Lo pensé apenas un instante.
—Tienes razón ahora y tenías razón antes, es decir, que es cierto que tenemos que salvar el culo, pero también que hemos de hacerlo con el mínimo daño posible. Creo que soy capaz de poner en marcha un plan que solvente ambos problemas de una vez —afirmé categórico.
—No te sigo, compañero.
—Pues no es difícil. Tú, que decías tener conciencia, pusiste en casa de Torino pruebas falsas y empleaste a un confidente para que avisara de ello a los del maletín. En dos platos, que tendisteis un cebo y los de Asuntos Internos picaron. Solo nos queda dar otra vuelta de tuerca: utilizar a su abogado para que tire del mismo sedal.
Se frotó los ojos, y me miró de nuevo.
—Ni pajolera idea de lo que dices, chaval. Nada, que no te alcanzo. Se ve que hacerte abstemio te está afectando el cerebro. O que yo empiezo a estar como una cuba.
—Estoy estupendamente. Y, con un poco de suerte, terminaremos con bien lo que empezamos y brindaremos con champán. Observa.
Cogí el móvil y, desde la misma terraza donde, bajo un sol impenitente, Paco y yo bebíamos sin piedad, marqué el número del despacho de Fulano. Amén de un pelín de sueño, los cubatas me habían proporcionado esa chispa de valentía que suele faltarme en el obrar.
—Soy Efrén Porcina, necesito hablar con Fulano. Es urgente.
—Don Fulano no está en este momento, ha salido a almorzar —me respondió su secretaria, apretando mucho al pronunciar el don—. Le dejaré tu recado —concluyó, utilizando el tuteo.
Me lancé como un kamikaze.
—Carmen, si no me pasas directamente con el móvil del viejo —así le llamaban en la oficina, cuando no estaba presente—, ten por seguro que esta misma tarde estás inscribiéndote en las oficinas del Inem. Lo que tengo que decirle es de vida o muerte para su cliente y para él. Pero tú verás, guapa.
Como una malva.
—Un momento, por favor, voy a intentar pasarle al móvil —respondió, tratándome de usted.
Y lo hizo.
—Porcina, ¿qué se te ofrece?
—Tenemos que quedar.
—Lo siento, pero las vieiras se enfrían, y están deliciosas.
—Pues déjalas. Necesito verte. Es urgente.
—¿Desde cuándo nos tuteamos? —me recriminó.
—Desde que sé que no eres abogado. En veinte minutos te quiero en mi bufete. Solo y con las orejas limpias. Supongo que ya sabes dónde está mi guarida.
Tras un breve y expresivo silencio, accedió.
—Allí estaré.
Colgué.
—¡Con un par de cojones, tío, sí, señor! ¿Lo celebramos con la última? —espetó mientras tintineaban los cubitos de hielo de su vaso vacío.
—Ni hablar. ¡Camarero, dos cafés dobles con hielo! Y nos los tomamos rapidito, que tenemos que correr.
Paco apuró la bebida. Mientras le miraba, me pregunté por qué a todos los policías les ponían motes sus colegas. Y recordé que el detective también había formado parte del cuerpo.
—Oye, Paco, ¿cómo te llamaban a ti, cuando llevabas uniforme?
—¡Pues cómo me iban a llamar: por mi nombre!
—¿No tenías apodo?
—No. Paco es un buen apodo.
Tenía razón.