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Imágenes del mundo: instinto y vocación de crearlas, tan antiguos que quizás precedieron a la invención del lenguaje hablado, el cual, según especuló Rousseau, podría haber sido también posterior a la música. El dibujo es una tentativa de escritura visual e instantánea: la escritura, una forma decadente del dibujo, porque al fin y al cabo nació de él, y las letras del alfabeto todavía contienen rastros de ese origen, son formas estilizadas de cabezas de animales o de ojos. El niño Miguel se pasa la vida dibujando en las hojas de sus cuadernos escolares, y lo hace con una consumada rapidez y una destreza muy superior a la que tiene escribiendo. Aunque acaba de cumplir ocho años ha visto un dibujo suyo publicado en el New York Times. Miguel tiene una imaginación barroca y dibuja monstruos extraterrestres, robots gigantes de los dibujos animados, esqueletos humanos de una extraordinaria precisión anatómica. Se inclina sobre su cuaderno, la cabeza ladeada, la cara muy cerca del papel, y la mano que sostiene el lápiz se mueve velozmente y sin incertidumbres mientras el antebrazo rodea el cuaderno como para protegerlo de la curiosidad de los extraños. Miguel tiene una cara franca y redonda, española, con sus ojos grandes y su flequillo sobre la frente, pero habla en inglés con más soltura que en español, porque nació en Nueva York y ha vivido siempre aquí, salvo en los veranos en que va de vacaciones con sus padres a España. Es uno de esos niños retraídos y apacibles que llevan consigo un mundo que los demás no ven, y puede pasarse horas solo, dibujando o jugando con sus muñecos, poniéndoles voces, haciéndolos combatir con grandes ruidos guturales de explosiones y espadas galácticas que chocan entre sí. Es probable que en clase se distraiga y deje de oír muchas veces lo que está explicando la profesora, y que sin darse mucha cuenta haga dibujos de calaveras o de monstruos en los márgenes de sus ejercicios escolares, o que se quede mirando por la ventana, absorto en la lejanía, en los aviones que vuelan muy alto a todas horas en el cielo de Manhattan. Así estaba una mañana, todavía de las primeras del curso, cuando aún no se había acostumbrado a los madrugones y a la rutina de las clases: estaba sentado junto a la ventana, la cara redonda muy cerca del cristal, y vio algo que ahora se repite muchas noches en sus sueños y le hace despertarse gritando, empapado en sudor. Su escuela está en la parte baja de la isla, y por las ventanas se veían muy cerca las Torres Gemelas. Miguel oyó el rugido creciente y cercano de los motores de un avión y un momento después vio el avión que chocaba contra la torre sur, en el azul puro de la mañana de septiembre. Vio, hipnotizado, el fuego y el humo, la llegada del segundo avión, tan cerca, tan detalladamente, como en una pantalla enorme de cine. Pero se acuerda sobre todo de las figuras humanas que veía, asomadas a las ventanas de las torres, agitando pañuelos, mirando hacia abajo, cayendo como peleles o maniquíes, como muñecos descoyuntados, los brazos y las piernas moviéndose en el aire, las caras tan próximas que veía sus bocas abiertas, aunque los gritos que sin duda brotaban de ellas no eran audibles para nadie. Evacuaron la escuela unos minutos después, ordenadamente, a pesar del pánico y del humo que ennegrecía el aire y sofocaba la respiración. En el patio, aturdido, siempre más bien solo entre los otros niños, Miguel miraba hacia arriba y veía el humo negro y la ceniza, los papeles quemados que volaban. En los días siguientes, como no había escuela, Miguel se quedó en casa y empezó a llenar de dibujos las hojas anchas de sus cuadernos: con lápiz, con rotulador, con bolígrafo, con lápices de colores, Miguel dibujaba más inclinado que nunca, más rápido, las yemas de los dedos manchadas de tinta y de colores y el brazo alrededor del cuaderno. Pero ahora había dejado de dibujar esqueletos, monstruos y naves estelares. Dibujaba las dos torres, con una trama infantil de ventanas diminutas, las dos siluetas perfiladas contra un azul rayado y fuerte, el sol como un disco amarillo rodeado de rayos rectilíneos, los aviones que se acercan, con la raya azul y la doble A roja del logotipo de American Airlines, el fuego muy rojo saliendo por las ventanas de la zona intermedia de los edificios en lenguas coronadas de humo: y en cada una de las ventanas de los pisos más altos, las pequeñas figuras, como monigotes muy pequeños y muy detallados, como hormigas, las figuras asomándose y cayendo con bocas abiertas y brazos y piernas muy extendidos, algunas en parejas tomadas de la mano, una mujer con la falda y los tacones bien dibujados, un hombre con chaqueta y corbata. Los dibujos de Miguel y los de sus compañeros llenaban un gran panel en el vestíbulo de la escuela: en todos ellos se repetían visiones apocalípticas con trazos infantiles, las torres ardiendo, los aviones, el sol redondo y amarillo en el cielo, las nubes negras sobrevoladas por pájaros y helicópteros, las figuras humanas asomadas a las ventanas, cayendo verticalmente, hormigas o monigotes, peleles ardiendo como un insecto quemado por la incandescencia de una lámpara. Pero ningún dibujo era tan preciso, tan expresivo como el de Miguel: sólo el suyo, con su firma laboriosa en un ángulo, lo ha publicado el New York Times, reproduciendo sus trazos afanosos y rápidos, sus colores exactos.

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