CAPÍTULO 64

La mañana siguiente el diácono no se despertó para tocar la campana de la iglesia. En la cena no había tenido muchas ganas de comer los peces que había pescado, y se había quejado de dolor de cabeza y escalofríos. Cuando a Anastasia la acompañaron a su cabaña, advirtió a los demás que se quedaran en la puerta y entró ella sola.

Aunque la hora del desayuno había pasado hacía rato, aún no había salido el sol. A la luz del quinqué que parpadeaba junto a la cama, Ana comprendió que el diácono había contraído la gripe. Su cabello rubio, casi blanco, estaba húmedo y lacio, esparcido por la almohada, y tenía la frente perlada de sudor. Sus pálidos ojos erraban con expresión ausente por la habitación, y había motas de sangre seca sobre la manta. Ana había visto soldados así en las salas del hospital… y había oído sus cuerpos, amortajados en las sábanas, rodar por la rampa de grano hasta caer en los carros que estaban esperando.

Salió a la puerta, donde varios colonos aguardaban noticias, temerosos, y les pidió agua caliente y caldo, más mantas, leña y aguardiente, si lo tenían. Trató de recordar lo que había recomendado el doctor Botkin, y de imaginar lo que él hubiera hecho, aunque en el fondo sabía que ya todo estaba en manos de Dios. La gripe española se llevaba a todo el que quería —a los más fuertes, primero—, y casi siempre se los llevaba rápido.

Durante el resto del día Anastasia permaneció al lado del diácono, atendiéndolo, procurando en vano hacer que tomara algo de sustento, enjugándole la frente y limpiándole la sangre de los labios después de que lo sacudiera un acceso de tos. De vez en cuando el diácono pronunciaba entre dientes el nombre del padre Grigori, y a Anastasia no le cabía duda de que hablaba con él como si estuviera allí. Más de una vez la conversación le pareció tan auténtica que se dio la vuelta en la silla o fue a la puerta para echar una ojeada fuera, pero en cada ocasión lo único que vio, congregados en la penumbra, fue a un puñado de colonos que rezaban el rosario, agarraban y besaban sagrados iconos y murmuraban plegarias por el restablecimiento del diácono. Tantos se quedaban mirando la cruz de esmeraldas que Ana llevaba al cuello que al final ésta se sintió cohibida y la ocultó. Los poderes que creyeran que poseía, fueran cuales fuesen, resultaban inútiles contra la arremetida de la gripe.

Una o dos veces oyó apagadas toses entre ellos, y eso no hizo sino exacerbar el terror que sentía en el corazón.

Cuando llegó el siguiente amanecer, el diácono ya había muerto.

Anastasia lo limpió lo mejor que pudo y luego cogió su negra sotana, con las mangas forradas de seda color escarlata, y se la puso encima. Después le cruzó las manos sobre el pecho y se sentó ante la mesa de madera que le servía de escritorio. Sobre ella había recado de escribir, páginas sueltas de sus sermones y un icono de la Virgen María, adornado con tres brillantes blancos. Algo tan valioso únicamente podía proceder de la mano del propio Rasputin. En un pedazo de papel de uno de los sermones, Ana escribió una oración por el alma del diácono Stefan y, tras enrollarlo, lo metió en una de sus manos sin vida; a continuación, en la otra le puso el icono. Ya estaba tan preparado como cualquiera para reunirse con su Hacedor.

No por primera vez Anastasia deseó realizar también aquel viaje definitivo… para ver a Sergei, a su familia, a sus amigos, al bondadoso doctor Botkin, a Nagorni, a la doncella Demidova. A pesar de lo que la Iglesia ortodoxa rusa creyera, estaba segura de que su perro Jemmy la esperaba allí también. En un mundo tan lleno de odio, ¿por qué no debería el amor, de cualquier clase, encontrar un refugio seguro en el otro?

Cansada, y hambrienta, apagó el quinqué, cerró la puerta y fue a la iglesia, buscando compañía y una comida comunitaria. Pero a diferencia de antes, cuando docenas de personas acercaban sillas y bancos al costado de las largas mesas del refectorio, allí sólo había diez o doce almas, e incluso éstas se asustaron cuando Ana entró por la puerta de doble hoja. Vera se arrodilló ante la mampara del iconostasio y se santiguó tres veces. El hombre que había estado cortando leña inclinó la cabeza sobre su cuenco de sopa y apenas se atrevió a alzar la vista.

Una mujer que colocaba platos de peltre en la mesa preguntó:

—¿Cómo está el diácono?

—El diácono ha fallecido —contestó Ana.

Vio que la mujer lanzaba una rápida mirada en torno a la sala, como para confirmar que todos la hubieran oído. Varias personas lanzaron gritos, un anciano arrojó su pipa al suelo y se produjo un éxodo general de la iglesia. Al marcharse, algunos inclinaron la cabeza con gesto serio hacia donde se encontraba Ana, con los demacrados rostros llenos de temor e incomprensión…, pero todos, sin excepción, la evitaron.

De pie y sola en la nave, Ana se dio cuenta de que no sólo había llegado al último rincón del mundo, sino al último rincón de cuanto esta vida tenía que ofrecerle. Ya había pasado de ser el heraldo del profeta padre Grigori, festejada y bienvenida, a la precursora de la muerte. Y aunque seguía llevando el aura y el emblema del propio Rasputin, había sembrado la confusión en su rebaño. Ahora no sabían qué pensar de ella, ni cómo interpretar las dificultades que les había traído. Sin duda se preguntaban si habrían cometido algún error en su modo de vida. ¿Habían faltado a su devoción? ¿Y era Anastasia un instrumento del justo castigo divino?

Aunque se hubieran armado de valor para preguntarle, Anastasia no hubiera podido contestar estas preguntas.

Lo que sucedió después, durante los siguientes días, fue tan inevitable como trágico. Uno a uno, los colonos enfermaron de la gripe, y uno a uno, los supervivientes emplearon dinamita y picos para abrir tumbas poco profundas en el suelo y ofrecerles a los muertos algo parecido a un entierro cristiano. Ana asistía a los sepelios —en realidad, los colonos no habrían hecho nada sin su callada presencia, tal era su prestigio como gran duquesa y elegida de Rasputin—, pero al cabo de un tiempo aquello le resultó casi imposible de soportar. El cementerio se encontraba en los acantilados que daban al mar de Bering, y Ana tenía que luchar contra un incontenible impulso de arrojarse desde el precipicio al mar que esperaba abajo. Lo único que le impedía hacerlo era un miedo aún mayor: el miedo a que el poder de la cruz de esmeraldas fuese tan grande que incluso entonces tal vez se encontrara viva, dando vueltas y vueltas bajo las heladas olas durante toda la eternidad.

Uno de los últimos en morir fue el sacristán, y Ana se hizo cargo de su trabajo y fue tomando cumplida nota de los nombres de los difuntos y las fechas en que morían. Algunos, en su delirio, se alejaban sin rumbo y, tras internarse en los bosques, ya nunca se los volvía a ver, mientras que otros perecían en las rocas de debajo de la colonia; sus cuerpos yacían allí, encogidos e inmóviles, hasta que la marea se los llevaba. En cuanto al resto, Ana buscó entre las lápidas y tapas de ataúd a medio terminar que el sacristán había dejado, y le proporcionó a cada uno de ellos el entierro más apropiado que podía organizarse, dadas las circunstancias. El sacristán, que, evidentemente, era tan trabajador como fatalista, había tenido asimismo la precaución de dejar varias tumbas vacías… Resultaron ser más que suficientes para albergar a sus compañeros colonos.

Y después, cierto día, ya no quedó nadie a quien enterrar, nadie a quien llorar. No había nadie más. Anastasia había ido andando hasta el borde del cementerio, agarrando la cruz de esmeraldas, cuando vio una oscura figura tendida abajo en la playa, con los faldones de un abrigo de piel de foca desplegados como las alas de un murciélago por los guijarros y la arena.

Se paró en seco cuando los dedos de sus pies ya llegaban al precipicio, y miró fijamente hacia abajo. ¿Era posible? ¿Después de tanto tiempo?

Tras bajar hasta la playa, se acercó al cuerpo como si fuera una trampa esperando saltar. No daba crédito a sus ojos. Pero al acercarse más vio que, incluso ahora, un helado mechón de pelo castaño se mantenía tieso sobre la grava. Ana se arrodilló mientras la helada arena crujía bajo sus botas y, con cuidado, puso el cuerpo boca arriba. Cubierto de hielo, Sergei parecía estar hecho de cristal.

«El mar a menudo cede al final», había dicho el diácono. Y así había sido.

En el cementerio quedaba una tumba vacía; era la más próxima a los acantilados, y Anastasia se había preguntado si quedaría alguien para meterla en ella algún día. En lugar de eso, la utilizaría para rodear el cuerpo de su amado protector, Sergei…, y eso fue precisamente lo que hizo.

Cuando Sergei yacía allí, en su féretro abierto, Anastasia se metió la mano bajo el abrigo. Sacó la cruz de esmeraldas y leyó por última vez la bendición que Rasputin había mandado grabar en la montura de plata: «Nadie puede romper las cadenas de amor que nos atan». Un juego de palabras sobre su nombre, la que rompe las cadenas. Pero Anastasia quería que las cadenas se rompieran ya. Quería que, fuera cual fuese el poder que la ataba a esta tierra, se destruyera para siempre.

Alzó la cabeza de Sergei y le puso la cadena, y la cruz de esmeraldas quedó apoyada en su pecho. Luego levantó la tapa del ataúd —una pieza profusamente tallada, con una imagen del propio san Pedro— y la encajó en su sitio. Algo, pensó, le había hecho conservar este ataúd hasta ahora. Después hincó hasta el fondo los cuatro clavos tradicionales y echó cuantas paletadas de tierra y nieve había podido remover en la tumba. Uno de los lobos negros que rondaba por la isla apareció ante la puerta del cementerio, la puerta donde, de forma obsesiva, ella había grabado con un cuchillo sus súplicas de perdón, y, levantando la cabeza, soltó un triste aullido. Pero Ana no tenía miedo. Sabía que estos animales no eran sino almas tan perdidas y desconsoladas como ella… condenadas a la misma clase de purgatorio. Ellos también estaban atrapados en un mundo del que no eran responsables, tan incapaces de trascenderlo como de encontrar la paz. Desde el instante en que aquel lobo negro le había lamido las lágrimas de la cara en la playa, Ana había reconocido que el destino de ellos y el suyo estaban unidos —¿no eran acaso los lobos los leales hijos de Rasputin?—, y había sabido que ellos sólo terminarían su desdichado viaje cuando el de ella, asimismo, llegara a su fin.