Desperté despacio, como si saliese de un sueño profundo y tranquilo. Estaba de espaldas con los ojos cerrados. Me sentía tan a gusto que por un momento creí estar en la cama, en mi casa de Richmond, y que el resplandor rosa que veía a través de los párpados era el sol de la mañana atravesando las cortinas…
Luego me di cuenta de que la superficie sobre la que yacía —aunque blanda y cálida— no tenía la suavidad de un colchón. No había sábanas debajo, o manta por encima.
Luego, de repente, lo recordé todo: todo mi segundo viaje en el tiempo, el oscurecimiento del Sol y mi encuentro con los Morlocks.
El terror me sobrecogió, me endureció los músculos y me atenazó el estómago. ¡Había sido capturado por los Morlocks! Abrí los ojos de golpe.
Y al instante me deslumbró una intensa luz. Venía de un disco remoto de poderosa blancura que estaba justo encima de mí. Grité y me protegí los ojos con los brazos; me di la vuelta para ponerme cara al suelo.
Me puse a cuatro patas. El suelo era cálido y agradable, como el cuero. Al principio mi visión estaba llena de imágenes danzantes del disco de luz, pero al final pude distinguir la sombra bajo mi cuerpo. Entonces, todavía a cuatro patas, noté algo aún más extraño: la superficie que estaba debajo de mí era transparente, como si estuviese hecha de un vidrio flexible, y donde se proyectaba mi sombra podía ver las estrellas con claridad a través del suelo. Me habían colocado en una plataforma transparente con un diorama de estrellas debajo: como si me hubiesen traído a un planetario invertido.
Sentí un mareo, pero pude levantarme. Tenía que cubrirme los ojos con la mano para protegerme del brillo que venía de arriba; ¡deseé no haber perdido el sombrero que traje de 1891! Todavía llevaba el traje ligero, pero ahora estaba manchado de arena y sangre, especialmente alrededor de las mangas, aunque noté con sorpresa que habían intentado limpiarme, ya que en manos y brazos no había sangre de Morlock, ni mucosidades, ni pus. El atizador había desaparecido, y no pude encontrar la mochila. Me habían dejado el reloj, pero las cerillas y las velas ya no estaban en los bolsillos. La pipa y el tabaco también habían desaparecido y sentí una punzada incongruente de pena por ello; ¡en medio de todos aquellos misterios y peligros!
Se me ocurrió una idea, y las manos me volaron a los bolsillos del chaleco, para encontrar las palancas de la Máquina del Tiempo. Seguían todavía allí. Suspiré aliviado.
Miré a mi alrededor. Estaba de pie sobre la sustancia plana y regular que ya he descrito. Me encontraba en el centro de un rayo de luz, de unas treinta yardas de ancho, emitido sobre el suelo por la enigmática fuente luminosa que se hallaba sobre mí. El aire estaba lleno de polvo, por lo que era fácil ver el rayo de luz que me bañaba. Deben imaginarme allí, de pie, bajo la luz como si me encontrase en el fondo de una mina y contemplase el sol de mediodía. Y de hecho, parecía luz solar, aunque no entendía cómo podían haber descubierto el Sol y situarlo estacionario sobre mí. Mi única hipótesis era que mientras estaba inconsciente me habían trasladado a algún punto del ecuador.
Luché contra el pánico creciente recorriendo el círculo de luz. Estaba solo y el suelo aparecía desnudo, exceptuando unas bandejas, dos, con contenedores de cartón que estaban situadas a unos diez pies de donde había dormido. Eché un vistazo a la oscuridad circundante, pero no puede distinguir nada, incluso protegiéndome los ojos. No podía ver las paredes de la cámara. Golpeé con las manos haciendo que las motas de polvo danzasen en el aire. El sonido se redujo, pero no volvió ningún eco. O las paredes estaban imposiblemente lejos o estaban recubiertas con alguna sustancia absorbente; en cualquier caso, no podía conocer la distancia.
No había ni rastro de la Máquina del Tiempo.
Sentí un terror profundo y peculiar: sobre la superficie de vidrio me sentía desnudo y expuesto, sin un sitio para protegerme ni una esquina para hacerme fuerte.
Me acerqué a las bandejas. Miré los contenedores y abrí las tapas: había un gran cubo vacío y una taza con lo que parecía agua clara. En el último plato había tabletas del tamaño de puños que supuse sería comida, pero comida convertida en trozos amarillos, verdes o rojos, de forma que su origen era irreconocible. Palpé la comida con un dedo: estaba fría y era suave, parecida al queso. No había comido nada desde que Mrs. Watchets me sirvió el desayuno; hacía ya muchas horas frenéticas, y sentía ya una creciente presión en mi vejiga: presión que, suponía, debía aliviarse con el cubo. No veía razón por la que los Morlocks habiéndome mantenido vivo todo este tiempo fuesen a envenenarme, pero aun así no me sentía inclinado a aceptar su hospitalidad, ¡y menos aún a perder mi dignidad empleando el cubo!
Así que caminé alrededor de las bandejas, y alrededor del círculo de luz, husmeando como un animal que sospechase una trampa. Incluso cogí los recipientes y las bandejas, para ver si podían servirme de armas —quizá pudiese fabricarme un cuchillo—, pero las bandejas estaban hechas de un material plateado, parecido al aluminio, tan delgado y débil que podía arrugarlo con las manos. Atacar así a un Morlock sería como hacerlo con un hoja de papel.
Me sorprendió que aquellos Morlocks se comportasen con tanta amabilidad. No les hubiese costado nada acabar conmigo mientras estaba inconsciente, pero habían retenido sus brutas manos, e incluso, con sorprendente habilidad, parecía que habían intentado limpiarme.
Por supuesto, me parecía sospechoso. ¿Con qué intención me habían mantenido con vida? ¿Pretendían sonsacarme —con métodos horribles— el secreto de la Máquina del Tiempo?
Me aparté deliberadamente de la comida y salí del anillo de luz hacia la oscuridad exterior. Mi corazón martilleaba; nada tangible me impedía abandonar la zona iluminada, pero mis temores y mis deseos de luz me obligaban a permanecer allí.
Finalmente elegí una dirección al azar y caminé en la oscuridad con los brazos a los lados preparados para atacar. Conté los pasos: ocho, nueve, diez… Bajo mis pies podía ver las estrellas, ahora más visibles al estar fuera del cono de luz, formando un hemisferio lleno de ellas; me sentí nuevamente como si estuviese en el techo de un planetario. Me volví y miré hacia atrás; allí estaba el pilar de luz polvorienta que se elevaba al infinito, y los platos y la comida en su base sobre el suelo desnudo.
¡Me resultaba todo incomprensible!
A medida que caminaba dejé finalmente de contar los pasos. Las únicas luces eran el brillo de la aguja de luz y el frágil resplandor de las estrellas debajo de mí, por lo que apenas podía verme las piernas; los únicos sonidos eran mi respiración y el sordo impacto de mis botas sobre la superficie cristalina.
Después de unas cien yardas, giré y comencé a caminar alrededor de la aguja de luz. Sólo encontré oscuridad y las estrellas a mis pies. Me pregunté si en aquella oscuridad encontraría al Observador flotante que me había acompañado en mi segundo viaje por el tiempo.
La desesperación comenzó a apoderarse de mí, y deseé verme transportado al mundo jardín de Weena, o incluso al paisaje nocturno donde me habían capturado; ¡a cualquier lugar con rocas, plantas, animales y un cielo reconocible que pudiese entender! ¿Qué lugar era aquél? ¿Me encontraba en una cámara en las profundidades de la Tierra? ¿Qué terribles torturas me habían preparado los Morlocks? ¿Estaba condenado a pasar el resto de mis días en ese lugar estéril?
Durante un rato me sentí desquiciado por la soledad y la terrible sensación de estar atrapado. No sabía dónde estaba, ni dónde estaba la Máquina del Tiempo, y no esperaba volver a ver mi hogar. Era una bestia extraña varada en un mundo extraño. Grité en la oscuridad, pasando alternativamente de las amenazas a las peticiones de clemencia o libertad; y golpeé con el puño sobre el suelo plano, sin resultado. Lloré y corrí, ¡y me maldije por mi estupidez sin parangón —habiendo escapado una vez de manos de los Morlock— al haber regresado a la misma trampa!
Al final debí de chillar como un niño frustrado, agoté todas mis fuerzas, y me hundí en la oscuridad del suelo, exhausto.
Creo que dormí un poco. Cuando desperté, nada había cambiado. Me puse en pie. Mi furia y mi arrebato se habían desvanecido y, aunque nunca me había sentido tan desolado en toda la vida, tomé en cuenta las necesidades simples de mi cuerpo: hambre y sed las primeras.
Volví, agotado, al cono de luz. La presión en la vejiga se había incrementado. Con resignación cogí el cubo que me habían dado, penetré un poco en la oscuridad —por recato, ya que sabía que los Morlocks estarían observándome— y cuando terminé lo dejé allí, lejos de mi vista.
Examiné la comida de los Morlocks. Era una visión triste: no parecía más apetitosa que antes, pero yo seguía igualmente hambriento. Levanté el tazón de agua —tenía el tamaño de un tazón de sopa— y me lo llevé a los labios. No era una bebida agradable —tibia y sin sabor, como si le hubiesen quitado todos los minerales— pero estaba limpia y me refrescó la boca. Saboreé el líquido en la lengua durante unos segundos, vacilando ante aquel obstáculo final; luego, deliberadamente, la tragué.
Unos minutos después no había sufrido ningún efecto pernicioso que pudiese detectar, y tomé algo más de agua. Mojé también la punta del pañuelo en el tazón y me limpié manos y frente.
Me volví hacia la comida. Cogí una tableta verdosa. Mordisqueé una esquina: se rompió con facilidad, era verde también en su interior, y se desmigajó un poco como el queso Cheddar. Los dientes se hundieron con facilidad en su sustancia. En lo que respecta al sabor: si alguna vez han comido una verdura, digamos brécol o col, hervida a un paso de la desintegración, entonces reconocerán más o menos el sabor; ¡los miembros de los clubes londinenses peor equipados reconocerán los síntomas! Aun así, me comí la mitad de la tableta. Luego cogí otras tabletas para probarlas; y aunque su color difería su textura y sabor no se diferenciaban demasiado.
No necesité demasiada cantidad de ese alimento para satisfacerme, y arrojé los fragmentos en la bandeja y la aparté.
Me senté en el suelo y miré a la oscuridad. Me sentí agradecido de que los Morlocks me hubiesen dado al menos esa iluminación, ya que suponía que si me hubiesen depositado sobre una superficie desnuda y vacía en medio de una oscuridad sólo rota por la luz de las estrellas debajo de mí, creo que me habría vuelto loco. Aun así, también sabía que los Morlocks me habían dado ese anillo de luz por sus propias razones, como un medio eficaz de mantenerme en aquel lugar. Estaba indefenso, ¡prisionero de un simple rayo de luz!
La fatiga se apoderó de mí. No me sentía tentado de perder la conciencia una vez más —dejándome indefenso—, pero no creía posible el permanecer despierto para siempre. Salí del anillo de luz y entré un poco en la oscuridad, por lo que sentía, al menos, algo de seguridad en su manto de noche. Doblé la chaqueta como almohada. El aire era cálido, y el suelo suave parecía también caliente, por lo que no pasaría frío. Así que, con mi cuerpo corpulento tendido sobre las estrellas, dormí.