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Admitir la carrera humana al Medio Galáctico antes de su maduración sociopolítica había sido arriesgado.

Incluso después de que la primera amenaza metapsíquica humana a la seguridad del Medio hubiera sido abortada por los venerados Jack e Illusio, persistía una testaruda evidencia del pecado original de la Humanidad.

Gente como Aiken Drum.

Aiken era una de esas peculiares personalidades que conducen a los especialistas en modificación de comportamiento a la distracción. Normalmente era cromosomado. Su cerebro no sufría daños, ni enfermedades, y tenía un cociente de inteligencia superior. Estaba atestado de metafunciones latentes que podían, a su debido tiempo, ser conducidas a la operatividad. Su educación infantil en la recién fundada colonia de Dalriada no era distinta de la de los otros treinta mil nonatos que fueron engendrados a partir de la esperma y óvulos de cuidadosamente seleccionados antepasados escoceses.

Pero Aiken había sido distinto del resto. Era un embaucador natural.

Pese al amor de sus padres adoptivos, la devoción de maestros llenos de talento, y los inevitables cursos correctivos administrados casi constantemente a lo largo de su tormentosa adolescencia, Aiken se aferró testarudamente a su predestinado camino de bribón. Robaba. Mentía. Engañaba cuando sentía que eso iba a servirle de algo. Disfrutaba quebrantando las reglas, y sentía desprecio hacia sus compañeros con normal orientación psicosocial.

«El sujeto Aiken Drum —resumía su perfil de personalidad— despliega una disfunción fundamental en sentido imaginativo. Esencialmente se halla impedido en su habilidad para percibir las consecuencias personales y sociales de sus propias acciones, y se halla centrado en sí mismo hasta un grado deletéreo. Ha demostrado ser resistente a todas las técnicas de imprimación moral.»

Pero Aiken Drum era encantador. Y Aiken Drum poseía un especial sentido del humor. Y Aiken Drum, a su tunante manera, era un líder natural. Era hábil con sus manos e ingenioso en imaginar nuevas formas de ultrajar el orden establecido, de tal modo que sus contemporáneos tendían a considerarlo como un sombrío héroe. Incluso los adultos de Dalriada, preocupados por la abrumadora tarea de educar a toda una generación de colonos de probeta para poblar un nuevo mundo vacío, se reían inevitablemente de algunas de sus enormidades.

Cuando Aiken Drum tenía doce años, su equipo del Cuerpo Ecológico fue encargado de eliminar la putrescente carcasa de un cetáceo que había quedado varado en la playa del cuarto asentamiento más grande del planeta. Las cabezas más sanas entre los muchachos votaron enterrar mediante un bulldozer las veinte toneladas de carne putrefacta en la arena por encima del nivel máximo de la marea. Pero Aiken les convenció de intentar un medio más espectacular de librarse de ellas. Así pues, volaron la ballena muerta con un explosivo plástico que el propio Aiken fabricó. Pedazos de maloliente carne del tamaño de puños llovieron sobre toda la ciudad, que recibía en aquellos momentos a una delegación visitante de los dignatarios del Medio.

Cuando Aiken Drum tenía trece años, trabajó con un equipo de ingenieros civiles, desviando el curso de una pequeña cascada a fin de que alimentara la recién terminada presa del Hombre Viejo en la Reserva de la Montaña. Una noche, a última hora, Aiken y una pandilla de jóvenes aliados robaron grandes cantidades de cemento y conducciones y modificaron las rocas en el borde de la cascada. El amanecer de Dalriada reveló un pasable simulacro de gigantescos órganos urogenitales masculinos, lanzando su chorro a la presa cuarenta metros más abajo.

Cuando Aiken Drum tenía catorce años, metió clandestinamente su pequeño cuerpo en un crucero de lujo con destino a Caledonia. Los pasajeros fueron víctimas de robos de joyas, pero los monitores mostraron que ningún ladrón humano había penetrado en los camarotes. Una búsqueda en las cubiertas de la nave reveló la presencia del joven polizón y del «ratón» robot radiocontrolado que había enviado de exploración, programado para detectar metales preciosos y gemas, que el muchacho admitió tranquilamente que había planeado vender en Nueva Glasgow.

Lo enviaron de vuelta a casa, por supuesto, y los especialistas en comportamiento tuvieron otro trabajo suplementario en redirigir los errantes pasos de Aiken hacia el estrecho camino de la virtud. Pero el condicionamiento nunca tuvo éxito.

—Te rompe el corazón —admitió un psicólogo a otro—. No puedes evitar el adorar al chiquillo, y tiene una mente tan brillante en ese pequeño cuerpo. ¿Pero qué demonios vamos a hacer con él? ¡El Medio Galáctico simplemente no dispone de un nicho para un Till Eulenspiegel!

Intentaron redirigir su narcisismo hacia la representación teatral, pero sus compañeros de reparto estuvieron a punto de lincharlo cuando empezó a estropear sus actuaciones con bromas pesadas. Intentaron refrenar su habilidad mecánica, pero utilizó las facilidades de equipo de la escuela para construir cajas negras ilegales que le daban acceso a la mitad de los sistemas de crédito computerizados de todo el Sector. Intentaron el control profundo metafísico y el condicionamiento por privación y el electroshock multifase y la narcoterapia y la pasada de moda religión.

Aiken Drum se alzó triunfante sobre todo ello.

Y así, cuando alcanzó de forma impenitente su vigesimosegundo cumpleaños, Aiken Drum tuvo que enfrentarse a una elección, y la respuesta que eligiera iba a modelar su futuro:

Como confirmado reincidente, contraproductivo a la armonía definitiva del Medio Galáctico, ¿cuál de estas opciones elige usted?

a). Encarcelación permanente en la Institución Correccional de Dalriada.

b). Implante psicoquirúrgico de una unidad de docilización.

c). Eutanasia.

—Ninguna de las mencionadas —dijo Aiken Drum—. Elijo el Exilio.