Teófilo ha movido un par de influencias entre los proveedores de Barcelona y ha conseguido que le entreguen un 600 a los tres meses de solicitarlo. Atendiendo a que el vehículo tendrá un uso industrial, el banco le ha concedido un crédito que pagará en cómodos plazos de quinientas veintidós pesetas mensuales. Echando cuentas, al final el 600 le va a salir más caro que si adquiriera un Rolls-Royce, pero Visi lo ha convencido para que dé el trascendental paso.
—Todo el mundo firma letras —le dice—. A ver si no cómo iban a comprar las neveras y los calentadores[412].
—A mi padre le escocían las trampas —argumenta Teófilo.
—¡Ay, hijo, qué antiguo! Entonces era otra vida. Ahora se llaman deudas y todo el mundo las tiene. ¡Ya está bien el sufrir!
Es agosto. El submarino nuclear americano Nautilus ha cumplido la hazaña de atravesar el Polo Norte sumergido bajo los hielos[413]; Teófilo y familia van a cumplir la hazaña de viajar con el 600 hasta Málaga para que Vicentito, que ya ha cumplido diez años, conozca el mar y, de paso, a ver a las suecas en bañador. El despertador suena a las cuatro y media de la mañana. Mientras Visi prepara el desayuno, el padre de familia carga el equipaje ayudado por Vicentito: la maleta y un hatillo de ropa en la baca, bien atados con cuerdas, y dos bolsas de comida en el maletero. Vicentito va a estrenar un bañador Meyba verde que le han comprado para la ocasión. A Teófilo y a Visi les han prestado sus bañadores unos primos que cada año toman las aguas en el balneario de Lanjarón. Albornoces no llevan, esperemos que Málaga sea una de esas playas permisivas donde ya no los exigen.
—El desayuno ya está —avisa Visi—. ¿Habéis dejado sitio para las cervezas?
Salen por la carretera de Granada, pródiga en curvas y en cuestas, sin que por ello le falten tramos desempedrados por los camiones excesivamente cargados que sueltan penachos de humo negro subiendo los puertos en primera. Dejan atrás, con cierta alegría, el Alambique, la Cerradura, la venta Oasis y la desviación de Huelma y Almería. Enfilan el túnel de la Puerta de Arenas. En Campillo de Arenas, hacen una parada junto a la plaza para que el motor descanse, con el capó abierto.
—¡Hay una churrería! —señala Vicentito.
—Como si no la hubiera —corta en seco Visi—. No hay que comer por vicio.
Tras la breve parada, el animoso 600 acomete la cuesta que asciende al puerto Carretero en cuarta marcha, después en tercera y finalmente en segunda.
—Me parece que está calentado el motor —observa Teófilo.
—¿No iremos a arder? —se alarma Visi.
—Vamos a descansar otro poco, que más vale ir despacio y con buena letra —avisa el conductor.
Teófilo se arrima a un lado de la carretera (arcenes no hay) y se detiene junto a un berrueco enorme donde se anuncia, en letras negras bien perfiladas, Ulloa Óptico.
Visi lo aprueba. Está muy ilusionada. Se ve como una familia moderna, de esas que salen en las películas americanas. Se imagina que son todos guapos y rubios y que van a visitar a unos parientes de Wisconsin.
—Cada vez que pasemos por aquí, en otros viajes, veremos el letrero y nos acordaremos de que nos paramos la primera vez que fuimos a la playa.
Teófilo abre nuevamente el compartimiento del motor para que se ventile bien y dispone al lado una botella de agua para verterla en el radiador en cuanto se enfríe. Visi avisa que no asomen, que va a orinar detrás del berrueco. Cuando regresa saca del coche la nevera portátil, regalo de la Coca-Cola a sus distribuidores. Entre los trozos de hielo, que se van derritiendo lentamente, hay una gaseosa de litro La Casera y varias cervezas. En un vaso plegable, de plástico, le sirve gaseosa a Vicentito.
—Échale un chorrito de cerveza, anda —suplica el niño.
—De eso nada, que emborracha —replica Visi—. Cuando seas padre comerás huevos.
—¿A quién le apetece un bocadillo? —pregunta el intrépido conductor.
—Pero, Teo, si hemos desayunado hace una hora —protesta Visi.
—No importa. El campo abre el apetito y estamos de vacaciones. ¡Hay que sentirse libre!
—Comeos una manzana —propone la intendente de la casa.
—¡Yo un filete empanado! —solicita Vicentito.
—¡Adjudicado el filete! —se adelanta Teófilo a la protesta de la madre—. Y yo una cerveza con tapita de morcilla picante, de las de Carchelejo.
Al final también Visi sucumbe y comparte con su marido una botella de tercio, tan fresquita, aunque haciéndole ascos a cada trago porque, como le inculcaron desde la infancia, a una mujer decente no le puede gustar la cerveza ni bebida alcohólica alguna.
Prosiguen el viaje, con el capó del motor parcialmente abierto con ayuda de un taco de madera, lo que favorece su ventilación.
El 600 escala el puerto y recobra la alegría al discurrir por la carretera descendente. Después de veinte kilómetros razonables nuevamente se empina la carretera: segundo puerto de montaña.
Nueva parada en la venta de la Nava porque se ha encendido el pilotito que indica que el motor está excesivamente caliente.
—Esto van a ser las cuestas —dice Teófilo intentando disimular su preocupación. Comienza a sospechar que los conductores que alardean de viajes de hasta quinientos kilómetros con el 600 faltan a la verdad.
—Y el peso, que somos tres personas y las maletas —dice Visi apiadándose del vehículo—. El pobre bastante hace.
Dejan atrás Granada, la sierra nevada al fondo.
—¡Nieve, papá! ¿Te acuerdas de la nieve?
Vicentito sólo ha visto la nieve en una ocasión, cuando nevó en Villavieja, en la Navidad de 1956.
—¡Vamos a la nieve! —propone Vicentito.
—No. Hoy toca playa; a la nieve, otro día. El mar es más bonito.
En la carretera de Málaga se detienen a almorzar a la sombra de unos pinos. Tortilla de patatas y manzanas. Mientras sus papás sestean sobre una manta que la previsora Visi traía extendida sobre el asiento trasero del 600, Vicentito explora una casilla de peones camineros abandonada que tiene en el muro un azulejo anunciador de Nitrato de Chile: la silueta negra de un jinete con sombrero recortada sobre fondo amarillo. Se mea en un hormiguero de hormigas rojas, las civilonas.
Reanudan la marcha. En el primer surtidor de gasolina, repostan. Al depósito le caben quince litros, pero Teófilo, previsor, lleva en el equipaje una botella de dos litros suplementarios, por si las moscas.
Sufren un pinchazo. Vicentito ayuda a su padre a cambiar la rueda, mientras Visi aguarda a la sombra de un olivo con el equipaje que ha habido que descargar. Visi se siente orgullosa de su marido. Hace un mes que se sacó el carné de conducir y míralo qué valiente: a la playa. Nunca lo han visto tan ardidoso. Este hombre es que sabe hacer de todo.
—¿Y tú dónde has aprendido a cambiar ruedas? —le pregunta.
—¡Anda que no las he cambiado veces! —responde él, como quitándole importancia—. Lo que pasa es que yo no cuento las miserias en casa…
¡La playa!
En el pueblo siguiente se buscan un mecánico que arregle la cámara neumática, no sea que volvamos a pinchar, que en un viaje tan largo nunca se sabe.
En el enésimo descanso, Vicentito empieza a dar muestras de aburrimiento.
—No hay más remedio que pararse de vez en cuando —dice Teófilo—. Hay que reservar el 600 para cuando lleguemos a la cuesta de la Inquisición, antes de entrar en Málaga, que esa cuesta me han dicho que es la peor. El coche es como si fuera de la familia y hay que mirar por él.
«A Antequera, 10 km».
A la entrada de Antequera, una pareja de la Guardia Civil tiene parados más de veinte vehículos. Algunos conductores pasean por la carretera. Teófilo se informa. Estamos esperando a que pase un camión enorme con maquinaria para un pantano.
La merienda cerca de la venta del Agua: chocolate y pan para Vicentito y manzanas para los padres.
—Esta noche, si Dios quiere, cenamos en Málaga, en el bar de unos que me ha recomendado un viajante, que ponen un pescado frito muy rico.
—¿No será muy caro? —interviene Visi—. Que todavía nos quedan filetes empanados y conejo frito en la fiambrera.
—Eso para mañana en la playa —decide Teófilo—. Esta noche cenamos como marqueses, con helado y todo. Hay que celebrar que es nuestro primer viaje de turismo.
La carretera es una calamidad de baches y despiedras. Al comienzo de la cuesta de la Inquisición sufren un nuevo pinchazo. Declina la tarde.
Guardia Civil de Tráfico, 1959.
—¡Hay que ver lo que son los adelantos! —dice Teófilo de nuevo en ruta—. Antes tenías que echar dos días para llegar a Málaga y mira ahora. Claro que antes a ver quién podía venir a Málaga como no fuera a hacer la mili.
En Málaga se hospedan en la pensión que traían recomendada: «Hostal Los Geranios. Agua corriente» y van a cenar al bar Nueva Delhi.
Playa de Alicante, 1949.
El propietario es un paisano de Teófilo casado con una malagueña. Los invita a una copita de vino dulce.
—Aquí se vive mejor que en Jaén —observa el dueño del establecimiento—, y no digamos ya que en los pueblos. Fijaos que en verano le alquilamos el piso a los turistas extranjeros. Por habitaciones. Con derecho a cocina. Ascensión les hace las camas y les friega, porque guarros son un rato largo, aunque tengan mucho dinero. Hasta la ropa les lavamos porque para eso tenemos lavadora.
—¿Y vosotros dónde vivís mientras? —inquiere Visi. Su marido la taladra con una mirada de reproche, por la indiscreción, pero ella la ignora.
A los caseros tampoco parece importarles. Están deseando contar cómo se las ingenian para medrar con los turistas.
Traslado de la reliquia del Santo Cáliz de Valencia al santuario de San Juan de la Peña, 1959.
—Nosotros nos mudamos a una casilla que tenemos en el barrio alto. Son sólo dos habitaciones y a falta de baño, todo hay que hacerlo en el corralillo, pero económicamente compensa.
Los dos niños duermen en una cama turca que les ponemos y nosotros, con la niña, en la cama de matrimonio. Para cocinar ponemos en el patinillo, debajo de la uralita, una hornilla de petróleo. Total, como frío no hace… Hasta puedes asar sardinas, que aquello tiene muy buen tiro y no te huele la casa.
—No, frío no hace, pero te asfixias de calor debajo de la uralita recalentada al sol —protesta Ascensión.
—¡Mujer, pero son sólo tres meses! Y con el dinero que sacamos entre el bar y el alquiler de la casa vamos a meternos en comprar un piso cerca de la playa. También para alquilar. Aquí es lo que hace todo el mundo, por eso verás tantas construcciones[414].
Llegó el bolígrafo.