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El padre Pierino Fava se encontraba en la puerta lateral de siempre, a las siete de la tarde, según lo convenido. Era la entrada que daba a los jardines del Palazzo Reale, la que vigilaba Lucio Patrisso. Amistades valiosas. No es que él fuera más indulgente con Patrisso que con los demás feligreses, o que lo tuviera en especial estima, pero el hombre consideraba un honor ser el destinatario de un saludo personal a la salida de la iglesia, después de misa.

Por este precio moderado, el padre Pierino se permitía el placer más grande de su vida: la ópera lírica. Su corazón sencillo alzaba el vuelo y acompañaba a las voces, mientras sus labios seguían en silencio los textos que se sabía de memoria. Cuando era niño, en Santa Maria Capua Vetere, cerca de Caserta, se sentaba en el suelo del jardín de una casona donde un gramófono difundía magia en el aire. Podía pasarse así horas, sin importarle el frío, el calor o la lluvia, conteniendo la respiración, los ojos anegados en lágrimas.

Pequeño y regordete, los ojos negros muy vivaces y la sonrisa espontánea y contagiosa, era tan inteligente y desenvuelto que preocupaba mucho a sus padres, jornaleros con ocho hijos más. ¿Qué harían con aquel muchacho listo y holgazán que encontraba siempre la excusa perfecta para no trabajar? La respuesta vino de un párroco arisco, que lo llamaba cada vez con más frecuencia para confiarle pequeñas tareas con tal de tener cerca a aquel alegre trasgo. Y así, el pequeño Piero pasó a ser «Pierino, el de la iglesia»; le gustaban la sombra fresca, el penetrante olor del incienso, los rayos de sol que se filtraban por los vitrales de las ventanas.

Pero por encima de todo adoraba el sonido cavernoso y atronador del inmenso órgano, al que había comenzado a considerar la voz de Dios. Y se sintió llamado cuando comprendió que no querría vivir en ningún otro lugar. Siguieron años de estudio en los que Pierino mantuvo intacto su amor al prójimo, a Dios y a la música; y entre estas tres pasiones repartía su tiempo, ayudando a los pobres, tomando ejemplo y provecho de la vida de los santos, cultivando la música sacra.

Al cumplir los cuarenta llevaba diez como vicepárroco de San Ferdinando, un barrio no muy grande, pero muy poblado. Comprendía calles elegantes y la majestuosa Gallería, pero también los tugurios de los Quartieri y el laberinto de callejuelas por encima de la via Toledo; en el centro de aquel territorio se levantaba otro templo, que lanzaba una llamada pagana al alma sencilla del padre Pierino: el Real Teatro de San Carlo. Nunca lo admitiría, pero era precisamente el teatro el motivo por el que siempre había respondido humildemente a la Curia que no se sentía a la altura de ser párroco en otro lugar. Consideraba un don personal de Dios el hecho de poder asistir a la magnificencia del arte vivo de la ópera, sentir su latido cristalino, ver las pasiones humanas representadas con tanta fuerza y belleza. Cuánto Dios había en las lágrimas y la risa que vislumbraba en las caras de los espectadores del patio de butacas, de los palcos, del gallinero; y cuánto amor humano y cuánta gracia divina había en la música que llevaba de la mano a las almas hasta donde las mentes no sabían llegar.

Por ello, el padre Pierino estaba más que contento de seguir siendo el vicepárroco del viejo padre Tommaso, que no ponía límites a su inmensa energía. Muy querido por los granujillas, que se mofaban de él por su aspecto achaparrado y lo apodaban ’o munaciello, el duende travieso de la leyenda; pero también era conocido por denunciar las frecuentes epidemias provocadas por las indignas condiciones higiénicas de los Quartieri. Se le podía perdonar esa única debilidad y regalarle tres horas de alegría un par de veces al mes. Para eso estaba el bueno de Lucio Patrisso, que por lo que al padre Pierino respectaba, era el hombre más importante del patio de butacas parroquial. El cura le daba algunas clases de matemáticas al hijo mayor del portero del teatro y éste dejaba que el sacerdote se colara por la entrada de los jardines la noche del estreno; su lugar era una estrecha crujía detrás de los bastidores, desde donde asistía a la representación sin ser visto. Una perspectiva extraordinaria, a la que el cura no habría renunciado por nada del mundo. Y precisamente allí estaba también el 25 de marzo de 1931, cuando asesinaron a Arnaldo Vezzi.

A Ricciardi no le gustaba la ópera. No le agradaban los lugares atestados, aquellas marañas de almas, de sensaciones, de emociones. Aquélla manera de influirse recíprocamente, que hacía que la multitud se convirtiera en algo por completo distinto de las personas que la componían. Conocía por experiencia la bestia en la que podía transformarse la multitud.

Además, no le gustaba la representación teatral de los sentimientos. Los conocía bien, sabía mejor que nadie que sobrevivían a quien los experimentaba, engullendo y arrasando con su oleada cuanto encontraban a su paso. Sabía bien que nunca tenían un solo sabor, que la pasión jamás adoptaba el aspecto más evidente. Por eso despreciaba esos trajes de colores, esas voces moduladas, esas palabras arcaicas y doctas en boca de unos miserables que, en la vida real, se morían de hambre; no, la ópera no le gustaba. Y nunca había ido al teatro; pero conocía su aspecto exterior en las veladas importantes, el clima de alegre expectación que se notaba con sólo pasar delante.

Tras salir de la Galleria, al frente de un pequeño grupo compuesto por Maione y tres guardias, Ricciardi se encontró en lo alto del breve tramo de escaleras de mármol que daba a la calle y vio el panorama de siempre: la mole imponente del Palazzo Reale, el pórtico elegante desde el que se accedía al teatro; a la derecha, las luces de la piazza Trieste e Trento, los cafés llenos de vida y alegría. Un sonido difuso de música y carcajadas. A la izquierda, más allá del Castillo angevino y los árboles de la piazza del Municipio, el fragor del mar en el puerto.

El Real Teatro de San Carlo se alzó ante sus ojos, elegante e iluminado gracias al maquillaje de las noches de gala. Los grupos escultóricos en lo alto, la columnata de la terraza, los cinco arcos que daban a las entradas. La casa de las pasiones fingidas, pensó Ricciardi, se ofrece al público desde su misma fachada.

El olor acre a avellanas garrapiñadas, a alcachofas asadas, a algodón de azúcar que provenía de los carritos exaltaba el ambiente festivo que, sin embargo, no se correspondía con la incertidumbre que flotaba en el aire. La luz de las farolas, temblorosa bajo las ráfagas de viento, iluminaba caras inexpresivas, ojos curiosos, cabellos sujetados con dificultad por manos enguantadas.

Ni siquiera los mendigos, que pululaban por los alrededores como era habitual, parecían a gusto. Ricciardi vio a una mujer harapienta, con una criatura de pecho entre los brazos y tres pequeños aferrados a sus faldas, que miraba a su alrededor como si esperase a que la llamaran para entrar en escena; un poco más allá, un jorobado y un ciego buscaban cobijo en las sombras del pórtico, más por sustraerse a la vista de los guardias que para resguardarse del frío. Personas que sabían de sobra que, en medio de la confusión, podía aparecer alguien que la tomaría con ellas, acusándolas de algo que no habían hecho.

Las sombras que regalaban los muros externos del San Carlo ofrecían protección. Sin embargo, por una vez, los bajorrelieves de la fachada, los porteros de librea, los carruajes discretamente detenidos en la placita adyacente no constituían el preludio de una fiesta de música y cultura, en la cual las hermosas damas podían lucir sus sombreritos nuevos, sus vestidos vaporosos y sus acompañantes con sombreros de copa, zapatos de charol y bigotes de guías. Por una vez, el espacio delante del teatro se había convertido en un escenario, y la diferencia con su aspecto habitual era llamativa.

En medio de un silencio sobrenatural, cientos de personas se aglomeraban ante la entrada principal; sin prestar atención al viento cortante que silbaba bajo el estrecho pórtico, hombres vestidos con exquisita elegancia y mujeres ataviadas con largos trajes de seda se arrebujaban en sus abrigos, sujetando con manos enguantadas los sombreros para que no salieran volando. Los niños harapientos y descalzos, atormentados por los sabañones, se alzaban de puntillas, tratando de ver algo. Ni un rumor de voces, ni un comentario, sólo el lamento del viento. Ni siquiera los caballos, al frente de los carruajes que esperaban en la calle, bufaban o piafaban. De los carritos de los vendedores ambulantes de castañas asadas y golosinas no llegaba reclamo alguno. Las luces de las farolas de gas que adornaban la fachada del teatro alumbraban aquí y allá a la multitud, desvelando ojos desorbitados y ávidos de detalles, cuellos de piel y bufandas al viento.

La llegada de los agentes tuvo el efecto de la piedra lanzada en un espejo de agua. La multitud se abrió a su paso y se elevó el coro de las voces de quienes preguntaban qué había ocurrido, cuál era el inconveniente, por qué la policía llegaba con retraso, como de costumbre. Un par de muchachitos rompieron a aplaudir tímidamente. En el amplio y lujoso vestíbulo del teatro, bien caldeado e iluminado como si fuera pleno día, Ricciardi se vio rodeado de periodistas, empleados del centro y espectadores, todos parloteando a la vez. Por otra parte, tanto él como Maione sabían muy bien, por su dilatada experiencia, que conseguiría con dificultad la información realmente útil, luchando con reticencias de todo tipo; por tanto, era inútil, cuando no perjudicial, escuchar aquella cacofonía de palabras en la agitación del momento.

Ricciardi identificó, entre otros, a un hombrecito vestido de frac que daba saltitos, como impulsado por un resorte, y sudaba copiosamente; los empleados de uniforme lo miraban, nerviosos, y el comisario imaginó que se trataba del responsable del teatro.

—Señor delegado…, quiero decir, comisario…, qué tragedia —balbuceaba de forma inconexa—. Que ocurra algo así…, aquí, en el San Carlo…, he de decir que nunca, jamás…, desde que el mundo es mundo…

—Cálmese, por favor. Ya estamos aquí. Dígame, ¿con quién tengo el gusto…?

—Pero, pero…, soy el duque Francesco Maria Spinelli, superintendente del Real Teatro de San Carlo, ¿es que no me ha reconocido?

—No, la verdad. Haga el favor de decirme dónde podemos ir para alejarnos de este alboroto —le contestó Ricciardi con frialdad, mientras los tres guardias y Maione se las veían y se las deseaban para contener a la multitud de curiosos que se agolpaba por todas partes. El superintendente recibió aquella respuesta como una bofetada y su expresión pasó de la agitación a la ofensa. Dos camareros de librea, que se miraron a los ojos conteniendo la risa, fueron fulminados con una mirada. Con gracia altiva, el hombrecito dio media vuelta y comenzó a subir la escalinata de mármol atestada de gente, que se apartaba a su paso, como el mar Rojo ante un Moisés enano.