CAPÍTULO IV

Viernes, 12 de junio de 199_, Paço de Arcos, cerca de Lisboa

—Damas y caballeros —dijo el alcalde de Paço de Arcos—, permítanme presentarles al inspector José Afonso Coelho.

Había sido un día caluroso con un precioso cielo azul, y en ese momento un leve atisbo de brisa acudía desde el océano para mezclarse con los álamos y los pimenteros de los jardines públicos. El rosa ajado de las paredes del cine abandonado se embebía de la luz vespertina, una niña gritaba mientras se balanceaba sobre un alegre dinosaurio, un hombretón fumaba y sorbía cerveza junto a ella y las mujeres se saludaban con besos mientras sus vestidos ondeaban al fresco. Los coches pasaban raudos por la Marginal y una avioneta petardeaba en dirección al mar por encima de la arena de la orilla. El aire portaba el olor de las sardinas a la brasa y un burócrata estaba al micrófono.

—Zé Coelho —agregó el alcalde, empleando mi nombre más conocido, pero sin por ello arrancar mucho más interés de las asistentes a la festa de Santo Antonio, entre la que se contaban mi hija de dieciséis años, Olivia, mi hermana y mi cuñado y cuatro de sus siete hijos.

El alcalde siguió hablando, explicando el acontecimiento, en portugués rococó y de forma ampulosa, a un público persistentemente distraído y formado casi en su totalidad por mis vecinos, quienes ya conocían de sobra los hechos en sí, a saber: mi mujer murió hace un año, gané peso y para animarme a perderlo mi hija montó esta fiesta benéfica, garantizando una cantidad de dinero por cada kilo que perdiera, y que si pasaba un solo gramo de los ochenta kilos me afeitarían mi perfecta y bien recortada barba de veinte años delante de aquella muchedumbre.

Mi hija me saludó con la mano y mi cuñado alzó el pulgar en señal de ánimo. Aquella mañana pesaba setenta y ocho kilos, aunque no tenía el estómago tan plano y tan duro desde los dieciocho corría 250 kilómetros a la semana con el entrenador de la policía. Estaba pletórico…, hasta que el alcalde empezó a hablar. Había algo de afectado en la despreocupación de la concurrencia, algo de falso en los ánimos de mi cuñado, incluso en el saludo de mi hija. Yo tenía que desempeñar un papel, lo supe en aquel momento.

Llegó a la mesa de mi hija un gordo bigotudo de incipiente calvicie, vestía un blazer, pantalones deportivos y corbata vistosa. La besó en ambas mejillas y le dio un apretón en el hombro. Una de mis sobrinas le hizo sitio y, después de estrecharle la mano a todos los presentes, se sentó.

Se produjo un repentino silencio. El alcalde había llegado al asunto del dinero. Había respeto por el dinero.

—Dos millones ochocientos cuarenta y tres mil novecientos ochenta escudos.

La gente se levantó como una bandada de palomas. Aquello, hasta yo tenía que admitirlo, era un montón de pasta por diecisiete kilos de sebo. Alcé la mano y recibí la ovación como un monarca que regresa a su corte.

La banda que tenía detrás reclamó su parte de mi dignidad y atacó con airecillo garboso como si yo fuera un torero que acabase de realizar una buena faena, y un grupo de niñas en trajes tradicionales acometieron un baile desorganizado y paquidérmico. Dos pescadores del lugar subieron un juego de balanzas al estrado. La gente dejó sus mesas junto al bar y se acercó al escenario. El gordo sentado junto a mi hija había sacado una pluma y escribía. El alcalde mantenía a raya a aquellos que ansiaban coger el micrófono que había escondido bajo su traje; los altavoces emitían crepitaciones de su axila.

La calma volvió a imponerse cuando mi médico subió a la tarima. Se ajustó unos quevedos sobre la nariz y explicó las reglas como un oncólogo al que hubiesen solicitado que diese un espantoso pronóstico sin ahorrarse los detalles. Presentó a mi barbero, que se había situado inadvertidamente detrás de mí con un delantal y unas tijeras.

Me quité los zapatos y subí a la báscula. El médico ajustó el peso de arriba en ochenta y realizó una cuenta atrás desde ochenta y nueve. La multitud lo coreaba. Alcé la cabeza, les deslumbre con mi nuevo puente dental, cerré los ojos y pensé: «Soufflé, soufflé relleno de helio».

A los ochenta y tres noté que la gente titubeaba. Yo levitaba como un brahmán. A los ochenta y dos abrí los ojos de golpe, los pesos se equilibraron y el doctor anunció con gravedad la necesidad de operar. Estaba indignado. El público enloqueció.

Los dos pescadores me empujaron a una silla. Contraataqué. Las chicas de los trajes regionales huyeron. ¿Me había pasado? Protesté y permití que me inmovilizaran. Mi barbero afilaba la navaja y con los párpados entrecerrados me lanzaba miradas de asesino indiferente. El alcalde se desgañitaba, hasta que se acordó del micrófono.

—Zé, Zé, Zé —dijo mientras adelantaba al gordo bigotudo y calvo que se había sentado con mi familia—, éste es el senhor Miguel da Costa Rodrigues, director del Banco de Océano e Rocha. Tiene algo que contarte.

La textura de la piel de aquel hombre indicaba a las claras que ganaba cinco veces mi salario mensual en una hora, incluso cuando comía langosta en la playa.

—Es para mí un gran placer realizar la siguiente oferta, en representación del Banco de Océano e Rocha. Si el inspector Coelho acepta el fallo del doctor y permite que le afeiten la barba, este cheque extendido por un total de tres millones de escudos se unirá a la cantidad benéfica ya reunida para obtener un fondo final de casi seis millones de escudos.

A juzgar por el escándalo de la gente uno diría que el Sporting acababa de levantar la Copa de Europa. No había nada que hacer. Se imponía la elegancia. Quince minutos después tenía el aspecto de esa extraña criatura: el tejón portugués.

Me llevaron poco menos que a hombros hasta el bar A Bandeira Vermelha, regentado por un viejo amigo, Antonio Borrego, que se proclamaba el último comunista de Portugal. Dentro apretujaron junto a mí al director del banco, además de a mi hija y al resto de la familia, incluso el alcalde se abrió paso hasta mí con el micrófono aún en el bolsillo de la camisa.

Antonio dispuso las cervezas en hileras. Era un hombre que pedía a gritos una comida, una vida entera de comidas. De los que no ganarían peso aunque sentaras un cerdo en su regazo. Tenía el pecho cóncavo, blanco y peludo, los ojos sepultados en el cráneo y unas cejas rebeldes y fuera de control. Sus antebrazos eran tan sarmentosos y lanudos como los de un mono, y tenía un pasado del que yo desconocía la mitad.

Olivia, el gordo y yo tomamos una cerveza cada uno. Antonio sacó su Polaroid para inmortalizar el evento y colgarlo en su pared de bacanales.

—Dejaría de reconocerte —me dijo—. Necesito una referencia.

Levanté mi vaso. Los costados desprendían lágrimas. La cerveza emotiva.

—Con mi primer trago en ciento setenta y dos días, propongo un brindis a la salud y la generosidad del senhor Miguel da Costa Rodrigues, del Banco de Océano e Rocha.

Olivia me explicó cómo había conocido al banquero. Iba al instituto con su hija y cosía ropa para su madre. La corbata que llevaba era suya. Había llegado a ofrecerle lanzarla en el negocio de la moda. Le dije al banquero que quería que acabase sus estudios. Un caro colegio internacional de Carcavelos pagado por sus abuelos ingleses, que no querían una nieta que no supiese hablar su idioma. El banquero suspiró ante la oportunidad perdida. Olivia hizo un alarde de enfurruñamiento. Todos teníamos papeles que desempeñar.

—Un brindis —dijo el senhor Rodrigues, contagiándose del ambiente—, por Olivia Coelho, que ha hecho posible todo esto.

Bebimos de nuevo y Olivia me plantó una «O» roja en mi nueva mejilla blanca.

—Una cosa más —anuncié a la aturdida concurrencia—, ¿quién trucó la báscula?

Hubo dos segundos de silencio gélido y crispado hasta que sonreí, se rompió un vaso y entró el barbero con una bolsa de plástico.

—Tus pelos —dijo mientras los sopesaba con un beso—. Una cama de dos kilos para gato.

—No me vengas con ésas.

—Lo que pesaba debían de ser los bichos que llevabas dentro —añadió el alcalde.

Todos lo miramos. Manoseó su micrófono. Antonio puso tres cervezas más sobre la barra. Olivia y yo intercambiamos una mirada.

—Para mí —le dije en voz baja—, es el pasado enmarañado.

Se lamió un dedo y me limpió el carmín de la mejilla, las lágrimas a punto de asomar.

—Tienes razón —comentó Antonio, de repente entre nosotros—, la historia es una carga, y muy pesada… ¿No es así, senhor Rodrigues?

El senhor Rodrigues eructó con cierta educación, poco hecho a la bebida proletaria.

—La historia se repite —afirmó, y hasta Antonio se rio, un comunista capaz de oler la carne porcina de un capitalista cuando lo asan, aunque sea en Alentejo.

—Sí, señor —dijo Antonio—. La historia es sólo una carga para aquellos que la vivieron. Para la siguiente generación no tiene más peso que el de un par de libros del colegio, y se olvida con un vaso de cerveza y el último disco.

—Oye, Antonio —le interpelé—, tómate una cerveza. Es viernes noche, mañana es tu santo, los pobres de Paço de Arcos son seis millones de veces más ricos y yo he vuelto a la bebida. La nueva historia.

Antonio sonrió.

—Por el futuro.

Esa noche salimos todos a cenar, incluso el senhor Rodrigues, que tal vez no estuviese acostumbrado a las mesas y sillas de metal, pero hizo los honores a las viandas. Era la comida por la que mi estómago había gruñido durante seis meses. Ameijoas à Bulhão Pato, almejas al vino blanco con ajo y cilantro fresco, robalo grelhado, lubina a la brasa pescada en los acantilados de Cabo da Roca esa misma mañana, borrego assado, cordero de Alentejo rustido hasta que se deshace. Vino tinto de Borba. Café fuerte como el beso de una mulata. Y de remate aguárdente amarela, del fiero.

El senhor Rodrigues partió hacia su casa de Cascáis en la fase del aguardiente. Olivia se fue a un club de Cascáis con un grupo de amigos poco después. Le di dinero para el taxi de vuelta. Me bebí dos amarelinhas más y me fui a la cama con un litro de agua y dos aspirinas en el coleto; notaba la almohada suave y fresca bajo mis encendidas mejillas desnudas.

Desperté en plena noche durante diez segundos, confuso en la oscuridad y sintiéndome tan grande y macizo como el pilar central de un puente de autopista. Había tenido sueños escabrosos pero permanecía una imagen: un sendero en la cima de un acantilado al caer la noche, una caída a pico en las inmediaciones, el bramido del mar en derredor, su picor salino ascendiendo en profusión desde las rocas de abajo. Crecieron el miedo, la aprensión y la agitación y caí dormido de nuevo.

Alrededor de esa hora la chica empezó a dejar una marca en la arena a unos centenares de metros de donde yo dormía. Con los ojos abiertos de par en par tomaba la luna una noche cargada de estrellas, su sangre derramada, su piel fría y dura como un atún fresco.