— II —

Las muchachitas habían seguido el camino que bordeaba la casa del guardabosques y llegaba hasta el pantano Tomando la desviación del oeste penetraron en el bosque por el cual tantas veces se habían paseado juntas. Los caballos estaban llenos de brío. Annelise montaba a Blis y Puck a Black, un caballo negro como el carbón que el señor Dreyer acababa de comprar y que era un animal vigoroso y vivo.

—Se ve claramente —dijo Puck— que Black tenía necesidad de ejercicio. ¡Cómo tira!

—¿Conseguirás dominarlo? —preguntó Annelise.

—Desde luego. Y ¿si galopáramos un poco?

—¡Sí!

Hasta entonces habían estado trotando, pero Annelise espoleó su montura y se lanzó al galope bajo los árboles verde claro.

Black se mostraba demasiado inquieto, realmente, pero cuando Puck tiró de las riendas se dejó dominar fácilmente.

—Bien, Black, amigo mío —dijo, acariciándole el negro y brillante cuello.

Annelise y Blis habían desaparecido en la espesura. Puck encontró que sería una buena idea dejarle tomar la delantera antes de poner a Black a galope tendido.

De pronto, de la espesura por donde había desaparecido Annelise, llegó el sonido de un disparo.

Black levantó las orejas y Puck miró por entre los árboles. Y entonces sonaron una segunda y tercera descarga.

Puck azuzó a Black y lo puso al galope, hacia la espesura, hasta llegar a un claro donde se detuvo, echando una ojeada a su alrededor.

—¿Dónde se ha metido Annelise? —murmuró Puck, frunciendo el entrecejo.

Había algo raro en la situación que la turbaba. Aquellos tres disparos ¿de dónde procedían? ¿Qué significaban?

Entonces crujieron las ramas y apareció Blis. Pero su amazona había desaparecido.

Puck sintió el sudor inundarle la frente y la angustia atenazarla. ¿Qué había sido de Annelise? Se acercó al caballo, le tomó firmemente de las riendas. Blis movía nerviosamente la cabeza. Saltó de su montura y ató ambos caballos a un árbol. A continuación se dispuso a seguir las huellas dejadas por Blis en el suelo húmedo. Le fue fácil encontrarlas y de pronto vio a Annelise, sentada en la hierba, tocándose un hombro. Lloraba.

Puck se arrodilló a su lado.

—Pero, Annelise, ¿qué ha ocurrido?

—Me han herido en un brazo —dijo Annelise—. No comprendo qué ha pasado. He oído unos disparos y he sentido un fuerte dolor en el hombro… Además, Blis ha dado un respingo tan fuerte, que me ha derribado. Me he lastimado la espalda, al caer…

Miró a Puck a través de las lágrimas.

—Soy una lloricona, ¿verdad? —preguntó tratando de mostrarse animosa.

—Eres formidable —dijo Puck para consolarla—. ¿Te sientes con fuerzas para caminar?

—Lo intentaré —respondió Annelise—. Pero me siento aturdida… y tengo miedo.

—No me extraña… Ven, trata de levantarte.

Regresaron al lugar donde Puck había atado los caballos. Annelise seguía quejándose y la sangre empezaba a resbalarle por el brazo.

—Te han herido con perdigones de caza —comprobó Puck—. Se trata sin duda de un cazador, que disparaba contra algún animal y se le ha desviado el disparo. ¿Crees que te mantendrás en la silla, si te ayudo a montar?

—¡Lo procuraré! —afirmó Annelise apretando los dientes.

Puck no pudo dejar de admirar el valor que demostraba su amiga. De momento se había sentido dominada por el dolor y el miedo, pero, una vez montada, se declaró capaz de conducir sola su montura, a condición de ir al paso.

—¿No has visto al cazador, quizá? —preguntó Puck, mientras regresaban a La Gran Granja.

—No he visto a nadie —respondió Annelise—. Sólo he oído los disparos. Ha sido el tercero el que me ha dado.

—¿Tampoco has visto la caza?

—He oído algún animal correr por la espesura pero no he visto nada.

—No creo que esté permitido cazar en esta época —comentó Puck.

—Sin embargo, alguien trataba de hacerlo. ¡Y me ha dado a mí! Ayyyy… Esto sigue doliendo.

—¡El doctor tendrá que quitarte los plomos! —dijo Puck.

Llegadas a La Gran Granja, dejaron los caballos al palafrenero y subieron al saloncito de verano, donde el propietario Dreyer y su mujer estaban tomando café. Rápidamente fueron informados de lo ocurrido.

—¡Es terrible! —exclamó la señora Dreyer, saltando de su silla—. Herbert, telefonea al médico mientras yo miro el brazo de Annelise. Ven, hijita, te quitaré la blusa…

En efecto, Annelise tenía una herida en el hombro, y gimió bastante mientras su madre se la limpiaba. Entretanto, el señor Dreyer telefoneó al doctor, quien dijo luego, inquieto:

—¡Tres disparos! Es curioso… Nadie caza en esta época. ¿Estáis seguras de haber oído tres disparos?

—Absolutamente —respondió Puck—. Muy seguidos.

—Y ¿no habéis visto a nadie?

—No, a nadie.

—Sin duda son cazadores furtivos —dijo—. Creí que nos habíamos librado de esta plaga tiempo atrás, pero por lo visto vuelven a las andadas. Tendré que prevenir a la policía.

Volvió junto al teléfono y sostuvo una breve conversación. Cuando se hubo acabado, dijo:

—La policía está al corriente. Es terrible que los cazadores furtivos no puedan ser eliminados para siempre. ¡Disparan sin escrúpulos en épocas de veda, y los estragos que causan en los animales no tienen límite!

—Y además me han herido a mí —suspiró Annelise con una mueca.

—Sí, sí, pero no ha sido nada grave afortunadamente. ¡Pero hubiera podido serlo! —comentó Herbert Dreyer.

Puck escuchaba, con el rostro grave. Sin decir palabra, se prometió interiormente dedicarse a buscar al cazador furtivo.

* * *

Lo que le había sucedido a Annelise y a Puck durante su paseo a caballo por el bosque impresionó a todo el mundo en el pensionado de Egeborg y durante varios días fue tema de comentarios y discusiones.

El guardabosques Bang dijo a sus ayudantes que le comunicaran cualquier indicio, pero en los días siguientes no se escuchó ningún disparo ni se vio a ninguna persona sospechosa, de modo que poco a poco el suceso se fue olvidando.

Únicamente Puck continuaba pensando en el cazador furtivo y se preguntaba si no sería posible descubrir su identidad. Había sostenido una larga entrevista con Bang, el cual no estaba muy seguro de que la policía se ocupara en aquel asunto de un modo demasiado activo.

—No resulta fácil descubrir a esos pillos —dijo—. Lo único que puede hacerse es sorprenderles en flagrante delito.

—¿Lo ha conseguido usted alguna vez?

—Sí, alguna…

—Y ¿qué?

—¡Oh! —exclamó Bang, en tono evasivo—. A menudo acaba por descubrirse que se trata de personas que tienen ya otras cuentas pendientes con la justicia.

La muchachita miró las enormes manos del guardabosques. ¡Un cazador furtivo le temería, sin duda, si le pusiera las manos encima!

Algunos días más tarde, Puck salió para examinar de más cerca la espesura donde Annelise había sido herida.

Era un bello día, y Puck que amaba la naturaleza se sentía feliz en medio del hermoso paisaje. Llegada a la espesura, prestó atento oído. En apariencia no había nadie. Así que avanzó más.

La muchachita no tenía ningún plan determinado. Apercibiendo de pronto un senderillo que cruzaba la espesura, se decidió a seguirlo, a pesar de que a trechos se vio obligada a avanzar a gatas.

No se trataba de un camino hecho por los hombres, sino abierto por el paso de los animales que lo seguían cada día entrando y saliendo de sus madrigueras.

Puck avanzaba gateando cuando bruscamente se sintió sacudida y experimentó un lacerante dolor en un tobillo. En el mismo instante, cayó de bruces contra el suelo.

Se sentó. Un nudo colocado al final de un alambre le había atrapado un pie.

La piel de su tibia había sido lastimada y le dolía mucho. La chiquilla gimió suavemente, mientras se deshacía del nudo.

¿De dónde venía aquel alambre?

No hacía mucho que había sido colocado, ya que no estaba oxidado. Tirando de él pudo comprobar que estaba atado al tronco de un árbol y, cuando lo examinó con más atención, se dio cuenta de que había sido colocado con gran cuidado.

Puck se mordisqueó pensativa el labio inferior, mientras reflexionaba. Aquel alambre era una trampa puesta por un cazador furtivo.

La chiquilla había oído hablar de las crueles trampas puestas a animalillos, que a veces morían tratando de librarse de ellas.

Aquélla era la prueba de que los cazadores furtivos habían reaparecido de nuevo en la comarca.

El primer impulso de Puck fue llevarse el alambre para mostrárselo a Bang, pero después lo pensó mejor. Deshizo simplemente el nudo, a fin de que ningún animalito quedara atrapado, mientras se trazaba un plan.

«Veamos —pensaba—. ¿Cómo podría sorprender a los cazadores furtivos?». —Sonriendo se dijo que se trataba de ser astuta como un zorro.

De regreso al pensionado, vio a Navío, que volvía también de dar un paseo y sostenía en la mano un lindo ramillete de anémonas.

—Hola —dijo la hija del capitán—. ¿De dónde vienes?

—De dar un paseo —dijo Puck, cuyo plan no estaba aún del todo elaborado y no quería comunicárselo a su amiga—. Tú también, supongo.

—Sí —dijo Navío—. He ido a recoger unas florecillas para la señorita Fagerlund.

—¿Para la señorita Fagerlund? ¡Qué curiosa idea…!

—Verás —comentó Navío— me parece que ya dura demasiado este malhumor. Si al menos pudiéramos conseguir que la señorita Fagerlund y el señor Josiassen se reconciliasen…

—¿Y supones que un ramillete bastará para eso?

Navío se encogió de hombros.

—Lo ignoro —dijo con franqueza—. Pero mientras recogía esas flores me vino la idea de que tal vez podríamos alegrar un poco a la señorita Fagerlund con un obsequio así.

Habían llegado al pensionado y se dirigían hacia el vestíbulo principal.

—Claro que lo ideal sería que las flores procedieran del señor Josiassen. ¿No te parece?

—Es posible… ¿Tienes alguna idea?

—Sí, una muy buena. Espera que lleguemos a nuestro cuarto y te la explicaré.

Cuando llegaron al Trébol de Cuatro Hojas, Inger levantó la vista del libro de geografía y Karen, sentada en su cama y dibujando, dijo:

—¡Vaya forma de entrar! ¿No podríais hacer un poco más de ruido?

—Con mucho gusto, señorita —respondió Navío—. Os traemos la mejor idea del mundo, pero si no os interesa conocerla…

—¿Qué habéis ideado? —exclamó Inger—. ¡Oh, qué lindas flores!

Navío las agitó victoriosamente:

—¡Son para la señorita Fagerlund! —declaró—; y trataremos de arreglárnoslas para hacerle creer que provienen del señor Josiassen. ¡Y ambos recuperarán su buen humor y nuestras clases volverán a ser soportables!

—No sé si es una buena idea, la verdad —comentó reflexiva Inger.

Pero las demás le cortaron la palabra.

—¡Claro que sí, Navío tiene razón! Debemos enviar las flores con urgencia. Pero ¿cómo lo haremos para que parezca que provienen del señor Josiassen?

—Bien —dijo Navío—, me parece que ya lo sé.