No hay pájaros, ni flores, ni puesta de sol. Más allá de la resplandeciente puerta todo es de un color gris fantasmagórico. El bote vacío sigue en el río, inmóvil en medio de una fina capa de hielo.
—Si me quieres, aquí estoy —grito.
Mi voz resuena alrededor: «estoy, estoy, estoy».
—¿Gemma? ¡Gemma!
Mi madre sale de detrás de un árbol. Su voz, segura y firme, me atrae.
—¿Madre?
Se le humedecen los ojos.
—Gemma, temía que… Pero estás bien.
Sonríe, y dentro de mí me doblego ante ella. Me siento cansada e insegura pero ahora ella está aquí. Me ayudará a arreglar las cosas.
—Madre, lo siento. Ha sido un desastre. Me dijiste que no empleara la magia todavía, y no te hice caso, y ahora lo he echado todo a perder, y Pippa…
No me atrevo a seguir, ni a pensarlo siquiera.
—Chist, Gemma. No es momento de llorar. Has vuelto para llevarte a Pippa, ¿no es así?
Asiento.
—En ese caso, no hay tiempo que perder. Date prisa, antes de que vuelva la criatura.
La sigo a través del arco de plata hasta el fondo del jardín, donde está el centro del círculo que forman esos altos cristales poseedores de tanto poder.
—Pon las manos en las runas.
Vacilo. No sé por qué.
—Gemma —dice, entornando los ojos verdes—. Debes confiar en mí o tu amiga se perderá para siempre. ¿Quieres cargar con esa culpa?
Pienso en Pippa luchando en el agua gélida donde cayó, donde la dejé. Acerco las manos a las runas.
—Muy bien, cariño. Ya ha pasado todo. Pronto volveremos a estar juntas.
Apoyo la mano izquierda en la runa. La vibración me recorre el cuerpo. Los anteriores viajes me han debilitado, y la magia empieza a atraerme con su poder. Es demasiado para mí. Mi madre me tiende la mano abierta. Ahí está, rosada, viva, abierta. Sólo tengo que cogerla. Levanto el brazo. Estiro los dedos hacia los suyos, hasta que mi piel vibra con su proximidad. Nuestros dedos se rozan.
—Por fin…
Al instante aparece la cosa oculta en el cuerpo de mi madre, elevándose como las propias piedras. Con un alarido, la criatura me agarra del brazo. Siento que su frialdad me recorre el brazo, penetra en mis venas, avanza hasta mi corazón. El calor me abandona. No puedo luchar contra ella.
Todo se desvanece. Iniciamos un rápido descenso, dejando atrás la montaña y el turbulento cielo, traspasando el velo que separa los reinos y el mundo de los mortales. La cosa se ríe de placer.
—Por fin…, por fin…
Esta nueva magia que se apodera de mí y se une a mi voluntad me coge desprevenida. Es sobrecogedora, un poder desnudo. No quiero desprenderme nunca de él. Podría usarlo para controlar, para herir, para vencer.
La criatura se ríe.
—Sí… Es embriagador, ¿verdad?
«Sí, ah, sí». ¿Es esto lo que sintieron mi madre y Circe, lo que temían perder: un poder inaccesible para ellas en su propio mundo? Ira. Alegría. Éxtasis. Rabia. Todo suyo. Todo mío.
—Ya casi hemos llegado —susurra la cosa.
Abajo, Londres se extiende como el abanico de una dama, ornamentado y delicado. Una ciudad que quería ver cuando vivía en la India. Una ciudad que todavía quiero ver. Por mi cuenta.
La cosa percibe mi malestar.
—Podrías ser su dueña —dice, casi lamiéndome la oreja.
«Sí, sí, sí».
No. En realidad, no. Ni con esta criatura a mi lado. El poder nunca sería mío. Me controlaría. «No, no, no. Que gane ella». Estoy cansada de tantas elecciones. Me invade una sensación de pesadez, hasta el punto de que podría dormir para siempre. Que gane Circe. Abandonaré a mi familia y a mis amigos. Me dejaré arrastrar por la corriente.
No.
De pronto la cosa parece debilitarse. Debes conocerte a ti misma, saber lo que quieres. Eso me dijo mi madre. Lo que quiero… lo que quiero…
Quiero volver. Y la cosa se viene conmigo. De pronto, Londres se encoge hasta quedar reducido a un punto, inalcanzable. Estoy llevándome a la cosa del mundo, devolviéndola a la cima de la montaña, a la gruta y las runas.
Chillidos y alaridos: los horrendos gritos de los condenados me fustigan.
—¡Nos has engañado!
La cosa se extiende convirtiéndose en un espantoso muro que se agita y llega hasta el cielo. Nunca he visto nada tan aterrador y por un instante sólo siento un miedo tan real que me quedo petrificada. Las manos esqueléticas me agarran por el cuello y me aprietan con fuerza. Presa del pánico, me defiendo, usando la magia para herirla todo lo posible. Pero siempre vuelve, consumiendo mi energía cada vez más.
Sus manos me aprietan de nuevo el cuello, y me quedan ya muy pocas fuerzas.
—Sí, muy bien. Entrégate a mí.
No puedo pensar. Apenas puedo respirar. El cielo está gris y negro. Aquí estuvimos sentadas, contando las nubes en el cielo azul. Azul como el vestido de seda de mi madre. Azul como una promesa. Una esperanza. Ella volvió por mí. No puedo dejarla así.
Las órbitas negras y arremolinadas se acercan a mí. Me llega el olor a podredumbre. Las lágrimas asoman a mis ojos. No me queda nada salvo esa esperanza y un susurro.
—Madre…, te perdono.
Las manos me sueltan. La cosa agranda los ojos y abre la espantosa boca. Su poder mengua.
—¡No!
Siento que recupero las fuerzas. Mi voz aumenta de volumen y las palabras adquieren vida propia.
—Te perdono, madre. Te perdono, Mary Dowd.
La criatura se retuerce y grita. Yo me libero. Está perdiendo la batalla, disminuyendo de tamaño. Aúlla de dolor, pero no me detengo. Lo repito como un mantra mientras cojo una piedra y destrozo la primera runa. Se desmorona en una lluvia de cristales, y luego hago añicos la segunda.
—¡Detente! —chilla—. ¿Qué haces?
Destrozo la tercera y la cuarta. Por un instante, la cosa cambia de forma, se convierte en mi madre, trémula y débil sobre una extensión de hierba que parece paja.
—Gemma, por favor, para. Me estás matando.
Vacilo. Vuelve su rostro hacia mí, suave y bañado en lágrimas.
—Gemma, soy yo. Tu madre.
—No, mi madre ha muerto.
Rompo la quinta runa, y me caigo de espaldas en la tierra dura. Con un grito ahogado, la cosa libera el espíritu de mi madre. Se encoge y se convierte en una fina columna de distorsionados lamentos hasta que se la traga el cielo y reina el silencio.
Permanezco inmóvil.
—¿Madre? —llamo.
En realidad no espero una respuesta ni la recibo. Esta vez se ha ido de verdad. Estoy sola. Y aunque no sé por qué, tiene que ser así.
De algún modo, la madre que recuerdo fue una ilusión igual que las hojas que convertimos en mariposas la primera vez que fuimos a los reinos. Tendré que dejarla ir para aceptar a la madre que estoy descubriendo ahora. Una mujer capaz de cometer un asesinato, pero que luchó contra la oscuridad para volver y ayudarme. Una mujer vanidosa, asustada y, al mismo tiempo, un poderoso miembro de la antigua Orden. En realidad, ni siquiera ahora quiero saberlo. Sería tanto más fácil refugiarme en la seguridad de esas ilusiones y aferrarme a ellas. Pero no lo haré. Quiero dejar espacio a lo que es real, a todo aquello que puedo tocar y oler, saborear y sentir: brazos alrededor de mis hombros, lágrimas e ira, decepción y amor, la sensación extraña que tuve cuando Kartik me sonrió junto a su tienda y mis amigas me cogieron de la mano y me dijeron sí, te seguiremos…
Lo más real es que soy Gemma Doyle. Sigo aquí. Y por primera vez en mucho tiempo me alegro de ello.
Tengo muchas cosas en qué pensar, pero ahora estoy en la orilla del río. Se ve el rostro de Pippa pegado al hielo, y los rizos sueltos y morenos que se extienden bajo la superficie. Rompo la capa de hielo con una piedra y el agua brota a través de las grietas.
Para sacarla debo sumergir la mano en ese río prohibido y turbio. Está caliente como una bañera. Acogedor y tranquilo. Me entran ganas de zambullirme, pero todavía no. Cojo a Pippa de la mano y tiro de ella con todas mis fuerzas, liberándola del peso del agua, hasta llevarla a la orilla. Escupe y tose; luego vomita el agua del río en la hierba.
—¿Pippa? ¡Pippa! —Está muy pálida y fría, tiene profundas ojeras—. Pip, he venido a buscarte.
Abre los ojos violáceos.
—A buscarme. —Pronuncia las palabras en un susurro y mira con añoranza el río, cuyos secretos quiero conocer y también apartar de mí, por ahora—. ¿Qué será de mí?
Ya no me queda magia para mentir.
—No lo sé.
—¿O sea que tendré que ser la señora de Bartleby Bumble?
No digo nada. Me acaricia la mejilla con su mano fría y mojada y ya sé qué está pensando, no por mediación de la magia sino porque es mi amiga y la quiero.
—Por favor, Pip —digo, y callo porque empiezo a llorar—. Tienes que volver, debes hacerlo.
—Debo hacerlo… Toda mi vida he hecho lo que debía.
—Eso podría cambiar…
Niega con la cabeza.
—No soy una luchadora como tú.
En la hierba quebradiza de invierno encuentra un puñado de moras mustias, no mayores que semillas. Las sostiene en la palma como monedas.
Me duele la garganta.
—Pero si te las comes…
—¿Qué fue lo que dijo la señorita Moore? No hay elecciones seguras, sólo distintas. —Contempla el río por última vez, y se lleva la mano a la boca.
Por un instante el silencio es tan profundo que oigo mi respiración entrecortada. Y de pronto su piel recupera el color, se le riza el pelo y el rubor asoma a sus mejillas. Está radiante. Alrededor, la tierra cobra vida otra vez con una cascada de flores y hojas doradas. Por el horizonte, nace un nuevo cielo rosado. Y el caballero andante aguarda, con el guante de Pippa en la mano.
La cálida brisa ha empujado el bote hasta nuestra orilla.
Ha llegado el momento de decir adiós. Pero últimamente me he despedido demasiadas veces, y aún me quedan las despedidas de toda una vida, así que no digo nada. Pippa sonríe. Yo le devuelvo la sonrisa. Con eso basta. Se sube al bote y se deja llevar a la otra orilla del río. Cuando llega, el caballero la ayuda a desembarcar sobre la suave hierba verde. Bajo el arco de plata de la verja del jardín, la hija de la Madre Elena, Carolina, también mira. Pero pronto se da cuenta de que esta no es la persona a quien espera y, acunando a la muñeca entre sus brazos, se aleja hasta perderse de vista.
Cuando vuelvo, encuentro a Felicity delante de la puerta de la habitación de Pippa, con la espalda contra la pared. Me abraza sollozando. En el fondo del pasillo, Brigid se sorbe la nariz mientras cubre un espejo con una sábana. Ann sale de la habitación de Pippa con la nariz roja, goteándole.
—Pippa… —Calla, pero no hace falta que lo diga.
Ya sé que Pippa se ha ido.
La mañana que enterramos a Pippa, llueve. Es una lluvia fría de octubre que convierte en barro el puñado de tierra en mi mano. Cuando me llega el turno, me acerco a la tumba y la tierra resbala entre mis dedos cayendo sobre el ataúd bruñido con un ligero sonido.
Durante toda la mañana Spence ha funcionado como una máquina bien engrasada en la que todas han cumplido con su cometido, en silencio y con eficacia. Es curioso lo resuelta que se vuelve la gente tras una muerte. Toda indecisión de pronto se desvanece en momentos claros y definidos, como cambiar las sábanas, elegir un vestido o un himno, hacer la colada, rezar: todos los actos pequeños, sencillos y conscientes de la vida pasan a ser una manera de defenderse de la muerte.
Las chicas del primer curso han sido autorizadas a recorrer los cuarenta y cinco kilómetros hasta la casa de campo de los Cross para asistir al funeral. La señora Cross ha insistido en que Pippa fuera enterrada con su anillo de zafiro de compromiso, lo que sin duda no ha sentado nada bien al señor Bumble. Se pasa toda la ceremonia consultando el reloj de bolsillo y haciendo muecas. Con voz profunda y resonante, el párroco nos habla de la belleza de Pippa y de su inquebrantable bondad. No conozco a esa chica anodina a la que describe. Ojalá pudiera ponerme en pie y explicar cómo era en realidad, la Pippa que podía ser vanidosa y egoísta y estar enamorada de sus ilusiones románticas; la Pippa que también era valiente, resuelta y generosa. Y aunque les dijera todo esto, tampoco me ajustaría a la verdad. Nunca se conoce a alguien del todo. Por eso es tan aterrador confiar en alguien sin más, con la esperanza de que esa persona también confíe en ti. Es un equilibrio tan precario que de por sí es increíble que ocurra. Y sin embargo…
El párroco da la última bendición, y ahora sólo falta que los sepultureros empiecen su trabajo. Se ajustan la gorra y hunden las palas en el barro para enterrar a la que fue mi amiga. Mientras, siento que él me observa desde los árboles. Cuando me vuelvo, allí está, asomando su capa negra. En cuanto la señora Nightwing se acerca a los Cross para ofrecerles consuelo, me escabullo hasta su escondite detrás de un gran serafín de mármol.
—Lo siento —dice Kartik.
Es una condolencia sencilla y directa, sin todas esas tonterías de que Dios llama a un ángel demasiado joven o quiénes somos nosotros para cuestionar sus designios insondables. La lluvia azota mi paraguas con un ritmo constante.
—La dejé irse —digo de manera vacilante, alegrándome de poder hacer por fin algo parecido a una confesión—. Supongo que habría podido insistir un poco más en convencerla. Pero no lo hice.
Kartik deja que me desahogue.
¿Les contará a los Rakshana lo que he hecho? Aunque ya da igual, he tomado una decisión. Ahora los reinos son responsabilidad mía. Circe acecha en algún lugar, y yo tengo que volver a organizar una Orden, enmendar errores, aprender a controlar muchas cosas.
Kartik guarda silencio. La única respuesta es la lluvia continua. Al final se vuelve hacia mí.
—Tienes la cara manchada de barro.
Me paso el dorso de la mano por la mejilla al azar. Kartik niega con la cabeza para indicarme que no me lo he quitado.
—¿Dónde? —pregunto.
—Aquí.
Sólo es el lento roce de su pulgar en el borde inferior de mi labio, pero tengo la sensación de que el tiempo se ralentiza y el contacto de ese dedo en mi piel se hace eterno. No es un hechizo, pero contiene tal magia que apenas puedo respirar. Kartik aparta la mano rápidamente, consciente de lo que ha hecho. Pero el contacto de su dedo persiste.
—Te doy mi pésame —musita, y se vuelve para irse.
—Kartik.
Se detiene. Está calado hasta los huesos, con los rizos negros pegados a la cabeza.
—No hay vuelta atrás. Puedes decírselo.
Ladea la cabeza desconcertado, y veo que no sabe si me refiero a que no pienso volver atrás con respecto a mis poderes o a su caricia. Estoy a punto de explicárselo, pero me doy cuenta de que yo tampoco lo sé. Y de todos modos ya se ha ido, echando a correr a toda prisa para refugiarse en el carro que veo al final del camino.
Cuando me reúno con las demás, Felicity llora bajo la lluvia con la mirada clavada en la tumba reciente.
—Se ha ido, ¿verdad?
—Sí —contesto, sorprendida de la seguridad en mi voz.
—¿Qué me pasó en el otro lado, con esa cosa?
—No lo sé.
Miramos a los dolientes, manchas negras en un mar de lluvia gris. Felicity no se atreve a mirarme.
—A veces veo cosas, creo. Con el rabillo del ojo. Cosas que me hostigan y luego desaparecen. Y sueño. Unas pesadillas horribles. ¿Y si me pasara algo terrible, Gemma? ¿Y si estoy afectada por algo?
La lluvia es un frío beso en mi manga cuando entrelazo mi brazo con el suyo.
—Estamos todas afectadas de un modo u otro.