Jerusalén
El Centro de Salud Mental Kfar Shaul, un grupo de edificios amarillos y blancos carentes de la menor distinción, a la sombra de los árboles y rodeado por una valla de escasa altura, se halla situado en una cuesta empinada en el límite noroeste de Jerusalén, en el punto en que las afueras de la ciudad empiezan a disgregarse y fragmentarse, y se confunden con las pendientes cubiertas de pinos de Judean Hills. Ben Roi llegó a última hora de la tarde, aparcó ante la puerta principal, se acercó a la cabina de seguridad e informó al guardia de que tenía cita para ver a un paciente. Llamaron a otra parte del recinto, y tres minutos más tarde llegó una mujer regordeta de mediana edad con bata de médico, la cual se presentó como doctora Gilda Nissim y le acompañó hasta el hospital.
Ir allí era, si no exactamente un acto desesperado, sí la última línea de investigación viable que le quedaba a Ben Roi. Pese a que había trabajado toda la noche anterior y todo el día, no había conseguido establecer un vínculo entre Piet Jansen y Hannah Schlegel. Sí, había desenterrado algunos datos más sobre el pasado de la señora Schlegel: las fechas exactas de su internamiento en Auschwitz, el hecho de que su hermano y ella habían sido trasladados al campo desde Recebedou, un centro de tránsito en el sur de Francia. La información era demasiado fragmentaria para construir una imagen clara de la vida de la víctima, y mucho menos para explicar por qué Piet Jansen, o cualquier otra persona, había deseado matarla.
Sólo había vislumbrado un tenue destello de luz durante una visita al Memorial del Holocausto de Yad Vashem, donde la señora Schlegel había trabajado de archivera a tiempo parcial. Según uno de sus antiguos colegas, su trabajo consistía sobre todo en archivar, catalogar, colaborar en peticiones de investigación sencillas, tareas administrativas generales, nada fuera de lo corriente. Al mismo tiempo (y eso fue lo que dio a Ben Roi motivos para pensar), también había llevado a cabo una especie de investigación particular, aunque el excompañero ignoraba de qué naturaleza. No obstante, pensaba que estaba relacionada con Dachau, pues en varias ocasiones había visto a Schlegel examinar documentación y testimonios de supervivientes de aquel campo de concentración en particular. La señora Weinberg, la antigua vecina de Schlegel, también había afirmado haberla visto con expedientes sobre Dachau, y Mayi, el chico que había quemado su casa, había explicado que el piso estaba lleno de papeles y documentos, «como una especie de archivo». El detective estaba convencido de que todos estos datos poseían importancia, y de que en cierta manera la «investigación particular» de la señora Schlegel estaba relacionada con su asesinato y con Piet Jansen. Sin embargo, había sido incapaz de descubrir dicha relación y al final se había visto obligado a admitir que, si bien era importante para la investigación, también se le antojaba sin futuro.
Por lo tanto, sólo quedaba Isaac Schlegel, el hermano de la fallecida. Y, a juzgar por todo lo que había llegado a sus oídos, estaba como un cencerro.
—Me han dicho que el señor Schlegel está muy jodido —dijo mientras la doctora Nissim y él atravesaban los terrenos del hospital siguiendo una senda asfaltada que ascendía entre edificios de piedra diseminados, separados por terrazas de flores, pinos y cipreses.
La mujer le dirigió una mirada de desaprobación.
—Está muy trastornado, si es eso a lo que se refiere —replicó—. Sufría un síndrome de estrés postraumático agudo, como resultado de sus experiencias durante la guerra, y cuando su hermana murió… Bien, eso acabó de trastornarle. Estaban muy unidos. No debería esperar gran cosa de él. Por aquí.
Se desviaron a la izquierda y, tras rodear un cercado en el que dos hombres obesos en pijama jugaban al ping-pong, llegaron a un bloque moderno de una sola planta, construido en piedra blanca, con un letrero en el exterior que anunciaba el Centro Psicogeriátrico del Ala Norte. Atravesaron la entrada acristalada y recorrieron un pasillo desierto, de iluminación acogedora, que olía a productos de limpieza y verduras hervidas. Sólo se oían el zumbido del aire acondicionado y, procedente de una habitación que se hallaba más adelante, la voz apagada de un hombre que decía algo acerca de Saúl, Sedecías y el Juicio Final. Ben Roi miró a la doctora.
—¿No será…?
—¿El señor Schlegel? —La mujer emitió un gruñido desabrido—. No se preocupe. Isaac tiene muchos problemas, pero imaginar que es un profeta del Antiguo Testamento no se cuenta entre ellos. Además, hace quince años que apenas pronuncia una palabra.
Se detuvieron ante una puerta cercana al final del pasillo. Nissim llamó con suavidad y la abrió a continuación. Asomó la cabeza.
—Hola, Isaac —dijo en tono tranquilizador—. Te he traído a un visitante. No has de tener miedo. Sólo va a hacerte algunas preguntas. ¿Te parece bien?
Si hubo respuesta, Ben Roi no la oyó.
—Le concedo veinte minutos —dijo la mujer, al tiempo que volvía a salir al pasillo—. Vendré a buscarle cuando sea la hora. Y recuerde que esto no es una comisaría de policía. Pórtese bien con él, ¿de acuerdo?
Sostuvo la mirada del detective un momento y después, con un leve movimiento de la cabeza, volvió sobre sus pasos. Ben Roi vaciló, sin saber qué esperar, incómodo. Siempre había detestado este tipo de lugares, su esterilidad gélida, desprovista de carácter, el ambiente soporífero, como si hasta el aire estuviera drogado. Cruzó la puerta y la cerró a su espalda.
Se encontraba en una habitación luminosa, muy espartana, con una cama, una mesa y docenas y docenas de dibujos a lápiz pegados con celo a las paredes, desde el suelo hasta el techo, como papel pintado mal encolado, muy sencillos, como los que adornan cualquier guardería. Schlegel estaba sentado en una butaca delante de la ventana, un hombre demacrado, de aspecto frágil, vestido con un pijama verde claro y zapatillas. Tenía la mirada clavada en el jardín y un libro, de portada arrugada y manoseada, entre sus manos huesudas.
—¿Señor Schlegel?
El anciano no contestó. Ben Roi esperó un momento, y a continuación cogió un taburete de madera, cruzó la habitación y se sentó frente al paciente.
—Señor Schlegel —repitió, procurando que su voz no transmitiera la menor amenaza—. Me llamo Arieh Ben Roi. Trabajo para la policía de Jerusalén. Quería hacerle algunas preguntas. Sobre su hermana Hannah.
El hombre parecía no haber reparado en su presencia, porque continuaba mirando por la ventana, con los ojos hundidos e inexpresivos.
—Sé que es difícil para usted —prosiguió el detective—, pero necesito su ayuda. Intento capturar al hombre que asesinó a su hermana. ¿Me ayudará, señor Schlegel? ¿Tendrá la bondad de contestar a mis preguntas?
Nada. Ni una señal de que le hubiera oído, ni una reacción, ni una respuesta, sólo la mirada perdida y catatónica, vidriosa e inexpresiva, como un pez que mirara desde el mostrador de una pescadería.
—Por favor, señor Schlegel.
Nada.
—¿Me oye, señor Schlegel?
Silencio.
—¿Señor Schlegel?
Silencio…
—Joder.
Ben Roi levantó las manos e hizo crujir los nudillos detrás de la nuca, desconcertado. Si hubiera estado interrogando a un sospechoso, habría insistido, acosado, amenazado, exigido información, pero, como había dicho la doctora, esto no era una comisaría de policía y no podía emplear métodos de comisaría.
Transcurrieron varios minutos, durante los cuales ambos permanecieron sentados en silencio, como jugadores de ajedrez. Al rato, tras aceptar que la conversación era imposible, Ben Roi se levantó y deambuló por la habitación mirando los dibujos pegados en las paredes. Debía de haber cerca de un centenar, y al principio no prestó excesiva atención a lo que plasmaban; se limitó a echarles un vistazo, sin el menor interés, pues los consideraba simples productos de una mente trastornada. Sin embargo, poco a poco advirtió que, por infantiles que fueran (dibujos torpes y sencillos que cualquier niño de cinco años habría podido pergeñar), tal vez no eran tan inconexos como al principio había pensado. Al contrario, daba la impresión de que, tomados en conjunto, formaban una especie de narración sinuosa, como un mural.
Bajó la vista hacia un dibujo que había al lado de la puerta. Representaba un barco con una chimenea, líneas azules ondulantes que eran olas y, de pie en la proa, dos figuras como palos cogidas de la mano. Los dos dibujos siguientes plasmaban casi la misma escena, pero luego venía otro en que las dos figuras, todavía cogidas de la mano, parecían suspendidas en el aire delante de la proa, como si saltaran al mar. Recordó que la señora Weinberg le había hablado de que la señora Schlegel y su hermano se habían visto obligados a nadar hasta la costa, después de que el barco en el que viajaban a Palestina hubiera sido rechazado por los ingleses en Haifa, y de repente comprendió que esa era la escena que plasmaba.
—Es su vida —susurró para sí.
Giró en redondo.
—Es su vida, ¿verdad? Es la historia de su vida.
Se volvió de nuevo y siguió la narración, primero hacia adelante, después hacia el pasado, observando un dibujo tras otro hasta reconstruir toda la historia.
Muchas imágenes correspondían a cosas que ya había descubierto sobre la vida de Hannah Schlegel. Sobre la cama, por ejemplo, entre los últimos dibujos de la colección, había tres que representaban a una figura pequeña a la que golpeaba en la cabeza otra figura mucho mayor, sobre un fondo amarillo que recordaba un desierto, tal vez una referencia a su asesinato en Egipto. Del mismo modo, todo un bloque de dibujos diseminados alrededor de la puerta, más de veinte, todos en negro o gris, ofrecían escenas nada ambiguas de los horrores de Auschwitz: una chimenea humeante, rollos de alambre de púas, seis cuerpos colgados de un patíbulo y, horripilante por su sencillez, dos figuras atadas a camas, con zigzags sanguinolentos de lápiz rojo en sus ingles y tajos negros que surgían de sus bocas, en lo que Ben Roi interpretó como un aullido de agonía.
Otros dibujos eran menos fáciles de interpretar. La primera imagen de la narración, por ejemplo, era la de una casa rosada grande con un sol brillante que se alzaba detrás de ella y cuatro caras que miraban por diferentes ventanas, todas sonrientes. ¿Era un recuerdo de la infancia de Schlegel?, se preguntó. ¿La hermana y el hermano en su hogar, con sus padres, antes de que su mundo se derrumbara? ¿O poseía un significado totalmente diferente?
De manera similar, intercaladas a intervalos regulares en la colección, como un motivo recurrente, el estribillo de una canción o una poesía, había una serie de imágenes de menorahs de siete brazos, pintadas con lápiz amarillo intenso. ¿Una alusión a la fe y herencia del artista, quizá? ¿O una forma que al anciano le resultaba tranquilizadora? No estaba claro.
Un grupo de dibujos en concreto llamó la atención de Ben Roi, sobre todo porque parecían marcar una especie de transición entre el optimismo infantil de los primeros dibujos, efectuados con colores alegres y brillantes, y los tonos más oscuros y melancólicos del resto de la colección. Eran cuatro en total, y todos plasmaban lo mismo: el arco de una puerta o cancela, muy alto y estrecho, en cuyos lados redondeados se enroscaban tentáculos de hiedra verde. La primera del grupo presentaba a dos figuras, probablemente Hannah y su hermano, en el centro del arco, cogidos de la mano y sonrientes. La siguiente representaba casi la misma escena, pero esta vez las figuras estaban escondidas tras una especie de arbustos y miraban a otro grupo de figuras cavar con azadones delante del arco. La secuencia se rompía debido a la primera de las menorahs, que luego se repetían tanto en la colección, para reanudarse con una imagen de los hermanos Schlegel huyendo del arco, perseguidos por las figuras provistas de azadones. El último dibujo de la secuencia retrataba a una especie de gigante malvado, de feroces ojos rojos, que atenazaba a las dos figuras más pequeñas, una en cada mano. Sus sonrisas habían sido sustituidas por parábolas negras que simbolizaban terror y angustia.
Cuanto más miraba Ben Roi los dibujos, más le gritaba su instinto (el dolor de estómago) que eran los más trascendentales de toda la colección, el momento en que todo empezó a torcerse para Isaac y Hannah Schlegel, y por tanto, aunque no sabía por qué, la clave de la posterior vida y muerte de Hannah Schlegel. Los contempló durante largo rato, estudiando cada matiz y trazo, y después volvió a su taburete y se sentó.
—Señor Schlegel —dijo—, ¿qué puede decirme sobre los dibujos que hay al lado de la mesa? Los del arco.
Preguntó por preguntar no porque esperara respuesta. Para su sorpresa, sin embargo, Schlegel apartó poco a poco la vista de la ventana, la posó primero en él, luego en el libro que descansaba sobre su regazo y por último en Ben Roi de nuevo. El detective acercó el taburete unos centímetros, hasta que sus rodillas casi tocaron las del anciano.
—Son importantes, ¿verdad? —insistió, procurando hablar con voz calma y lenta, como alguien que se acercara de puntillas a un pájaro herido e hiciera lo posible por no asustarlo—. Explican por qué asesinaron a su hermana.
Era una mera suposición, un disparo al azar, pero dio en la diana, pues el anciano parpadeó y, como a cámara lenta, una única lágrima cristalina se formó en su ojo izquierdo, osciló como un equilibrista sobre la cuerda floja en el párpado inferior, y cayó por fin sobre la mejilla.
—¿Qué ocurrió en ese arco? —preguntó Ben Roi—. ¿Quiénes son los de los azadones?
Schlegel volvió a bajar la vista hacia el libro, luego la alzó, con las pupilas húmedas y grises, una mirada distante y vaga en los ojos, como si no estuviera mirando algo de la habitación, sino un lugar lejano en el tiempo y en el espacio.
—Por favor, Isaac. ¿Qué ocurrió en ese arco? ¿Quién es el gigante de los ojos rojos?
El anciano no contestó. Continuó con la vista clavada en la lejanía, canturreando para sí, mientras acariciaba el libro con una mano. Ben Roi intentó retener su atención, retenerle en el presente, pero fue inútil. Después de aquella breve chispa de conciencia, el anciano se había replegado de nuevo en su mundo, como un guijarro que se hundiera en las profundidades de un lago oscuro. El detective siguió haciendo preguntas durante un rato, y luego, al comprender que perdía el tiempo, que el momento había pasado, suspiró y consultó su reloj. Los veinte minutos casi se habían agotado. Como para corroborarlo, oyó unos pasos que se acercaban por el pasillo.
—Mierda —masculló.
Tamborileó con los dedos sobre sus rodillas, derrotado, y al introducir la mano en el bolsillo para coger la petaca sacó sin querer una hoja de papel arrugada, una fotocopia de la foto de Piet Jansen que Jalifa le había enviado por fax la tarde anterior. La había traído con la esperanza de que Schlegel pudiera decirle algo al respecto, pero ahora aceptó que era una intención vana. La arrojó a la papelera que había junto a la silla del anciano, desenroscó la petaca y bebió un largo trago. Estaba tan concentrado en engullir la mayor cantidad de líquido posible antes de que llegara la doctora Nissim, que no se fijó en que Schlegel se inclinaba despacio para recuperar el papel y contemplaba la foto en blanco y negro. Sólo cuando hubo vaciado el contenido de la petaca y volvía a enroscar el tapón, reparó en lo que hacía el anciano.
—¿Le suena? —gruñó, mientras guardaba la petaca en el bolsillo, hablando más para sí que para Schlegel—. Aunque supongo que ya nada le suena, ¿verdad?
Si captó el sarcasmo, el anciano no lo demostró. Lo que sí hizo, de repente, fue tender la foto hacia Ben Roi, abrir la boca y emitir el chillido más feroz, terrorífico y ensordecedor que el detective había oído en su vida.
Tal vez no había obtenido todas las respuestas que deseaba, pero al menos una cosa estaba clara: Isaac Schlegel sabía muy bien quién era Piet Jansen. Y sentía pavor de él.