8

El espía

La rival

Kitiara no durmió bien esa noche. Se pasó la mitad del tiempo despierta y pensando en Tanis, unas veces con placer y otras maldiciendo su nombre. Cuando por fin consiguió quedarse dormida, Takhisis la visitó en sueños para apremiarla a que abandonara Haven y se pusiera en camino de inmediato hacia el alcázar de Dargaard para, una vez allí, desafiar al Caballero de la Muerte, lord Soth. Kit puso todo su empeño en eludir a la reina y se despertó con un dolor de cabeza espantoso. Temerosa de volver a dormirse, se levantó y salió en busca del comandante Grag.

El día despuntaba gris, desapacible y frío. Por la noche había caído una llovizna gélida y, a pesar de que había parado de llover, el agua goteaba de los árboles, formaba charcos en el suelo embarrado y resbalaba por los costados de las tiendas. Los soldados humanos refunfuñaban y protestaban. Los draconianos también rezongaban, pero no por el mal tiempo. Estaban furiosos porque los habían hacinado allí, sin hacer nada, en vez de estar combatiendo en la guerra. Kit encontró al comandante haciendo la ronda por los puestos de los centinelas.

—Comandante —dijo cuando alcanzó al oficial draconiano y caminó a su lado—, el emperador me ha encargado que investigue la muerte del Señor del Dragón Verminaard…

Grag torció el gesto.

—A mí tampoco me hace mucha gracia el encargo —afirmó Kitiara—. En mi opinión, Verminaard provocó su propia perdición. Sin embargo, me han dado una orden y he de cumplirla.

Grag asintió con la cabeza para indicar que lo comprendía.

—Hablé con Fewmaster anoche. ¿Qué puedes contarme sobre los asesinos? —preguntó Kitiara.

El draconiano la miró de soslayo. Tanto interés en los asesinos ¿sería porque intentaba no dejar rastro? Grag consideró el asunto. La mujer le caía bien en tanto que había considerado a Verminaard un rústico patán. Si la Dama Azul estaba involucrada en su muerte, no era asunto de su incumbencia. Grag encogió los hombros escamosos.

—No mucho, me temo. Eran esclavos y, como tales, no tenía trato con ellos. No reparé en ellos hasta que nos atacaron. Aun entonces, las cosas ocurrieron tan deprisa y en medio de tanta confusión, con la batalla entre dragones y media montaña desplomándose sobre nosotros, que apenas presté atención a los esclavos, salvo para ordenar a mis hombres que los mataran, por supuesto.

Kitiara se disponía a marcharse para comer algo cuando Grag, como si se le acabara de ocurrir, añadió:

—Hay alguien que quizá pueda contarte algo más. Era uno de los espías de Verminaard. Se las arregló para ganarse la confianza de esas personas y puso sobre aviso a Verminaard de que probablemente tratarían de atentar contra su vida. Al menos eso es lo que dice él.

—No me vendría mal tal información —opinó Kit—. ¿Dónde está ese hombre?

—Date un paseo hasta Haven —contestó Grag—. Encontrarás lo que queda de él al lado del camino.

Kitiara hizo un gesto de extrañeza con la cabeza, sin entender.

—Lo dices como si estuviese muerto en la cuneta.

—Seguramente él querría estarlo. El desdichado quedó enterrado bajo el desprendimiento de bloques de piedra de Pax Tharkas. Creíamos que estaba muerto cuando lo sacamos, pero aún respiraba. Los matasanos le salvaron la vida, pero no las piernas. Si el mendigo no está en su sitio de costumbre, entra en Haven y pregunta por él. Alguien sabrá dónde encontrarlo. Se llama Eben Shatterstone.

* * *

«Encontrarás lo que queda de él al lado del camino».

La descripción de Grag no podía ser más atinada.

Muchos mendigos habían tomado posiciones a las afueras de la ciudad con la esperanza de sacar algo de los viajeros antes de que se gastaran el dinero en el mercado. La mayoría de los hombres eran heridos de guerra y a casi todos ellos les faltaba algún miembro. Al mirar a aquellos hombres, muchos vestidos aún con los harapos del uniforme, a Kit se le hizo un nudo en el estómago. Se vio a sí misma al lado de una calzada con la mano tendida suplicando las migajas.

«Yo no —juró Kit para sus adentros—. Mientras me queden fuerzas para usar la espada, no».

Abrió la bolsa de dinero y empezó a repartir monedas al tiempo que preguntaba por un hombre que se llamaba Shatterstone. Los mendigos negaban con la cabeza; estaban demasiado absortos en su desventura como para interesarse por nadie más. Sin embargo, uno de ellos señaló con el muñón de una mano hacia lo que parecía ser un bulto de harapos caído debajo de un árbol.

Kitiara se dirigió hacia allí y, según se acercaba, vio que era un hombre; o, mejor dicho, los despojos aplastados de un hombre. Le faltaban las piernas, que le habían sido amputadas; el infeliz había atado lo que quedaba de su persona a un pequeño carro con ruedas y se empujaba con las manos en el suelo para desplazarse. Tenía el rostro tan desfigurado que costaba trabajo discernir qué aspecto había tenido antes, pero a Kitiara le pareció que en otro tiempo debía de haber sido un joven apuesto. El cabello sucio le cubría la frente y le caía sobre los hombros.

Al aproximarse, él alargó una mano mugrienta.

—Busco a Eben Shatterstone —dijo Kit, que se puso en cuclillas para estar a la misma altura que el hombre.

—No lo conozco —respondió él con rapidez. Tenía los ojos clavados en la bolsa de dinero.

Kitiara sacó una moneda de acero y la sostuvo en alto.

—Tengo esto para Eben. Si por casualidad te cruzas con él…

—Yo soy Shatterstone —dijo al tiempo que le dirigía una mirada que no tenía nada de amistosa—. ¿Qué quieres?

—Información. —Kitiara le tendió la moneda. Él la mordió para comprobar que era buena y luego la deslizó en una bolsa que llevaba colgada al cuello de una tira de cuero—. Hay otra igual si me dices lo que quiero saber.

—¿Sobre qué? —Eben recelaba.

—Una mujer elfa. Viajaba con unos aventureros que entraron en Pax Tharkas…

Los labios de Eben esbozaron una desagradable mueca lasciva.

—Laurana.

Kitiara se sentó en una de las raíces del árbol que asomaban sobre el suelo.

—Podría ser su nombre. No estoy segura.

—Era la única elfa en Pax Tharkas —dijo Eben—. Y era una preciosidad. Lástima que sólo tuviera ojos para un hombre… O quizá debería decir un semihombre. La otra media parte era elfa. —Rio su propia gracia y Kitiara coreó su risa.

—Cuéntame lo que sepas sobre esa elfa. ¿Cómo fue a parar allí? ¿Viaja en compañía de ese semielfo? ¿Tal vez era su amante? —Habló con un tono despreocupado.

Eben la miró con atención, fijamente, por primera vez. Kitiara imaginaba lo que estaba pensando. Había prescindido del atavío de Señora del Dragón y vestía ropas de viaje corrientes, de las que llevaría una mercenaria: jubón de cuero, capa de lana, camisa, botas. Sin embargo, eran prendas de calidad, como lo era la espada que llevaba a la cadera. Un aire de mando y autoridad la envolvía como un perfume caro. El hombre sabía que era alguien importante, pero no quién era. Todo lo cual le convenía a Kitiara.

Eben empezó a hablar y Kit se recostó contra el árbol y escuchó.

Al semielfo, que se llamaba Tanis, y al resto del grupo —una cuadrilla variopinta de pelagatos— los habían hecho prisioneros en Solace y los llevaban a Pax Tharkas cuando la caravana de esclavos cayó en la emboscada de una pequeña partida de elfos qualinestis (¡ni por asomo cinco mil!). En el instante en el que los elfos dispararon sus flechas, los guardias de la caravana, encabezados por Fewmaster Toede, se habían batido en retirada; de hecho, habían puesto pies en polvorosa. Los elfos habían liberado a los esclavos y a la mayoría les dijeron que siguieran su camino. Uno de los elfos, un tal Gilthanas al que Eben había conocido anteriormente, reconoció al semielfo. Por lo visto, los dos se habían criado juntos o algo por el estilo. El semielfo y sus amigos acompañaron a los elfos a la ciudad de Qualinost, que por entonces estaba a punto de sufrir el ataque de los ejércitos de los dragones.

Al parecer, la tal Laurana había estado comprometida en matrimonio con el semielfo, un arreglo al que su padre se habría opuesto de haberlo sabido. Los elfos convencieron a Tanis y a su pandilla para que fueran a Pax Tharkas a iniciar una revuelta de esclavos que, supuestamente, mantendría al ejército enemigo ocupado y daría tiempo a los elfos para evacuar a los suyos.

El grupo se puso en camino hacia Pax Tharkas acompañado por Gilthanas y su hermana Laurana. La elfa los había seguido a hurtadillas y cuando la descubrieron no había querido regresar a casa.

Eben sabía todo esto porque se había infiltrado en el grupo en su papel de espía de Verminaard. Había advertido al Señor del Dragón de lo peligrosa que era esa gente, pero Verminaard, en su arrogancia, no le había hecho caso.

En cuanto a Laurana, era una monada, pero también una mocosa malcriada que se pasaba casi todo el tiempo fantaseando con el semielfo.

—¿Y cómo reaccionó el semielfo a eso? —preguntó Kitiara.

—Tanis decía que no quería tenerla pegada a los talones todo el tiempo, siguiéndolo a todas partes, pero, naturalmente, se relamía con la situación como si estuviera comiendo un pastel —dijo con sorna el mutilado—. ¿Y qué hombre no lo habría hecho? La chica era una preciosidad. La mujer más bella que había visto en mi vida.

—Para ser elfa —dijo Kitiara.

—Elfa, humana… —Eben esbozó una sonrisa desagradable—. No la habría echado de mi cama. Y apuesto que el semielfo tampoco lo hizo. Quién sabe lo que harían esos dos mientras los demás dormíamos. Oh, sí, claro, Tanis tenía que fingir que no quería saber nada de ella porque el hermano no le quitaba ojo. Pero todos nos dábamos cuenta de lo que pasaba. Ésos dos no engañaban a nadie.

Kitiara se puso de pie con brusquedad. Había oído suficiente. Más que suficiente. Se le retorcían las entrañas como si tuviera dentro un nido de víboras. Eben miró la bolsa del dinero.

—¿Quieres saber lo que le hicieron a lord Verminaard?

—Me importa un bledo —repuso Kit, que estaba de muy mal humor—. Supongo que no sabrás lo que fue de la elfa tras la caída de Pax Tharkas.

Eben se encogió de hombros.

—Oí decir a unos dracos que todos acabaron en el reino enano.

—¿El reino enano? —repitió Kitiara.

—Thorbardin. Al parecer fueron allí para esconderse del ejército de los dragones. Si el semielfo está en Thorbardin, entonces apostaría que Laurana está allí con él.

Kitiara se dio media vuelta para marcharse.

—¡Eh! —gritó Eben, furioso—. ¿Y mi dinero?

Kitiara sacó una moneda de la bolsa, la tiró al suelo frente a él y echó a andar calzada adelante, de vuelta al campamento del ejército de los dragones. En la vida había estado tan furiosa. Tanis había jurado que sólo la amaba a ella, pero unas cuantas semanas después tenía una aventura con otra mujer. ¡Y encima con una asquerosa elfa! Si Kit se hubiera encontrado con Tanis en ese momento, lo habría matado y lo habría pisoteado.

* * *

Skie aún no había vuelto de hacer su encargo y Kitiara no sabía cómo ponerse en contacto con él, así que tuvo que quedarse en el campamento del ejército de los dragones e hizo todo lo posible para no toparse con el imbécil de Fewmaster. El comandante Grag se empeñaba en que sus tropas estuvieran en las mejores condiciones para el combate, y Kit se mantuvo ocupada participando en los entrenamientos. En las prácticas con los draconianos, que eran unos excelentes espadachines, Kit perfeccionaba su técnica, además de servirle para descargar la frustración.

Pero cuando no estaba intercambiando golpes con Grag o participando en incursiones por el territorio circundante, se quedaba sola en la tienda, rumiando. Mejor dicho: no estaba sola. Una elfa de cabello dorado y rasgados ojos de color azul la acompañaba en todo momento, se sentaba a los pies de su catre y se reía de ella.

Kitiara era incapaz de quitarse de la cabeza a Laurana. Tenía que saber más cosas sobre su rival. Después de todo, un buen general debía conocer al enemigo para dirigir una campaña con éxito. Mandó a sus propios espías al territorio próximo al reino enano. No podrían entrar en la fortaleza subterránea, pero sí vigilar y avisarla si veían que cualquier humano, elfo o semielfo (en especial estos últimos) abandonaba el reino bajo la montaña.

«Conozco a Tanis —se dijo mientras escribía las órdenes—. No se quedará mucho tiempo encerrado bajo tierra con un montón de enanos. Para empezar, detesta estar confinado en espacios cerrados. Vivir en un gran agujero subterráneo debe de estar volviéndole loco. En segundo lugar, hay una guerra en marcha y querrá encontrarse donde haya acción».

De hecho, Kit estaba deseando viajar al Muro de Hielo. No era sólo porque se aburría en el campamento, sino que se le había ocurrido la posibilidad de que el Señor del Dragón Feal-Thas, al ser elfo, debía conocer a Laurana, que también pertenecía a esa raza. Claro que sacar esa conclusión era tanto como decir que por ser ella humana tenía que conocer al Señor de Palanthas. Sin embargo, Kit no razonaba con claridad. Vigilaba atentamente el cielo nuboso, y se regocijó el día que vio destellar el sol en las escamas azules de Skie cuando el dragón sobrevoló la zona del campamento.

Su informe sobre los dragones rojos no era bueno. Estaban enfadados y descontentos. Les habían llegado rumores de los botines conseguidos por los dragones en otras zonas de Ansalon y querían lo mismo. Si el Ala Roja no atacaba algo pronto, los rojos saldrían por propia iniciativa sin importarles mucho contra qué objetivo. Con el humor que tenían, les daría igual atacar a un aliado o a un enemigo.

Kitiara informó debidamente sobre esto a Ariakas y añadió que, en su opinión, Fewmaster Toede era justo lo que su señoría buscaba en un Señor del Dragón. Cuando le dijo a Toede que lo había recomendado para el puesto, tanto la gratitud del hobgoblin como su hedor fueron abrumadores; al parecer, el placer provocaba una frenética actividad en sus glándulas sudoríparas. Cuando Kitiara consiguió finalmente que el hobgoblin dejara de lamerle las botas, fue a despedirse de Grag.

Le contó que había recomendado a Toede para Señor del Dragón y también le dijo por qué lo había hecho.

—Serás tú quien esté realmente al frente del ejército —dijo Kit.

El comandante Grag sonrió y la larga lengua se agitó entre los dientes. Los dos se estrecharon mano y garra y Kitiara se marchó en el malhumorado Skie, a quien no le apetecía en absoluto la idea de viajar hasta el Muro de Hielo.

—No te preocupes —le dijo Kit mientras subía a lomos del dragón—. No tienes que quedarte. Te mandaré de vuelta al norte.

—¿Para combatir? —inquirió Skie, anhelante. Aunque no sentía aprecio por sus parientes rojos, los compadecía y entendía bien su desagrado por la tregua actual en el conflicto.

—No —contestó Kitiara—. Quiero que traigas parte del Ala Azul al sur, tanto dragones como draconianos.

Preguntándose si hablaría en serio, Skie giró la cabeza para mirarla fijamente.

—¿Al sur? —repitió, estupefacto y crítico—. ¿Por qué al sur? Nuestra guerra es en el norte.

—De momento, no —objetó Kitiara—. Tú trae el ala cuando regreses. No tardarás en descubrir la razón.

Y Skie tuvo que conformarse con eso porque Kit no quiso decirle nada más.