La iglesia de St. Martin-in-the-Fields está en un extremo de Trafalgar Square; la única torre que alzó Gibbs, su arquitecto, se erigía en la parte central como una aguja. Como una estaca, pensó Sarah al verla. Se diría incuestionablemente robusta. En el atrio de altas columnas había unos peldaños que iban de menos a más, para superar la pequeña pendiente. Los portones rojizos con rectángulos hendidos estaban cerrados, pero por uno de ellos había una portezuela abierta.
En la breve escalinata vio sentados a tres mendigos que acudían a por su ración de sopa caliente; uno de ellos tenía un notorio eccema escamoso en la mejilla, otro era muy enjuto y muy moreno de piel, como sidoso, y el tercero manifestaba síntomas de flacura de yonqui. Los tres llevaban cubierto su cuello con pañuelos. Se pasaban mutuamente una botella envuelta en una grasienta bolsa de papel marrón; sus movimientos eran lentos; no se miraban entre sí. Los tres llevaban gafas de sol, lo que era demasiado llamativo.
A Sarah, en un momento dado, le pareció que más bien vigilaban la portezuela de entrada. Cuando llegó hasta allí, uno de los tres mendigos se le adelantó para entrar, hasta el punto de que casi le hizo perder el equilibrio. Luego penetró por la portezuela antes que ella. Parecía querer precederla a propósito.
En los planos originales de James Gibbs de 1725 se dibujan muchas y misteriosas galerías subterráneas que, una vez construidas, se destinaron a diversos cometidos: unas para guardar objetos y personas, y otras para huir o enterrar cadáveres de muertes sustraídas a la justicia, es decir, asesinatos.
Algunas de esas galerías se emplearon, erróneamente, para cimentar el edificio. Pero se hundían con facilidad. Aquello era un queso gruyer. Luego, a las galerías ya existentes se sumaron otras mayores. Y estas, con el correr de los siglos, acabaron siendo útiles para el metro de los años veinte.
Otras más pertenecían a las que habían hecho las internas de un convento-prisión contiguo, derruido en 1726, el mismo año de la edificación de la iglesia. Las presas tal vez las emplearan para huir o tal vez para turbios secretos que disparan la imaginación, como misas negras y rituales sectarios. Por qué no vampíricos.
Otras galerías se cegaron.
Hay leyendas de lo más increíble acerca del laberinto de túneles que existe en el subsuelo de Trafalgar Square y que ya no conoce casi nadie. Todavía durante los bombardeos de 1940 la cripta se utilizó como refugio. En esa época se descubrieron muchos de los túneles. En la mayoría había restos humanos.
Sarah hizo lo mismo que el mendigo había hecho: entró en el templo por la portezuela para echar un vistazo en su interior y tratar de hallar alguna doble puerta o alguna abertura no explorada. Su objetivo era llegar a la cripta o descubrir un camino paralelo a la red de túneles.
Las dos antepuertas laterales daban a sendos lampararios con pocas velas encendidas. Las paredes estaban bastante desnudas y lucían muy pocos cuadros. Era una iglesia pobre en ornamentos. Le sorprendió a Sarah lo reducida que era la nave central, pero imponía la gran vidriera luminosa del fondo. El techo en azul se jalonaba en lo alto por unos ventanales con barrotes, vestigios del lugar secreto que fue un tiempo.
En la nave central había dos hileras de bancos, en los que únicamente vio a una anciana sentada en las primeras filas. Ni rastro del mendigo; se había evaporado.
Pero Sarah lo había visto entrar, de eso no cabía la menor duda, tendría que estar por allí, en alguna parte. Recorrió el templo con la mirada; luego avanzó por las arcadas laterales de la izquierda. Todo era nuevo, de los años cuarenta a lo sumo, reconstruido tras el incendio que hubo durante los bombardeos de la guerra, salvo la parte del altar, más antigua. A un lado estaba la entrada a la sacristía, de donde salía el eco de voces masculinas y femeninas, entre risas. No vio por ninguna parte el acceso a la conocida cripta donde reposa William Hogarth. ¿Entonces Clarke? ¿Iba Sarah a dar por perdido el viaje?
Al otro lado del altar, muy escorado y casi detrás de una escueta tribuna, vio un enorme cuadro cuya altura se perdía hacia arriba en la penumbra. Representaba una escena en la que un joven guerrero con armadura brillante y aura de santidad, en actitud de victoria, atravesaba con una lanza la testuz de una especie de dragón, pero a decir verdad, cuando Sarah se acercó más, vio que se trataba de un murciélago gigante.
Sarah pensó que el pintor de aquel cuadro no debía de ser muy bueno porque pretendía representar a San Jorge matando al dragón, pero el único referente que tenía el artista era ese gran quiróptero gigantesco. Estaba con las fauces abiertas y la lanza, clavada en la mandíbula superior, sobresalía por la boca.
Había llegado hasta la zona del cuadro sin ser vista por nadie, ni tampoco ella había visto a nadie, salvo a la anciana que más bien parecía dormida en el banco. ¿Otra vigilante camuflada?, se cuestionó.
Pudo ver que a los pies del cuadro de San Jorge y del gran murciélago había una losa de mármol alargada como una lápida con unos rebordes metálicos, diferente del resto de las losas; en ella había esculpido un solitario círculo negro con un enigmático tres en su interior:
Y debajo un nombre apenas legible de lo desgastada que estaba la lápida:
Pasganus
Sarah entendió enseguida que se trataba de Pasgán, el nombre del jefe vampiro de la Tercera Esfera, y se preguntó a quién creerían los demás que correspondía ese nombre, o esa palabra misteriosa. ¿Lo verían como un latinajo mortuorio? Sarah comprendió también el mensaje de Nemus: Clarke era un vampiro importante. Si es que aún vivía como tal.
Pensó que aquella podría ser perfectamente la entrada a una de las criptas de St. Martin. Sin embargo, no tenía ninguna argolla para levantarla ni ningún otro resorte para tirar de él. Y si se trataba de algún mecanismo que la abriera lateralmente, como una trampilla, era evidente que no estaba a la vista.
Rodeó la losa. Cada vez se le hacía más obvio que aquella era la entrada a un sótano o algo parecido. Sarah intuía que por ahí se había metido el mendigo que buscaba.
Uno de los bordes metálicos de la losa estaba pegado casi a dos palmos de la pared, a los pies del cuadro del murciélago. Sarah se situó como pudo sobre ese pequeño espacio que quedaba libre. A continuación, pasó primero la mano por el lienzo, que estaba blando y no oponía resistencia en la parte hueca del bastidor. Luego palpó el marco hasta donde le alcanzaba el brazo. Nada se movía.
Pero de pronto, inesperadamente, en la parte inferior, donde estaba la inscripción con el nombre del cuadro (San Jorge y el Maligno, Anónimo, siglo XVIII), algo cedió, metiéndose para dentro, como si apretara un botón. Se oyó un leve ruido bajo sus pies; la losa había liberado un cierre y se había entreabierto.
Entonces ascendió desde la sima de la cripta un bisbiseo, el rumor de unas palabras pronunciadas en voz muy baja. Sarah oyó ese bisbiseo creciente y se aturdió. La cabeza le daba vueltas y creyó que se desplomaría. Tuvo de pronto una agudísima sensación de pánico que la espabiló. No estaba Nemus para ayudarla. Se sobrepuso como pudo.
Entonces percibió a sus espaldas una ráfaga de esas sílabas dichas muy enredadamente. Se dio la vuelta y no había nadie. Pero el bisbiseo seguía en sus oídos.
Aunque bien notaba que lo oía detrás de ella, el sonido de aquella oración procedía de abajo. Creía Sarah que había vuelto a abrir una puerta hipofónica. O una cosa peor.
Cuando reaccionó, todo encajaba. Fue consciente de que estaba ante algo excepcional y aberrante. Veía a sus pies el túnel de la cripta y unos escalones que conducían hasta el interior de donde llegaba la voz susurrada.
En lo hondo solo alcanzó a ver el brillo de dos ojos llameantes. ¿De quién, del vagabundo, de un animal, un animal enorme?
Sarah tenía un oído muy fino, acostumbrado a escrutar las ondas del vacío sideral durante años. Por eso no tuvo ninguna duda de que aquella voz, rota y gutural como la de Nemus, era una súplica para que bajara.
Empezó a sentirse atrapada, como si el eterno habitante de aquel lugar deseara un encuentro. Sarah no dudó en descender. Sabía que desafiaba algo dentro de sí, pero no pudo evitarlo.
La oscuridad se volvió inestable, móvil. Encendió su linterna. Al abrirse la claridad, vio tierra removida en el piso y al mendigo en el suelo; pero no parecía muerto, como Sarah creyó en un primer momento, sino tal vez dormido o inconsciente. Cuando se agachó a socorrerlo, le gruñó como si estuviese durmiendo una borrachera. Entonces creció el bisbiseo, y distinguió claramente las palabras, incomprensibles para ella, de aquella frase. Era la llamada fúnebre.
La oía, pero no podía retenerla en su cabeza. Sabía que la entendía, pero su memoria la repelía. Solo podía librarse del efecto vampírico si alcanzaba a repetirla una sola vez. Con ello, rebotaría, por así decir, en el vampiro y ella se salvaría.
Por el rabillo del ojo creyó intuir el paso fugaz de una sombra. Sarah fue plenamente consciente de que, de entre las sombras que la rodeaban, saldría de un momento a otro el vampiro Nelson Clarke, hambriento y sin control. Se dio cuenta de que no había muchas escapatorias de aquel lugar, y menos si la entrada se cerraba sobre su cabeza.
Recorrió con la mirada el perímetro de la cripta, o tumba más bien, y cuando de pronto el haz de la luz fue a toparse con una figura de la que solo ella llegó a ver su cara cubierta de sangre, las pilas de la linterna se agotaron. Sarah lanzó un grito y subió a escape por los escalones al mismo tiempo que la losa cedía.
Entonces sus labios pronunciaron la oración o murmullo. Las palabras salieron por su boca involuntariamente, pero no se quedaron en su mente. De nuevo, como las había recordado, las había vuelto a olvidar.
¿Qué conjuro u oración o frase arcaica de un idioma tan viejo como el mundo, tan lejano como lejana sería la mujer que dio forma al mito de Lilith, sería aquel?
Una vez arriba, desde la boca de la cripta volvió a oír el escalofriante bisbiseo. Caía de arriba la claridad gris de la iglesia. Abajo no se movía nada. El cuerpo del mendigo ya no estaba en donde Sarah lo dejó echado.
—Pasé mucho tiempo tratando de volver a recordar aquellas sílabas. Tenían que estar en alguna parte de mi cerebro. Era cuestión de dejar que afloraran al hemisferio del recuerdo. Hice todo lo posible por retenerlas, todo. Pero el caso es que no he conseguido recordarlas en todos estos años. Ni he sido capaz de rogarle a Nemus que me las recuerde. De todos modos, él no podría aunque quisiera. Son sus leyes vampíricas, supongo.
Por mi parte he de confesar que, pese a lo horripilante de la experiencia de Sarah, me moría de ganas por preguntarle si Nelson Clarke tomaba cabs para ir de un lado a otro por el Londres nocturno; o si se subía a uno de esos autobuses rojos de dos pisos que fascinan a los turistas. ¡La carne nueva de los turistas incautos! Cuando lo hice, Sarah me respondió que los utilizaría como todos, unas veces sí y otras veces no. Sin duda había conocido el Londres de Jack el Destripador y el Londres de Churchill y el de Margaret Thatcher y el de Lady Di, y en todos los momentos de la ciudad, desde aquel lejano —pero presente para él— 1780, Clarke supo cómo moverse por ella sin levantar la sospecha de que era Pasgán, siempre al acecho de la mejor víctima. O en espera de recibir la llamada.