Ferro condujo a Ricciardi y Maione al interior del edificio. El amplio zaguán estaba limpio, bien iluminado y caldeado, se notaba que tenía pretensiones, como muchos del barrio que crecía al pie de la colina.
—¿Cuánta gente vive aquí? —le preguntó Ricciardi al hombre.
—Hay tres familias, comisario. Los Garofalo, los…, en fin, a donde lo estoy llevando ahora, los Marra, una pareja sin hijos que a esta hora no están porque trabajan y en el último piso viven el contable Finelli, que es viudo, con cinco hijos. Cuando él está en el banco trabajando los niños se van con la abuela, que vive por aquí cerca.
Maione resoplaba mientras acarreaba sus ciento veinte kilos escaleras arriba.
—De modo que a esta hora en el edificio no hay nadie más que los Garofalo, ¿es así? ¿Y ellos no tienen hijos?
—Una niña, sargento, se llama Benedetta y está en el colegio con su tía, que es monja. Viene a recogerla por la mañana. Por suerte, porque, si no, a ella también…
Se detuvo en el último peldaño, antes del rellano de la segunda planta, sin doblar la esquina, con los ojos fijos en el ventanal que daba al patio.
—Disculpen, pero no lo soporto. No soporto ver otra vez toda esa sangre.
Ricciardi y Maione lo adelantaron. En la penumbra se distinguían dos puertas, una cerrada, la otra entreabierta y a través de esta última se filtraba una luz blanca. Se entreveía un fragmento de pared, un revestimiento floreado, la mitad de un espejo de cuerpo entero, una repisa con un florero, una fotografía enmarcada. Se acercaron y, a continuación, siguiendo una práctica consolidada, Maione se detuvo y se volvió hacia las escaleras. La primera aproximación a la escena del crimen era privilegio exclusivo del comisario.
Ricciardi avanzó abriendo un poco más la puerta que daba al recibidor del apartamento. La luz provenía del interior, el frío sol de la tarde de diciembre se colaba por las ventanas de las demás habitaciones. De entrada, el comisario no vio nada, luego se dio cuenta de que lo que en un principio había tomado por flores decorativas del empapelado en realidad eran salpicaduras de sangre. Se asomó fijándose dónde pisaba; en el suelo había una gran mancha oscura en el centro de la cual descansaba la cabeza de una mujer cuyo cuerpo estaba tendido detrás de la puerta.
El comisario comprendió de inmediato que toda la sangre que veía, que había aterrorizado al vigilante y empapaba la alfombra y el papel pintado, había brotado a chorros de la garganta de la mujer, degollada de un tajo hecho con una cuchilla muy afilada. Observó la expresión de la cara, los ojos entrecerrados, la boca abierta. En la mancha de sangre vio la huella de la punta de una bota; había entrado alguien y se había detenido, probablemente el gaitero o el propio portero.
Avanzó tratando de no pisar la mancha de sangre y entrecerró la puerta a sus espaldas. Miró a su alrededor; desde el recibidor, amplio y decorado con elegancia, se veía un salón con dos sillones y una mesita. Observó otra vez el cadáver y siguió la dirección de su mirada apagada.
En la esquina opuesta, a dos metros del cadáver, de pie en la última luz del día, la misma mujer le sonreía, con los ojos gachos como si lo estuviera recibiendo en su casa con el placer de la anfitriona perfecta. Murmuraba: «¿Sombrero y guantes?». La mano ligeramente tendida hacia adelante para coger las prendas del visitante e introducirlo de manera adecuada, con gracia y placer. «¿Sombrero y guantes?».
Un poco más abajo de la sonrisa, por la herida abierta en la garganta, desgarrada de oreja a oreja, la sangre manaba en pequeñas olas negras que, incesantes, caían sobre el vestido floreado, manchándole el pecho. «¿Sombrero y guantes?», repetía. Ricciardi suspiró.
En el suelo, lejos del cadáver, descubrió unas gotas negras que no tenían la dirección de los chorros que habían llegado a la pared. Alguien se había alejado, probablemente sin que le preocupara el hecho de que el arma utilizada para degollar a la mujer continuara goteando sangre. Siguió el rastro, recorriendo el salón hasta la alcoba.
El espectáculo que apareció ante sus ojos era impresionante. La cama estaba impregnada de sangre en una cantidad espantosa; las sábanas se habían vuelto negras, el líquido se había escurrido sobre la antecama, el cabecero de madera clara también estaba manchado. Al pie de la cama se veían dos largas marcas; el asesino había limpiado la cuchilla antes de abandonar la escena.
En el centro de la cama, sobre una gran mancha de su propia sangre, yacía el cadáver de un hombre. Tenía una calvicie incipiente y un bigote largo entrecano. Rondaría los cuarenta años. La boca abierta pugnaba por encontrar el último aliento, los puños apretados descansaban a los lados del cuerpo. Por la cantidad de sangre y la ausencia de heridas a la vista, Ricciardi comprendió que lo habían tapado mientras seguía agonizando y que había sangrado durante mucho tiempo.
Sentado muy cerca del cadáver, el comisario entrevió la imagen del hombre sobre la cama; sangraba por numerosas heridas. Le vino a la cabeza un cuadro de san Sebastián que decoraba una sala del instituto donde había estudiado; recordaba que siempre, durante los aburridos sermones que estaba obligado a escuchar, contaba las flechas que atravesaban el cuerpo del mártir, veintitrés exactas. A ojo de buen cubero, el hombre tirado en la cama le había ganado al mártir cristiano.
Repetía: «Yo no debo nada, nada de nada». Con decisión, el entrecejo fruncido, los dientes apretados, la mirada furiosa, decía: «Yo no debo nada, nada de nada».
Ricciardi le sostuvo la mirada al muerto, luego dio la espalda a toda esa sangre, regresó al recibidor y dejó entrar a Maione.
Como siempre, para no arriesgarse a mover inadvertidamente algún elemento importante, aplazaron la inspección ocular más detenida hasta que llegara el médico forense. Tras dejar a un nervioso Cesarano montando guardia en la puerta del apartamento, el comisario y el sargento bajaron a interrogar al portero y a los gaiteros. Intentaron que subieran, pero no hubo manera; no estaban dispuestos a presenciar otra vez aquella escena.
Ferro tenía dificultades para fumar de tanto que le temblaban las manos.
—Tenía usted razón —le dijo Ricciardi—. El hombre también está muerto. ¿Cómo se llamaban las víctimas?
—Se llamaban Garofalo, comisario. El capitán Emanuele Garofalo, y el nombre de pila de la señora era Costanza. No sé su apellido de soltera.
—Ha dicho usted capitán. ¿Era militar?
—Sí…, no, no exactamente. Trabajaba en el puerto, en una de esas milicias nuevas del fascio. No era bien bien un capitán, me lo explicó cien veces, pero yo nunca lo entendí; yo qué sé, centurión me parece que me dijo. Al final tiró la toalla y me dijo: Beniami’, hagamos una cosa, llámame capitán, que es el grado correspondiente del ejército y no se hable más.
—En efecto —comentó Maione—, a nuestro amigo no le falta razón, comisario. Todos los trimestres crean una milicia nueva, y no hay quien se aclare. De todos modos, si trabajaba en el puerto, debe de tratarse de la autoridad portuaria, la que tiene competencia sobre el tráfico de mercancías y la pesca.
—Eso mismo, sargento, también sobre la pesca —terció Ferro—, tanto es así que muchas veces venían por aquí los pescadores a hacerle regalos, pero él los rechazaba siempre. Decía que querían bailarle el agua con una cesta de pescado, pero que él no se dejaba sobornar de ninguna de las maneras. Era un hombre de una pieza, una persona honrada. Y ya ve usted cómo ha terminado.
Ricciardi retomó el tema principal.
—¿Usted no se ha movido de aquí en toda la mañana?
—No, comisario. Quiero decir, me acerqué un momento a la taberna de enfrente, pero media hora, no más, y todo el rato vigilando el portón. Que ahí hace frío y sopla el viento, lo oye, ¿no? La verdad, cualquiera tiene derecho a calentarse un poco.
Maione se estremeció al recordar el aliento fétido a vino barato del hombre.
—O sea que una media hora, ¿eh? Y sin perder de vista el portón. ¿Y en ese tiempo no vio entrar a nadie?
—A nadie, sargento. El último en salir fue el contable Finelli, después regresó el capitán, que por la tarde vuelve a salir, y no hubo más movimientos. Yo estoy al pie del cañón, ¿sabe? No puede entrar ni una mosca sin que yo la vea.
—Aparte de los dos gaiteros —prosiguió Maione negando con la cabeza— con sus instrumentos, a los que no ha mencionado. Invisibles como dos moscones, diría yo. ¿Cuándo entraron no los vio usted?
—No, sargento, no los vi —admitió Ferro tras abrir y cerrar la boca dos veces—. Se me escaparon. Debieron de pasar justo cuando sacaba el dinero del bolsillo y aparté la vista.
Maione y Ricciardi se miraron; no era necesario olerle el aliento a alcohol, se notaba que al bueno de Ferro le gustaba beber, hiciera o no frío, con solo verle la nariz roja y los ojos inyectados en sangre. Cualquiera que conociese las costumbres del vigilante, quizá habría esperado el momento propicio para colarse.
—Muy bien. Hablemos ahora con los dos gaiteros. A ver qué nos cuentan.