CAPÍTULO 3

Una tarjeta de visita

Y ya habían pasado diez días desde aquello, y la conversación con Dexter y Leiter no había añadido mucho a lo que ya sabía, reflexionó Bond cuando despertó lentamente en el lujoso dormitorio del hotel St. Regis a la mañana siguiente de su llegada a Nueva York.

Dexter disponía de datos abundantes sobre el señor Big, pero ninguno de ellos arrojaba una luz nueva sobre el caso. El señor Big tenía cuarenta y cinco años, había nacido en Haití, y era medio negro y medio francés. Debido a las iniciales de su fantástico nombre, Buonaparte Ignace Gallia, y a causa de su estatura y corpulencia enormes, la gente acabó llamándolo, ya en la juventud, «Big Boy», o simplemente «Big». Más tarde el mote se convirtió en «The Big Man» o «señor Big[12]», y sus nombres y apellido reales sólo permanecieron en el registro parroquial de Haití y en el expediente del FBI. No tenía ningún vicio conocido excepto las mujeres, de las que echaba mano en abundancia. No bebía ni fumaba, y su único talón de Aquiles parecía ser una cardiopatía crónica que, en los últimos años, le había conferido aquel tono grisáceo que se apreciaba en su piel.

De niño, Big Boy fue iniciado en el vudú; luego se ganó la vida como camionero en Puerto Príncipe, y, más tarde, emigró a Estados Unidos, donde prosperó trabajando con un grupo de salteadores de camiones que transportaban alcohol ilegal para la banda de Legs Diamond. Con el fin de la ley seca, se trasladó a Harlem y compró participaciones en un pequeño club nocturno, y una buena serie de prostitutas de lujo negras. Encontraron a su socio dentro de un tambor de cemento en el río Harlem en 1938, y el señor Big pasó a ser automáticamente el único propietario del negocio. En 1943 fue llamado a filas, y a causa de su excelente dominio de la lengua francesa, atrajo la atención de la oficina de Servicios Estratégicos, el servicio secreto estadounidense durante la guerra, que lo entrenó de modo minucioso y lo trasladó a Marsella como agente contra los colaboracionistas de Pétain. Se integró con facilidad en el grupo de estibadores negros del puerto y realizó una buena labor, proporcionando a su departamento una información naval valiosa y precisa. Trabajaba en estrecha colaboración con un espía soviético que realizaba un trabajo similar para los rusos. Cuando la guerra finalizó quedó desmovilizado en Francia, fue condecorado por los estadounidenses y los franceses, y luego desapareció durante cinco años, que probablemente pasó en Moscú. En 1950 regresó a Harlem y muy pronto llamó la atención del FBI como sospechoso de ser agente soviético. Pero jamás se incriminó ni cayó en ninguna de las trampas preparadas por los federales. Compró tres clubes nocturnos y una próspera cadena de burdeles en Harlem. Parecía contar con fondos ilimitados, y a todos sus ayudantes les pagaba, sin excepción, un sueldo de veinte mil dólares al año. Consecuencia de ello, y como resultado de las depuraciones mediante asesinato, era servido con pericia y rapidez. Se sabía que había fundado un templo vudú clandestino en Harlem, estableciendo lazos entre este y el culto original de Haití. Comenzó a correr el rumor de que era el zombi o el cadáver viviente del mismísimo barón Samedi, el temido príncipe de las tinieblas, y él alimentaba la historia de modo que a esas alturas era una idea aceptada por todos en las capas más bajas del mundo negro. Como resultado, inspiraba un miedo auténtico que era sustentado con fuerza por la inmediata, y a menudo misteriosa, muerte de cualquiera que lo enfureciera o desobedeciera sus órdenes.

Bond había interrogado a Dexter y Leiter con gran minuciosidad acerca de las pruebas que relacionaban al gigantesco negro con SMERSH. Sin duda parecían concluyentes.

En 1951, mediante la promesa de un millón de dólares en oro y de un refugio seguro después de trabajar seis meses para ellos, el FBI había por fin persuadido a un conocido agente soviético del MVD[13] para que se convirtiera en agente doble. Todo marchó bien durante un mes, y los resultados superaron las máximas expectativas. El espía ruso ocupaba el cargo de especialista económico de la delegación soviética en Naciones Unidas.

Un sábado fue a coger el metro para trasladarse al campo de descanso de fin de semana que los soviéticos tenían en Glen Cove, la antigua propiedad de Morgan en Long Island. Cuando se encontraba en el andén, un negro enorme, identificado positivamente mediante fotografías como Big Man (hombre grande), se detuvo junto a él cuando el tren entraba en la estación, y luego lo vieron caminando hacia la salida incluso antes de que el primer coche se hubiese detenido sobre los ensangrentados restos del ruso. Nadie vio como empujaba al agente doble, pero a cubierto de la multitud no le habría resultado difícil hacerlo. Los testigos declaraban que no podía tratarse de un suicidio. El hombre había proferido un grito horrible al caer y llevaba —¡toque melancólico!— una bolsa de palos de golf colgada del hombro. Big Man, por supuesto, tenía una coartada tan sólida como Fort Knox. Lo habían detenido e interrogado, pero el mejor abogado de Harlem logró su pronta libertad.

Las pruebas eran válidas para Bond. Se trataba del hombre perfecto para SMERSH, con el entrenamiento ideal. Un arma auténtica y dura para el terror y la muerte. ¡Y qué montaje tan brillante para aprovechar a los peces pequeños del submundo negro y mantener en condiciones satisfactorias una red de información integrada por negros! ¡El miedo al vudú y a lo sobrenatural, aún profunda y primitivamente arraigado en el subconsciente negro! ¡Y qué genialidad la de empezar por tener bajo vigilancia a la totalidad del sistema de transportes de Estados Unidos: trenes, mozos de equipaje, camioneros, estibadores! Disponer de toda una hueste de hombres que no tendría ni idea de que las preguntas que respondían habían sido formuladas por la Unión Soviética. Profesionales de escasa importancia que, si se les ocurría pensar en el asunto, conjeturarían que la información referente a fletes de mercancías y horarios estaba siendo vendida a empresas de transporte rivales.

Como en otras ocasiones, Bond sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral ante la fría eficiencia brillante de la maquinaria soviética, y ante el miedo a la muerte y a la tortura que la hacía funcionar, y de la cual SMERSH era el motor supremo: SMERSH, el mismísimo susurro de la muerte.

En su dormitorio del St. Regis, Bond apartó de sí esos pensamientos y saltó con impaciencia fuera de la cama. Bueno, había uno de ellos a mano, listo para machacarlo. En el Royale sólo había captado un atisbo del agente de SMERSH. Esta vez lo enfrentaría cara a cara. ¿El Big Man? Pues entonces que fuera un gigante y un homicidio homérico[14].

Avanzó hasta la ventana y descorrió las cortinas. La habitación daba al norte, hacia Harlem. Bond dirigió la mirada durante un momento hacia el horizonte septentrional, donde otro hombre estaría durmiendo en su habitación, o tal vez despierto y pensando, casi seguro, en él. En el agente británico, al que había visto con Dexter en la escalera de entrada del hotel. Bond contempló el hermoso día y sonrió. Y a ningún hombre, ni siquiera al señor Big, le habría gustado la expresión que afloró a su rostro.

Se encogió de hombros y avanzó con rapidez hacia el teléfono.

—Hotel St. Regis, buenos días —le respondió una voz alegre y vigorosa.

—Con el servicio de habitaciones, por favor —pidió él—. ¿Servicio de habitaciones? —preguntó cuando volvieron a responderle desde otra extensión—. Deseo pedir el desayuno. Zumo de naranja, tres huevos revueltos poco hechos, con tocino, y dos cafés expresos con crema de leche. Tostadas y mermelada de naranja. ¿Lo ha anotado todo?

Le repitieron lo solicitado. A continuación se dirigió al pequeño vestíbulo y recogió un montón de periódicos de medio kilo de peso que habían depositado silenciosamente al lado interior de la puerta a primera hora de la mañana. También había una pila de paquetes sobre la mesa de la entrada, a los que Bond no hizo el más mínimo caso.

Durante la tarde anterior había tenido que someterse a un cierto grado de transformación en manos del FBI, para parecerse más a un estadounidense. Acudió un sastre para tomarle las medidas con el fin de confeccionarle dos trajes sin cruzar de estambre fino azul oscuro (Bond se había negado con firmeza a llevar cualquier cosa más llamativa), y un camisero le llevó gélidas camisas de nilón blancas con largos cuellos puntiagudos. Tuvo que aceptar media docena de corbatas de seda y algodón con estampados extravagantes, calcetines oscuros con un dibujo decorativo a la altura del tobillo, dos o tres pañuelos para el bolsillo superior de la americana, camisetas y calzoncillos de nilón (que allí llamaban camisas de manga corta y pantalones cortos), un cómodo abrigo ligero de pelo de camello con hombreras demasiado grandes, un sombrero de fieltro flexible gris liso con ala vuelta, cuya copa estaba rodeada por una cinta negra, y dos pares de mocasines negros cosidos a mano muy cómodos e «informales».

También le proporcionaron un alfiler de corbata «muy elegante» en forma de látigo, una billetera de piel de caimán de Mark Cross, un sencillo encendedor Zippo, un «neceser de viaje» que contenía maquinilla de afeitar, cepillo para el pelo y cepillo de dientes, unas gafas de montura de cuerno con cristales sin graduar, varios accesorios más y, finalmente, una maleta ligera modelo Skymate, de la marca Hartman, para guardarlo todo.

Le permitieron conservar la Beretta calibre veinticinco con culata de esqueleto y funda sobaquera de gamuza, pero todas sus demás pertenencias serían recogidas a mediodía y enviadas a Jamaica, donde permanecerían hasta su vuelta a la isla.

Le hicieron un nuevo corte de pelo estilo militar y le dijeron que era natural de Boston, Nueva Inglaterra, que trabajaba en la sucursal de Londres de la Guaranty Trust Company y que estaba de vacaciones. Le recordaron que en los restaurantes pidiera la «nota» en lugar de la «cuenta», que dijera «cab» en lugar de «taxi» y —esta advertencia hecha por Leiter— que evitara las palabras de más de dos sílabas.

«Puedes mantener cualquier conversación con un estadounidense —le aconsejó Leiter— con las palabras “ya”, “no” y “claro”».

La expresión británica que debía evitar a toda costa, añadió Leiter, era «de hecho». Él respondió que no formaba parte de su vocabulario.

Bond lanzó una mirada ceñuda a los paquetes que contenían su nueva identidad, se quitó el pijama por última vez («en Estados Unidos solemos dormir en cueros, señor Bond») y se dio una ducha helada. Mientras se afeitaba, estudió su rostro en el espejo. Le habían recortado bastante el mechón de negro que le caía sobre la ceja derecha, y el resto era ahora muy corto en las sienes. Nada pudieron hacer para disimular la fina cicatriz vertical que le bajaba por la mejilla derecha —aunque el FBI había experimentado con maquillaje Covermark—, ni la frialdad y el leve asomo de ira de sus ojos azul grisáceo, pero en su negro cabello y sus altos pómulos se veía la mezcla de sangres del continente americano, y Bond pensó que podría pasar inadvertido… excepto, quizá, con las mujeres.

Desnudo, Bond salió al pequeño vestíbulo y rasgó el envoltorio de algunos de los paquetes. Más tarde, ataviado con camisa blanca y pantalones azul oscuro, se encaminó hacia la sala de estar, acercó una silla al escritorio situado cerca de la ventana y abrió el libro titulado The Travellers Tree, de Patrick Leigh Fermor.

Esa extraordinaria obra le había sido recomendada por M.

«Su autor es un hombre que sabe de qué habla —le aseguró—, y no olvide que en él relata lo que sucedía en Haití en 1950. No trata de cuestiones de magia negra medieval. Son ritos que se practican cada día».

Bond ya había leído la mitad del capítulo dedicado a Haití.

«El paso siguiente —siguió leyendo— es la invocación de los miembros del mal del panteón vudú —Don Pedro, Kitta, Mondongue, Bakalou y Zandor— con propósitos dañinos, como la famosa práctica de origen congoleño de transformar a las personas en zombis para utilizarlas como esclavas, la realización de maleficios y la destrucción de enemigos. Los efectos del conjuro, del cual la forma exterior puede ser una imagen de la víctima contra la que va dirigido, un ataúd en miniatura o un sapo, son a menudo reforzados por el uso independiente de un veneno. El padre Cosme abordó extensamente la superstición que sostiene que hay hombres con ciertos poderes que les permiten transformarse en serpiente; los hombres lobo hechiceros que por la noche vuelan en forma de vampiros y beben la sangre de los niños; de hombres que merman hasta un tamaño infinitesimal y ruedan por los campos dentro de calabazas. Lo que parecía mucho más siniestro era una serie de sociedades místico-criminales secretas integradas por brujos con nombres de pesadilla, como les Mackanda, llamados así por la campaña de envenenamientos del héroe haitiano; les Zobop, que también eran ladrones; los Mazanxa, Caporelata y Vlinbindingue. Estos eran los misteriosos grupos cuyos dioses exigían (en lugar del sacrificio de un gallo, una paloma, una cabra, un perro o un cerdo, como sucede en los ritos vudú normales) el sacrificio de un cabrit sans comes. Este cabrito sin cuernos, por supuesto, significaba un ser humano…».

Bond iba pasando las páginas, y algunos pasajes se combinaban para formar en su mente una extraordinaria imagen de religión oscura y ritos terribles.

«Lentamente, de entre la confusión, el humo y el atronador sonido de los tambores que, durante un rato, vaciaban la mente de todo lo que no fuera su propio impacto, los detalles comenzaron a diferenciarse…

»… Los danzarines se movían adelante y atrás arrastrando los pies, muy lentamente, y con cada paso del baile sus mentones salían disparados hacia delante y sus nalgas se proyectaban hacia arriba, mientras sacudían los hombros con gran rapidez.

»Tenían los ojos entrecerrados y de sus bocas salían una y otra vez las mismas palabras incomprensibles, el mismo verso corto de canción salmodiada, entonada una octava más abajo tras cada repetición. Al producirse un cambio en el tamborileo, irguieron el cuerpo, lanzaron los brazos a lo alto, mientras ponían los ojos en blanco, y giraban sobre sí una y otra vez…

»… Al llegar a la periferia de la multitud encontramos una cabaña pequeña, apenas más grande que una caseta de perro: Le caye Zombi. El haz de una linterna nos permitió ver que dentro había una cruz negra, harapos, cadenas, grilletes y látigos: pertrechos usados en las ceremonias Ghédé que los etnólogos haitianos relacionan con los ritos de rejuvenecimiento de Osiris que se narran en el Libro de los muertos. Ardía una hoguera en la que había colocados dos sables y un enorme par de tenazas, cuya parte inferior estaba al rojo vivo: le Feu Marinette, dedicado a una diosa que encarnaba el anverso malvado de la dulce y amorosa Maitresse Erzulie Fréda Dohomin, la diosa del amor. Más allá, con la base firmemente sujeta en una cavidad de piedra, se alzaba una gran cruz negra de madera. Cerca de la base habían pintado una calavera blanca, y las mangas de un chaqué muy viejo estaban enhebradas en los brazos de la cruz. Allí descansaba también el ala de un deslucido sombrero hongo, a través de cuya copa rasgada sobresalía la parte superior de la cruz. Este tótem, con el que deben contar todos los peristilos de sus templos, no es una caricatura del principal acontecimiento de la fe cristiana, sino que representa al dios de los cementerios y jefe de la legión de los muertos, el barón Samedi. El barón es la autoridad suprema en todos los asuntos que guarden una relación inmediata con la tumba. Es Cerbero y Caronte, así como Eaco, Radamanto y Plutón…

»… Los tambores cambiaron su ritmo y el Houngenikon llegó danzando al círculo con una vasija en las manos en la que ardía algún líquido inflamable del que salían llamas azules y amarillas. Mientras describía círculos alrededor de la columna y derramaba tres libaciones de fuego, sus pasos comenzaron a vacilar. A continuación, saltó hacia atrás, con los mismos síntomas de delirio que se habían manifestado ya en su predecesor, y arrojó al suelo todo el líquido en llamas. Los houncis lo sujetaron mientras se tambaleaba, le quitaron las sandalias y le enrollaron los bajos del pantalón, mientras el pañuelo que le cubría la cabeza caía al suelo, dejando desnuda su joven cabeza cubierta de cabello crespo. Los demás houncis se arrodillaron para posar las manos sobre el fango ardiente y frotárselas con él, además de hacerlo por codos y rostro. La campanilla y el agón del Houngan repiquetearon oficiosamente, y los demás dejaron solo al joven sacerdote, que se tambaleaba y chocaba contra la columna, salía despedido impotente por la pista y caía entre los tambores. Tenía los ojos cerrados, la frente arrugada con fuerza y el mentón le colgaba flojo. Luego, como si un puño invisible le hubiese asestado un golpe formidable, se desplomó sobre el suelo, donde quedó tendido con la cabeza echada atrás en un rictus de angustia hasta que los tendones del cuello y los hombros sobresalieron como gruesas raíces. Una de sus manos pasó por debajo de la espalda que estaba en el aire y aferró el codo contrario como si pretendiera partirse su propio brazo, y todo su cuerpo, del que manaban ríos de sudor, se estremecía y temblaba como un perro que sueña. Sólo era visible el blanco de los ojos, a pesar de que los tenía abiertos de par en par; las pupilas habían desaparecido bajo los párpados superiores. En sus labios se acumulaba la espuma…

»… Entonces, el Houngan, danzando con pasos lentos mientras blandía un machete, avanzó desde la hoguera; lanzaba el arma al aire una y otra vez y la atrapaba por la empuñadura. Al cabo de unos minutos la cogió por el extremo embotado de la hoja. El Houngenikon avanzó bailando hacia él, tendió las manos y cogió el machete por la empuñadura. El sacerdote retrocedió y el joven, girando rápidamente y saltando, fue dando vueltas de un lado a otro del tonnelle. El círculo de espectadores se inclinaba hacia atrás cuando, blandiendo el machete por encima de su cabeza, el muchacho se lanzaba sobre ellos, con un aspecto aún más feroz en su rostro de mandril a causa de las separaciones que había entre sus dientes desnudos. El tonnelle se vio colmado por unos segundos de un terror genuino y puro. El canto se había transformado en un aullido universal y los tamborileros, zarandeándose con el cuerpo flojo al ritmo del frenético e invisible movimiento de sus manos, estaban perdidos en el éxtasis de ruido.

»Lanzando la cabeza atrás, el novicio se asestó un golpe en el estómago con el extremo romo del machete. Se le doblaron las rodillas y su cabeza cayó adelante…».

Se oyó un golpe de llamada en la puerta, y un camarero entró con el desayuno. Bond se alegró de la oportunidad para dejar a un lado aquel relato terrorífico y regresar al mundo de la normalidad. Pero pasaron varios minutos antes de que lograra olvidar la atmósfera cargada de terror y de fuerzas ocultas que lo había rodeado mientras leía.

Con el desayuno llegó otro paquete cuadrado de unos treinta centímetros de lado, de aspecto costoso, que Bond pidió al camarero que dejara sobre el aparador. Alguna ocurrencia de última hora de Leiter, supuso. Desayunó con gusto. Mientras comía, miraba por la ventana y reflexionaba acerca de cuanto acababa de leer.

No fue hasta que hubo bebido el último sorbo de café y encendido el primer cigarrillo del día, cuando se dio cuenta de pronto del ligero ruido que había en la habitación, a su espalda.

Era un tictac suave, amortiguado, pausado, metálico. Y procedía del aparador.

Tictac… tictac… tictac.

Sin vacilar ni un solo instante, sin importarle si parecía estúpido, se lanzó al suelo detrás del sillón y se agachó, con todos los sentidos concentrados en el ruido procedente del paquete cuadrado.

«Tranquilo —se dijo—. No seas idiota. Es sólo un reloj».

Pero ¿por qué un reloj? ¿Por qué iban a regalarle un reloj? ¿Y quién haría algo así?

Tictac… tictac… tictac.

En el absoluto silencio de la habitación, se había convertido en un ruido potentísimo. Parecía llevar el ritmo de los fuertes latidos del corazón de Bond.

«No seas ridículo. Ese cuento del vudú de Leigh Fermor te ha puesto los nervios de punta. Esos tambores…».

Tictac… tictac… tic…

Y entonces, de repente, la alarma se disparó con un campanilleo grave, melodioso y urgente.

Tangtangtangtangtangtang…

Los músculos de Bond se relajaron. El cigarrillo estaba haciendo un agujero a la moqueta. Lo recogió y se lo puso entre los labios. Las bombas que llevan despertador estallan cuando el martillete da sobre la campana, golpea la espiga de un detonador, este enciende el explosivo y BUUUM…

Bond asomó la cabeza por encima del respaldo del sillón y observó el paquete.

Tangtangtangtangtang…

El amortiguado campanilleo continuó durante aproximadamente medio minuto y luego comenzó a enlentecer.

Tang… tang… tang… tang… tang… CRRRAC…

El estallido no fue más fuerte que el de un cartucho de doce milímetros, pero en aquel espacio cerrado la explosión resultó impresionante.

El paquete, hecho pedazos, cayó al suelo. Los vasos y botellas que había sobre el aparador estaban hechos añicos, y había una mancha de humo negra en la pared gris que quedaba detrás. Algunos trozos de vidrio cayeron al suelo con un tintineo. En la habitación se percibía un fuerte olor a pólvora.

Bond se puso de pie con lentitud. Anduvo hasta la ventana y la abrió. A continuación fue al teléfono y marcó el número de Dexter.

—Una piña… —dijo con voz serena—. No, una pequeña, sólo algunas cosas de vidrio… De acuerdo, gracias… Por supuesto que no, hasta luego.

Rodeó los restos de la explosión, cruzó el pequeño vestíbulo hasta la puerta que daba al pasillo, la abrió, colgó por la parte de fuera el letrero de NO MOLESTAR, la cerró con pestillo y regresó sobre sus pasos para entrar en el dormitorio.

Cuando ya había acabado de vestirse, oyó un golpe de llamada en la puerta.

—¿Sí? —preguntó en voz alta.

—No se preocupe. Soy Dexter.

El hombre entró con pasos apresurados, y tras él lo hizo un joven cetrino que llevaba una caja negra debajo de un brazo.

—Este es Trippe, de la división de Sabotaje —lo presentó Dexter.

Se estrecharon la mano y, de inmediato, el joven se puso de rodillas junto a los chamuscados restos del paquete.

Abrió la caja y sacó un par de guantes de goma y un puñado de pinzas de dentista. Valiéndose de esas herramientas, extrajo con suma cautela pequeños trozos de metal y vidrio de dentro del paquete chamuscado, y los colocó sobre un papel secante que cogió del escritorio.

Mientras trabajaba, preguntó a Bond qué había sucedido.

—¿Una alarma de alrededor de medio minuto? Ya veo. Vaya, ¿qué tenemos aquí?

Extrajo con delicadeza un pequeño recipiente de aluminio del tipo que se usa para los carretes fotográficos ya expuestos. Lo dejó a un lado. Pasados unos minutos, se incorporó quedando acuclillado.

—Una cápsula de ácido de medio minuto —anunció—. La rompió el primer golpe del martillete de la alarma. El ácido corroe un fino alambre de cobre, que se rompe treinta segundos más tarde y deja caer un percutor sobre el casquillo de esto. —Alzó la parte inferior de un cartucho—. Un proyectil del calibre cuatro para elefantes. Pólvora negra. No hay estrías. No ha sido disparado. Menos mal que no era una granada. En el paquete había espacio más que suficiente para colocarla. Usted habría resultado herido. Ahora echemos una mirada a esto.

Cogió el cilindro de aluminio, desenroscó la tapa y extrajo un pequeño rollo de papel que desplegó con las pinzas.

Lo extendió con cuidado sobre la alfombra y sujetó los extremos con cuatro herramientas que sacó de la caja negra. En el papel había escritas a máquina tres frases. Bond y Dexter se inclinaron.

«EL CORAZÓN DE ESTE RELOJ HA DEJADO DE LATIR —leyeron—, LOS LATIDOS DE SU PROPIO CORAZÓN ESTÁN NUMERADOS. CONOZCO ESE NÚMERO Y HE COMENZADO A CONTAR».

La firma del mensaje era: «1234567…?».

Ambos se irguieron.

—Hum —murmuró Bond—. Esto es cosa del Coco.

—¿Cómo demonios se ha enterado de que estaba usted aquí? —preguntó Dexter.

Bond le habló del sedán negro de la calle Cincuenta y cinco.

—Pero lo que importa saber es ¿cómo se ha enterado de que tengo una misión aquí? Demuestra que posee un control bastante grande de cuanto sucede en Washington. Debe de haber una filtración del tamaño del Gran Cañón en alguna parte.

—¿Por qué habría de ser en Washington? —quiso saber Dexter, con voz tensa—. En fin… —Se controló con una risa forzada—. ¡Infiernos y condenación! Tendré que entregar un informe en la oficina central acerca de este asunto. Hasta la vista, señor Bond. Me alegro de que no haya resultado herido.

—Gracias —respondió Bond—. No ha sido más que la tarjeta de visita. Tengo que devolver la amabilidad.