe moral sufrido. Y además le evitarían la tentación de presentarse en la clínica y forzar una situación incómoda e indeseable para Lucas si coincidían esposa y amante en su habitación de convaleciente.

Por último, el trasvase de memoria de David a Laura llevaba consigo una circunstancia que, en realidad, no suponía una dificultad, pero sí servía para diferenciar aquel trasvase de los dos precedentes. En los anteriores el donante había sido un individuo sin familia, al menos sin familia que sintiera su muerte. Desde luego, ni Jig ni Miguel derramaron una lágrima por John X. Y el Dr. Ros no tenía parientes conocidos, y no hubo ni ceremonia con la que despedir sus restos. De hecho ni siquiera se le enterró porque él había decidido hacerse donante de órganos (donante sin comillas ni letra cursiva) y que a toda parte aprovechable de su cuerpo se le diese un destino práctico. Muy distinto fue lo ocurrido con David. Sus restos sí recibieron unas honras fúnebres al estilo tradicional y fueron despedidos con dolor. Su esposa y sus hijos, sus hermanos y alguna cuñada, lloraron en la vela, en la misa y en el entierro, y lo hicieron con total sinceridad. David, que se sabía querido, no tuvo fuerzas para acercarse a ellos y prefirió no asistir a ninguno de los actos fúnebres, ni aún gozando del perfecto disfraz que le proporcionaba el organismo de Laura, para no ver sufrir a los suyos. A fin de cuentas él también les quería y sentía mucho perderles. De modo que cuando Laura apareció en su despacho con síntomas depresivos, no estaba fingiendo, aunque, claro, el motivo de la pena era distinto al que pensaba la gente de la oficina.

Con pena y todo, antes de que le aconsejaran (u ordenaran) tomarse unos días de descanso, tuvo tiempo de pedir el expediente de Miguel sobre el caso de impugnación de herencia y destruir el documento que tanto comprometía a éste con el despacho de Laura.