Hans Schmidt entró en los aposentos pontificios escoltado por Daniel y otros dos guardias suizos de paisano que en ningún momento se habían presentado. Otros dos de uniforme custodiaban las puertas que daban acceso a las dependencias del papa. Hicieron el saludo reglamentario al superior que pasó por delante de ellos, que se lo devolvió.
—¿Han capturado al homicida? —preguntó Schmidt jadeante por el paso vivo que llevaba el grupo.
—No podemos revelar pormenores de la investigación —comunicó el jefe de la seguridad pontificia.
—Comprendo.
El resto del trayecto lo hicieron en silencio, excepto por el sonido de zapatos y botas al pisar el suelo con firmeza. Schmidt llevaba algunos años sin entrar allí. La primera vez había sido en la década de los ochenta, en tiempos del llorado papa Juan Pablo, Lolek, como le había pedido que le llamase en un alemán irreprochable. La primera vez, como en todo, fue una experiencia avasalladora. Para un sacerdote conocer al sumo pontífice era algo trascendental, era prácticamente como conocer a Dios en persona. Y Lolek era Su personificación. Con el paso del tiempo y las visitas se acostumbró al suntuoso espacio, a las hornacinas con las estatuas de Pío IX, Benedicto XIV y Pío XII, más adelante León XIII en actitud papal, todos con la tiara en la cabeza, el símbolo del poder sempiterno y secular. Schmidt identificó la puerta que daba al despacho del papa a unos veinte metros, custodiada por dos centinelas con lanzas, inmóviles como dos paredes, dispuestos a dar la vida por el sumo pontífice en cualquier momento, así lo quisiera Dios en su eterna gloria.
Dos hornacinas vacías aguardaban a que la Historia las llenase con nuevos personajes del pasado o el presente, otros patronos más relacionado con las artes y menos con la política.
Los centinelas hicieron el saludo reglamentario a su superior y abrieron las puertas para dejarles entrar. Schmidt observó el despacho. Estaba distinto de como él lo recordaba. En tiempos de Lolek era una desorganización completa. Papeles por todas partes, incluso encima de las sillas. Ahora parecía arreglado y decorado para aparecer en el próximo número de una revista de decoración. El propio sol se avergonzaba de iluminarlo con sus rayos. Desde aquella ventana se dirigía Ratzinger al mundo todos los domingos, pero el sumo pontífice no estaba en el despacho, solamente Tarcisio, que miraba por una rendija entre las cortinas blancas a la plaza, por donde pululaba una multitud de turistas y fieles, difíciles de contabilizar unos y otros, totalmente ignorantes de la sangre derramada dentro de los muros del Estado sagrado.
—Eminencia —llamó Daniel, pues Tarcisio no había advertido su presencia.
El secretario se volvió y fue como si viera una aparición.
—¡Ah! Ya llegó. —Extendió ambas manos hacia Schmidt como clamando su ayuda—. Mi buen amigo.
Schmidt tocó las manos de Tarcisio con las suyas.
—Son tiempos difíciles, pero van a pasar, Tarcisio, eso es seguro.
El piamontés miró a los guardias suizos.
—Déjenos, coronel.
Daniel y sus hombres se retiraron sin darles la espalda.
—¿El papa Benedicto? —quiso saber el austriaco.
—Se encuentra en un lugar seguro. No podemos estar los dos en el mismo sitio. Protocolo de seguridad. Estamos amenazados, Hans. —Calló unos momentos—. Desde Albino Luciani, no moría nadie de esta forma en este suelo —dijo como desahogo.
—¿Quién ha sido la víctima?
El piamontés dudó antes de pronunciar el nombre del que antaño fuera un hombre de la Iglesia y en aquel momento ya era historia; era como si al decirlo se convirtiera en la verdad que él no quería afrontar.
—Ursino —acabó por decir, cerrando los ojos para contener el sufrimiento.
Schmidt lo llevó hasta el asiento papal, donde Tarcisio, airado, se sentó.
—¿Y el homicida?
El secretario hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Todavía nada.
—Anoche mismo hablamos con él —recordó Schmidt.
—¿Cómo se asimila una muerte tan trágica como esta? —Tarcisio estaba sumido en un mar de dudas.
—Como todas las demás, amigo mío —aseguró al austriaco con voz firme—. La muerte forma parte de la vida. Celebra los buenos momentos y no te lo tomes como una pérdida, sino como un privilegio. Formaste parte de la vida de Ursino, ambos os iluminasteis mutuamente el camino.
—Nunca más lo haremos —se rebeló el piamontés.
—Pero lo habéis hecho. No lamentes lo que no volverá a ser. El futuro no nos pertenece. Lo importante es que haya sido bueno lo que fue y cuando lo fue. La vida está siempre cambiando. Nada es para siempre. Ya tienes edad de sobra para saberlo.
—Es fácil decirlo —objetó el secretario.
Schmidt continuaba sereno y conciliador. No hablaba por hablar.
—Te comprendo, Tarcisio. Pero acuérdate de que el luto es un acto egoísta. Llorar por alguien que partió es una ofensa a lo que ese ser vivió y a lo que vivimos con él.
Los dos hombres abandonaron aquella singular y extraña conversación, por lo menos para Tarcisio. Estaba confuso y no pretendía explorar esa filosofía en tiempos de incertidumbre. La Iglesia siempre había optado por los métodos antiguos y así seguiría siendo.
—¿Por qué me mandaste llamar? —quiso saber por fin el Austrian Eis.
—Porque…, porque no sé en quién puedo confiar —confesó el piamontés—. Alguien ha matado a un sacerdote dentro de nuestros muros. Un sacerdote importante, como sabes. Ando a ciegas, amigo mío. Necesito luz.
—Tienes que ser frío, Tarcisio.
El secretario lo miró rendido. La situación exigía medidas urgentes. Hacía más de un siglo que la Iglesia no era atacada de una forma tan incisiva por un enemigo tan implacable y, lo peor de todo, invisible. ¿Quién estaría detrás de toda aquella conjuración diabólica? ¿Qué demonio deseaba el fin de la Iglesia? Resultaba mucho más difícil enfrentarse con lo desconocido y lo imponderable que con un enemigo identificado, por muy malo y sórdido que este fuera. Un rostro, un currículum siempre se podían estudiar para preparar una estrategia de contraataque, tomar una posición en el tablero de juego; era mejor que nada.
—Vivimos tiempos difíciles y desgobernados.
—Tenemos que asentar las ideas y analizar todo fríamente —explicó Schmidt—. Comenzar por lo que sabemos. Sabemos que han matado a cuatro de los Cinco Caballeros.
—Debíamos haber puesto a Ursino bajo vigilancia en cuanto supimos que pasaba algo con los otros —lamentó Tarcisio.
—No, no, no. Nada de lo que pienses ahora cambiará los resultados. Ursino está fuera de combate. Han asesinado a cuatro caballeros. Faltan el quinto y Ben Isaac. ¿Te parece bien ponerlos bajo vigilancia?
—El quinto siempre ha estado seguro —suspiró—. Creo yo. Ya no tengo la certeza. Ben Isaac, que cuide de sí mismo.
—OK. ¿Qué más sabemos? —preguntó el austriaco
Tarcisio se puso las manos en la cara. Aquel ejercicio era fatigoso.
—No sabemos nada más —dijo.
En aquel momento se abrieron las puertas dando paso al cardenal William.
—Sabemos que el asesino es jesuita —informó con una sonrisa.
—¿Qué? —preguntaron los hombres de dentro del despacho.
—Acaban de confirmármelo. El asesino es jesuita. Pero hay más: la Compañía debe de estar al corriente de la situación.
El sosiego de Schmidt se tornó perplejidad.
—¿La Compañía de Jesús?
—Exactamente —confirmó William.
—Pero ¿con qué fin? —quiso saber Tarcisio.
—Me parece imposible —objetó Schmidt.
—Se está investigando en este preciso momento —informó William—. Esta tarde te vas a reunir con el superior general de la Compañía de Jesús, ¿no es así?
Tarcisio sintió un escalofrío al acordarse de la reunión prevista.
—Sí.
—Vas a tener que abrazarlo. No te reúnas a puerta cerrada.
El austriaco sonrió.
—Por favor, eminencia. ¿Cree que el superior general atentaría contra el secretario de Estado del Vaticano? —Le parecía imposible. William no contestó—. ¿Estamos considerando que nuestro enemigo son los jesuitas? —preguntó.
Tarcisio y William cruzaron una mirada de complicidad por unos momentos.
—Es posible —acabó diciendo el cardenal.
Schmidt continuaba escéptico.
—¿Y ahora? —preguntó el piamontés.
—Ahora… esperemos que la mujer cumpla con su cometido —dijo William mirando abajo, a la plaza—. Y el hombre.
—La Iglesia en manos de una mujer. Irónico —observó Tarcisio.
—No sería la primera vez —recordó el cardenal.