Los cursos fueron pasando y a pesar de mi entusiasmo inicial los resultados no eran tan espectaculares como en un principio me había prometido.
Me había vuelto a leer el primer volumen del método tres o cuatro veces, prestando mayor atención a los últimos capítulos que me resultaban más complicados. Pero cada vez que intentaba el salto al segundo volumen fracasaba. Para mayor desconsuelo otros profesores que estaban estudiando el método por su cuenta me contaban que tenían el mismo problema: el segundo volumen, el que conducía por fin a la ansiada lectura fluida de textos clásicos, también les resultaba demasiado difícil.
En el aula mis resultados eran más esperanzadores: poco a poco iba introduciendo, aunque de manera muy balbuciente, el uso oral del latín en mis clases y veía cómo a los alumnos no sólo les encantaba, sino que ellos mismos se lanzaban a hablar en latín a la primera de cambio. Cada curso avanzaba más en el libro: el primer año que lo apliqué leímos sólo doce capítulos en todo el año, mientras que en los años siguientes llegamos a terminar casi todo el primer volumen en un año, es decir: ¡treinta y cinco capítulos!
Aunque mi forma de emplear el método, centrándome casi exclusivamente en la lectura y la comprensión, no era en absoluto la correcta, los resultados eran incomparablemente mejores que los que yo hubiera visto alcanzar nunca con el método de gramática y traducción; y no sólo los alumnos estaban encantados, también los buenos resultados de Selectividad me confirmaban que iba por buen camino.
Con todo, yo comenzaba a sospechar que el nivel del segundo volumen debía ser demasiado alto. Algo así como que al bueno de Ørberg se le había ido la mano y había querido dar un salto demasiado grande al pasar de los textos totalmente elaborados por él a la adaptación en prosa del relato de la Eneida que compone los primeros capítulos de Roma Aeterna y, sobre todo, a los textos del Ab Urbe Condita de Tito Livio que siguen después.
Me comenzaba a resignar a que tampoco ahora lograría alcanzar el nivel soñado de latín: todavía pesaba en mí demasiado el trauma de la carrera.
Y en eso estaba cuando me llegó la oportunidad de cumplir una sueño con el que había fantaseado desde el momento en que saqué la plaza de funcionario: el de hacer una alto en el camino y marchar a un país extranjero. Aunque mi preferencia inicial era Irlanda, mi mujer siempre había soñado con vivir en Francia así que, cumplido mi quinto año de trabajo, solicité la excedencia voluntaria y nos fuimos a París, donde pasamos un año maravilloso dedicados a perfeccionar el idioma y disfrutar del Louvre, los restaurantes libaneses y los cines del barrio latino.
El segundo año de excedencia (en la excedencia voluntaria es obligatorio solicitar dos años, supongo que con intención disuasoria, y la verdad es que al llegar a ese momento nuestros ahorros se acercaban a un punto crítico) tuve la suerte de conseguir trabajo como profesor asistente en la región de Bretaña, donde también disfruté de lo lindo. Nos instalamos en una casita de campo cerca de la comuna de Plougastel y aunque a mí me encantaba el lugar, mi mujer no se adaptó demasiado a aquel exceso de tranquilidad. Yo, sin embargo, nunca olvidaré las noches repletas de estrellas, la vieja y solitaria iglesita, los atardeceres nublados junto al lago, las visitas al bosque de Brocéliande…
Pero basta de digresiones poéticas. Lo cierto es que pasé dos años dedicado a disfrutar de la vida y costumbres francesas y bastante desentendido de todo lo que tuviese que ver con la filología grecolatina. Supongo que necesitaba un descanso y recuperarme del desencantado sufrido respecto a mi primitivo fervor.