Epílogo

MI MANIFIESTO RUNNER

Muchas de las páginas de este libro las he escrito mentalmente mientras me faltaba el aire (y las fuerzas) para completar esa última serie de mil o en los días de tirada larga por las cuestas de Paracuellos, cuando me entretenía cavilando nuevas ideas e intentaba recordar anécdotas de estos cuatro años, para que así los kilómetros se me hiciesen un poco más amenos.

Correr para mí ha sido una sorpresa, un viaje con un destino incierto que nunca termina al pasar por la línea de meta, porque por muy cansada y agotada que esté, aunque me duelan hasta las pestañas del mismo esfuerzo, cuando paro el cronómetro, mi mente ya está ocupada pensando en el próximo reto. Y así, sin saber muy bien cómo, he pasado de no correr ni diez metros a plantarme en el arco de salida de un maratón.

Dicen que la recompensa está en el camino y para un runner no hay nada más cierto. Corriendo he aprendido que siempre puedo ir un poco más allá. Aunque son mis piernas las que devoran los kilómetros, es mi cabeza la que al final dice «hasta aquí hemos llegado». Es, además, un viaje personal de autorreafirmación. Es tener las agallas suficientes para plantearse un reto y también la cabeza fría para asumir que las cosas a veces no salen como habías previsto. Es un ejercicio de fuerza de voluntad y de superación de dificultades, pero, sobre todas las cosas, correr para mí habla de amistad y de solidaridad. Y por eso es tan increíblemente maravilloso.

Correr estimula mi imaginación. Me he inventado miles de historias al alba, al atardecer e incluso en un descampado detrás de una gasolinera. Me he visto cruzando la meta del maratón de Londres cuando todavía ni siquiera me había inscrito. He compartido viajes y muchas, muchas, risas con amigas que han estado siempre ahí para darme aliento en esos días en los que todo eran dudas, porque los corredores tenemos empatía: somos capaces de ponernos en las piernas del otro. Cuando corres, sabes que ese mensaje de ánimo, ese aplauso, ese «venga que no queda nada, tú puedes» puede ser la energía que alguien necesita para llegar hasta la meta. Sí, aunque venga de un completo desconocido.

Son muchas las lecciones que me ha dado este deporte, estas son algunas de ellas.

Diez cosas que he aprendido corriendo

  1. Una carrera es lo más parecido a un parto: cuando pasas por meta se te olvida el dolor y el sufrimiento previo y estás dispuesta a repetir porque ha merecido la pena.
  2. Correr hace posible lo imposible.
  3. Exige esfuerzo y es duro, pero la satisfacción que produce siempre compensa.
  4. Las mujeres que corren son felices y están orgullosas de sus cuerpos (solo quien tiene confianza en sí misma es capaz de hacerse fotos sudada, congestionada y en mallas).
  5. Correr desarrolla la paciencia y la conciencia de que las cosas llevan su tiempo.
  6. Me ha enseñado a no rendirme nunca.
  7. A vivir sin miedo.
  8. Correr me ayuda a ser inconformista y exigirme siempre un poco más.
  9. Me insta a ser más fuerte y dosificar mis energías.
  10. A disfrutar de la inmensa fortuna de estar llena de vida.

No quiero terminar este libro con un punto final, sino con tres puntos suspensivos, porque así es la vida del runner. Siempre digo que se empieza contando por cinco y se termina (quizá) en los cuarenta y dos, y esa es mi nueva meta por cumplir: el maratón de Londres. Correr 42 kilómetros con 195 metros era algo impensable aquel 4 de septiembre —el día que me calcé las zapatillas de correr por primera vez—, pero quemando kilómetros he comprobado que todo es posible, y mientras me quede energía en las piernas iré hasta donde mi corazón me lleve, porque esta historia de amor no termina nunca, solo continúa…