El Cairo
—Oh, mi pobre Antón. Mi pobre y querido Antón. ¿Por qué no nos han dejado morir juntos? Tal como deseábamos. ¿Por qué me están torturando así?
La mano de Inga Gratz reptó sobre la sábana y aferró la muñeca de Jalifa, una presión fría, pegajosa, de una firmeza sorprendente. El detective se encogió, asqueado por el contacto, como si una enorme araña venenosa hubiera enroscado las patas en su brazo. Sin embargo, no hizo ademán de apartar la mano de la anciana. Presentía que toda la investigación dependía de este encuentro, y si al dejar que la mujer le tocara la animaba a ser más sincera, a decirle lo que necesitaba saber, estaba dispuesto a soportarlo, aunque le provocara débiles náuseas.
Pasaban de las once de la noche. Durante cinco horas había paseado de un lado a otro del pasillo, ante la habitación de Inga Gratz, fumando sin parar, recordando una y otra vez la escena que había presenciado en el bloque de apartamentos, mientras esperaba a que la mujer recobrara la conciencia. Cuando por fin lo hizo, los doctores se habían mostrado reacios a dejarle entrar en la habitación; dijeron que la paciente estaba demasiado débil, que Jalifa debería aguardar a la mañana siguiente. Con una brusquedad poco habitual, él insistió en que le dejaran entrar, amenazó con elevar el asunto al máximo nivel, y al final cedieron y le permitieron una entrevista de quince minutos, siempre que una enfermera estuviera presente.
—Sabandijas —estaba murmurando la mujer, mientras sus dedos se cerraban y abrían sobre la muñeca de Jalifa. Su voz sonaba apagada, tal vez como resultado de los fármacos que le habían administrado—. Usted tiene que comprenderlo. Sabandijas. Todos ellos. Chupasangres. Estábamos haciendo un favor al mundo. Deberían darnos las gracias.
Miró a Jalifa, con el rostro de una palidez mortal a la suave luz de la lámpara de mesa, con dos tubos de plástico que descendían desde su nariz, como gusanos que surgieran de la madriguera de su cráneo. Luego desvió la vista y empezó a llorar. Había otro tubo intravenoso clavado en su brazo, y con la mano libre intentó arrancarlo, lo cual provocó que la enfermera, parada cerca de la puerta, avanzara para apartarle la mano y depositarla con cuidado bajo las sábanas. Siguió un largo silencio, roto sólo por el sonido de la respiración irregular de la anciana y, al otro lado de la ventana, el rítmico tut-tut de un aspersor en los jardines del hospital.
—Dieter —dijo por fin la anciana, sin mirar a Jalifa, con voz apenas audible, un susurro.
—¿Cómo dice?
—El verdadero nombre de Piet. Dieter. Dieter Hoth.
El detective tardó un momento en establecer la relación. Cuando lo hizo, agachó la cabeza y suspiró, al tiempo que una leve sonrisa se insinuaba en las comisuras de su boca, aunque no había humor en la expresión, sólo una especie de autorreproche cansado. ¡Por el amor de Dios! Hoth, eso era lo que la señora Schlegel había susurrado a Yamal trece años atrás, cuando estaba agonizando en el templo de Karnak. Hoth, no Tot. Todo este tiempo había estado persiguiendo un nombre erróneo. ¿En cuántas cosas más se habría equivocado?, se preguntó; ¿cuántos callejones sin salida habría recorrido?
—¿Era un… nazi? —inquirió.
La mujer asintió sin fuerzas.
—Todos lo éramos. Estábamos orgullosos de serlo. De servir a nuestra patria, a nuestro Führer. Nadie lo entiende ahora, pero era un buen hombre. Un gran hombre. Habría convertido el mundo en un lugar mejor.
Volvió la cabeza hacia él, con aquella mirada indefensa e implorante todavía en sus ojos, aunque Jalifa vio ahora algo más en el fondo, algo en que no se había fijado antes: crueldad, insensibilidad, como si aquel cuerpo debilitado no fuera más que el envoltorio de un ser diferente, mucho más malvado. Apretó los dientes, más asqueado que nunca por la presa pegajosa sobre su muñeca.
—¿Y Hannah Schlegel? —preguntó—. ¿Él la mató? Piet Jansen, Dieter Hoth.
La mujer volvió a asentir, apenas una inclinación de la cabeza.
—Ella sabía quién era Piet. Vino a por él. Sabandijas. Nunca se cansan de buscar.
Apretó los labios y alzó la vista hacia el techo, mientras su cuerpo se estremecía débilmente como si estuviera recibiendo diminutas descargas eléctricas. Siguió otra pausa prolongada, y en el silencio reinante el tictac del reloj de pared resonó de una manera anormal. Después, lentamente, sin fuerzas, la mujer empezó a narrar, paso a paso, fragmento a fragmento, la historia de su vida (su verdadero nombre era Elsa Fauch, esposa de Wolfgang Fauch, ambos antiguos celadores del campo de concentración de Ravensbruck) y la de su amigo Dieter Hoth: quién era, de dónde procedía, su trabajo con las SS. Jalifa dejó que hablara a su ritmo, a su manera, y de vez en cuando intercalaba una pregunta o un comentario cuando daba la impresión de que la mujer perdía el hilo de la narración, pero por lo demás escuchaba en silencio, mientras todos los elementos del caso, todas las cosas que le habían desorientado durante las dos últimas semanas, se resolvían en su mente en un todo claro y coherente.
—Todos huimos juntos —musitó la mujer, con la vista clavada en el techo, los ojos entornados—. Al final de la guerra. Abril de 1945. Wolfgang, Dieter, otro hombre llamado Julius Schechtmann y yo. Julius fue a Sudamérica, nosotros a Egipto. Dieter tenía contactos, gente que podía ayudarnos.
En la mente de Jalifa, otra pieza del rompecabezas encajó en su lugar.
—Faruk al-Hakim —dijo.
Ella asintió.
—Dieter conocía a su familia. Entonces era joven, un empleado. Pero inteligente, ambicioso. Nos llevamos dinero, oro en lingotes, todo lo que pudimos reunir. Pagamos a Faruk y él nos ayudó a desaparecer. Más tarde, llegaron otros. Faruk también les echó una mano. Le pagábamos una cuota anual y él se encargaba de que no se hicieran preguntas. Era un buen negocio para él.
La entrevista con el jefe Mahfuz destelló en la mente de Jalifa. «Hablé a al-Hakim de Jansen, pero dijo que era intocable. Implicarle en la investigación sólo serviría para empeorar las cosas. Cabrearía todavía más a los judíos». No me extraña, pensó Jalifa. Al investigar a Jansen habría salido a la luz toda la trama nazi. Habría parecido que Egipto era un paraíso para asesinos y criminales de guerra. Además, habría privado a al-Hakim de una lucrativa actividad. Era mucho mejor dejar a Jansen en paz y culpar a otro del asesinato de la señora Schlegel. Aunque fuera inocente.
—Vivíamos bien —estaba explicando la mujer—. Fundamos un negocio, hicimos nuevos amigos. En una época, formábamos un buen grupito. Todos han muerto. Wolfgang, Dieter y yo éramos los últimos. Sólo quedo yo.
Suspiró y movió su cuerpo frágil bajo las sábanas, sin soltar el brazo de Jalifa.
—Teníamos que estar en guardia, por supuesto. Sobre todo después de lo que le pasó a Julius. Le colgaron, las malas bestias. En general, nos dedicábamos a nuestras cosas sin más preocupaciones. Pensábamos que pasaríamos el resto de nuestra vida en paz y tranquilidad.
—Hasta que llegó Hannah Schlegel —dijo Jalifa en voz baja.
La anciana hizo una mueca al oír el nombre y sus delgados y pálidos labios dejaron al descubierto los dientes, de modo que el detective tuvo la impresión de no estar mirando a un ser humano, sino a un animal feroz, un perro o un lobo.
—Sabe Dios cómo encontró a Dieter —murmuró ella—. Había sido muy precavido, había hecho todo lo posible para borrar sus huellas. Antes de irnos de Berlín hizo creer que había fallecido, dejó algunos efectos personales en un cadáver, para que pareciera que había muerto durante un bombardeo ruso. Pero así son los judíos, ¿verdad? Vampiros. Siempre a la caza, siempre sedientos de sangre. Siempre, siempre, siempre.
Empezaba a ponerse nerviosa, se removía en la cama, su respiración era cada vez más entrecortada. La enfermera puso una mano en su frente cenicienta con la intención de calmarla. Jalifa aprovechó la oportunidad para liberar su brazo, incapaz de seguir soportando el tacto de su piel, como si el contacto le infectara, inyectara veneno en su corriente sanguínea. Echó la silla hacia atrás, lejos del alcance de la anciana, cruzó las piernas y esperó a que se serenara.
—Nunca nos contó toda la historia —continuó la paciente, una vez que la enfermera la hubo calmado lo suficiente—. Algo acerca de Francia, una excavación… nunca quedó muy claro. Sólo dijo que la había enviado a los campos en 1943, y cuarenta y cinco años después aparece inopinadamente en un hotel de Luxor y pide entrevistarse con él. —Meneó la cabeza—. Al principio, pensó que quería chantajearle. La típica codicia judía. Pero luego, cuando se encontraron, la perra estúpida se puso a pedir a gritos justicia y venganza, dijo que tenía un cuchillo, que iba a matarlo. Dieter tenía casi setenta años entonces, pero aún era fuerte, estaba en forma. Le dio una buena paliza y después la liquidó con su bastón. O al menos pensó que la había liquidado. Después nos enteramos por Faruk de que aún estaba viva cuando la dejó. —Soltó un gruñido—. Son como cucarachas. Es difícil matarlos.
Jalifa meneó la cabeza, incapaz de creer lo que estaba oyendo, que alguien pudiera decir semejantes cosas con tal frialdad, con tal indiferencia, y mucho menos una anciana. No puedo entenderlo, pensó. Todo en este caso, todas sus ramificaciones… es como si estuviera en otro mundo, extraviado en una habitación completamente a oscuras donde todos mis instintos y sentidos, todo cuanto conozco y valoro, no contaran para nada. No lo entiendo. No entiendo nada.
—¿Fue Jansen quien les pidió que quemaran el piso de Hannah Schlegel? —acertó a preguntar.
La anciana asintió.
—Nos llamó para explicarnos lo sucedido, nos advirtió de que la mujer tal vez había dejado notas, información acerca de cómo le había localizado. Le había quitado el billetero, donde encontró su dirección. Wolfgang se puso en contacto con unos socios de la empresa en Jerusalén. Se ocuparon de todo.
Cerró los ojos, y sus feos dedos arrugados toquetearon el borde del cubrecama.
—Pobre Dieter. No volvió a ser el mismo después de eso. A todos nosotros nos afectó, pero él se llevó la peor parte. Estaba aterrorizado. Paranoico. Convencido de que iban a aparecer más, de que le llevarían a Israel y le juzgarían. Dejó de vernos, puso cerraduras en todas las ventanas, dormía con una pistola al lado de la cama. Cuando Faruk murió el año pasado, aún se asustó más, porque sin él ya nadie podía protegernos. Le provocó cáncer. Lo creo a pies juntillas. La preocupación, el estar mirando siempre por encima del hombro. Podría haberla matado en Karnak, pero la perra judía se la jugó al final. Nos la jugó a todos. Como siempre. Gentuza. Sabandijas.
Estaba agotando las pocas fuerzas que le quedaban, y la enfermera, que aún estaba de pie al lado de la cama, tosió y dio unos golpecitos sobre su reloj, para indicar que había llegado el momento de terminar el interrogatorio. Jalifa asintió, se levantó y se encaminó hacia la puerta, pero dio media vuelta antes de llegar.
—Una última cosa —dijo—. Antes de morir, parece que el señor Jansen intentó ponerse en contacto con el terrorista palestino al-Mulatham. Dijo que se encontraba en posesión de un arma que podría utilizar contra los judíos. ¿Sabe algo de eso?
Para su sorpresa, la anciana emitió una risita desagradable, como barro burbujeante.
—El enigma de Dieter —dijo, con un poco más de energía en su voz—. Antón y yo lo llamábamos así. Siempre hablaba de eso, sobre todo después de tomar un par de copas. Había encontrado algo que contribuiría a destruir a los judíos. «Aún puedo perjudicarlos, Inga», decía. «Aún puedo hacer daño a esos hijos de puta».
Rio de nuevo, bajó las manos y se hundió en la almohada como si fuera un montón de nieve, mientras abría y cerraba los ojos.
—¿Le dijo qué era esa cosa? —preguntó Jalifa.
—No —contestó ella—, nunca.
—¿Dónde?
La mujer se encogió de hombros.
—Creo que en una ocasión habló de una caja fuerte, pero otra vez dijo que había dejado los detalles a un viejo amigo, de modo que quién sabe. Dieter podía ser muy reservado.
Suspiró y clavó la vista en el techo.
—Una nueva generación, en eso confiaba. Alguien a quien poder pasar el testigo, que ayudara a Alemania a ser fuerte de nuevo. Pero los años pasaban y no aparecía nadie, y después descubrió que tenía cáncer, de modo que decidió entregarlo a los palestinos. «Hay que darlo a quien lo necesita», dijo. Enviamos una carta en su nombre.
—¿Una carta? —Jalifa entornó los ojos.
—A una mujer palestina. De Jerusalén. Dieter pensaba que ella podría ayudarle. Al-Madani, así se llamaba. Laila al-Madani. No tengo ni idea de si ella le contestó. Eso espero. Hemos de seguir luchando. Demostrar a los judíos que no se van a salir con la suya. Sabandijas, eso es lo que son. Una plaga. Estábamos haciendo un favor al mundo. Usted ha de comprenderlo. Al fin y al cabo, somos sus amigos. Siempre hemos sido sus amigos.
Sus ojos se cerraban poco a poco, y su voz era cada vez más débil y lejana. Jalifa la miró, mientras intentaba, sin conseguirlo, sentir algo de compasión por ella, y luego se encaminó hacia la puerta. Cuando llegó, la mujer logró alzarse en la cama y le llamó.
—No corro peligro, ¿verdad? ¿No se lo dirá a los israelíes? ¿Me cuidará? Ellos también son sus enemigos, al fin y al cabo.
Jalifa se detuvo una fracción de segundo y, sin contestar, salió al pasillo y cerró la puerta.