62. Billetes de entrada

Y ahora el pequeño Gvendur ya es grande.

Era un joven prometedor, bastante parecido a su padre en cuerpo y porte, pero de talante más afable, y, sin embargo, cosa extraña, carente de grandes inclinaciones hacia la poesía o de habilidad para componerla. Ello, sin embargo, no era considerado un defecto serio, porque para entonces ya se habían escrito poesías acerca de casi todos los temas dignos de poetización, algunas de ellas razonablemente buenas. Y además, los años de su adolescencia se distinguieron menos por la poesía que por la prosperidad general que reinaba en la tierra y en el mar y por las múltiples bendiciones de una guerra mundial enviada por el cielo. Era corpulento, incluso un poco torpe; tenía cabello rubio pocas veces cortado o peinado y rostro rubicundo, con ojos que, aunque bonachones y no muy penetrantes, no carecían en modo alguno de resolución. Pero ¿qué es la resolución? Era muy fuerte. Se le conocía como único hijo del campesino de la Casa Estival, y ese título tenía no poca dignidad en esos días en que el precio de las ovejas había llegado a treinta o cuarenta coronas, y más aún; en que había una vaca en la granja, y luego otra, y su presencia no provocaba exteriorizaciones de mal humor, no significaba afilar cuchillos, sino que, aparentemente, era aceptada casi como un fenómeno natural; en que, además, el antiguo trabajador solitario se había convertido en patrono, en un empleador de desconocidos que llegaban durante el otoño y la primavera, de cerca y de lejos, y que, aunque exigían altos jornales y trabajaban solamente catorce horas diarias, eran clasificados, pese a todo, mucho más bajos en la escala social que el hijo del agricultor. Un hermoso día heredaría ese pequeño reino del valle. Desde la niñez en adelante sus intereses, ya estuviese dormido o despierto, habían girado en torno a la prosperidad de la granja. Amaba la tierra, como suele decirse, aunque generalmente sin tener conciencia de ello. Y no estaba dispuesto a luchar contra la penuria y la adversidad, sin querer vencerlas por medio de ideales, y deseoso de emprender la lucha. Nunca había pedido otra alegría que la de saber que las ovejas se criaban con buen resultado en la época regular, y la de verlas pasar el invierno con fuerzas suficientes como para salir a los pantanos en primavera. Posiblemente sea ésa la verdadera alegría. Aunque el altillo estuviese ya un poco torcido y el piso se combase pronunciadamente bajo el pie, jamás lo consideró un problema especial. Nada le parecía más natural a Bjartur que tener un hijo así. Lo que le intrigaba era por qué no tenía media docena de esa clase. Pero ¿a qué quejarse? El muchacho tenía ahora diecisiete años. En su caso, la riqueza era el resultado de seguir haciendo algo, en lugar de sentarse afuera, en el empedrado, a barbotar tonterías sin sentido, o de dejarse llevar por la fuerza de sueños tontos, o incluso por los fantasmas, como hicieron sus hermanos. Y ahora, ciertamente, ellos estaban muertos, cada uno a su modo, en tanto que él vivía y era dueño de seis ovejas.

En esa época hubo un gran movimiento, o disolución, como algunas personas preferían llamarlo, que se hizo sentir en la comunidad. Y no hay muchos que puedan soportar un movimiento semejante sin conmoverse, una disolución así sin disolverse. No; apenas unos pocos. El principal movimiento y la principal disolución se llevaban a cabo en cuestiones monetarias, y algunas personas consideran que el dinero es la única cosa que gobierna, ya sea por faltar por completo o por existir en abundancia, o por existir en cantidades regulares. Los hombres advirtieron de pronto que la cantidad de dinero que podía ser detentada por una persona en un momento dado era mucho mayor que la que previamente se había pensado. Los que hasta entonces mencionaban muy pocas veces en serio una suma superior a las dos coronas, comenzaban ahora a hablar de decenas de coronas; los hombres de diez a veinte coronas se negaban a hablar de cualquier cosa que no superase el millar, e incluso los viejos inválidos lacrimosos que durante años no ganaron ni una moneda hacían ahora negocios que sumaban cantidades parecidas a las cifras del poema astronómico Jijóla. Pórir de Gilteig consiguió comprar sus tierras, y algunas personas decían que las había pagado, pero todas la marcas cayeron por la borda cuando un filósofo consuntivo como Ólafur de Ystadalur logró firmar un contrato para adquirir las tierras que trabajaba, por una suma que, según se decía, bordeaba las veinte mil. Otros ponían sus ganancias en la caja de ahorros de Fjóróur. La Caja de Ahorros se relacionaba generalmente con el nombre del alcalde de Myri, porque éste tenía cien mil coronas depositadas en ella, aunque tal vez fuese una mentira, ya que nadie se quejaba tan amargamente como él de la eterna opresión de las deudas. Y en la caja de ahorros, el dinero rendía intereses con un porcentaje fenomenal; algunas personas decían que en cuanto sus depósitos eran asentados en los libros, se multiplicaban como ratas. Entre los que tenían dinero en ese establecimiento se contaba Bjartur de la Casa Estival. Su nombre gozaba de prestigio en la caja de ahorros, y se le concedían intereses. A despecho de todo lo ocurrido, los de Rauðsmýri le pagaban ahora con intereses. Era como si todo el mundo se hubiese vuelto patas arriba.

Y ahora, ¿quién está en el empedrado, sino el alcalde en persona, con un tiro de tres caballos, como si creyese que tenía un triple trasero, y un par de botas que seguramente le habían sido entregadas como saldo de una deuda? La guerra derrama larguezas sobre encumbrados y humildes por igual. Está quejándose de que a uno de sus caballos se le ha soltado una herradura.

—Y de paso —gruñe—, los pantanos de pastoreo han quedado hechos un asco con esa maldita carretera.

—Bueno, pero son mis pantanos, ¿sabe? —replicó Bjartur.

El alcalde:

—Me aseguran que tu suegra todavía está viva.

Bjartur:

—Sí, y a mi costo, no al de usted. Nunca ha comido todavía el pan ajeno, aunque hubo una época en que usted quiso sacarla de aquí y mantenerla a expensas de la parroquia.

—¿Qué fue del pegujal suyo?

—¿Qué pegujal?

—El de ella, el de ella misma. ¿Qué ha sido de él?

—Ah, supongo que seguirá en Sandgilsheiói, como siempre.

—Siempre has sido un cerdo intratable —dijo el alcalde—. El peor que jamás he conocido. Maldita sea si alguien puede arrancarte una palabra en un hermoso día de primavera.

—Uno recuerda mejor las cosas que aprendió de niño. Y yo recibí mi educación no demasiado lejos de alguien a quien conozco.

—He oído que quieres vender esto e irte —dijo el alcalde.

—¿Irme? ¿Adonde? Es mentira.

—¿Quizá será, entonces, que estás pensando en construirte aquí una casa decente?

—Haré lo que me plazca, tanto en materia de construcciones como en cualquier otra cosa.

—Me pareció que podía preguntártelo, por si resultaba cierto. Y aunque no lo fuese, puede que quisiese hacerte una oferta por esos viejos corrales míos de invernada.

—Ocurre que este lugar se ha estado llamando Casa Estival durante los últimos dieciocho años, amigo —repuso Bjartur—. Pero no me sorprende que se haya olvidado de ello. Hace mucho tiempo que ya no tenemos trato… Y ahora permítame que le diga esto: Es probable que Rauðsmýri sea agregada algún día a la Casa Estival, y no que la Casa Estival sea agregada a Rauðsmýri.

—Rauðsmýri es tuya cuando quieras ofrecer algo por ella —dijo el alcalde. Setenta mil coronas y puedes quedártela.

—La compraré cuando me parezca.

—Entonces podrías venderme a mí otra vez mis corrales, mientras piensas qué harás. Diez mil al contado.

Bjartur:

—Sí, y probablemente todo dinero falso.

—Quince mil —dijo el alcalde.

A ese ofrecimiento Bjartur no ofreció más respuesta que la de pasearse lentamente en torno al alcalde, mientras resumía su concepto de la ascendencia y la reputación de éste en pocas palabras vigorosas, tal como había hecho ya en otras cien oportunidades. Pero para entonces la herradura estaba otra vez en su sitio, y el alcalde se preparaba a montar.

—Dije quince mil —expresó el alcalde, cuanto estuvo sobre la silla—. No es seguro que vuelva a repetir la oferta. Pero si prefieres construir, allá tú. Y si necesitaras un préstamo de la caja de ahorros, te aseguro que no me interpondré en tu camino…

Quince mil coronas… ese avaro miserable que no podía nunca separarse de una moneda sin darle tres o cuatro vueltas en la mano, ¿había dicho quince mil coronas? ¿Estaría loco? Todos sabían que quince mil coronas en bloque debían ser dinero falso, a menos que uno mismo hubiese trabajado para guardarlas, y nadie haría tal cosa… Se lo tendría bien merecido si le perseguía y le mataba, como Egill Skallagrimsson, cuando Skálaglamm dejó olvidado su escudo en Borg, y se habían escrito sagas sobre él, y los espacios entre las líneas estaban cubiertos de oro y piedras preciosas. ¿Por qué tenía que ofrecerle dinero, si no por el pegujal, con la garantía del pegujal? ¿Por qué los de Rauðsmýri no podían dejar nunca en paz a aquel agricultor del valle? ¿Por qué le hacían siempre esos ofrecimientos asombrosos? No, estaba resuelto a retener sus tierras hasta el fin, la tierra de la que vivió con sus ovejas, la tierra en que vivió con sus ovejas. Y un hermoso día, cuando hubiese muerto, como las ovejas, su único hijo tomaría la bandera del agricultor del valle y transportaría la cultura rural sobre sus hombros, y así sucesivamente, hasta el futuro, hasta mil años por venir. Y si construía nuevos edificios —y estaba decidido a construir, todo a su debido tiempo—, no sería por instigación de los de Rauðsmýri, sino por motivos que sólo a él le concernían.

—Nunca dejes que te atraigan con dinero, Gvendur, hijo mío, si vives, como sé que llegarás a vivir, para ser el dueño de estas tierras. La tierra… en ella viven las ovejas. Y las buenas ovejas, las ovejas sanas, las ovejas de espesos vellones, las ovejas que se encuentran en buenas condiciones después del invierno, son los cimientos de la libertad y la reputación de un hombre.

Sí, en verdad era un buen hombre el que podía mantenerse inconmovible como una roca en esa época, cuando todo en su derredor, incluso el dinero y las opiniones acerca de la vida, flotaba y se arremolinaba en perpetuo cambio; cuando los más robustos muros de contención que separaban a los hombres y las cosas en el tiempo y en el espacio se derrumbaban; cuando lo imposible se tornaba posible e incluso los deseos de los que jamás se atrevieron a formular uno se cumplían continuamente. Pero si hasta las ovejas tenían pan, tal como el gobernador y otros altos funcionarios, y cubos de arenques de primera clase eran puestos ante los morros de las vacas incultas… que mascaban esos manjares con la más afable de las expresiones, echando las orejas hacia atrás y cerrando los ojos en soñador éxtasis. Los islandeses enviaban sus barcos a América, cosa que no hacían desde más de novecientos años atrás, cuando Leifur el Afortunado encontró aquellas tierras y fue allí y las volvió a perder. Sí, en verdad que todo eso era importante y de largo alcance. Y entonces, en mitad de ese aluvión de buena suerte que había roto todas las esclusas e inundado todos los canales, en un período en que los hombres se habían olvidado ya de la facultad de maravillarse ante los grandes acontecimientos o de sentirse inquietos por las grandes calamidades, llegó una carta para el señor Guðmundur Guðbjartsson, tuvo que ir a buscarla a Rauðsmýri y firmar de su propia mano el recibo, y no se atrevió a abrirla hasta que llegó nuevamente a la cima de la montaña, porque lo último que deseaba en ese mundo era dejar que los de Rauðsmýri descubriesen algún secreto suyo. Y se sentó en un hondón y el pasto nuevo apenas había comenzado a abrirse paso a través de las marchitas hierbas del invierno, porque corrían los comienzos de mayo. Y abrió la carta. Y de ella cayeron dos trozos de papel azul, con letras extranjeras en ellos y una sabia firma con toda clase de arabescos ornamentales. En un tercer papel había unas pocas palabras escritas con letra legible; firmado, Nonni; contenido, el siguiente: «Doscientos dólares, que el tío te envía para que puedas venir inmediatamente a América; la guerra ha terminado; los tiempos son buenos. Puedes ser lo que quieras». Aun el hombre más atado a la tierra que haya existido jamás no fue nunca tan apegado a la tierra que no quisiese ir a América. Se dice que, durante los últimos cien años, los hombres más apegados a la tierra de todo el mundo han emigrado a América, en grandes vapores, cruzando un vasto océano. Lo único que impide que los hombres más apegados a la tierra la abandonen, no es la tierra misma, y no son los lazos del hombre con ésta, sino la falta de dinero con que llegar a América. Así como los habitantes de los valles de Islandia, el corazón, la flor, la sangre y la columna vertebral de la nación, la saludable cultura rural en persona, habían emigrado a América durante un período de cuarenta años, tan vacíos de expresión como los israelitas en el desierto, con fuentes bajo el brazo y fragantes edredones de plumón de pájaro bobo, como si en América no hubiese fuentes ni edredones… así, se nos informa, lo hizo la flor de Polonia durante un período de cincuenta o cien años, y así sigue haciéndolo, si se le presenta la oportunidad, no sólo con sus ropas de cama, sino también con las ruedas de sus amadas carretillas para transportar estiércol, por temor de que allí sean desconocidas las ruedas. Tomemos, por ejemplo, a ese muchacho que estaba sentado allí, en la blanca hierba invernal de Islandia, Guðmundur Guðbjartsson, diecisiete años, seis ovejas, zapatos de charol y qué sé yo cuántas otras cosas. Sería difícil, en verdad, imaginar a alguien cuyo corazón estuviese tan profundamente arraigado a una parcelita de terreno de los páramos, a un valle con una montaña y un lago, a un patrimonio de ilimitada descendencia a través de las generaciones, a ilimitadas posibilidades para esas generaciones que soñaba en primavera. Nadie había morado más dichosamente en el seno de la Reina de las Montañas, como se llama a Islandia en los poemas. Dos trocitos de papel azul, decorados con arabescos ilegibles, y todo había terminado. Estaba completamente seguro de que nunca más volvería a escuchar el canto de los pájaros de Islandia, y ya comenzaba a despedirse en su interior del valle que le había creado, del valle que en realidad era él mismo; ya estaba por completo resuelto a ser alguna otra cosa, a ser lo que quería en la tierra donde el ganado de un campesino es medido en términos de vacas y nadie se digna mencionar una forma de vida animal tan miserable como las ovejas.

Cuando regresa al valle, a la Casa Estival, y el cielo sabe que la casa ha comenzado a inclinarse en el paisaje, en esos días, en un ángulo ridículo, es para informar a su padre de que se propone viajar a América… dos billetes, montones de dinero, la guerra ha terminado, podía ser lo que quisiese, ganadero de bovino a gran escala, quizás ebanista como su tío.

Su padre estaba de pie en el empedrado, pensativo, contemplando el valle donde supondremos que en los sueños primaverales del futuro ha visto crecer y florecer su descendencia familiar. Es verdad, puede que nunca haya tenido tal visión y puede que jamás haya tenido ningún ideal coherente acerca de su trabajo, o que no lo haya dotado de significado poético alguno, lo mismo que los franceses y los alemanes, que mataron a millones de hombres por ningún motivo o, como piensan algunas personas, por pura diversión. Pero no alteraba ese hecho destacado, que seguía siendo cierto, fijo e inmutable: un hermoso día le vería muerto, en el infierno, y entonces, ¿quién se haría cargo de las ovejas? ¿Es que dos trozos de papel azul falsificado era todo lo que se necesitaba para desarraigar a un robusto mocetón campesino que tenía un pasado de cien años en el campo y que, como individuo, se hallaba en perfecta armonía con la tierra y la gente? ¿No hacía falta algo más para convencerle, en los pocos minutos de caminata que había desde la montaña hasta el pegujal, para que traicionara a la tierra, a la gente y a sí mismo en el pasado, el presente y el futuro? Pero no dijo más que esto:

—Nunca hagas caso de las cartas de América; están siempre llenas de vanidad. Y lo que dicen en cuanto a la alimentación del ganado bovino es, en su mayor parte, mentira.

—Sí, pero yo podría ser ebanista —replicó el muchacho.

El padre escupió y continuó:

—He conocido a muchos ebanistas, hijo, pero todavía estoy por conocer a uno que haya progresado. Recorren toda la campiña, de parroquia en parroquia, clavando clavos para otras personas. Piedra que rueda no cría musgo.

El joven mantuvo un silencio empecinado, de modo que al cabo de un momento su padre prosiguió:

—He perdido ya a casi todos mis hijos, cada uno desapareció a su modo, y nunca pronuncié una palabra. Lo que se ha ido, ido está. Pero tú, que sabías cómo tratar a las ovejas… tendría que haberte golpeado los lomos cuanto tenías un año menos de edad.

—Cuando un individuo recibe tanto dinero como yo —repuso el joven—, ¿por qué no habría de utilizarlo para visitar un país más grande?

—¿Un país más grande? No digas tonterías. La Casa Estival es un país tan grande como cualquiera, y el que no puede progresar en Casa Estival no podrá hacerlo en ninguna otra parte. Otra cosa completamente distinta era tu hermano Jón. El había nacido con el amor a los viajes en la sangre, y tenía el corazón dirigido hacia otras cosas, no a las ovejas… Pero tú, tú conoces las ovejas como pocos, y jamás te dejaré irte. A ti tenía pensado dejarte el pegujal. Siempre has sido el más leal de mis hijos y, aunque todavía eres un jovencito, es posible que llegue el día en que hagas un buen matrimonio y puedas contarte entre los grandes terratenientes.

El joven responde despacio, deliberadamente:

—Tengo diecisiete años. Y me asiste el derecho a decidir mis propios asuntos. Y aunque siempre he querido a las ovejas, tú no sabes nada de lo que en ocasiones puedo haber pensado para mis adentros, aunque no lo haya expresado en voz alta. Muchas veces he pensado que, si alguna vez se me presenta la oportunidad, la aprovecharé, y lo mismo, estoy seguro, les sucede a todos, ya tengan mi edad o sean mayores. Uno no se atreve a pensar en nada en voz alta, ni a esperarlo, de modo que continúa haciendo algo, y algunos continúan haciendo algo hasta que se mueren. Yo casi no podía creer a mis ojos cuando abrí la carta, en la montaña, porque nunca me había atrevido a pensar nada en voz alta, o a esperar algo, aunque es posible que haya pensado y esperado inconscientemente. Quizá ésta sea la única oportunidad que se cruce jamás por toda mi vida. No soy un tonto, pero por cierto que lo sería si no aprovechara esta oportunidad de salir al mundo y ser algo en él, igual que los que se atrevieron a pensar en voz alta.

—No digas tantos disparates —repuso el padre—. ¿Qué demonios te crees que sabes en punto a cualquier condenado mundo? ¿Qué es el mundo? Este es el mundo, el mundo está aquí, en Casa Estival; mis tierras, mi casa es el mundo. Y aunque quieras comerte el sol en un acceso momentáneo de locura, porque has visto un par de billetes de banco azules de América, que son evidentemente tan falsos como cualquier otra suma importante de dinero que cae en manos de un individuo, a menos que haya trabajado para ganarla, más tarde o más temprano descubrirás que la Casa Estival es el mundo, y entonces tendrás motivos para recordar lo que te he dicho.

Interrumpieron su conversación con sentimientos poco cálidos.