Mark Fisher contempló las luces urbanas a través de la cortina de lluvia y del parabrisas que tenían que barrer las varillas oscilantes para no empañar totalmente su visión.
—Bakersfield —se dijo— es la única población importante de esta región. Ya me queda menos para llegar…
Estaba siguiendo la interestatal número 5 hacia Los Ángeles, procedente de Portland, Oregón, y no pensaba detenerse ni una sola vez en su ruta, hasta llegar a su destino. Los Ángeles. Y eso que notaba apetito y algo de sed en esos momentos. Pero él sabía que esos temporales de lluvia acostumbran a empeorar a medida que avanza la noche, y era preferible llegar cuanto antes a su destino, sin hacer un alto en el camino que pudiera hacer luego más difícil la ruta.
Podía rodear la población, pero eso le alargaría el camino. No era fácil que a esas horas, y con tan torrencial aguacero, las calles céntricas de Bakersfield estuviesen demasiado concurridas de tráfico. De modo que decidió atravesar la urbe, sin abandonar en ningún momento la autopista.
Mark Fisher, sin embargo, se sentía ligeramente cansado y pensó bruscamente que detenerse un instante, adquirir unos emparedados y tomarse una botella de cerveza, no podía prolongar en exceso el viaje. Tras esta decisión, abandonó la carretera interestatal cuando vio el primer desvío hacia el centro urbano, y enfiló así por Ming Avenue hacia el sur, en dirección a un punto donde un luminoso parpadeaba con alegre guiño rojo, anunciando un parador de ruta abierto toda la noche.
Detuvo allí su coche y adquirió un par de latas de cerveza fría y una bolsa de emparedados, así como un vaso de café. Con todas sus provisiones, volvió al coche, poniéndolo en marcha para buscar un aparcamiento donde detenerse y reponer fuerzas lo antes posible.
Fue entonces cuando el destino quiso que Mark Fisher se desviara hacia Wibble Road. Avanzó en dirección al cruce con Casa Loma Drive. La luz de una cabina telefónica destacaba en una esquina. El solitario automovilista redujo velocidad en el cruce y, tras ver que el semáforo parpadeaba en ámbar y ningún otro vehículo cruzaba en ninguna dirección, aceleró, para rebasar la cabina telefónica.
Entonces, súbitamente, descubrió algo.
Unas sombras fugaces se hundieron en la oscuridad, más allá de la cabina, fundiéndose con las tinieblas de la borrascosa noche. Fue como si de repente, una serie de gigantescos murciélagos, asustados por el fulgor de los faros de su coche, se apresuraran a buscar refugio en sus tinieblas habituales.
Luego, Mark Fisher tuvo que frenar en seco, provocando un aullido agrio a sus neumáticos, el chirrido del vehículo, patinando sobre el asfalto mojado, para ir a detenerse justo a tiempo de impedir que ambos neumáticos pasaran sobre el cuerpo humano tendido en la calzada, triturándolo.
Sudoroso, frío, conmovido por lo que pudo ser un trágico impacto en un ser humano, Fisher permaneció unos segundos clavado en su asiento, las manos crispadas sobre el volante, los ojos dilatados, fijos en la zona barrida por los faros, en aquel bulto inmóvil, caído ante sus llantas, a punto de ser arrollado por éstas. Sólo unas pocas pulgadas separaban el guardabarros del cuerpo tendido en el asfalto mojado.
Fisher era un hombre precavido y receloso con muchas cosas. Había visto sin lugar a dudas varias sombras fundiéndose en la oscuridad. Sombras de seres vivos. Tal vez todo aquello era sólo un truco, una jugarreta como se hacían muchas, para sorprender la buena fe del automovilista solitario, fingiendo un accidente.
Muchas veces, esas cosas terminan en un chantaje o en algo peor, como una agresión para robarle. No se dejaría coger por jugarretas como ésas. Abrió la guantera y extrajo un negro revólver calibre 22 con el que salió decidido al exterior, moviéndose hacia el caído.
En el acto supo que no era ningún truco sucio. Aquel hombre, realmente, estaba muy mal. O muerto, o moribundo.
Al pisar el asfalto, miró en derredor, receloso. La luz azulada de la cabina se extendía formando un cerco en la acera cubierta de charcos de negra lluvia. Su reflejo en los arbustos mojados y en un cercano seto, le hizo pensar que alguna de aquellas huidizas sombras de antes se había movido de nuevo, como pretendiendo materializarse más allá de la zona de tinieblas. Precavido, dirigió hacia allá su revólver, apuntando sin vacilaciones.
Tal vez fue sólo su imaginación, pero los setos parecían agitarse. Luego, ya no vio nada. Ni señal de las sombras intuidas más allá de la luz.
Se desentendió de todo ello. Inclinóse sobre el cuerpo tendido en la calzada. El hombre no estaba muerto. No aún. Pero no le quedaba mucha vida ya.
Observó la sangre que empapaba su camisa, su chaqueta, sus manos y su rostro. Miró de nuevo en derredor, preocupado. Estaba solo bajo la lluvia, junto a un hombre que agonizaba. No era una situación agradable para un hombre extraño en un lugar que no era el suyo.
Pero tenía que auxiliar al hombre tendido a sus pies. Era joven, vestía bien. Y al respirar con dificultad, sus labios se cubrían de espuma sanguinolenta. Luego, la lluvia hacía correr esa sangre diluyéndola por su mentón y su cuello.
Le oyó jadear, emitir un ronco gorgoteo como un estertor. Trató de averiguar la causa de sus heridas, el origen de aquella hemorragia, sin mover demasiado el cuerpo agonizante. Se quitó su gabardina, la dobló y la puso bajo la cabeza del desconocido. Los vidriosos ojos se estaban clavando en él a través de la lluvia que chorreaba desde sus cabellos y cejas, dificultándole la turbia visión.
—Gracias… —le oyó gemir casi inaudiblemente—. Gra…, gracias.
—Vamos, vamos, ¿qué ha ocurrido? ¿Quién le hizo esto? ¿Un coche?
—No…, no… —sollozó el infortunado—. Fueron ellos…
—¿Ellos? —repitió Fisher, perplejo.
—Sí… Los monjes… El monje negro… y los demás… Son… asesinos… o demonios, no sé… Mi cuerpo… Dios mío… Me han asesinado… como a la chica desnuda…
Fisher tragó saliva. Miró en torno nuevamente, sin ver otra cosa que la lluvia, la cabina telefónica desierta iluminada, la avenida bordeada de setos y propiedades ajardinadas…
—Temo no entender nada… Parece que…, que le pasó algo pesado por encima… —manifestó, al desabrochar su camisa y ver su pecho hundido, sus costillas clavadas en la carne, astilladas horriblemente, imaginando con facilidad los tremendos destrozos que sin duda sufría el interior de aquel cuerpo humano—. Tal vez un coche, un camión o una furgoneta… ¿Pudo ver algo, una matricula, identificar el auto del atropello?
—No fue… un atropello… No hubo coche alguno… —sollozó el moribundo—. Le… repito que eran… ellos… Los monjes asesinos… Es como si surgieran del infierno, se lo juro. Me persiguieron… La policía no quiso creerme… No han venido…
—¿No? —Fisher enarcó las cejas, escuchando un lejano aullido de sirena—. Sí, creo que ya vienen… Nada, salvo un atropello, causaría algo así. Está usted destrozado. Algo le arrolló… Trate de recordar, no delire, amigo… Le ayudaré…
—¡No deliro! —se convulsionó el cuerpo, en desesperado espasmo—. ¡Lo juro! ¡No me atropellaron! Fue…, fue el poder de esos horribles seres…, los monjes… ¡Dios mío, algo espantoso sucede aquí! Mi…, mi vida se va… Amigo, por favor…, crea en mí… Escape. Escape usted, quienquiera que sea…, antes de que sea demasiado tarde… Dígale a Cheryl…, a mi buena amiga Cheryl…, lo ocurrido… Dígaselo. Y a mi mujer… Creo… creo que el Diablo anda suelto en Bakersfield. ¡Dios mío, fue horrible! ¡Ellos…, ellos y su poder me hicieron… esto…, esto…!
Vomitó sangre, se agitó en un violento espasmo final, aferrando con manos crispadas el brazo del único ser que le acompañaba en los momentos supremos, cayó atrás… y quedó inmóvil.
Inmóvil para siempre.
Mark Fisher alzó la cabeza. Miró fijamente las luces rojas y azules que se aproximaban por la avenida. El patrullero de la policía se detuvo justo ante la cabina telefónica. De él saltó a la acera un hombre uniformado. En las puertas del vehículo era visible el rótulo: Kern County. Sheriff, con el escudo del condado.
—¡Eh, ustedes! —llamó el viajero—. ¡Aquí, por favor! ¡Es urgente!
El hombre de uniforme se volvió. Al verle a él y al hombre abatido en tierra, echó a correr hacia ellos, al tiempo que gritaba al conductor que permanecía al volante del coche policial:
—¡Ven conmigo, Travis! Parece que, realmente, ocurre algo…
Otro hombre de uniforme, revólver en mano, saltó del vehículo. Ambos corrieron al encuentro de Mark Fisher. Pronto se reunieron con él, contemplando al que acababa de morir. Uno se arrodilló, el llamado Travis. El otro, con la placa de sheriff en su cazadora de piel, miró ceñudo a Fisher.
—¿Qué ha ocurrido? —demandó con acritud—. Soy el sheriff Conway, de este condado. Usted no es de aquí, ¿verdad?
—No, no lo soy. Pasaba por Bakersfield, hacia Los Ángeles. Me detuve a recoger unas provisiones en la cafetería. Y de pronto me encontré con esto…
—Es él, sheriff —informó Travis—. Gary Craig.
—¿Está muerto?
—Sí —afirmó su acompañante.
—Murió ahora mismo —manifestó Fisher sordamente—. Agonizaba cuando lo hallé.
—¿Lo halló usted así? ¿No lo atropelló usted? —dudó Conway, clavando unos ojos azules y fríos en el rostro del joven automovilista.
—No, cielos, claro que no. Podrá comprobar eso fácilmente, sheriff. Vea dónde frené, justo a tiempo. De haber pasado por encima de él, ahora creería ser yo el autor de su muerte.
—¿Y quién fue? ¿Otro coche?
—Es lo que pensé. Pero él dijo que no.
—¿Él? —Conway miró al difunto Craig—. ¿Pudo hablar con usted?
—Sí. Por muy poco tiempo. Está destrozado.
—Ya lo veo. ¿Qué dijo?
—Cosas que no pude entender. Rechazó que hubiera sido un atropello.
—No creo que haya muchas cosas, aparte de un automóvil pasando por encima, que causen semejantes destrozos en una persona —aventuró Travis, sacudiendo la cabeza con aire pensativo.
—Yo pensé lo mismo —asintió Mark—. Pero él insistió. Aseguraba algo extraño, grotesco…
—¿Qué era ello? —las azules pupilas del sheriff se clavaron en él.
—Mencionó unos monjes… y una mujer desnuda que había sido asesinada… También habló de un «monje negro»… y del Diablo que andaba suelto. Es todo lo que dijo. E insistió hasta el fin en que ningún coche le atropelló…
—Cielos, entonces, ¿qué pudo ocurrirle para quedar así? —gruñó Travis.
—Tonterías —cortó con aspereza el sheriff Conway—. Esas mismas cosas las dijo Gary Craig por teléfono cuando llamó a la oficina, según lo que me contó Scott.
—¿Ese hombre llamó a la policía? —se sorprendió Fisher—. ¿Cuándo lo hizo?
—Hace unos minutos. Uno de mis hombres comunicó con nosotros por radioteléfono y hemos venido acá sin pérdida de tiempo, aunque la historia de los monjes y de la mujer desnuda y ensangrentada me sonó a puro efecto de una dosis excesiva de alcohol, o cosa parecida.
—Craig acostumbraba a tomar copas, pero nunca le vi embriagado —objetó Travis, frotándose el mentón.
—Es rara su insistencia sobre ese asunto de los monjes, ¿no le parece? —apuntó Fisher, mirando de nuevo en derredor, sin ver señales de vida ya en las proximidades de los setos—. Además, yo creí ver algo cuando detuve el coche y fui a atender a ese hombre.
—¿Vio realmente algo? —Conway le miró de nuevo, inquisitivo—. ¿Qué vio?
—No podría jurarlo. Podía ser un juego de luces y sombras de los faros de mi coche y árboles movidos por el viento. Pero hubo un momento en que parecían haber siluetas vivientes ocultándose allí —señaló Mark hacia el lugar donde creyera ver las sombras en movimiento.
—Ya —Conway miró en esa dirección, escéptico. Luego pareció pensar algo y cambió bruscamente de tema—. ¿Quién es usted, después de todo?
—Mi nombre es Mark Fisher. Vengo de Portland, Oregón, y me dirijo a Los Ángeles.
—He visto que lleva revólver. ¿Tiene licencia de armas?
—La tengo. ¿Quiere verla?
—Sí, por favor.
—Está con mi documentación del coche. Venga, por favor —echó a andar hacia su automóvil—. Creí que lo importante era averiguar lo que le pasó a ese hombre, no dedicarse a interrogarme a mí.
—Escuche, señor Fisher: usted halló el cuerpo, agonizante o sin vida, y oyó las últimas palabras del difunto. No es de aquí, y ese hombre pudo morir atropellado. Creo que es suficiente motivo para interrogarle. Su llamada pudo ser la obra de un individuo embriagado o incluso drogado. Sólo así se explica la insistencia de hablar de algo tan ridículo como monjes, cadáveres de mujeres desnudas y todo eso. Ahora, deseo antes que nada saber quién es la persona que halló sin vida a Gary Craig, un ciudadano de esta comunidad, y por qué salió de su coche revólver en mano.
—Pensé que podía ser el conocido truco del accidente fingido, para un atraco. La visión de esas sombras en movimiento me hizo considerar la conveniencia de ir armado.
—Usted dice que no puede jurar que viera realmente a alguien.
—No puedo jurarlo. Pero sigo pensando que había alguien por ahí.
—¿Tal vez los monjes que citó ese desdichado? —comentó con sarcasmo Conway.
—Tal vez —Mark se encogió de hombros, evasivo—. Usted le conocía. Yo, no. No puedo saber si era un visionario o una persona sensata.
—Gary Craig era un hombre normal, según creo. Casado, con una posición desahogada. Pero dado a aventuras de faldas en ciertos lugares discretos de la ciudad. También acostumbraba a beber bastante, aunque no se embriagase. En fin, yo no puedo aceptar esa historia de los encapuchados. Ni del cadáver de mujer, desnudo. Tampoco creo que haya otra forma de morir así que atropellado por un coche. Por eso debo interrogarlo a usted, señor Fisher.
—Como quiera, sheriff —suspiró Mark—. Pero yo también me ocuparía de batir esta zona, por si la historia de los monjes tiene algo de real.
—No tiene usted que decirme lo que debo hacer —replicó tajante el hombre de la ley—. Conozco mi oficio, amigo. Por cierto, ¿cuál es el suyo?
—Escritor.
—¿Escritor? —las cejas de Conway se arquearon con gesto hostil, receloso—. ¿Qué clase de escritor? ¿Periodista?
—No. Novelas de ficción y todo eso. Y cuentos en publicaciones mensuales y semanales.
—Ya. Novelas, ¿eh? Fantasías y cosas así…
—Sé adonde quiere ir a parar —Mark torció el gesto—. Sólo soy fantástico cuando escribo, sheriff. En la vida normal, no acostumbro a imaginar cosas que no existen.
—Pero todos los novelistas son muy dados a rodear el hecho más simple de una aureola de misterio para sacarle partido, quizá de cara a un best-seller. No simpatizo demasiado con escritores y periodistas, se lo advierto, señor Fisher. Será mejor que tenga todos los documentos en regla, si quiere seguir viaje y no tener problemas en este condado.
—Creo que le entiendo muy bien. Usted es uno de esos tipos duros que gustan de imponer la ley por encima de todo y a su antojo, ¿no es cierto?
—Está hablando de más, señor Fisher, y eso no es aconsejable —le cortó rudamente Conway—. Veamos sus documentos. Si hay algo irregular en ellos, lo va a lamentar.
—Espero que tenga el mismo celo en averiguar lo que le sucedió a ese infortunado —dijo con acritud el joven viajero—. Yo que usted haría más caso a esa historia de los monjes de lo que parece hacerle ahora, sheriff.
—Si sigue dando consejos a quien no se los pide, terminará metiéndose en problemas, señor Fisher —le advirtió ahora con evidente dureza el hombre de la ley, apoyándose en la portezuela abierta, mientras Mark buscaba su carpeta de documentación—. Limítese a mostrarme sus documentos. Luego, me acompañará a mi oficina, firmará una declaración de las circunstancias de su encuentro con Gary Craig, limitándose a relatar lo que es evidente, sin añadirle fantasía alguna por su parte, y podrá seguir su camino.
—Muy amable —suspiró Fisher, depositando en manos de Conway sus documentos—. Espero que mientras redactan mi declaración, pueda tomarme mis emparedados y mi cerveza, aunque ya apenas si tengo apetito. En cuanto al café, el vaso debe estar helado.
—No se preocupe por eso. En Bakersfield no somos tan insociables como para no ofrecerle una taza de café caliente en la estación de policía —y se dedicó a estudiar, ceñudo, los documentos allí recopilados por el viajero.
Por fortuna para éste, todo estaba en regla, incluido su permiso para tenencia y uso de armas, dada su frecuencia en viajar por Estados Unidos a todas horas y en solitario. El permiso, extendido por la Oficina Federal, era válido para toda la Unión.
—Tiene suerte —gruñó Conway, devolviéndole la carpeta al terminar el minucioso examen—. Ahora, síganos en cuanto la ambulancia se lleve el cadáver. Le llevaré hasta la oficina…
Mark asintió. Cuando el vehículo sanitario del County Coroner de Kern se llevó el cadáver de Gary Craig, él se limitó a rodar detrás del coche patrulla conducido por el agente Travis.
Poco después, tomaba el prometido café caliente, ingería a duras penas un solo emparedado y apuraba una lata de cerveza con desgana. Firmó su declaración, limitándose a exponer el hallazgo del moribundo y las circunstancias estrictas del hecho, y sólo a regañadientes aceptó Conway que, a petición del propio Fisher, figurasen las palabras más o menos exactas que el desdichado Craig pronunciara en su agonía.
—Ahora puede irse, amigo —dijo el sheriff con tono desabrido, recogiendo la declaración mecanografiada por su agente Scott y firmada por Fisher—. Y buen viaje a Los Ángeles. Si fuera precisa su presencia en esta ciudad por algún motivo, espero localizarlo donde me dijo.
—Esté seguro de ello. Tengo alquilado un apartamento en Bel Air cuyos datos constan en mi declaración, por el período de dos meses. Voy a trabajar en un guión para la televisión en Hollywood, y me encontrará allí en todo ese tiempo. Estaré a su disposición en todo momento. Sería el primer interesado en que ese extraño suceso se pusiese en claro.
—Un accidente de automóvil, un atropello en el que el autor del mismo escapa sin ayudar a la víctima, no es ningún hecho raro, por desgracia —replicó Conway muy seco.
—Eso es lo que usted dice, sheriff —suspiró Mark, camino de la salida—. Yo sigo sin creer que fuese un accidente y menos aún el atropello de un automóvil.
—¿Qué fue, entonces, según usted?
—Tal vez lo que sugirió la pobre víctima: un asesinato.
Y cerró la puerta tras de sí, volviendo a la lluviosa noche y a su automóvil, mientras Conway se quedaba ceñudo, la mirada fija en el que se iba, y sus hombres cambiaban entre sí una mirada de inquietud.
—Avise a mi mujer, Scott —pidió el sheriff a Scott, tras una pausa—. Dile que tengo trabajo extra y tardaré algo más en volver. Que puede acostarse ya. Yo cenaré aquí cualquier cosa.
—Sí, sheriff —asintió el joven policía Barry Scott, descolgando el teléfono.